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jueves, 29 de octubre de 2015

De balotajes y olvidos: Francia 2002


El 22 de abril de 2002, el corresponsal de El País en la ciudad de París, informaba a sus lectores del otro lado de los Pirineos: "El ultraderechista Jean-Marie Le Pen provocó ayer un terremoto político en Francia, al obtener el 17,07% de los votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, por encima del primer ministro, el socialista Lionel Jospin, que fue eliminado de la carrera electoral junto con el resto de los candidatos de la izquierda."

Cuando hablamos de "izquierda" en Francia, nos referimos al PS y el PC, la izquierda troska se denomina "extrema izquierda" y había sacado el 10% de los votos, si sumamos las candidaturas de Arlette Laguiller de Lutte Ouvrière y de Olivier Besancenot de la LCR (actual NPA). Por lo visto, la gente había votado "ultras" en los dos extremos, como le gusta decir a los de "centro".

Pero volvamos al artículo: 

"Esta situación transforma la segunda vuelta en un duelo entre Le Pen y el neogaullista Jacques Chirac, un hombre de 74 años contra otro de 69. Pese al débil porcentaje de voto recibido ayer, que no llegó al 20%, Chirac será sostenido por los socialistas y Los Verdes en la segunda vuelta, en un intento desesperado de convertirle en el valladar para impedir la elección de un extremista como presidente de la República Francesa, en la segunda y definitiva votación del 5 de mayo. El Partido Comunista, con poco más del 3% de votos, estaba anoche demasiado hundido para precisar su postura, aunque se da por hecho que apoyará a Chirac."

Fueron dos semanas en las que la sociedad francesa perdió el sosiego. Las gloriosas tradiciones republicanas estaban en peligro. No se trataba de apoyar a Chirac, sino de impedir que ganara Le Pen. En muchas manifestaciones callejeras contra Le Pen, la gente llevaba carteles que decían "Vote por el ladrón, no por el fascista". El posicionamiento hacia el balotaje en Francia cruzó los debates políticos en todo el mundo. Y como se imaginarán, la posición mayoritaria era "votar con la nariz tapada" al derechista Chirac para que no ganara el ultraderechista Le Pen, cuestión que finalmente sucedió. Fíjense cómo cambiaron los porcentajes en la segunda vuelta, que tuvo lugar el 5 de mayo de 2002: 


No pretendo comparar ambas situaciones ni ambas elecciones, las de Francia 2002 y Argentina 2015. Por muchos motivos, son totalmente distintas. Si bien tienen en común que en ambas primó el voto por candidatos derechistas y también que algo que vagamente puede denominarse "izquierda" recibió un castigo por aplicar progresivamente la política de la derecha. Pero insistir mucho en la comparación podría ser muy de trazo grueso. Hasta ahí está bien. 

Sin embargo, hay algún "recuerdo del futuro" que podemos extraer de este proceso de elección del mal menor, sobre todo para los que ahora están en pleno "operativo clamor" para que el voto del FIT vaya a Scioli.

Y ese elemento es el modo en que Chirac agradeció la gentileza de progresistas, demócratas, socialistas y comunistas que llamaron a votarlo para que no ganara Le Pen. 

Van los títulos de algunas de las gentilezas (para más detalle, abrir los links): 

(17/07/2002)El Gobierno de Chirac reforma la ley para encarcelar a los delincuentes de 13 años

(05/05/2003)Reforma de seguridad social pone a prueba a Chirac



Y para cerrar, la frutilla del postre para todos los progres que se están preparando para el acto heroico de apostarse en el desfiladero de las Termópilas y votar al "demócrata" Scioli "para que no gane la derecha": 


Bueno, no tengo nada más que agregar.

miércoles, 15 de abril de 2015

Derrota en la victoria: Scioli y el kirchnerismo


Por Fernando Rosso

El sinceramiento del programa de ajuste del economista preferido del sciolismo. El triunfo de Urtubey es una victoria de Scioli. El kirchnerismo, preso de la perversa lógica del “mal menor”, participa de la fiesta de su fracaso en cuotas.

jueves, 19 de febrero de 2015

El 18F, los límites de la "nismanía" y la astucia de la razón peronista


En La Izquierda Diario, puede verse una primera lectura "realista" (es decir no comprometida con ninguno de los dos bandos en pugna) de lo que fue. También el Blog de Abel hace una lectura "sensata", desde el punto de vista de alguien que apoya al oficialismo con una óptica peronista no kirchnerista. Por su parte, los diarios "opositores" intentan mostrar que la marcha tuvo algunas personas jóvenes no necesariamente de derecha y dan cifras exorbitantes sobre la cantidad de participantes.

Siguiendo un poco lo que dice Fernando Rosso acá, retomo o agrego algunas cuestiones: 

-Transformar la figura de Nisman en una bandera de la democracia es un poco difícil. Puede ser bandera en el antikirchnerismo fanático y a su vez despertar cierta simpatía en sectores de centro sin mucho entusiasmo ni por el gobierno ni por la oposición de derecha. Pero no puede ser el "significante flotante" de una nueva articulación "hegemónica". 

Para ser un alma bella, estaba demasiado relacionado con poderes fácticos varios (Stiusso, servicios extranjeros, casta judicial, etc.). Por los mismos motivos tampoco puede ser un héroe popular. En resumen, Nisman es Nisman, no puede ser La Madre Teresa ni El Gauchito Gil.

Para mí, esto explica en parte la poca presencia de jóvenes (más desconfiados de TODAS las castas) a la que hicieron referencia varias crónicas y la participación subordinada de la oposición de derecha, que sabe que la marcha coincide en tiempo y espacio con el fin de ciclo del gobierno, pero en última instancia no le pertenece.

-Con lo anterior, no pretendo minimizar la crisis que implica en cualquier estado moderno que un fiscal que está "investigando" al o la Presidente aparezca muerto. Es una crisis política de acá a la China (bueno, capaz no es el mejor ejemplo....) y es lo que le dio cierta "legitimidad" a la marcha. Pero el posterior intento de articulación político-social alrededor del hecho tiene los límites que señalamos en el párrafo anterior. Y por otro lado, en la medida en que pasa el tiempo y se enrarece todo, más crece la sensación "en la calle" de que no se va a saber la verdad sobre la muerte de Nisman, así como que todos los actores involucrados saben mucho más de lo que dicen.

-La marcha en sí no puede mejorar las chances electorales de nadie. No obstante esto, en parte por una política consciente (hacer crecer la figura de Macri para "polarizar"), en parte por sus propios errores, se está creando un escenario donde el FPV podría perder como perro en segunda vuelta y perder también en la primera si el candidato fuera un "kirchnerista puro". Así que la situación de Scioli es un poco contradictoria. Si bien desde el punto de vista de su estilo de "no confrontación" podría ser uno de los que más pierde con lo que está pasando en la coyuntura, al oficialismo no le quedan alternativas a su candidatura, si quiere arrastrar votos de centro y no quedar reducido al apoyo de una "minoría intensa". Se crea entonces una dinámica en la que el oficialismo dinamita la candidatura de Scioli a la vez que depende cada vez más de ella. En este sentido, el "progresismo" sigue siendo preso de la astucia de la razón peronista

Sobre las cuestiones estratégicas que van más allá de la coyuntura, escribimos el lunes acá.

lunes, 16 de febrero de 2015

La democracia vasalla y la larga agonía del "alfonsinismo"

corrupcion

Por Fernando Rosso/Juan Dal Maso

En la Argentina, donde las coyunturas políticas son altamente cambiantes e inestables, resulta un poco dificultoso reflexionar sobre los procesos políticos de largo plazo. Esto se ve acentuado un poco más por las "batallas" de la coyuntura actual, que ambos sectores enfrentados (pro capitalistas, pro serviciales y PRO a secas) intentan adornar con discursos grandilocuentes que presentan el 18F como un Acontecimiento mesiánico o diabólico, según el caso.

Estos "fuegos de artificio" ocultan o dejan sin abordar la reflexión sobre qué está ocurriendo con la "democracia" argentina, en un sentido más amplio y de fondo.

Porque si se considera, como señaló Martín Rodríguez y también otros analistas sobre los que escribimos acá, que el kirchnerismo retomó a su manera las tentativas "progresistas" fallidas de Alfonsín y el Frepaso, continuando entonces con la consumación de la "transición democrática" argentina (sin dejar de continuar a su manera también al menemismo; Boudou, Hotesur, etc.); el "fin de ciclo" del kirchnerismo debería promover, por lo menos en la izquierda, una lectura más allá de los hechos inmediatos, una lectura que permita comprender en qué "momento" estamos de la "transición democrática" y cuáles son sus perspectivas.

¿Por qué discutir sobre esto si todas las formas del Estado burgués son expresiones de la "dictadura del capital"? Precisamente por eso mismo. La democracia burguesa se constituyó en la "conquista" y el "límite infranqueable" de todo movimiento popular, genocidio mediante. Tanto fue así que incluso intelectuales como José Aricó llegaron a pensar que la democracia burguesa post dictatorial sería la antesala del socialismo y la presentaron como valor casi absoluto y horizonte insuperable de régimen político (como decía Hegel: por lo poco con que se conforma el Espíritu puede medirse la extensión de lo que ha perdido...)

En este contexto, después de más de 30 años (con 20 años de gobiernos del PJ), lo cual para Argentina es una eternidad, estamos en condiciones de hacer un cierto balance de qué resultados generó la "transición democrática" y qué se puede esperar en lo sucesivo (o mejor dicho, para qué tenemos que prepararnos).

En primer lugar, estamos asistiendo al fin de los Grandes Relatos sobre la Democracia. El apotegma alfonsinista de que “con la democracia se come, se cura y se educa”, se derrumba primero con la Obediencia Debida y el Punto Final, a los que sigue el hambre de los saqueos del ´89, y el menemismo con el Indulto, la desocupación y precarización de la salud y la educación (carpa blanca) en los '90, línea de decadencia que continúa hoy con el “descubrimiento” de que la democracia es presa de servicios de inteligencia, las policías empoderadas y una casta judicial con muchas continuidades con la dictadura. En el medio muchas muertes, algunas sociales y otras dudosas, o sea que en la democracia se come salteado en periodos de tiempo, se complica para educarse tanto como para curarse y se mata; a veces con las mismas manos que mataban en la dictadura.  

Otra indicación de lo mismo son los discursos moderados de los candidatos que pugnan por suceder a CFK, pero si lo pensamos en un sentido más estratégico, podemos decir que la Gran Política burguesa murió con Néstor Kirchner. 

Porque fue NK el principal actor de la política de reconstrucción de la autoridad estatal después del colapso de 2001 y el interregno duhaldista.

Hay una profunda y larga crisis trasversal de las instituciones del Estado y de la democracia y no hay una fuerza política o líder que se proponga como “gran reformador” con alguna propuesta creíble que permita reconstruir la autoridad estatal y democrática perdida a lo largo de estas tres décadas.

Las sucesivas "batallas" del kirchnerismo (125, ley de medios, "democratización" de la Justicia y los servicios de inteligencia) fueron acciones de pequeña política, recubiertas con un discurso de Gran Política. Decimos esto porque sus principales objetivos fueron coyunturales (responder a tal o cual problema económico o relación de fuerzas  producto de una derrota electoral o contragolpe frente a las "corporaciones" que supo alimentar y se le volvieron en contra). Si se puede sintetizar el kirchnerismo como AUH y jubilaciones + Relato, es precisamente porque su balance es de lo más módico.

El fin de los Grandes Relatos, como expresión del fin de la Gran Política, en una "transición democrática" que toca un techo.

¿Cuál es ese techo? El de los grandes poderes fácticos externos e internos, que hacen de la democracia argentina una democracia vasalla, cuyo progresismo logra a lo sumo durar algunos años, sobre todo si hay crecimiento económico, pero es incapaz de generar cambios sociales estructurales o la independencia económica del país. Incluso menos que eso, fue incapaz de cambiar las relaciones de fuerzas sociales que impuso la dictadura, al contrario las profundizó. Llevamos más de treinta años de democracia transitada sobre la economía impuesta en seis de dictadura.

Por eso, después de treinta años de "transición democrática", la economía argentina (no obstante el enorme progreso tecnológico del agronegocio) sigue exportando productos primarios, el proyecto de "autoabastecimiento" energético es a costa de entregar a Chevron los recursos de Vaca Muerta y permitir la generalización del fracking, los pueblos originarios viven en la miseria, las políticas educativas "inclusivas" coinciden curiosamente con las del Banco Mundial, la mitad de los trabajadores más o menos está "en negro" o en condiciones precarias, entre otros aspectos a considerar para hacer un balance realista, que podría suscribir John William Cooke tanto como León Trotsky.

¿Será este callejón sin salida estratégico el que otorga tanto peso a las coyunturas?

En resumen, la democracia argentina es el conjunto de capitulaciones de los grandes partidos que congregaron las mayorías populares ante la clase dominante y el imperialismo. Ellos imponen las coordenadas del "campo de fuerzas" dentro del cual introducir pequeños cambios, cuando hay viento a favor. Los grandes relatos pueden ser en todo momento (el Menemismo fue también el Gran Relato de la entrada al Primer Mundo ¿se acuerdan?), pero ya se quedaron sin sustancia.

Ligado a lo anterior, cabe reflexionar, ahora que muchos nos piden (al FIT) "hacer como Syriza", sobre las perspectivas del "espacio progresista" en la Argentina, que siguió siempre como sombra al cuerpo el derrotero de la "democracia vasalla".

La línea que une los términos Alfonsinismo-Revista Unidos-Frente Grande/Frepaso/Alianza-Kirchnerismo es sinuosa por demás pero no por eso inexistente. Desde la salida de la dictadura existe de forma más o menos permanente un espacio político-cultural (no solamente electoral) para un "progresismo" o "centroizquierda" en la Argentina. El Frepaso lo llevó a su casi auto-disolución y el kirchnerismo lo rescató, a condición de subordinarlo al peronismo realmente existente y desorganizarlo como espacio político autónomo, o sea disolverlo por otros medios.

En este marco, si bien el kirchnerismo puede continuar como corriente de centroizquierda peronista (según el grado de deterioro con el que se vaya) en un gobierno de Scioli, Massa o Macri, resulta poco probable que se pueda volver a reconstruir el "progresismo histórico" argentino, es decir que se reconstituya un espacio de centroizquierda que pueda convencer con un discurso de "ampliación de derechos" y que sea independiente del peronismo (que va enfilando para la centroderecha más cerca de su "promedio histórico").

Y si desde el punto de vista del régimen político estamos tocando el techo de la "transición democrática", desde el punto de vista de las corrientes políticas (entendidas en un sentido amplio), estamos ente la consumación de la larga agonía del "alfonsinismo" (es decir del progresismo que sostenía que mediante el Estado se podía "ampliar la democracia" y avanzar sobre la resolución de la "cuestión social" sin romper con el capitalismo).

Pero sería un error pensar las perspectivas de la izquierda solamente como posibilidad de capitalizar la "crisis del progresismo", aunque una parte del ascenso de la izquierda radical, sin radicalización en la lucha de clases, se explica por esta crisis. Precisamente uno de los rasgos distintivos de la izquierda argentina (o de sus sectores lúcidos) fue la reflexión sobre las vías para la confluencia entre la izquierda y el movimiento obrero identificado con el peronismo.

Lo que une ambas cuestiones ("crisis de la centroizquierda" y "crisis del peronismo") es precisamente el kirchnerismo, que se constituyó como la única centroizquierda posible y peronista, mientras el peronismo continuaba su vaciamiento de la base obrera que supo ostentar este partido en el pasado, orientándose hacia la administración de la pobreza y los votantes de clase media, en un dualismo que le resulta por demás conveniente, para invisibilizar a la clase trabajadora como sujeto social y político e instalarse como "árbitro" entre pobres y capas medias.

Sin embargo, la crisis del progresismo (ligada a la del partido radical) está más avanzada que la del peronismo. Quizás una de sus explicaciones es que el peronismo, en su relación con los sindicatos moldeó la estructura del Estado argentino, que se apoya como un pilar de granito en las organizaciones obreras burocratizadas. 

En este contexto, un peronismo con un presente cada vez menos "obrero" y un futuro incierto, va lidiando con su propia reconversión a través de la administración de un aparato estatal que expresa su propio pasado, signado por aquello de que "sobran sindicatos pero falta burguesía nacional". 

Agotada o en vías de agotarse la posibilidad de recrear alguna variante del "alfonsinismo histórico", en plena mutación de "partido burgués basado en los sindicatos" a "aparato de marketing electoral basado en los pobres y las clases medias", el peronismo avanza hacia el posperonismo. ¿La clase trabajadora (o un sector más significativo de ella que el actual) se orientará hacia la izquierda? Crear las condiciones para una respuesta afirmativa será la principal tarea para el FIT.