jueves, 25 de agosto de 2011

La Cofradía de los que nos vamos poniendo grandes

El día en que enterramos a mi viejo pasé por muchos estados de ánimo y también por distintas formas de evocación de los recuerdos.

Se me vinieron a la cabeza la infinidad de veces que habíamos jugado con mis hermanas en la calesita de madera de la plaza Enrique Santos Discépolo (más conocida y temida como La Butteler), donde aparentemente imponían el terror los barrabravas del Club Atlético San Lorenzo de Almagro, pero para nosotros era un hermoso lugar de descanso y jamás nadie nos molestó en lo más mínimo.

Me acordé de cómo mi viejo me recriminó cuando me trajo "Veinte años después" de Alejandro Dumas (continuación de "Los Tres Mosqueteros") y yo dejé tirado El Quijote para leer una novela de folletín. Me acordé de cuando en los carnavales le tirábamos con agua de la zanja a los del edificio de al lado, a quienes mi amigo Carlitos y sus hermanos (que después se mudaron a Soldati) les decían, con una fuerte carga schmittiana, "los conchetos".

Las fogatas de San Pedro y San Pablo, la Iglesia con paredes y techo de telgopor,  el campeonato en la plaza del barrio, donde salimos segundos e igual dimos la vuelta olímpica por toda la plaza, mi viejo siempre viniéndome a buscar para que volviera a casa a cenar.  

La disyuntiva sobre ir a la escuela por el camino corto o el largo (la diferencia era de diez metros...), Fernando Leone, vestido de boy scout, dirigiendo el tránsito de prepo en avenida Pavón (y la gente le hacía caso...).

Mi hermana Daniela que iba y mojaba a los grandotes de la cuadra, que después iban y la empapaban a mi hermana Silvina.

Y así, una sucesión de recuerdos teóricamente ilimitada, solamente interrumpida por la risa contenida ante la intervención del cura que aparentemente era de la corriente de Peperino Pómoro. 

La sensación de que es importante tener amigos, porque para llevar el cajón por lo menos tiene que haber tres o cuatro.

Todas estas cosas son parte de los ritos iniciáticos de esta involuntaria Cofradía de los que nos vamos poniendo grandes.

Lo bueno es que somos muchos para hacernos el aguante.

(Para La Marce)