Sobre la polémica Jorge Alemán-Eduardo Grüner-Horacio González. Una contribución sobre Marx, el “Qué hacer”, la clase obrera y los horizontes neoliberales.
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domingo, 26 de febrero de 2017
miércoles, 29 de junio de 2016
lunes, 23 de noviembre de 2015
Kirchnerismo: 12 años, un balance
Una larga trama de más de una década que fue gestando el desenlace. El kirchnerismo como contención de la crisis de principios de siglo y como restaurador del “país normal”. Nuevo gobierno y “nueva derecha”. La indefectible tarea de viejos ajustes.
viernes, 20 de noviembre de 2015
“No se puede llamar a votar por Scioli si se apuesta a la autoorganización y a la emancipación de las clases subalternas”
Entrevistamos a Massimo Modonesi, sobre la situación de los gobiernos “progresistas” latinoamericanos y las perspectivas de la izquierda. Modonesi es profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México, autor de Subalternidad, antagonismo, autonomía. Marxismos y subjetivación política y otros trabajos.
miércoles, 15 de abril de 2015
Derrota en la victoria: Scioli y el kirchnerismo
Por Fernando Rosso
El sinceramiento del programa de ajuste del economista preferido del sciolismo. El triunfo de Urtubey es una victoria de Scioli. El kirchnerismo, preso de la perversa lógica del “mal menor”, participa de la fiesta de su fracaso en cuotas.
domingo, 1 de marzo de 2015
El Maravilloso mundo de CFK
CFK inició su discurso citando el tuit de un periodista Joseph Cotterill del periódico Financial Times: “Lo lograron. Finalmente lo lograron. Los bonos reestructurados de Argentina al 2033 cotizan sobre la par: más de cien por cada peso nominal de la deuda argentina”, dijo. Curiosa elección para comenzar el discurso del gobierno “nacional y popular”, podría pensarse.
jueves, 19 de febrero de 2015
El 18F, los límites de la "nismanía" y la astucia de la razón peronista
En La Izquierda Diario, puede verse una primera lectura "realista" (es decir no comprometida con ninguno de los dos bandos en pugna) de lo que fue. También el Blog de Abel hace una lectura "sensata", desde el punto de vista de alguien que apoya al oficialismo con una óptica peronista no kirchnerista. Por su parte, los diarios "opositores" intentan mostrar que la marcha tuvo algunas personas jóvenes no necesariamente de derecha y dan cifras exorbitantes sobre la cantidad de participantes.
Siguiendo un poco lo que dice Fernando Rosso acá, retomo o agrego algunas cuestiones:
-Transformar la figura de Nisman en una bandera de la democracia es un poco difícil. Puede ser bandera en el antikirchnerismo fanático y a su vez despertar cierta simpatía en sectores de centro sin mucho entusiasmo ni por el gobierno ni por la oposición de derecha. Pero no puede ser el "significante flotante" de una nueva articulación "hegemónica".
Para ser un alma bella, estaba demasiado relacionado con poderes fácticos varios (Stiusso, servicios extranjeros, casta judicial, etc.). Por los mismos motivos tampoco puede ser un héroe popular. En resumen, Nisman es Nisman, no puede ser La Madre Teresa ni El Gauchito Gil.
Para mí, esto explica en parte la poca presencia de jóvenes (más desconfiados de TODAS las castas) a la que hicieron referencia varias crónicas y la participación subordinada de la oposición de derecha, que sabe que la marcha coincide en tiempo y espacio con el fin de ciclo del gobierno, pero en última instancia no le pertenece.
-Con lo anterior, no pretendo minimizar la crisis que implica en cualquier estado moderno que un fiscal que está "investigando" al o la Presidente aparezca muerto. Es una crisis política de acá a la China (bueno, capaz no es el mejor ejemplo....) y es lo que le dio cierta "legitimidad" a la marcha. Pero el posterior intento de articulación político-social alrededor del hecho tiene los límites que señalamos en el párrafo anterior. Y por otro lado, en la medida en que pasa el tiempo y se enrarece todo, más crece la sensación "en la calle" de que no se va a saber la verdad sobre la muerte de Nisman, así como que todos los actores involucrados saben mucho más de lo que dicen.
-La marcha en sí no puede mejorar las chances electorales de nadie. No obstante esto, en parte por una política consciente (hacer crecer la figura de Macri para "polarizar"), en parte por sus propios errores, se está creando un escenario donde el FPV podría perder como perro en segunda vuelta y perder también en la primera si el candidato fuera un "kirchnerista puro". Así que la situación de Scioli es un poco contradictoria. Si bien desde el punto de vista de su estilo de "no confrontación" podría ser uno de los que más pierde con lo que está pasando en la coyuntura, al oficialismo no le quedan alternativas a su candidatura, si quiere arrastrar votos de centro y no quedar reducido al apoyo de una "minoría intensa". Se crea entonces una dinámica en la que el oficialismo dinamita la candidatura de Scioli a la vez que depende cada vez más de ella. En este sentido, el "progresismo" sigue siendo preso de la astucia de la razón peronista.
Sobre las cuestiones estratégicas que van más allá de la coyuntura, escribimos el lunes acá.
Sobre las cuestiones estratégicas que van más allá de la coyuntura, escribimos el lunes acá.
lunes, 16 de febrero de 2015
La democracia vasalla y la larga agonía del "alfonsinismo"
Por Fernando Rosso/Juan Dal Maso
En la Argentina, donde las coyunturas políticas son altamente cambiantes e inestables, resulta un poco dificultoso reflexionar sobre los procesos políticos de largo plazo. Esto se ve acentuado un poco más por las "batallas" de la coyuntura actual, que ambos sectores enfrentados (pro capitalistas, pro serviciales y PRO a secas) intentan adornar con discursos grandilocuentes que presentan el 18F como un Acontecimiento mesiánico o diabólico, según el caso.
Estos "fuegos de artificio" ocultan o dejan sin abordar la reflexión sobre qué está ocurriendo con la "democracia" argentina, en un sentido más amplio y de fondo.
Porque si se considera, como señaló Martín Rodríguez y también otros analistas sobre los que escribimos acá, que el kirchnerismo retomó a su manera las tentativas "progresistas" fallidas de Alfonsín y el Frepaso, continuando entonces con la consumación de la "transición democrática" argentina (sin dejar de continuar a su manera también al menemismo; Boudou, Hotesur, etc.); el "fin de ciclo" del kirchnerismo debería promover, por lo menos en la izquierda, una lectura más allá de los hechos inmediatos, una lectura que permita comprender en qué "momento" estamos de la "transición democrática" y cuáles son sus perspectivas.
¿Por qué discutir sobre esto si todas las formas del Estado burgués son expresiones de la "dictadura del capital"? Precisamente por eso mismo. La democracia burguesa se constituyó en la "conquista" y el "límite infranqueable" de todo movimiento popular, genocidio mediante. Tanto fue así que incluso intelectuales como José Aricó llegaron a pensar que la democracia burguesa post dictatorial sería la antesala del socialismo y la presentaron como valor casi absoluto y horizonte insuperable de régimen político (como decía Hegel: por lo poco con que se conforma el Espíritu puede medirse la extensión de lo que ha perdido...)
En este contexto, después de más de 30 años (con 20 años de gobiernos del PJ), lo cual para Argentina es una eternidad, estamos en condiciones de hacer un cierto balance de qué resultados generó la "transición democrática" y qué se puede esperar en lo sucesivo (o mejor dicho, para qué tenemos que prepararnos).
En primer lugar, estamos asistiendo al fin de los Grandes Relatos sobre la Democracia. El apotegma alfonsinista de que “con la democracia se come, se cura y se educa”, se derrumba primero con la Obediencia Debida y el Punto Final, a los que sigue el hambre de los saqueos del ´89, y el menemismo con el Indulto, la desocupación y precarización de la salud y la educación (carpa blanca) en los '90, línea de decadencia que continúa hoy con el “descubrimiento” de que la democracia es presa de servicios de inteligencia, las policías empoderadas y una casta judicial con muchas continuidades con la dictadura. En el medio muchas muertes, algunas sociales y otras dudosas, o sea que en la democracia se come salteado en periodos de tiempo, se complica para educarse tanto como para curarse y se mata; a veces con las mismas manos que mataban en la dictadura.
Otra indicación de lo mismo son los discursos moderados de los candidatos que pugnan por suceder a CFK, pero si lo pensamos en un sentido más estratégico, podemos decir que la Gran Política burguesa murió con Néstor Kirchner.
Porque fue NK el principal actor de la política de reconstrucción de la autoridad estatal después del colapso de 2001 y el interregno duhaldista.
Hay una profunda y larga crisis trasversal de las instituciones del Estado y de la democracia y no hay una fuerza política o líder que se proponga como “gran reformador” con alguna propuesta creíble que permita reconstruir la autoridad estatal y democrática perdida a lo largo de estas tres décadas.
Las sucesivas "batallas" del kirchnerismo (125, ley de medios, "democratización" de la Justicia y los servicios de inteligencia) fueron acciones de pequeña política, recubiertas con un discurso de Gran Política. Decimos esto porque sus principales objetivos fueron coyunturales (responder a tal o cual problema económico o relación de fuerzas producto de una derrota electoral o contragolpe frente a las "corporaciones" que supo alimentar y se le volvieron en contra). Si se puede sintetizar el kirchnerismo como AUH y jubilaciones + Relato, es precisamente porque su balance es de lo más módico.
El fin de los Grandes Relatos, como expresión del fin de la Gran Política, en una "transición democrática" que toca un techo.
¿Cuál es ese techo? El de los grandes poderes fácticos externos e internos, que hacen de la democracia argentina una democracia vasalla, cuyo progresismo logra a lo sumo durar algunos años, sobre todo si hay crecimiento económico, pero es incapaz de generar cambios sociales estructurales o la independencia económica del país. Incluso menos que eso, fue incapaz de cambiar las relaciones de fuerzas sociales que impuso la dictadura, al contrario las profundizó. Llevamos más de treinta años de democracia transitada sobre la economía impuesta en seis de dictadura.
Por eso, después de treinta años de "transición democrática", la economía argentina (no obstante el enorme progreso tecnológico del agronegocio) sigue exportando productos primarios, el proyecto de "autoabastecimiento" energético es a costa de entregar a Chevron los recursos de Vaca Muerta y permitir la generalización del fracking, los pueblos originarios viven en la miseria, las políticas educativas "inclusivas" coinciden curiosamente con las del Banco Mundial, la mitad de los trabajadores más o menos está "en negro" o en condiciones precarias, entre otros aspectos a considerar para hacer un balance realista, que podría suscribir John William Cooke tanto como León Trotsky.
¿Será este callejón sin salida estratégico el que otorga tanto peso a las coyunturas?
En resumen, la democracia argentina es el conjunto de capitulaciones de los grandes partidos que congregaron las mayorías populares ante la clase dominante y el imperialismo. Ellos imponen las coordenadas del "campo de fuerzas" dentro del cual introducir pequeños cambios, cuando hay viento a favor. Los grandes relatos pueden ser en todo momento (el Menemismo fue también el Gran Relato de la entrada al Primer Mundo ¿se acuerdan?), pero ya se quedaron sin sustancia.
Ligado a lo anterior, cabe reflexionar, ahora que muchos nos piden (al FIT) "hacer como Syriza", sobre las perspectivas del "espacio progresista" en la Argentina, que siguió siempre como sombra al cuerpo el derrotero de la "democracia vasalla".
La línea que une los términos Alfonsinismo-Revista Unidos-Frente Grande/Frepaso/Alianza-Kirchnerismo es sinuosa por demás pero no por eso inexistente. Desde la salida de la dictadura existe de forma más o menos permanente un espacio político-cultural (no solamente electoral) para un "progresismo" o "centroizquierda" en la Argentina. El Frepaso lo llevó a su casi auto-disolución y el kirchnerismo lo rescató, a condición de subordinarlo al peronismo realmente existente y desorganizarlo como espacio político autónomo, o sea disolverlo por otros medios.
En este marco, si bien el kirchnerismo puede continuar como corriente de centroizquierda peronista (según el grado de deterioro con el que se vaya) en un gobierno de Scioli, Massa o Macri, resulta poco probable que se pueda volver a reconstruir el "progresismo histórico" argentino, es decir que se reconstituya un espacio de centroizquierda que pueda convencer con un discurso de "ampliación de derechos" y que sea independiente del peronismo (que va enfilando para la centroderecha más cerca de su "promedio histórico").
Y si desde el punto de vista del régimen político estamos tocando el techo de la "transición democrática", desde el punto de vista de las corrientes políticas (entendidas en un sentido amplio), estamos ente la consumación de la larga agonía del "alfonsinismo" (es decir del progresismo que sostenía que mediante el Estado se podía "ampliar la democracia" y avanzar sobre la resolución de la "cuestión social" sin romper con el capitalismo).
Pero sería un error pensar las perspectivas de la izquierda solamente como posibilidad de capitalizar la "crisis del progresismo", aunque una parte del ascenso de la izquierda radical, sin radicalización en la lucha de clases, se explica por esta crisis. Precisamente uno de los rasgos distintivos de la izquierda argentina (o de sus sectores lúcidos) fue la reflexión sobre las vías para la confluencia entre la izquierda y el movimiento obrero identificado con el peronismo.
Lo que une ambas cuestiones ("crisis de la centroizquierda" y "crisis del peronismo") es precisamente el kirchnerismo, que se constituyó como la única centroizquierda posible y peronista, mientras el peronismo continuaba su vaciamiento de la base obrera que supo ostentar este partido en el pasado, orientándose hacia la administración de la pobreza y los votantes de clase media, en un dualismo que le resulta por demás conveniente, para invisibilizar a la clase trabajadora como sujeto social y político e instalarse como "árbitro" entre pobres y capas medias.
Sin embargo, la crisis del progresismo (ligada a la del partido radical) está más avanzada que la del peronismo. Quizás una de sus explicaciones es que el peronismo, en su relación con los sindicatos moldeó la estructura del Estado argentino, que se apoya como un pilar de granito en las organizaciones obreras burocratizadas.
En este contexto, un peronismo con un presente cada vez menos "obrero" y un futuro incierto, va lidiando con su propia reconversión a través de la administración de un aparato estatal que expresa su propio pasado, signado por aquello de que "sobran sindicatos pero falta burguesía nacional".
Agotada o en vías de agotarse la posibilidad de recrear alguna variante del "alfonsinismo histórico", en plena mutación de "partido burgués basado en los sindicatos" a "aparato de marketing electoral basado en los pobres y las clases medias", el peronismo avanza hacia el posperonismo. ¿La clase trabajadora (o un sector más significativo de ella que el actual) se orientará hacia la izquierda? Crear las condiciones para una respuesta afirmativa será la principal tarea para el FIT.
martes, 27 de enero de 2015
Proyecto de reforma de Inteligencia: una maniobra en el fin de ciclo
Por Fernando Rosso
Un anuncio que llega de contragolpe ante la crisis aguda por la muerte del fiscal Nisman. El doble discurso de un Gobierno que siempre se apoyó en los espías, las patotas sindicales y represores como Berni o Milani; y ahora dice que quiere “democratizar” los aparatos de inteligencia.
viernes, 23 de enero de 2015
Caso Nisman: de la novela policial al escenario político
Por Fernando Rosso
Algunas conclusiones sobre un crimen que cambió el escenario. Las consecuencias políticas sobre el gobierno, el régimen y el Estado. Una muestra más del fracaso de la “lucha contra las corporaciones”. El desprestigio de los servicios y la oportunidad de esta crisis.
martes, 16 de diciembre de 2014
Orden y Progresismo: ¿Los años kirchneristas?
Fernando Rosso/Juan Dal Maso
Orden y Progresismo. Los años kirchneristas de Martín Rodríguez es un libro muy bien escrito, que recopila distintas reflexiones sobre algunos tópicos de la política argentina a la luz de los años recientes.
No parece casualidad que la contratapa tenga una recomendación de lectura de Fabián Casas. Ambos cultivan, de diferentes modos, el género del "ensayo al tuntún", capítulo de la ensayística nacional que podríamos considerar la forma narrativa de toda una generación que leía a Marx, Deleuze, Foucault, Trotsky o John William Cooke, mientras hacía cola para buscar trabajo. Escrituras fragmentarias que se entrelazan con condiciones de existencia más o menos precarias impuestas por el menemismo a las capas medias con capital cultural pero sin guita, sobreeducados y subempleados, como es la base de Podemos hoy, según el mismo Rodríguez.
La ensayística fusiona la literatura y la política y Rodríguez, que además escribe poesía, logra momentos metafóricos notables. “Fantino es Tinelli + Sociedad y Estado”, “Clarín es el PJ de la clase media”, o la afirmación de que Juan Carr es “nuestro Ned Flanders”, un “soldado de la columna norte” con el bronceado genético de los que habitan el lado country de la vida. Son definiciones ideológicas y políticas pero traducidas al sentido común.
“El kirchnerismo mató al rock” es una afirmación cara a nuestra generación, pero muy real. La ocupación del rock por parte del estado lo privó de todos sus ribetes críticos, es decir, de su costado más “progresista”. Hace poco leímos, no recordamos bien dónde, que alguien retomaba la frase de Sartre: “nunca fuimos más libres que durante la ocupación alemana”, para compararla con los 90s. Podríamos decir que el rock nunca fue tan libre como durante la “ocupación” menemista. Ahora pasó de los antros donde todos juntos puteábamos a Chabán (Cemento, Die Schule) a la Plaza de Mayo donde la condición es aplaudir a Cristina y no nombrar a los Qom, entre otros innombrables.
El subtítulo del libro puede ser engañoso, ya que el núcleo de la reflexión va más allá de los años kirchneristas y se remonta a uno de los principales dilemas de la "democracia" argentina o por lo menos de su espacio "progresista": cómo se constituye un orden democrático que sea a su vez socialmente progresivo.
En la óptica de Rodríguez, el kirchnerismo sería la corriente que logró darle poder y estado a las tentativas fracasadas de Alfonsín y el Chacho Álvarez, agregando por supuesto su propia impronta. Y no parece errado. Si bien las opciones políticas de Néstor Kirchner de 2003 en adelante están claramente condicionadas por el contexto poscrisis del 2001, su "decisionismo" no surgió de la nada: se reapropió de las temáticas y posicionamientos de un espacio que va de la primavera alfonsinista al Frepaso, pasando por la renovación peronista y la revista Unidos. En este sentido, son los '80, mucho más que los '70 (década en la que Unidos hubiera sido la menos atrayente JP Lealtad) los "años dorados" en los que el kirchnerismo cargó su combustible simbólico, por más que no lo diga de ese modo el relato oficial, con sus curiosos "Nestornauta" y "camporismo". Aunque en los últimos años, comenzó a reconocer su costado alfonsinista, en la voz de José Natanson, entre otros.
En este contexto, el libro de Rodríguez reflexiona sin formalismos teóricos pero con agudeza sobre las relaciones entre estado y sociedad civil, problema complejo si lo hay y que pensado concretamente incluye mutuas interpenetraciones y contradicciones. La "clase media" como "sociedad civil economicista" y a la vez como magma de los distintos linajes políticos. La consigna de "Más Estado" como expresión aparente de una batalla cultural ganada por el progresismo, pero que en su polisemia esconde múltiples interpretaciones que van de la reivindicación de las "funciones sociales" del Estado al sueño facho de una solución policial de la cuestión social. Entre la casa con alambres de gillette y la "ida al pueblo", un duelo permanente entre el economicismo a ultranza y la "autonomía de la política", en ese corso a contramano que constituye la clase media argentina.
Rodríguez parece inscribirse en la idea de que el kirchnerismo es lo más de izquierda que puede bancar la sociedad argentina, retoma en esto el tema alfonsinista que había definido José Aricó: “Alfonsín está a la izquierda de la sociedad”. Para esto hay que hacer abstracción del momento de escisión de la crisis del 2001, porque salvo que se opine como Pagni, que la sociedad “se volvió loca”, la sociedad (o un sector muy significativo de ella) estaba muy a la izquierda de la política burguesa y se lo hacía notar en cada esquina.
En la adscripción a esa idea, pierde de vista el anclaje conservador que tuvo el kirchnerismo en tanto experiencia de recomposición de la autoridad estatal. O mejor dicho, su reflexión tiene ese límite. El par conceptual "orden y progresismo" remite de por sí a esa contradicción. Porque si la instalación de la idea de "más Estado" es en parte expresión de una renuncia de los ciudadanos a ser "sociedad civil" es porque la propia política oficial desmovilizó y subordinó al Estado amplias expresiones de los movimientos sociales surgidos al calor de la crisis. En este contexto, el kircnherismo instala "batallas" y "conflictos" a su medida, como si fueran "contradicciones principales" de la sociedad argentina, en la misma medida que su repolitización de la sociedad está mediatizada por el Estado, que a su vez se sostiene en poderes reales poco y nada "progresistas": la policía, la burocracia sindical y el aparato peronista.
Rodríguez no desconoce esto. Por eso el costado conservador del kirchnerismo aparece en Orden y Progresismo como los camellos en el Corán, según la apreciación de Borges: no hace falta nombrarlos, porque se sabe que están. La definición de que el kirchnerismo fue una “lucha de clases medias”, que desató una guerra prolongada de consorcio entre Sandra Russo y su vecina de Palermo, pero no hizo derramar las lágrimas de la empleada doméstica, demuestra que la politización estuvo al servicio de restaurar el orden de algunos, para que otros puedan desarrollar su progresismo.
Y de alguna manera, podría pensarse que Orden y progresismo es una reflexión sobre la imposibilidad de transformar en algo permanente la unidad de ambos términos, como demuestra la deriva actual de la política argentina hacia una especie de "centro líquido". Donde, además del rock, está matando con una reapropiación light las identidades que marcaron la historia política del siglo XX argentino (peronismo y radicalismo), sin haber creado ninguna cualitativamente nueva. “Sciolismo o barbarie”, una dupla también inventada por Rodríguez; y en la que no se sabe muy bien de qué lado está cada cosa.
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