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jueves, 26 de octubre de 2017
miércoles, 2 de noviembre de 2016
miércoles, 19 de octubre de 2016
Sobre Ciencia y Utopía en Marx y en la tradición marxista
El libro es sin duda un buen material para acercarse a la problemática que se consigna en el título. Problemática que tiene su peso a su vez como un cierto legado del ´68, sobre todo en Europa y en especial en Francia (en América Latina quizás deberíamos ubicar ese momento un poco antes, a partir de la revolución cubana), cuando se plantea un amplio cuestionamiento a la identificación entre la “ciencia” marxista y los Partidos Comunistas como supuestos representantes de la clase obrera. A su vez la derrota o desactivación de esos procesos y la imposición del neoliberalismo y la restauración del capitalismo en la URSS y China, implicaron una crisis del marxismo que incluye por supuesto su pretensión de cientificidad. En este marco, el trabajo de Ariel Petruccelli expresa cierto “espíritu de época” marcado por pocas certezas y muchos problemas teóricos.
En cuanto a los contenidos del libro, a mi modo de ver lo más atractivo es el repaso de la reformulación que realizan Marx y Engels sobre las relaciones entre “progreso” histórico y toma de posición por los oprimidos, cuestión que ya había sido destacada por José Aricó en Marx y América Latina y por otros autores como Teodor Shanin que investigan al Marx tardío y su relación con los populistas rusos. En este marco, se plantea la diferencia entre el pensamiento del propio Marx, sus riquezas y ambivalencias y cierta “ortodoxia” marxista constituida a partir de la identificación de ciencia y desarrollo de las fuerzas productivas, opuestas a una perspectiva utopista y ética.
Dicho esto, voy a plantear algunas observaciones críticas.
La primera es que la visión del marxismo posterior a Marx que ofrece el libro es relativamente reduccionista. Traza la imagen de un “marxismo de las fuerzas productivas” frente al cual se opone la riqueza, ambivalencias y evolución del propio pensamiento de Marx, como si fuera característica de todo el marxismo del siglo XX. Sin embargo, junto con un cierto “marxismo de las fuerzas productivas” hay también un “marxismo de la estrategia” (plasmado en los cuatro primeros Congresos de la Tercera Internacional bajo dirección de Lenin) y relacionados con éste, un “marxismo de la hegemonía” (Gramsci) y un “marxismo de la revolución permanente” (Trotsky), que superan ampliamente al “marxismo de las fuerzas productivas”, en cuya crítica se concentra Ariel y cuya imagen caracteriza bastante bien al stalinismo, pero no resulta adecuada para el resto. Centrar la crítica en este aspecto llevaría, naturalmente, hacia otros temas que no son los abordados en el libro, por lo que la dejaré en suspenso (aunque la retomaré al final).
Dejando entre paréntesis esta crítica y asumiendo como propio el punto de vista de Ciencia y Utopía, una segunda crítica que se puede plantear es la siguiente: ¿por qué buscar la perspectiva ética del marxismo en un cruce entre Marx y las teorías de la justicia o en la “vuelta a Kant” propiciada por Bernstein y no en los propios aportes de Marx para pensar el problema? Quizás en este aspecto el libro presenta cierta “desviación profesional” de Ariel hacia el oficio de historiador, ya que plantea la necesidad de identificar ciertos valores que guían a Marx y Engels, esencialmente a partir de cómo van articulando una visión de la historia, de 1848 en adelante.
Sin embargo, si queremos reflexionar sobre la vertiente ética del marxismo, son muy importantes los textos de juventud de Marx, que sirvieron de inspiración a muchos marxistas disidentes sobre todo del bloque soviético durante los años de la segunda posguerra. Por ejemplo, los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 plantean varios elementos que permiten pensar una base para una concepción ética del marxismo, a partir de ideas como la de ser genérico, el grado de emancipación de la mujer como medida del progreso de la sociedad (idea tomada de Fourier) y la reconciliación de la especie humana con la naturaleza a través del comunismo.
La categoría de ser genérico que Marx toma de Feuerbach y que luego critica en sus célebres Tesis de 1845 plantea sin dudas varios problemas, el primero es que está en discusión hasta dónde es una noción “marxista” en tanto Marx avanza posteriormente en la idea de que no hay una “esencia humana” separada el conjunto de las relaciones sociales. Esto, si la vemos desde su punto débil: es una noción abstracta y en cierto modo ahistórica.
Pero si la vemos desde su punto fuerte, que es su materialismo, podemos encontrar una base para una ética materialista bastante clara: todos tenemos un cuerpo “paciente” que es afectado por el placer y por el dolor, que es una realidad elemental y pre-existente a cualquier filosofía y cualquier política, es decir, es precondición para ellas.
Por eso, la pregunta al respecto de este tema que surge leyendo Ciencia y Utopía es ¿por qué Kant o Rawls y no el propio Marx, que se inspira en Feuerbach que a su vez se inspira en Spinoza? En el mismo sentido, cabe tomar en cuenta el texto de Marx sobre el suicidio, que como dice su traductor Nicolás González Varela adelanta de manera sorprendente esa consigna de que lo personal es político que se hizo popular en los '60.
A su vez, esta discusión es inseparable de cierta ambivalencia propia de la idea de comunismo en Marx, que como dice Emmanuel Barot en su libro Marx en el país de los soviets tiene un doble rostro: como fin a realizar y como “movimiento real que busca abolir el estado de cosas existente”. Es decir, el comunismo por un lado es el proyecto de lograr una sociedad de productores libres asociados, para terminar con la explotación y liberar a la humanidad del trabajo forzado. Asimismo es el “movimiento real”, o sea, todas las tentativas teórico-prácticas de la clase obrera y los sectores oprimidos que se dirigen contra el estado de cosas. Esta unidad contradictoria de una perspectiva “trascendente” (que está más allá) y una crítica “inmanente” (que es inherente a la propia dinámica de la sociedad de clases) permite pensar las condiciones de posibilidad de un movimiento histórico y social que vaya configurando sus valores de igualdad, libertad y máximo desarrollo de las capacidades humanas, en la medida en que lucha por ellos. Desde este punto de vista, en la medida en que los marxistas no logren confluir con el “movimiento real” uniendo las grandes ideas con las luchas concretas, las condiciones para una ética socialista seguirán siendo más o menos pobres. Esto plantea a su vez la cuestión de la práctica política de los intelectuales.
En este contexto y uniendo las dos críticas que planteo a Ciencia y Utopía, sospecho que la reivindicación parcial de Rawls, Bernstein y Kant no es tanto una opción “ética” del autor sino una opción esencialmente política. En el caso de Bernstein, la “vuelta a Kant” iba inseparablemente unida a la primacía de un “programa mínimo”. En el caso del libro de Petruccelli, aunque sería burdo decir que defiende abiertamente una posición “bernsteiniana”, el recorte propuesto para pensar las tensiones entre ciencia y utopía, política y ética, al dejar afuera los aspectos de la estrategia, la hegemonía y la revolución permanente, implica dejar de lado las variantes del marxismo que buscaron unir la perspectiva comunista con los modos prácticos de llevarla adelante intentando superar el hiato entre programa mínimo y perspectiva comunista. Ciencia y Utopía tiene el mérito de problematizar estos temas y el defecto de reeditar ese hiato.
(Texto base de la intervención oral realizada en charla presentación del libro junto con el autor, Fernando Lizárraga y Marcelo Lafón, el 18/10/2016 en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue, ciudad de Neuquén)
lunes, 11 de junio de 2012
Una vez más sobre la época, la estrategia y el "anclaje político" de la intelectualidad de izquierda
Me parece que la discusión sobre la "época de crisis, guerras y revoluciones" merece una vuelta de tuerca. Aunque ya le había planteado a Ariel que para el PTS, la definición de la época no significa que siempre estemos ante la misma situación (acá cabría diferenciar entre época, etapa, situación y coyuntura, diferencias obviadas por Ariel). Por eso quisiera poner de relieve que en la periodización del Siglo XX, en las elaboraciones de nuestra corriente (elaboraciones previas a este intercambio) marcamos tres etapas distintas: la que señala Ariel como etapa donde las características de la época se desplegaron más inmediatamente (que incluye las dos guerras mundiales, la revolución rusa, la crisis del ’30, el surgimiento del fascismo y el nazismo, la revolución española y otros procesos), que se caracteriza por el enfrentamiento abierto entre revolución y contrarrevolución (aunque hubo desde ya estabilizaciones y momentos de "pacifismo") después la etapa del Orden de Yalta, marcada por el acuerdo a la salida de la guerra entre la URSS y el imperialismo, donde las revoluciones se trasladaron al mundo semicolonial y la burocracia expropió el capitalismo en los países del Este pero con métodos burocráticos -en lo que hemos denominado una forma de revolución pasiva proletaria-. Este orden sufrió un embate fuerte en el '68, donde los procesos de lucha de clases tendieron a unir periferia y centro, pero fue desviado o derrotado según el caso; luego, la larga etapa de la Restauración burguesa, etapa cuyos límites se plantean hoy en torno a la crisis y los nuevos procesos que están surgiendo como producto de esta crisis capitalista mundial que ya lleva 4 años. Para más precisiones, leer acá.
Sumado a esto, quería remarcar que la consecuencia estratégica del "cambio de época" del siglo XIX al siglo XX, expresada en su momento por Lenin y la Tercera Internacional es el fin de las "revoluciones burguesas" (revoluciones acaudilladas por la burguesía contra el viejo orden feudal o aristocrático), las causas burguesas "progresivas" (enfrentamiento entre potencias progresivas y reaccionarias) e incluso las "revoluciones pasivas" relativamente progresivas (modernizaciones desde arriba como en Alemania, Italia y Japón). Esto plantea la necesidad de unir la lucha contra el imperialismo con la de la clase obrera. Es decir que los procesos populares, nacionales, democráticos, del tipo que sean, no pueden consolidar sus conquistas de manera íntegra y definitiva, si no es en una dinámica de revolución permanente que avanza en tareas propiamente socialistas. Eso y no más (ni menos) que eso significa que estamos en la misma época en que vivió Trotsky.
Aclarado esto, me parece importante remarcar que como parte de este contexto de una etapa que parece estar llegando a su fin, en los últimos años (y como decía Bensaïd desde la huelga general francesa del '95) se vienen dando toda clase de procesos, los cuales han pegado un salto a partir de la crisis capitalista en curso desde hace casi un lustro, muchos de los cuales tienen como componente predominante posiciones distintas de las nuestras, pero incluyen elementos de recomposición de la clase obrera en distintos planos, principalmente en las acciones, aunque con limitaciones en el programa y el imaginario predominante (tomas de fábrica con rehenes en Francia para reclamar indemnizaciones).
El problema nuevamente es cuál tiene que ser el rol de la izquierda que se reivindica revolucionaria o anticapitalista. Si nosotros en Zanon hubiéramos hecho lo mismo que hicieron el NPA y LO en la movida de ocupación de fábricas en Francia (quedarse viendo de afuera porque "no había condiciones"), no se podría hablar de los aportes del PTS a esa experiencia, que sin duda, habría sido distinta en muchos aspectos, los obreros se las hubieran tenido que arreglar sin una colaboración bastante importante y nosotros hubiéramos sido un grupo testimonial. Es decir, que la voluntad política de influir y confluir con los sectores de la clase trabajadora que libran luchas en las condiciones actuales, con un programa (¡con perdón!) transicional, hace una diferencia.
Desde este ángulo, la caricatura relativa que hace mi amigo Ariel sobre que nos preparamos tanto para los últimos cinco minutos del partido que no jugamos la previa, me parece que se basa principalmente en un desconocimiento del trabajo real que hace nuestra organización.
La preparación para los momentos de ascenso revolucionario se hace precisamente construyendo una organización en los momentos previos, para lo cual es necesario combinar toda clase de tareas y trabajos. Si así no fuera, en la Alimentación no estaríamos luchando por las reivindicaciones más elementales de los trabajadores y nos limitaríamos a esperar que venga la revolución proletaria o peor aún, haríamos un "sindicato rojo" separado del STIA. Tampoco estaríamos promoviendo desde la Agrupación Negra de ATEN, junto a la Banca del FIT, las agrupaciones que lo integran y apoyan y las seccionales opositoras, el rechazo activo a la ley de Educación del MPN. Esta política de Frente Unico, que permitió empiojarle el panorama al MPN que pensaba pasar la ley como por un tubo es un ejemplo de lo lejos que estamos de la caricatura de una secta que se prepara para una revolución imaginaria, despreciando las luchas reales y concretas, con el nivel de conciencia actual de la clase trabajadora. Creo que esto lo reconoce incluso el mismo sector de ATEN en el que se referenció siempre Ariel (Agrupación Naranja) que manifiesta tener intenciones (con excepción de un sector más antipartido) de hacer un frente con la izquierda (incluido el PTS) para recuperar el sindicato de manos de la burocracia kirchnerista.
Sumado a esto, quería remarcar que la consecuencia estratégica del "cambio de época" del siglo XIX al siglo XX, expresada en su momento por Lenin y la Tercera Internacional es el fin de las "revoluciones burguesas" (revoluciones acaudilladas por la burguesía contra el viejo orden feudal o aristocrático), las causas burguesas "progresivas" (enfrentamiento entre potencias progresivas y reaccionarias) e incluso las "revoluciones pasivas" relativamente progresivas (modernizaciones desde arriba como en Alemania, Italia y Japón). Esto plantea la necesidad de unir la lucha contra el imperialismo con la de la clase obrera. Es decir que los procesos populares, nacionales, democráticos, del tipo que sean, no pueden consolidar sus conquistas de manera íntegra y definitiva, si no es en una dinámica de revolución permanente que avanza en tareas propiamente socialistas. Eso y no más (ni menos) que eso significa que estamos en la misma época en que vivió Trotsky.
Aclarado esto, me parece importante remarcar que como parte de este contexto de una etapa que parece estar llegando a su fin, en los últimos años (y como decía Bensaïd desde la huelga general francesa del '95) se vienen dando toda clase de procesos, los cuales han pegado un salto a partir de la crisis capitalista en curso desde hace casi un lustro, muchos de los cuales tienen como componente predominante posiciones distintas de las nuestras, pero incluyen elementos de recomposición de la clase obrera en distintos planos, principalmente en las acciones, aunque con limitaciones en el programa y el imaginario predominante (tomas de fábrica con rehenes en Francia para reclamar indemnizaciones).
El problema nuevamente es cuál tiene que ser el rol de la izquierda que se reivindica revolucionaria o anticapitalista. Si nosotros en Zanon hubiéramos hecho lo mismo que hicieron el NPA y LO en la movida de ocupación de fábricas en Francia (quedarse viendo de afuera porque "no había condiciones"), no se podría hablar de los aportes del PTS a esa experiencia, que sin duda, habría sido distinta en muchos aspectos, los obreros se las hubieran tenido que arreglar sin una colaboración bastante importante y nosotros hubiéramos sido un grupo testimonial. Es decir, que la voluntad política de influir y confluir con los sectores de la clase trabajadora que libran luchas en las condiciones actuales, con un programa (¡con perdón!) transicional, hace una diferencia.
Desde este ángulo, la caricatura relativa que hace mi amigo Ariel sobre que nos preparamos tanto para los últimos cinco minutos del partido que no jugamos la previa, me parece que se basa principalmente en un desconocimiento del trabajo real que hace nuestra organización.
La preparación para los momentos de ascenso revolucionario se hace precisamente construyendo una organización en los momentos previos, para lo cual es necesario combinar toda clase de tareas y trabajos. Si así no fuera, en la Alimentación no estaríamos luchando por las reivindicaciones más elementales de los trabajadores y nos limitaríamos a esperar que venga la revolución proletaria o peor aún, haríamos un "sindicato rojo" separado del STIA. Tampoco estaríamos promoviendo desde la Agrupación Negra de ATEN, junto a la Banca del FIT, las agrupaciones que lo integran y apoyan y las seccionales opositoras, el rechazo activo a la ley de Educación del MPN. Esta política de Frente Unico, que permitió empiojarle el panorama al MPN que pensaba pasar la ley como por un tubo es un ejemplo de lo lejos que estamos de la caricatura de una secta que se prepara para una revolución imaginaria, despreciando las luchas reales y concretas, con el nivel de conciencia actual de la clase trabajadora. Creo que esto lo reconoce incluso el mismo sector de ATEN en el que se referenció siempre Ariel (Agrupación Naranja) que manifiesta tener intenciones (con excepción de un sector más antipartido) de hacer un frente con la izquierda (incluido el PTS) para recuperar el sindicato de manos de la burocracia kirchnerista.
Ahora bien, cuando nosotros damos luchas por puntos mínimos o incluso por cuestiones políticas se hace buscando mostrar en cada proceso en que intervenimos la necesidad de una estrategia de "hegemonía obrera", que no interpretamos en clave de dictadura del sector industrial sobre los restantes asalariados, sino como unificación de los distintos sectores de la clase obrera, junto a los restantes sectores populares, para crear una alianza social que permita golpear el poder de la burguesía. En este sentido, planteamos en Neuquén la hipótesis estratégica de unidad de ATEN y el SOECN, siguiendo la lógica de la experiencia realizada por los ceramistas en la conquista de apoyos de otros sectores de trabajadores y sectores populares.
Si fuéramos un partido sectario y mal ubicado en la realidad histórica actual, como dice Ariel. ¿Cómo se explica que a diez años del 2001, la mayoría de los movimientos de izquierda autónomos o independientes (que tienen clarísimo que estamos en otra época y no se aferran a dogmas ni fetiches organizativos) fueron fracturados por el kirchnerismo, apoyan más o menos a gobiernos burgueses "progresistas" como el de Chávez o Evo y se encuentran por fuera (con excepción de algún sector estatal o docente) del principal proceso de recomposición obrera, que es el sindicalismo de base? ¿Por qué el PTS pudo empezar a pesar ahí y los demás no? Mi respuesta es: porque tenemos una estrategia de poder obrero (que presupone como requisito previo un rol de liderazgo de la clase obrera en una alianza obrero-popular), un programa que se basa en las experiencias históricas del proletariado y la voluntad (encarnada en una militancia que incluye dirigentes obreros trotskistas) para hacerlo confluir con los sectores de la clase trabajadora que se foguean en los combates actuales, contra la patronal y la burocracia y van haciendo una experiencia con el gobierno. Sin estos elementos, creo que es muy difícil incluso librar positivamente luchas reivindicativas parciales (y por eso los reformistas, paradójicamente, terminan siendo los sindicalistas menos efectivos).
En este sentido, y en consonancia con lo que plantea Fernando Aiziczon acá, creo que un sector de la intelectualidad de izquierda relacionada con el FIT tanto como con la izquierda "independiente", tiene una cierta crisis de "anclaje político". Parte de un "espíritu de época" en el que primó lo que se conoce como "el grado cero de la estrategia". No simpatiza mucho con los partidos que componen el Frente, pero a su vez no tiene otro interlocutor que sea claramente superior o genere reflexiones más productivas. Y sobre todo, no tiene una estrategia alternativa en la práctica a la que plantea el PTS. Porque incluso si tomáramos como propia la estrategia de largo aliento que plantea Ariel, más cercana a la "guerra de posición" (que para Gramsci requería una "concentración inaudita" de hegemonía) esta tarea "acumulativa" no podria llevarse adelante, en razón de los enemigos que enfrentamos, sin un trabajo como el que hoy desarrolla el PTS, pero multiplicado.
jueves, 7 de junio de 2012
Efecto placebo (O la dulce tiranía de una época “incierta”) - Fernando Aiziczon
Posteo una nueva contribución de Fernando Aiziczon al debate.
Va una imagen (y conste que digo “imagen”): hace unas semanas comenzó a circular la versión de que uno de los candidatos presidenciales sería nada menos que Máximo Kirchner, sí, el hijo de Él y Ella. Obviamente, su trayectoria política es Mínima, pero aún así, y por una cuestión dinástica muy a tono con estos tiempos (¿?), no resulta un disparate pensar que ocurra… aún diez años después del “que se vayan todos”. Otra imagen: la CGT y su futuro a corto plazo nos presenta las siguientes estrellas estelares: Moyano, Caló, Barrionuevo, Daer. Allí hay desde ultraburócratas sexagenarios con todo tipo de pasado, hasta sospechados de participar en la Triple A; a ellos poco les importa ese pasado, por supuesto, el punto es dominar la central obrera más poderosa y estructurada de Latinoamérica. Ni qué decir de la Imagen-Scioli y su legítima aspiración presidencial.
Sé que estos ejemplos abundan y molestan cualquier discusión como la que venimos sosteniendo, pero hay que decir que ésta es la real realidad, una realidad que aburre y espanta por su monotonía, que nada tiene de nuevo en su lógica final y que para colmo de colmos reenvía a una imagen inmune al paso del tiempo: el peronismo (y por si dudan, ahí están los “putos peronistas” simulando un aggiornamiento de época).
Está claro que en determinadas épocas históricas hay que realizar enormes esfuerzos físico-mentales para mantenerse en pie sobre el mundo si es que se pretende dedicar algún tiempo a modificarlo, tanto porque se lo considera injusto como porque no nos cierra su “lógica”. Pero parece también que hay que tomarse las cosas con calma. Paciencia. Todo a su tiempo y en armonía, decía el general. De resultas, mientras unos desempolvan siglos en acalorados e interminables debates (interminables por definición, o terminables por cansancio), otros hablan de lo que creen que hoy sucede sin lograr coincidir en el punto central, que es tan viejo como la aspirina (apenas opacada por la cuestionable novedad del ibuprofeno): ¿Qué hacer?, pregunta eterna si las hay. Lenin decía masomenos que la organización es poder. Trotsky, que el quid de los que luchan para derribar al capitalismo son sus problemas de dirección, y Gramsci que las clases subalternas nunca cierran una historia propia ni una “cosmovisión” unificada sino que están libradas a la fragmentariedad de sus recuerdos y a la arbitrariedad del sentido común dominante, ése que ordena hace siglos, por ejemplo, la sacrosanta reverencia a la propiedad privada. Uso el “masomenos” adrede; la precisión de las citas poco me interesa y más bien me aburre cuando se convierte en un ejercicio de esgrima. Igualmente estéril me parece especular hoy sobre las intenciones o justificaciones de los bolcheviques en tal o cual súper preciso momento de aquella excepcionalísima historia. Esa querella no soluciona nada, ni se va a solucionar. Por lo demás, y sin menospreciar a nadie, en varios escritos que publiqué, me ocupé de historizar y explicar –eso sí, “científicamente”- por qué algunos conflictos van para un lado y no para otro. Que alguien diga: ¡al fondo a la izquierda!, en estos tiempos desérticos, ya es mucho.
Está claro también que la época actual se encuentra bañada de una suerte de posmodernismo espeso que lejos estamos de ver retroceder o desaparecer; al contrario, si el neoliberalismo comenzó a tallar a fines de los ’60 para alcanzar su cénit durante los ’90 continuándose con menos fuerza hasta hace unos pocos años, no tendríamos entonces que suponer ingenuamente que el fenómeno posmoderno ya pasó. Los valores culturales, las subjetividades políticas o las “concepciones del mundo” son cosa de largas décadas (cuando no de siglos), y por eso mismo es que también lo que emerge con ropaje novedoso no puede sustraerse de acudir, inconscientemente, a los fantasmas del pasado, aunque de ellos reniegue en voz alta. Del “Dios ha muerto” al “contra el método”, del “relativismo” al “situacionismo”, cientos de enunciados trataron heroicamente de salirle al cruce a la objetividad, a la cruda realidad, a la esquiva interpretación de las cosas, al clima de época o la conciencia de las personas. Por eso hoy tenemos un bricolaje de perspectivas acumuladas donde conviven, chocan y se superponen creencias místicas, científicas y políticas de toda calaña. Sin embargo, todo esa mèlange se puede borrar tranquilamente de un plumazo: sólo hay que esperar una ley SOPA que restrinja las opiniones políticas en los blogs y ahí sí que vamos a estar fritos buscando la “caracterización” contemporánea.
La “definición del sujeto” que reclama Octavio Crivaro se mide en este difícil escenario, donde el pensamiento políticamente correcto –de izquierda a derecha- nos enseña que más que sujetos hoy tenemos que hablar de “sujetxs” (esto ya lo dije, y “entrecomillado”, sino, no vale), cuya traducción política más salvaje es: “basta de hablar de obreros”. Igual sucede con la “no delimitación” del Estado (o de cualquier otro referente), pues para la subjetividad actual, posmoderna, “delimitar” es confinar, recluir, castrar. Con ello se olvida algo que todo ser humano hace para vivir y significar su mundo: definirlo-aprenderlo-modificarlo, pues aunque lo que se delimite sea en base a lo “indeterminado”, se trata al fin de cuentas de la misma operación intelectual de la cual nos resulta hoy por hoy imposible escapar.
Así las cosas, es obvio que las nociones a las que remiten palabras como Partido, guerras, revoluciones, o peor aún, “soviets”, resultan para muchos exoticidades anacrónicas que no obstante pueden armonizar en el bricolaje posmoderno. De allí la urgencia, que considero de primer orden, en avanzar y clarificar qué significa hoy recuperar los “soviets” o el “leninismo”, por una parte, y evitar, por otra, malos entendidos, como aquel que supone que estamos hablando entre mentes cerradas, estrechas y preparadas para el combate, nada menos que en un blog.
Con todo, podemos seguir eternamente discutiendo estas cosas, en eso consiste la tónica de los tiempos que corren. Parece que volcarse a transformar la realidad es un mero ejercicio de búsqueda de conceptos adecuados al presente, o quizá otro postulado teórico, tal como Alex Callinicos define a la condición intelectual posmoderna: un fenómeno teórico anclado en la superficialidad del pensamiento actual. Lo posmoderno, y aquí está su gran contradicción interna y oculta, es incomprensible si no se habla en simultáneo de Revolución: pero de su imposibilidad, claro está, imposibilidad hasta de pronunciarla: ¿cómo se pronunciaría “Revolucixn”, incluyendo las comillas tan a la moda?
No se trata de postular ningún objetivismo arbitrario, ni de usar marcadores fosforescentes para señalar el camino, iluminándolo. Tampoco de practicar un principismo a prueba de sordos. Mucho menos de ponernos de acuerdo en qué fue lo que realmente sucedió aquí o allá mediante un despliegue escolástico. Se trata simplemente de replantear si no estamos realmente pudriéndonos en un mundo donde los trabajadores (hombres, mujeres, trans, niños, niñas, negros, amarillos, etc.) siguen muriendo su vida por otros; donde la “cosa” política se define entre elecciones y bombas, donde el Amo supremo de las vidas es el Capital, donde el código de barras de nuestras vidas lo sella el Estado, y donde la educación enseña y dirige por dónde se debe pensar el mundo, aunque sin decir lo de recién. Intervengo, luego existo. O me intervienen, y luego intento existir.
Imagino que coincidimos -en este reducidísimo terreno bloggero- con el anterior párrafo. Pero hay un vacío tremendo que no se rellena porque, creo, nos entrenamos en desplegar con alta maestría nuestras diferencias (por escrito u oralmente), diferencias que consideramos, desde ya, importantísimas para nuestras vidas. Esas diferencias son en lo esencial, distintas creencias: a) nos volcamos a construir una herramienta política concreta para dar la lucha por dar vuelta el mundo de manera urgente (está claro que no es una herramienta para jugar al yenga con Obama, sino que se trata de, por lo menos, un Partido), ó, b) nos dedicamos a caracterizar la etapa actual (que es distinta a la anterior, pero no sabemos bien en qué, más allá de decir que es “compleja” o que “no es la misma”) para mejor comprender cuál herramienta (si es que de eso también se trata, porque no todos en la izquierda independiente estamos pensando en eso) y cuál estrategia sería la más adecuada en algún momento que sería aparentemente más propicio que el actual…Uff…
Por mi parte, creo que la opción b) es, a esta altura del partido, ingenua, justamente por la presencia edulcorante de la posmodernidad en nuestras venas: ¿cuándo, quién, cómo y por dónde se planteará la salida? La opción a) no garantiza éxito alguno, pero aunque sea marginal (y sobre éste punto es necesario decir claramente que nadie milita ex profeso para sostener semejante condición… sabemos que ser masivo es una cuestión de consumo y de recursos, y no de voluntad), digo, esa opción “marginal” no está para nada reñida con la época actual, al contrario, quizás esté en algunos aspectos demasiado pegada a ella. Yo creo que el sindicalismo clasista –muy joven y con grandes enemigos enfrente- es de los pocos actores que le pone el cascabel al gato y denuncia sin pelos en la lengua la miseria de este modelo, dándole la pelea en sus mismas entrañas. Lo mismo con las denuncias que salen a flote con el escandaloso Proyecto X, que demuestra muy a las claras sobre quiénes se descarga la represión estatal. Y no pretendo caer en la contraposición de ejemplos en defensa de tal o cual posición, pero lo que yo nunca diría, es que ahí subyace una inadecuada comprensión de la realidad. Diría todo lo contrario. Incluso la posibilidad de éste debate, en éstos términos y con éstos compañeros, es una muestra terminante de con quiénes podemos avanzar en una comprensión compartida de estos tiempos, aunque no coincidamos en todo.
Por esto último yo me animaría a sumar a todos estos planteos, a veces conectados, a veces no, algo así como el megatabú de los tabúes, el más esquivo, odiado, repudiado y a la vez incomprendido e ignorado dentro del lenguaje de la política clásica: el de la “dirección” ¿Qué es la dirección, esa (mala) palabra a que recurre la más conocida (y trillada también) tradición trotskista, aunque parecen todos comprenderla de manera distinta? A mi entender, dirección es tanto el planteo de una meta clara a conquistar, como la única manera de evitar la deriva humana, librada, qué duda cabe, a las fuerzas del capital. Y no me produce ningún efecto de atemporalidad estudiar el Programa de Transición, al contrario, hasta me permito hacer de él una lectura particular pensando si realmente no hay algo semejante a una crisis de dirección entre nosotros, pero no de quien dirige, obviamente, ni tampoco si dirigir “está mal”, sino de hacia dónde vamos, o hacia dónde le decimos a nuestros compañeros que podríamos ir.
(Hablando de señalar caminos: en la fábrica de cerámicos de la que siempre hablo y sobre la cual escribí, la patronal sí que marcaba el camino por donde los obreros debían circular, y no sólo por cuestiones de “seguridad” –cuestiones que en realidad la patronal siempre obvió-, sino también para evitar el contacto entre trabajadores).
martes, 5 de junio de 2012
Para continuar el debate (Ariel Petruccelli)
Un debate oral iniciado de la manera más casual en Neuquén, sorprendentemente (al menos para mí) ha desatado en el lapso de una semana una gran cantidad de intervenciones, en al menos tres sitios web. A los post de Juan Dal Maso y míos (que despertaron variados comentarios de participantes en los foros) hay que agregar la siguiente serie de post: una intervención de Fernando Aiziczon titulada "¿Cuál ortodoxia?", un extenso artículo ("Sobre épocas, revoluciones y partido: un debate con Ariel Petruccelli") escrito por Cecilia Feijoo y Demian Paredes y publicado en el blog del IPS, y otro extenso trabajo de Eduardo Castilla, publicado en el blog Apuntes de Frontera. A esta altura son tantas las cosas debatidas, tantos los frentes abiertos, que se me hace difícil figurarme cómo podría un lector ajeno a quienes participamos en estos intercambios seguirlos productivamente. Y más aún, me da la sensación de que las cosas que se están poniendo en juego son de tal magnitud, que el soporte de post en la web ya no es el más adecuado. Había preparado un escrito más extenso, pero de común acuerdo con Juan he decidido presentar una versión más breve, tratando de facilitar la lectura y seguimiento del debate.
Volveré a concentrarme en el que creo es el nudo de la cuestión: la caracterización de la etapa histórica que atravezamos y, en consonancia con ello, las vías factibles de lucha anti-capitalista. No quiero con esto menospreciar los puntos que trajo al debate Fernando Aiziczon: los vicios de la ortodoxia anti-ortodoxa que pueden prevalecer en ciertos grupos de la llamada nueva izquierda, o las falencias del quehacer intelectual académico. En cuanto a lo primero, hace ya varios años publiqué en algún viejo Rodaballo una extensa critica a John Holloway, y también expuse por escrito mis reparos respecto a los planteos de Negri y Hardt, aunque tomé distancia de lo que me parecieron críticas demasiado fáciles y simples a sus posiciones, como las de Atilio Boron. En cuanto a lo segundo, recientemente publiqué en Debates Urgentes lo que creo es una crítica bastante fuerte a las prácticas académicas, en tanto que a Laclau (el pensador a que hace referencia Fernando) le he dedicado tres capítulos de mi último libro: El marxismo en la encrucijada. Tampoco quiero hacer a un lado los planteos de Castilla respecto a los soviet, la democracia proletaria y la revolución. Pero un tratamiento mínimamente adecuado de esta cuestión implica, a mi juicio, un debate aparte. Así que tomaré del extenso escrito de Castilla sólo un par de cosas, que me servirán de trampolín para discutir las afirmaciones que iniciaron este intercambio polémico. Afirma Eduardo Castilla:
"La prohibición de fracciones y partidos de oposición fue una medida excepcional tomada en el medio de una crisis social y política enorme. Precisamente por ello no puede ser elevada a norma absoluta como han intentado mostrarla muchos detractores de la revolución rusa".
Este brevísimo pasaje es a mi juicio muy revelador. Y lo es sobre todo porque lo que aquí expresa Castilla es una idea, o mejor, un enfoque, dominante en la tradición trotskysta, sobre todo en Argentina. La prohibición de las fracciones fue una medida excepcional. Bien. ¿Excepcional en relación a qué? ¿A los otros casos empíricos de revoluciones? ¿o en relación a las intensiones o ideas de los Bolcheviques? Si se trata de lo primero la afirmación es ciertamente falsa: ni en Mongolia, China, Polonia, Yugoslavia, Rumania, o Cuba (y se podrían agregar otors casos) ha habido libertad de tendencias. Pero si se tratase de lo segundo, entonces lo que emerge es claramente un enfoque idealista: comparar hechos con intensiones. Cuando Marx sostenía que ningún grupo podía ser juzgado por sus intenciones o por lo que afirmaba de sí mismo, está claro que no se excluía de esa norma: a los revolucionarios nos caben las generales de la ley.
Sobre el final de su texto Castilla sostiene:
"estamos viendo los límites de ese período, lo cual puede hacer que los valores algebraicos de la época de crisis, guerras y revoluciones, empiecen a concretarse bajo otros parámetros".
Llegamos, pues, a lo que considero el nudo de este intercambio: ¿estamos o no estamos en una época de crisis, guerras y revoluciones? Ya he dicho que esa frase me parece vacía si no se la define: sería aplicable a cualquier momento de los últimos trescientos o cuatrocientos años. Juan Dal Maso interpreta equivocadamente mis dichos, y por eso afirma:
"La explicación de Ariel (tipo teórico del Sistema-Mundo) de que siempre hubo crisis, guerras y revoluciones, desconoce precisamente esta definición estratégica fuerte del marxismo clásico respecto de la época que se abre con el Siglo XX, que a diferencia del Siglo XIX en que la clase obrera llevó adelante una experiencia de tipo acumulativo, se plantea el problema de la toma del poder, lo cual no debe ser entendido como una constante para todo tiempo y lugar, sino en un sentido histórico general, que el pensamiento estratégico hace concreto en el análisis de cada proceso o situación específica."
Juan interpreta mi crítica a un noción ambigua de la categoría "época de crisis, guerras y revoluciones" (que la tornaría aplicable a casi cualquier período) como una defensa de esa concepción. Que no desconozco la época abierta a comienzos del siglo XX creo que se hace evidente cuando afirmé que, a falta de precisiones conceptuales de parte de los defensores de la caracterización en cuestión, podíamos tomar el atajo teórico considerar al período que va de 1914 a 1938 como definible como una época de crisis, guerras y revoluciones, tal como lo hiciera la Internacional Comunista en algunos documentos o el propio Trotsky. Y lo que sostuve es que, si al período 1914 - 1938 (o 1900 - 1950) se lo podía considerar como de guerras, crisis y revoluciones, resulta absurdo mantener la misma definición para una situación tan obviamente diferente como la que vivimos en las últimas décadas. Eso no quiere decir que en nuestra época no haya guerras, crisis o revoluciones. Significa que son otro tipo de guerras, que las crisis se procesan de diferente manera y que las revoluciones, si habrá de haberlas, serán diferentes en sus dinámicas y (lo deseamos todos fervientemente, no?) en sus resultados. A partir de aquí se deriva la necesidad de pensar las vías estratégicas, organizativas, tácticas, etc. que podrían hacer posible una revolución socialista en nuestros tiempos. Y lo que impliqué es que las organizaciones, las estrategias y las tácticas inspiradas en el trotskysta programa de transición ya no eran adecuadas (en el caso, por cierto muy dudoso, de que alguna vez lo hayan sido). Ninguna de estas afirmaciones es desmentida, como cualquiera podrá apreciar, por los ejemplos que se trajeron a escrutinio: el golpe de Estado en Honduras, el 40 % de votos de la bordó en alimentación o la muy buena perfomance del PTS en Zanón (pero no en ATEN, que está en la misma provincia y es el sindicato con más días de huelgas, piquetes y represiones sobre su lomo, pese a lo cual la lista negra del PTS es una de las que concita menores apoyos). Está claro que en todos estos casos se trata de eventos puntuales, de muy pequeña escala y hasta ahora claramente excepcionales. Desde luego: toda regla tiene sus excepciones. La cuestión, pues, no es hallarlas, sino demostrar que mi caracterización falla en detectar las tendencias generales (que es lo único que se le puede pedir).
Cecilia Feijoo y Demian Paredes escriben:
"cuando la Comuna de París fue derrotada, ni Marx, ni Engels por un lado, ni Luxemburgo, ni Lenin, ni Trotsky antes del “triunfo” de 1917 pensaron que ese cambio de situación que abrió la derrota de la comuna significaba el abandono de esos fundamentos; justamente por eso mismo existió bolchevismo y espartaquismo. A pesar de no abandonarlos percibieron que se estaban produciendo enormes cambios en la historia del capitalismo y en la lucha de clases a inicios del siglo XX, una nueva época de nuevas experiencias. Estos cambios suscitaron enormes debates teóricos y políticos, nuevos supuestos teóricos avanzaron enriqueciendo “el pasado”.
Estos marxistas tampoco se impacientaron ni creyeron que los lineamientos marcados por el Manifiesto Comunista habían caducado íntegramente porque habían pasado 69 años –o 72 años como hace Petruccelli respecto al Programa de Transición–, porque el tiempo no puede tener una lectura lineal ni expresarse como corte “limpio” de tijeras. También porque las modificaciones que se produjeron con el inicio de la época imperialista no liquidaron las conclusiones teóricas fundamentales que había extraído Marx en el siglo XIX. Sino más bien fueron reforzadas modificándolas, enriqueciéndolas, en parte. Por ello preguntamos ¿qué terminó en la comuna y qué comenzó? Del mismo modo, en la actualidad, ¿qué terminó con la restauración capitalista en Rusia y China y qué comenzó?"
Me sorprende que me reprochen impaciencia, justamente a mí, que hace años que vengo sosteniendo que no están dadas las condiciones (no sólo económicas, repárese en esto, sino sobre todos culturales y políticas) para una revolución, y que por ello hay que construir pensando en plazos largos, incluso muy largos. Y me sorprende sobre todo cuando he tenido muchas veces que soportar justamente la falta de paciencia de muchos militantes del PTS y de otros partidos que parecen pensar que los destinos del proletariado universal se juegan en cada huelga. Saludo, en vista de estos antecedentes, el respetuoso debate que ahora estamos teniendo.
Toda la historia del marxismo es una historia de revisiones parciales y construcciones relativamente novedosas. Creo que está claro que, al menos yo, no estoy planteando la caducidad del marxismo: sería francamente absurdo de alguien que ha escrito y publicado tres libros defendiendo y procurando desarrollar al materialismo histórico y a la teoría marxista. Bien o mal, estoy intentando hacer lo que el marxismo debiera hacer siempre: adaptar su práctica a las nuevas condiciones, sin abandonar los objetivos finales. Por último, a la pregunta sobre qué terminó con la Comuna remito a los textos de Marx y de Engels al respecto, y en cuanto a la segunda pregunta, entiendo que ha terminado la época en que se podía pensar que el socialismo era cuestión de tomar el poder y después ver (las cosas resultaron ser mucho más complejas); terminó la época de la construcción y consolidación de las fuerzas revolucionarias por fuera del sistema político-económico del capital que caracterizó a todas las revoluciones triunfantes del siglo XX (un exterior político como la clandestinidad que imponían los estados absolutos o las dictaduras militares, el afuera geográfico en que operaban las guerrillas, o la exterioridad económica de la autonomía productiva campesina); terminó (en realidad esto debió terminar mucho antes) la primacía de la guerra de maniobras (si se me permite este término tan ambiguo) por sobre la guerra de posiciones; terminó la credibilidad o factibilidad de todo socialismo desarrollista o productivista, a la luz de la nueva situación ecológica ... y terminaron muchas otras cosas, aunque con estas creo que ya tenemos bastante. En cuanto a lo que está empezado ... bueno, de eso es lo que se trata, pero nunca podremos verlo o construirlo si pensamos que no ha cambiado nada.
Como podrá apreciar cualquiera que haya seguido los textos del presente debate (y la idea se refuerza mucho si sumamos los comentarios en los foros), se reivindica un partido cerrado, claramente demarcado de otras corrientes, bien centralizado, etc., supuestamente preparado para los momentos en que la situación mundial de crisis, guerras y revoluciones haga estallar una convulsión revolucionaria en la que se produzcan rápidos virajes, cambios repentinos, giros abruptos. En fin, un supuesto partido de combate preparado para las épocas de tormenta. Ahora bien, como cualquiera sabe: tormentas de ese tipo han pasado sin que los partidos que a lo largo de décadas se estuvieron preparando pudieran hacer nada. En nuestro país basta con remitir a 1989 y 2001. ¿Casualidad? ¿Mala fortuna? A mi juicio no. Creo que lo que subyace es una inadecuada comprensión de la etapa actual y de los nuevos mecanismos de control social, creación de subjetividades, desarrollos culturales, etc, del capitalismo de nuestro tiempo. Espero se me permita una analogía basquetbolística. Como sabrán los aficionados y aficionadas a este deporte, muchos partidos suelen definirse en los últimos segundos por medio de jugadas trabajosamente preparadas. Ensayar esas jugadas, prepararse intensamente para ellas, es fundamental ... pero a condición de que el equipo haya hecho todo lo necesario (en lo físico, lo táctico y lo estratégico) a lo largo de todo el partido como para llegar a los instantes finales en paridad. Si se llega al minuto final 20 puntos abajo no hay jugada que valga. Bueno, yo tengo la sensación de que el PTS y otros partidos de la misma tradición viven preparándose para la jugada final, sin percatarse de todo lo otro que hay que hacer para que, así sí, esa preparación específica sirva para algo.
Obsérvese lo siguiente. Si fuera fundamental prepararse para los momentos de bruscos virajes y cambios políticos, sería bueno tener alguna claridad al menos sobre la magnitud de tales cambios. De una fuerza política que pasara, digamos, en el lapso de unos meses, de tener la adhesión de un 20 / 25 % del electorado a tener un 40 / 50 % podría decirse con rigor que ha dado un brusco salto, que ha tenido un crecimiento explosivo (porcentajes semejantes, en el peso de una persona, obligarían a que un médico tome cartas en el asunto, y en el caso de un cáncer lo colocaría en la categoría de fulminante). Lo mismo podria decirse de una fuerza que organice a la cuarta parte de los trabajadores y pasara a organizar a la mitad. Cambios de esta envergadura son ciertamente abruptos, y sólo pensables en épocas de fuerte convulsión social. Aún así son virajes dentro de un rango medianamente posible. ¿Pero será posible un cambio brusco que entrañe que una fuerza pase en breve lapso de concitar las simpatías de un 2 o un 3 % a tener la adhesión de una mayoría? A mi no me lo parece, y si hubiera algunos casos históricos en los que las cosas parecieron ocurrir así, es obvio que los mismos se dieron en contextos en los que las mayorías campesinas carecían casi por completo de vida política (con lo que ciertos cambios mucho más rápidos eran más viables que en contextos de mayorías populares con culturas y tradiciones políticas sedimentadas) y, por cierto, dieron lugar a formas muy autoritarias de socialismo que hoy, creo, nadie querría emular.
Ahora bien, de tanto insistir y concentrar esfuerzos en construir ese órgano partidario capaz de golpear como un solo puño, las otras tareas no sólo son minusvaloradas, sino que muchas veces el accionar de los partidos termina socabándolas. Una prueba de esto es su incapacidad para trascender los marcos de la más estrecha marginalidad política. Podría ser que las condiciones objetivas impidan el crecimiento de una fuerza revolucionaria de fuste por lustros, que es lo que tiendo a pensar, y por eso mismo mi orientación estratégica es diferente. Pero no es esto lo que sostiene el PTS, entre otras cosas porque lo mismo no encaja con el diagnóstico de que estamos en una etapa de crisis, guerras y revoluciones. Pero si en verdad lo estamos, ¿por qué no se cosechan los frutos?. La insistencia en el puño, creyendo que así se golpeará más fuerte, termina haciendo que se olviden otros elementos de la lucha de clases. Uno es que quizá no sea siempre lo mejor jugarse todo por el todo a golpear con un solo puño: puede ser mejor pegar también con las rodillas, los codos, los pies y, sobre todo, con la cabeza. Pero incluso para gopear con un sólo puño con verdadera eficacia y dureza, además del puño bien cerrado, hace falta desplazamiento de piernas, giro de cadera, potencia en los brazos. Hasta que no tengamos todo esto, nuestro puño será impotente. Pero para tenerlo, creo, son necesarios otros métodos de construcción, otra cultura militante, otros diagnósticos de la realidad, otras concepciones estratégicas ... y un lento y tortuoso proceso de reconstitución de la clase trabajadora, de todos los grupos oprimidos y de los grupos de militantes revolucionarios, al que poco favor se le hace soñando con cambios tan pero tan bruscos que se tornan inverosímiles.
Quizá tenga razón Juan cuando señala que debates como los que estamos sosteniendo acaso sean irresolubles por el simple expediente de apelar a argumentos: habrá que ver los resultados efectivos de las corrientes (intelectuales, sindicales, políticas) que cada análisis ayuda a impulsar. Pero en tal caso: ¿qué demostración práctica sería concluyente? Parece obvio que, como mínimo, ninguna experiencia sería concluyente hasta que algunos de nosotros sea capaz de hacer una revolución y garantizar que la misma siga un curso más o menos aceptable. ¿Significa esto que estamos obligados a optar en medio de la más absoluta incertidumbre? Creo que no, creo que toda opción política entraña una cuota de incertidumbre importante y que, si somos honestos, casi siempre tendremos varias opciones igulamente legítimas ante nosotros ... y deberemos optar por una (pero, ¡qué bueno que sería haerlo sin demonizar a quienes eligen otras!). Sin embargo, las descripciones factuales e incluso las explicaciones causales de los procesos no están sujetas a una incertidumbre tan grande. y en este terreno, creo que las descripciones de Juan no son sostenibles empíricamente. Abundando. yo acepto que el desarrollo de lo que se ha dado en llamar imperialismo supuso un cambio de magnitud a fines del siglo XIX y comienzos del XX, pero que hoy estamos en otra situación, que comenzó en realidad mucho antes de la caida de la URSS, pero que este suceso y los posteriores han tornado cada vez más visible. Las especificidades de tales cambios es motivo legítimo de discusión, pero, a mi juicio, suponer que las cosas son más o menos como las que Trotsky tenía ante sus ojos en los años treintas es empírica y conceptualmente una concepción errónea.
Yo no niego ni he ocultado nunca las falencias de quienes iniciamos un camino de revisión de las prácticas dominantes en la izquierda partidaria, sobre todo trotskysta: dificultades para sostener el tesón militante, desconcierto sobre cómo construir modelos organizativos alternativos, en algunos casos pérdida del horizonte revolucionario, etc. Pero entiendo que era y es indispensable asumir que nuestra época es profundamente diferente las que vivieron todas las figuras y organizaciones en que nos referenciamos. Lo cual, después de todo, quizá no sea tan malo: a la luz del triste final de las experiencias revolucionarias del siglo XX, el que estemos ante una situación diferente puede ser más bien promisorio ... a condición de que seamos capaces de captar los desafíos de tal época y de constituir una fuerza política, cultural, reivindicativa y política capaz de amenazar seriamente al capitalismo
viernes, 1 de junio de 2012
Algo más sobre la época, la estrategia y la práctica
Ariel oscila entre la idea de que no hubo un cambio de época entre el siglo XIX y el Siglo XX y la de que como cayó la URSS y hace varias décadas que no hay revoluciones clásicas estamos en otra época totalmente distinta, frente a lo cual la estrategia tiene que ser distinta a la de los bolcheviques, pero parecida a la estrategia de desgaste de Kautsky o la interpretación evolucionista de la "guerra de posición" gramsciana practicada por intelectuales como José Aricó.
Me parece que de conjunto su posición es objetivista porque tiende a tomar como dadas circunstancias que son producto de las relaciones de fuerzas entre las clases por un lado (derrota de los '70, caída de la URSS, neoliberalismo) y por otro plantea la pertinencia de tal o cual estrategia como un resultado obligado de tales condiciones. Sin embargo, la estrategia acorde a una época nueva, no tiene nada de novedoso: es la posición clásica de las corrientes socialdemócratas de izquierda, lo cual plantea a su vez el interrogante de por qué no sería actual la estrategia de Lenin y Trotsky pero sí una parecida a la Kautsky o la de Togliatti.
Sumado a esto, no está claro qué potencialidades ve en los procesos actuales ni en los que pueden surgir al calor de la crisis actual, o sea que enuncia su estrategia pero no cómo podría empalmar con fenómenos reales, salvo por la enunciación de sus límites.
Mi impresión es que este debate no puede terminar de saldarse solamente con buenos o malos argumentos. Hay que ver también en la práctica qué posición es más eficaz para aportar a la recomposición del marxismo y de las perspectivas revolucionarias en la clase obrera. Por eso, nuestra actividad se orienta a una práctica constante en el movimiento obrero, la juventud y la intelectualidad para aportar a la recomposición de una subjetividad revolucionaria. En este sentido creo que si "el interesante trabajo sindical" que hicimos en Zanon, se hubiera hecho con presupuestos como los de Ariel o con posiciones como las de las corrientes con las que él simpatiza en ATEN, no hubiera sido tan "interesante".
jueves, 31 de mayo de 2012
Sobre los soviets, el sufragio universal y la época histórica actual (Ariel Petruccelli)
En su último post Juan ha dicho una serie de cosas muy interesantes y, en un sentido, no tengo pruritos en reconocer mi acuerdo parcial. Buena parte del post, por ejemplo, consiste de "despegar" al PTS de otros partidos trotskystas, y en esto le doy la diestra. Evidentemente, si de burocratismo, sectarismo y "derrumbismo" se trata, el PO es muchísimo más derrumbista, burocrático y sectario que el PTS. Tampoco tengo problemas en reconocer que el PTS ha hecho interesantes trabajos sindicales en muchos sitios, aunque no en todos. Como ya lo charláramos personalmente al menos en un par de ocasiones: yo creo que el balance de la actuación de su partido en Zanón es ampliamente positivo. Pero la actuación en Aten, por el contrario, me ha parecido en general muy equivocada, aunque no necesariamente peor que la de otros partidos, como el PO (lo cual ha tenido obvios costos en su capacidad de inserción en ese sindicato) Pero la discusión de qué hizo cada quién en qué lugar y momento es inagotable y, creo yo, poco conducente. Así que me voy a concentrar en los dos aspectos teóricamente más relevantes, al menos a mi juicio, de lo escrito por Juan. El primer aspecto, que trataré muy sumariamente, es el de los vínculos entre sufragio universal e instituciones sovietistas. El segundo, que abordaré algo más extensamente, tiene que ver con la caracterización de la situación en que estamos.
Yo creo que el sufragio universal es irrenunciable: un ciudadano/a, un voto. Digo esto porque en la primer constitución soviética había una clara discriminación contra los campesinos: la población rural estaba abiertamente sub-representada. En fin, sería bueno que nos aclararan si quienes no trabajamos en un gran centro fabril tendremos derecho a voto o en qué condiciones. Por lo demás, yo no veo tan incompatible la ciudadanía universal con formas de democracia directa a nivel de los centros de producción. Lo que no veo con buenos ojos es el pensar que se puede estructurar, de arriba abajo, un sistema de delegados de delegados de delegados elegidos sucesivamente desde las instancias más bajas a las más altas. Para administrar una economía y un país entero (no digamos ya el mundo) esto es engorroso y, lejos de favorecer la transparencia democrática, creo que la destruye: ¿qué vínculo hay entre el delegado que cada obrero votó en su lugar de trabajo y las máximas autoridades elegidas a lo largo de una escalera de congresos cada vez más indirectos? Por eso entiendo que la históricamente más bien anómala y rápidamente frustrada experiencia de los sóviets rusos no puede ser tomada a la ligera. Los sóviets fueron una excelente institución para la lucha revolucionaria, pero una base absolutamente inadecuada para gobernar un país. Y por eso el propio gobierno "soviético" encabezado por Lenin los desmanteló muy rápidamente, e incluso terminó reprimiendo a quienes se tomaron demasiado en serio la idea de que se podía administrar un país en base a los sóviets.
Pero el punto que juzgo más importante es el de la caracterización de la etapa en que nos encontramos. Juan es muy claro al respecto: estamos en una etapa de crisis, guerras y revoluciones. Pues bien, a mi me parece una definición o bien vacía, o bien incorrecta. Cierto tipo de crisis cíclicas son inherentes a la economía capitalista, por consiguiente se puede decir que desde hace siglos vivimos en una etapa de crisis. Con las guerras estamos peor: me sorprendería hallar un sólo año, desde los tiempos de Sargón de Akad para acá, en el que no haya habido una guerra en algún lugar del mundo. Y la cosa poco mejora si de revoluciones se trata: en el siglo XVIII tenemos la revolución de las 13 colonias Norteamericanas, la revolución haitiana, la francesa ... la revolución gloriosa inglesa es incluso anterior... En el siglo XIX tenemos la marejada de las revoluciones independentistas en latinoamérica, las revoluciones de 1848, la Comuna de París de 1871, la revolución de los Tai Ping en China, etc. En el siglo XX ni hablar. En un sentido, pues, podemos decir que vivimos una época de guerras, crisis y revoluciones desde al menos el siglo XVII. Pero es obvio que, si adoptamos esta perspectiva, entonces el incesante trabajo de la estrategia que Juan reivindica no tiene ningún sentido. Estamos en la misma etapa desde hace siglos, y deberemos seguir haciendo lo mismo. ¿Qué sucede si damos al término un contenido más preciso? Bueno, creo que corresponde a quienes creen que vivimos en una etapa de crisis, guerras y revoluciones exponer cuál sería ese contenido. Pero podemos tomar un atajo.
Tradicionalmente se consideró que la etapa iniciada en 1914 y que continuaba siendo en cierto modo semejante a la muerte de Trotsky, en 1938, era justamente una etapa de crisis, guerras y revoluciones. Pues, bien, yo sostengo que hoy en día vivimos en una etapa completamente distinta. Pruebas al canto. Empecemos por las crisis: ya dije que ciertas crisis son inherentes al capitalismo, pero su forma, su magnitud y sus efectos pueden cambiar mucho. Pues bien, aprincipios del siglo XX la crisis no era sólo económica, sino total. Por ejemplo, la crisis iniciada en 1929 provocó en menos de un año un verdadero dominó de golpes de estado, cambios de gobiernos por medios no-constitucionales, intentos revolucionarios, ascenso del fascismo, etc. A principo de los años treinta las democracias liberales se habían convertido en casi una anomalía: el grueso de los estados eran o bien colonias, o bien estados independientes con regímenes fascistas o dictaduras militares (más la enorme URSS con su régimen de partido único). Hoy el panorama es el inverso. La crisis iniciada en 2008 sólo condujo a crisis políticas equiparables a las de los años 30 en Medio Oriente. No va mejor la cosa en el terreno de las guerras. En la primera mitad del siglo XX se vieron envueltos en conflictos bélicos de alta intensidad casi todos los estados capitalistas más industrializados, y los combates principales se desarrollaron en sus territorios. ¿Dónde ocurre hoy algo parecido? ¿Se puede trazar un signo igual entre las guerras coloniales de Afaganistán o Irak con la Segunda Guerra mundial para así concluir que estamos en la misma etapa de crisis, guerras y revoluciones? Y justamente, las revoluciones: en la primera mitad del siglo XX hubo una seguidilla de revoluciones que, mal que bien, expropiaron a la burguesía. Después vino una parate portentoso; con Cuba quizá como la única excepción indubitable (los sandinistas nicaragüenses fueron a medias). ¿Dónde están, pues, las revoluciones en las últimas décadas? (Los procesos de Medio Oriente, me parece que está bastante claro, no tienen ningún componente socialista: buscan más bien tener regímenes políticos semejantes a los que ya se han generalizado en el resto del mundo ... y las revoluciones de 1989-91 desembocaron en restauraciones capitalistas e instauraciones de democracias liberales). No es del todo incorrecto hablar de que vivimos en medio de crisis, guerras y revoluciones, pero es fundamental comprender qué tipo de crisis, qué modalidades de guerras y que vías revolucionarias están hoy abiertas. Y entiendo que, en todos estos sentidos, el mundo contemporáneo es muy distinto al de principios del siglo XX.
Creo que acá está la esencia de nuestras discrepancias. Juan piensa que la etapa histórica es básicamente la misma que Trotsky tenía ante sus ojos en 1938. Yo pienso que estamos en una etapa completamente distinta y que, por ende, las estrategias políticas deben ser necesariamente otras.
miércoles, 30 de mayo de 2012
¿Cuál ortodoxia? (Fernando Aiziczon)
El origen de la charla que da origen a este rico debate tenía un eje muy simple y que más o menos era éste: en vistas de la situación política mundial y local, ¿qué podemos decir desde la izquierda y el marxismo? La deriva que luego de las preguntas de Ariel Petruccelli se desarrolló en este blog junto a Juan Dal Maso puede pensarse, creo, como un síntoma tanto de las potencialidades como de las dificultades con que seguimos cargando a la hora de pensar y actuar. Me permito entonces mi propia deriva que no necesariamente remite a los dichos de Juan y Ariel.
Creo haber dicho en aquella circunstancia (la charla) que si bien el capitalismo nuevamente mostraba otra de sus tantas megacrisis, en el campo de las luchas y resistencias sociales -que nadie duda que las hay y de que seguirán existiendo-, otra “crisis” pasaba por la desproporción entre la magnitud de los enfrentamientos sociales y la miseria a la que nuevamente los pueblos se veían sometidos después de largas temporadas de lucha. Como si el lema fuera “luchar, pero nunca triunfar”. Por supuesto que la enorme mayoría de los intelectuales y militantes de izquierda celebramos la vitalidad de las resistencias: Ocuppy Wall Street por aquí, Primavera Árabe por allá, Indignados más allá, valientes ambientalistas enfrentando la megaminería por acá, y así hasta el infinito, y más allá… Sin embargo, estamos muy lejos de que todos pensemos como trágico y crítico esto de que las cosas sigan ese rumbo, que ya parece casi “predeterminado” (hablando de teleologías, no?). Hasta el periodista criollo más cholulo concluye en que “esto ya lo vivimos los argentinos en el 2001 y sabemos como termina…”
Por eso, si bajamos hasta Argentina (decía en la charla), un balance se imponía tras el ya mítico “2001” (el otro balance, también lo señalé, era el de la caída de la URSS, pero yo no planteaba una discusión sobre las causas de semejante fenómeno, sino sobre una de sus consecuencias: a más de 20 años de ese hito histórico, la enorme mayoría de las personas desconoce la palabra “comunismo”, mientras que para otros tantos “socialista” remite, con suerte, a Binner). Y el balance…, claro que no puede ser positivo: si el sistema político se recompuso a manos del invencible PJ, si el “modelo K” era sólo soja y petróleo, si la redistribución de la riqueza era un sueño eterno y la transversalidad un chiste de mal gusto, y si a todo eso le sumábamos la pantanosa ambigüedad política de la mayoría de la izquierda partidaria e independiente que se la pasaba ponderando medidas positivas y negativas en medio de una enorme diáspora que destruía cientos de organizaciones cooptadas o divididas en el apoyo a tal o cual medida (así lo demostró lo de YPF), entonces, insistí, la cosa no estaba nada bien. Allí se comprende que Ariel exprese que “estamos todos igualmente en bolas y a los gritos”, aunque yo no comparto mucho esa idea. Estuvimos en bolas, y ahora quizás ya podemos empezar a no estarlo. Venimos de un fracaso, quien lo duda, pero sostener ese imaginario (el del eterno fracaso) es por demás deprimente.
¿Qué es lo que ocurre?, creo que gran parte de las respuestas (no todas, por supuesto, acá se trata de no “comenzar de cero”, decíamos) se encuentra en la orfandad teórica y en la reticencia, muy de moda, a revisar críticamente todo esto que venimos señalando. Y ahí comienzan otros planteos que, irónicamente, constituyen lo que podríamos denominar como una suerte de “nueva ortodoxia” según la cual la forma-partido es una organización diabólica donde se reproducen pensamientos dogmáticos y se crea una casta de iluminados que se creen los poseedores de la verdad última de las cosas. Aferrados a estatutos, programas y sentencias de los padres fundadores del marxismo, esos aparatos sepultaron toda una tradición y hoy debemos recomenzar de menos cero. Otros son los tiempos, otras deben ser las teorías.
Aclaro de antemano que esa “nueva ortodoxia” tiene su justa razón de ser en las desafortunadas prácticas de la mayoría de los partidos de izquierda, dentro los cuales los trotskistas han brillado destacándose por sobre el resto, salvo honradas excepciones.
Sin embargo, como toda moda, también la “nueva ortodoxia” está plagada de poses, de malos entendidos, de evasivas deliberadas, de superficialidades (sino cómo explicar la escisión entre programa mínimo y máximo que profesa el “anticapitalismo militante”, bien señalado por Ariel, pero pensemos: ¿acaso nadie les alcanzó el Manifiesto Comunista? ¿O es que simplemente les parece una antigualla escrita en arameo digna de una biblioteca “art decó”?). Porque junto a lo anterior, la militancia “clásica” es caricaturizada como una experiencia carcelaria que anula al sujeto. Y no me extiendo más con este tema. En resumen, hoy nadie quiere que le digan “qué hacer” ni “por qué” hacerlo ¿Pero, entonces?, ¿qué hacemos con los “sujetxs pluralxs”?
¿Deberíamos alegrarnos y pensar que miles de libertos pululan por fuera de los partidos sembrando socialismo (o algo similar, no importa cuán preciso seamos) en diversos “espacios” y “colectivos” y que, tarde o temprano, cada uno hará su experiencia y después verá si el Socialismo era un proyecto para todos, o solo se trataba de una pesadilla autoritaria? Elige tu propia aventura.
No es de extrañar que en este escenario la crítica intelectual de la “nueva ortodoxia” brille por su inocuidad. La condición de posibilidad de esta situación reside en la mitificación de un espacio que se presenta como libre para el ejercicio de la crítica. El intelectual -incluso de izquierda- critica desde posiciones que no lo ponen en riesgo, simplemente porque acompaña el sentido común de lo “políticamente correcto”: critica las rigideces, las estructuras, los dogmas, los pasados. Pero desconoce que sus balas son de mentirita. Ha sido “liberado” para quedar anulado. O peor aún, puede decir cualquier cosa amparado en una pose anti-dogmática. Hasta puede asistir varias veces a un recital de Roger Waters (ejemplo del Rock progresivo inglés más “ortodoxo”) sin que por ello nadie le diga “¡ortodoxo, dejá los clásicos que fueron compuestos en otra época y lugar!”.
(Digresión: cuando Ariel dice que los mejores análisis provienen de intelectuales que no se inscriben en ninguna corriente política, se equivoca: los peores análisis también. Recordé de inmediato “Hegemonía y Estrategia socialista”, de Ernesto Laclau (1986), un libro muy festejado en la academia, varias veces reeditado, y que se asienta en una distorsión increíble de las posiciones de Rosa Luxemburgo y Antonio Gramsci, que inauguró la era del “posmarxismo”, que caló hondo con aquello de la contingencia de lo social y la ridiculización al extremo de la clase obrera como “ontológicamente revolucionaria”. Su propuesta de una “democracia radical” nunca nadie la entendió muy bien, como tampoco su discurso criptolacaniano. Por lo demás, Laclau hoy es un académico de mercado y un “intelectual orgánico” que encontró la “democracia radical” en el kirchnerismo).
Así las cosas, quizá los acusados de profesar una “vieja ortodoxia” tengan algo de razón. Al menos si lo que dicen es que la clase trabajadora no es ontológicamente revolucionaria, sino estratégicamente revolucionaria.
Soportar una ortodoxia en tiempos heterodoxos, zambullirse en la tradición y tocar fondo con lo que alguna vez ocurrió (por meses, días, minutos, poco importa si lo que se busca resume la experiencia de Un Siglo o más, como dice Badiou justamente en su libro “El Siglo”) e insistir desbocadamente en decirle a los otros dónde uno cree que está la salida de emergencia, quizás, insisto, quizás, sea la manera más efectiva de dar la batalla hoy, aunque de seguro habrá que buscar la mejor “forma” y así mantener alguna fidelidad al presente.
Minutos antes de comenzar la charla, Raúl Godoy, a quien admiro por su perseverancia militante y por su vocación de convencer con sus ideas a todo tipo de auditorio, me mostró una circular interna de un sindicato neuquino donde increíblemente se advertía a sus delegados sobre la presencia de elementos “trotskistas” que generaban conflictos y enturbiaban el ambiente de trabajo. La manera recomendada de evitar esos elementos, me describía Raúl, era simplemente a través del uso de la violencia: patotas de lúmpenes pagos se enfrentaron a las emergentes comisiones internas de esas fábricas contagiadas de “trotskismo”. Así de simple. Luego Raúl comenzó su exposición. Se había armado de un esquemita con lo que deseaba plantear. Llevaba unos libritos despedazados por el uso (libritos de Lenin, Gramsci, ¡y por supuesto! de Trotsky) y unas fotocopias con fragmentos marcados de otras lecturas de “clásicos”.
martes, 29 de mayo de 2012
Las limitaciones de una estrategia socialista light
Comienzo por las dos preguntas, que Ariel reclama que no respondí.
Sobre la primera: No creo que se pueda hablar ingenuamente de socialismo, haciendo de cuenta que no cayó la URSS, por lo cual coincido en que hay que expresar por la positiva el proyecto socialista como algo radicalmente distinto de lo que fueron los estados obreros burocratizados. Sobre que implica un cambio en la época histórica, habría que ver qué quiere decir eso exactamente. Para nosotros, no cambia la caracterización de la época como de crisis, guerras y revoluciones (lo cual no quiere decir que siempre haya crisis, guerras y revoluciones), pero sí abrió una etapa de restauración burguesa, signada por el avance de la burguesía y el imperialismo sobre las conquistas obreras, que de todos modos no impidió la crisis histórica actual del capitalismo.
Sobre la cuestión de "reinventar" el socialismo, creo que el error de Ariel es precisamente que pasa por alto el aporte de la tradición trotskista para ofrecer un "modelo" de socialismo que realmente exprese la democracia de los trabajadores. Que el pluripartidismo soviético fuera una experiencia de corta duración no hace a la cuestión. Porque incluso en una posición más cercana a la de Ariel, de "democracia socialista" que combine soviets con sufragio universal, se incluiría la multiplicidad de partidos que apoyen la revolución. O sea que en este punto seríamos ambos igualmente multipartidistas. La diferencia está, como ya lo hemos conversado otras veces, en que el mecanismo de sufragio universal responde al principio de la democracia burguesa y no al de la democracia soviética por lo cual los troskos "ortodoxos" del PTS consideramos que no puede ser el "modelo" de democracia socialista. Incluso aunque no se pueda descartar la posibilidad teórica de que en ciertas circunstancias la combinación de soviets y sufragio universal fuera uno de los momentos por los que tuviera que pasar una precaria institucionalidad revolucionaria, no podría ser algo permanente, porque el soviet y la cámara de representantes elegidos por sufragio universal son dos instituciones contradictorias: uno busca unir ciudadano y productor, la otra los divide.
Sobre la segunda: Coincido en que el marco de la lucha es sustancialmente distinto al que tuvieron que enfrentar los bolcheviques y la III Internacional. De las otras corrientes que menciona Ariel no me puedo hacer cargo. Mi planteo sobre este tema es básicamente el mismo que hice acá. Las condiciones de posiblidad de la estrategia de toma del poder por la clase obrera están dadas por el carácter predominantemente urbano del mundo actual en comparación con el de las primeras décadas del Siglo XX, el mayor peso numérico de los asalariados, entre otras cuestiones, aunque partimos de que la idea del socialismo no es popular en las masas. La extensión de los mecanismos de democracia burguesa (sin olvidar -como olvida Ariel- sus rasgos bonapartistas que hacen más limitado su carácter "popular"), más allá de que surge de ciertas condiciones de estabilidad excepcional producto de la derrota de los `70 y la restauración capitalista, plantea que la hipótesis estratégica no puede ser la de enfrentar un aparato de estado apenas formado como el que enfrentaron los bolcheviques. Por eso considero que las elaboraciones de la Tercera Internacional sobre la revolución en lo que en ese momento se llamaba Occidente son un punto de apoyo incluso para pensar en un país como Argentina en la actualidad, como hicimos acá.
Como se ve no es cierto que no nos planteemos las preguntas que dice Ariel o que les demos respuestas negativas para evitar pensar el marco estratégico actual. Les damos una respuesta desde otra visión estratégica y desde otra concepción sobre las relaciones entre la tradición clásica y las necesarias elaboraciones actuales, que intentamos desarrollar y que dicho sea de paso, se pueden leer para no tener que imaginarlas ¿No?
Sobre la cuestión teórica respecto del partido, gracias por avisar pero ya estamos enterados de que la posición sobre espontaneidad y conciencia expresada en el Qué Hacer fue luego matizada por Lenin, como planteamos acá. Una de nuestras frases de cabecera es "soviet y partido" y hemos destacado la importancia de la lucha por instancias de organización de tipo soviético, por lo cual los compañeros del PO nos tildan de "sovietistas que subvalúan la importancia del partido". Una vez más, me parece que salta la ficha de una de las debilidades de toda la argumentación de Ariel: habla en general de las corrientes trotskystas sin poder debatir contra las posiciones específicas del PTS, que no conoce con suficiente profundidad (tal vez no tiene por qué, pero en este caso esa circunstancia le quita fuerza a sus argumentos). Por eso nos atribuye que seguimos "ciegamente" el modelo de partido del Qué Hacer (aclaro que solamente sigo ciegamente a Lisbeth Salander) o posiciones de que no hay estabilizaciones y que hay crisis permanente o que somos un grupo que pretende ser "puro", que pueden ser muy útiles para caricaturizar el trotskismo en general, pero no para discutir con el PTS o conmigo en particular.
Yo traje a colación el tema del NPA para plantear que un partido tan "amplio" que incluye compañeros que se reclaman revolucionarios con otros que se reivindican reformistas, no sirve para la lucha de clases, como se demostró en las ocupaciones de fábrica del 2010 y que ese partido basó sus principales definiciones estratégicas en presupuestos similares a los de Ariel. Además de que la mitad del partido se fue con el frente de la "izquierda" socialista y el PC en Francia, (y el 70% de sus integrantes dejó de militar) a 3 años de su fundacion ya que estaba basado solamente en el poder aglutinante mediático de la figura de Besancenot. Hubo una rica dura lucha de clases con tomas de fábricas brutalmente derrotadas en las que el NPA ni pintó.
Sin un partido organizado y centralizado, me gustaría que Ariel me explique cómo piensa hacer en un país como la Argentina, que tiene el 75% de su industria y grandes servicios como las telefónicas en manos de grandes monopolios extranjeros, los cuales cuentan con la complicidad de una burocracia que dirige casi 3.000 sindicatos y que juega el rol de policía en el movimiento obrero para perseguir a los revolucionarios e intentar comprar a los nuevos delegados que surgen. Cómo piensa hacer, no ya una revolución sino tan siquiera para desarrollar un trabajo sistemático y relevante. La misma pregunta se aplica a las "izquierdas independientes" que tienen nula inserción en los gremios de la CGT tanto como en las industrias y servicios controlados por los grandes grupos imperialistas. Dicho sea de paso, la "instrumentalización" de las luchas reivindicativas que se nos atribuye se da de bruces con el trabajo sindical del PTS, del que un ejemplo reciente es la movida de la Bordó en el STIA, entre otros.
Para terminar, la formulación estratégica de Ariel: a mi juicio toda estrategia revolucionaria en el interior de estados capitalistas democráticos consolidados y fuertemente urbanos implica la lenta y trabajosa constitución de un amplio movimiento socialista (cultural, reivindicativo, político) que deberá luchar por ganar posiciones y establecer una serie de reformas que lo consoliden como una fuerza de masas antes de luchar seriamente por el poder y establecer reformas de carácter estrictamente revolucionario; es una propuesta de "guerra de posiciones" de baja intensidad (centrada en conseguir reformas) y (partiendo de lo señalado por él mismo sobre la cuestión del partido) sin estado mayor, que nos plantea nuevamente la pertinencia de lo señalado por Fernando Aiziczon acá sobre las carencias estratégicas de la "izquierda independiente".
Como se ve no es cierto que no nos planteemos las preguntas que dice Ariel o que les demos respuestas negativas para evitar pensar el marco estratégico actual. Les damos una respuesta desde otra visión estratégica y desde otra concepción sobre las relaciones entre la tradición clásica y las necesarias elaboraciones actuales, que intentamos desarrollar y que dicho sea de paso, se pueden leer para no tener que imaginarlas ¿No?
Sobre la cuestión teórica respecto del partido, gracias por avisar pero ya estamos enterados de que la posición sobre espontaneidad y conciencia expresada en el Qué Hacer fue luego matizada por Lenin, como planteamos acá. Una de nuestras frases de cabecera es "soviet y partido" y hemos destacado la importancia de la lucha por instancias de organización de tipo soviético, por lo cual los compañeros del PO nos tildan de "sovietistas que subvalúan la importancia del partido". Una vez más, me parece que salta la ficha de una de las debilidades de toda la argumentación de Ariel: habla en general de las corrientes trotskystas sin poder debatir contra las posiciones específicas del PTS, que no conoce con suficiente profundidad (tal vez no tiene por qué, pero en este caso esa circunstancia le quita fuerza a sus argumentos). Por eso nos atribuye que seguimos "ciegamente" el modelo de partido del Qué Hacer (aclaro que solamente sigo ciegamente a Lisbeth Salander) o posiciones de que no hay estabilizaciones y que hay crisis permanente o que somos un grupo que pretende ser "puro", que pueden ser muy útiles para caricaturizar el trotskismo en general, pero no para discutir con el PTS o conmigo en particular.
Yo traje a colación el tema del NPA para plantear que un partido tan "amplio" que incluye compañeros que se reclaman revolucionarios con otros que se reivindican reformistas, no sirve para la lucha de clases, como se demostró en las ocupaciones de fábrica del 2010 y que ese partido basó sus principales definiciones estratégicas en presupuestos similares a los de Ariel. Además de que la mitad del partido se fue con el frente de la "izquierda" socialista y el PC en Francia, (y el 70% de sus integrantes dejó de militar) a 3 años de su fundacion ya que estaba basado solamente en el poder aglutinante mediático de la figura de Besancenot. Hubo una rica dura lucha de clases con tomas de fábricas brutalmente derrotadas en las que el NPA ni pintó.
Sin un partido organizado y centralizado, me gustaría que Ariel me explique cómo piensa hacer en un país como la Argentina, que tiene el 75% de su industria y grandes servicios como las telefónicas en manos de grandes monopolios extranjeros, los cuales cuentan con la complicidad de una burocracia que dirige casi 3.000 sindicatos y que juega el rol de policía en el movimiento obrero para perseguir a los revolucionarios e intentar comprar a los nuevos delegados que surgen. Cómo piensa hacer, no ya una revolución sino tan siquiera para desarrollar un trabajo sistemático y relevante. La misma pregunta se aplica a las "izquierdas independientes" que tienen nula inserción en los gremios de la CGT tanto como en las industrias y servicios controlados por los grandes grupos imperialistas. Dicho sea de paso, la "instrumentalización" de las luchas reivindicativas que se nos atribuye se da de bruces con el trabajo sindical del PTS, del que un ejemplo reciente es la movida de la Bordó en el STIA, entre otros.
Para terminar, la formulación estratégica de Ariel: a mi juicio toda estrategia revolucionaria en el interior de estados capitalistas democráticos consolidados y fuertemente urbanos implica la lenta y trabajosa constitución de un amplio movimiento socialista (cultural, reivindicativo, político) que deberá luchar por ganar posiciones y establecer una serie de reformas que lo consoliden como una fuerza de masas antes de luchar seriamente por el poder y establecer reformas de carácter estrictamente revolucionario; es una propuesta de "guerra de posiciones" de baja intensidad (centrada en conseguir reformas) y (partiendo de lo señalado por él mismo sobre la cuestión del partido) sin estado mayor, que nos plantea nuevamente la pertinencia de lo señalado por Fernando Aiziczon acá sobre las carencias estratégicas de la "izquierda independiente".
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