Por Fernando Rosso/Juan Dal Maso
En la Argentina, donde las coyunturas políticas son altamente cambiantes e inestables, resulta un poco dificultoso reflexionar sobre los procesos políticos de largo plazo. Esto se ve acentuado un poco más por las "batallas" de la coyuntura actual, que ambos sectores enfrentados (pro capitalistas, pro serviciales y PRO a secas) intentan adornar con discursos grandilocuentes que presentan el 18F como un Acontecimiento mesiánico o diabólico, según el caso.
Estos "fuegos de artificio" ocultan o dejan sin abordar la reflexión sobre qué está ocurriendo con la "democracia" argentina, en un sentido más amplio y de fondo.
Porque si se considera, como señaló Martín Rodríguez y también otros analistas sobre los que escribimos acá, que el kirchnerismo retomó a su manera las tentativas "progresistas" fallidas de Alfonsín y el Frepaso, continuando entonces con la consumación de la "transición democrática" argentina (sin dejar de continuar a su manera también al menemismo; Boudou, Hotesur, etc.); el "fin de ciclo" del kirchnerismo debería promover, por lo menos en la izquierda, una lectura más allá de los hechos inmediatos, una lectura que permita comprender en qué "momento" estamos de la "transición democrática" y cuáles son sus perspectivas.
¿Por qué discutir sobre esto si todas las formas del Estado burgués son expresiones de la "dictadura del capital"? Precisamente por eso mismo. La democracia burguesa se constituyó en la "conquista" y el "límite infranqueable" de todo movimiento popular, genocidio mediante. Tanto fue así que incluso intelectuales como José Aricó llegaron a pensar que la democracia burguesa post dictatorial sería la antesala del socialismo y la presentaron como valor casi absoluto y horizonte insuperable de régimen político (como decía Hegel: por lo poco con que se conforma el Espíritu puede medirse la extensión de lo que ha perdido...)
En este contexto, después de más de 30 años (con 20 años de gobiernos del PJ), lo cual para Argentina es una eternidad, estamos en condiciones de hacer un cierto balance de qué resultados generó la "transición democrática" y qué se puede esperar en lo sucesivo (o mejor dicho, para qué tenemos que prepararnos).
En primer lugar, estamos asistiendo al fin de los Grandes Relatos sobre la Democracia. El apotegma alfonsinista de que “con la democracia se come, se cura y se educa”, se derrumba primero con la Obediencia Debida y el Punto Final, a los que sigue el hambre de los saqueos del ´89, y el menemismo con el Indulto, la desocupación y precarización de la salud y la educación (carpa blanca) en los '90, línea de decadencia que continúa hoy con el “descubrimiento” de que la democracia es presa de servicios de inteligencia, las policías empoderadas y una casta judicial con muchas continuidades con la dictadura. En el medio muchas muertes, algunas sociales y otras dudosas, o sea que en la democracia se come salteado en periodos de tiempo, se complica para educarse tanto como para curarse y se mata; a veces con las mismas manos que mataban en la dictadura.
Otra indicación de lo mismo son los discursos moderados de los candidatos que pugnan por suceder a CFK, pero si lo pensamos en un sentido más estratégico, podemos decir que la Gran Política burguesa murió con Néstor Kirchner.
Hay una profunda y larga crisis trasversal de las instituciones del Estado y de la democracia y no hay una fuerza política o líder que se proponga como “gran reformador” con alguna propuesta creíble que permita reconstruir la autoridad estatal y democrática perdida a lo largo de estas tres décadas.
Las sucesivas "batallas" del kirchnerismo (125, ley de medios, "democratización" de la Justicia y los servicios de inteligencia) fueron acciones de pequeña política, recubiertas con un discurso de Gran Política. Decimos esto porque sus principales objetivos fueron coyunturales (responder a tal o cual problema económico o relación de fuerzas producto de una derrota electoral o contragolpe frente a las "corporaciones" que supo alimentar y se le volvieron en contra). Si se puede sintetizar el kirchnerismo como AUH y jubilaciones + Relato, es precisamente porque su balance es de lo más módico.
El fin de los Grandes Relatos, como expresión del fin de la Gran Política, en una "transición democrática" que toca un techo.
¿Cuál es ese techo? El de los grandes poderes fácticos externos e internos, que hacen de la democracia argentina una democracia vasalla, cuyo progresismo logra a lo sumo durar algunos años, sobre todo si hay crecimiento económico, pero es incapaz de generar cambios sociales estructurales o la independencia económica del país. Incluso menos que eso, fue incapaz de cambiar las relaciones de fuerzas sociales que impuso la dictadura, al contrario las profundizó. Llevamos más de treinta años de democracia transitada sobre la economía impuesta en seis de dictadura.
Por eso, después de treinta años de "transición democrática", la economía argentina (no obstante el enorme progreso tecnológico del agronegocio) sigue exportando productos primarios, el proyecto de "autoabastecimiento" energético es a costa de entregar a Chevron los recursos de Vaca Muerta y permitir la generalización del fracking, los pueblos originarios viven en la miseria, las políticas educativas "inclusivas" coinciden curiosamente con las del Banco Mundial, la mitad de los trabajadores más o menos está "en negro" o en condiciones precarias, entre otros aspectos a considerar para hacer un balance realista, que podría suscribir John William Cooke tanto como León Trotsky.
¿Será este callejón sin salida estratégico el que otorga tanto peso a las coyunturas?
En resumen, la democracia argentina es el conjunto de capitulaciones de los grandes partidos que congregaron las mayorías populares ante la clase dominante y el imperialismo. Ellos imponen las coordenadas del "campo de fuerzas" dentro del cual introducir pequeños cambios, cuando hay viento a favor. Los grandes relatos pueden ser en todo momento (el Menemismo fue también el Gran Relato de la entrada al Primer Mundo ¿se acuerdan?), pero ya se quedaron sin sustancia.
Ligado a lo anterior, cabe reflexionar, ahora que muchos nos piden (al FIT) "hacer como Syriza", sobre las perspectivas del "espacio progresista" en la Argentina, que siguió siempre como sombra al cuerpo el derrotero de la "democracia vasalla".
La línea que une los términos Alfonsinismo-Revista Unidos-Frente Grande/Frepaso/Alianza-Kirchnerismo es sinuosa por demás pero no por eso inexistente. Desde la salida de la dictadura existe de forma más o menos permanente un espacio político-cultural (no solamente electoral) para un "progresismo" o "centroizquierda" en la Argentina. El Frepaso lo llevó a su casi auto-disolución y el kirchnerismo lo rescató, a condición de subordinarlo al peronismo realmente existente y desorganizarlo como espacio político autónomo, o sea disolverlo por otros medios.
En este marco, si bien el kirchnerismo puede continuar como corriente de centroizquierda peronista (según el grado de deterioro con el que se vaya) en un gobierno de Scioli, Massa o Macri, resulta poco probable que se pueda volver a reconstruir el "progresismo histórico" argentino, es decir que se reconstituya un espacio de centroizquierda que pueda convencer con un discurso de "ampliación de derechos" y que sea independiente del peronismo (que va enfilando para la centroderecha más cerca de su "promedio histórico").
Y si desde el punto de vista del régimen político estamos tocando el techo de la "transición democrática", desde el punto de vista de las corrientes políticas (entendidas en un sentido amplio), estamos ente la consumación de la larga agonía del "alfonsinismo" (es decir del progresismo que sostenía que mediante el Estado se podía "ampliar la democracia" y avanzar sobre la resolución de la "cuestión social" sin romper con el capitalismo).
Pero sería un error pensar las perspectivas de la izquierda solamente como posibilidad de capitalizar la "crisis del progresismo", aunque una parte del ascenso de la izquierda radical, sin radicalización en la lucha de clases, se explica por esta crisis. Precisamente uno de los rasgos distintivos de la izquierda argentina (o de sus sectores lúcidos) fue la reflexión sobre las vías para la confluencia entre la izquierda y el movimiento obrero identificado con el peronismo.
Lo que une ambas cuestiones ("crisis de la centroizquierda" y "crisis del peronismo") es precisamente el kirchnerismo, que se constituyó como la única centroizquierda posible y peronista, mientras el peronismo continuaba su vaciamiento de la base obrera que supo ostentar este partido en el pasado, orientándose hacia la administración de la pobreza y los votantes de clase media, en un dualismo que le resulta por demás conveniente, para invisibilizar a la clase trabajadora como sujeto social y político e instalarse como "árbitro" entre pobres y capas medias.
Sin embargo, la crisis del progresismo (ligada a la del partido radical) está más avanzada que la del peronismo. Quizás una de sus explicaciones es que el peronismo, en su relación con los sindicatos moldeó la estructura del Estado argentino, que se apoya como un pilar de granito en las organizaciones obreras burocratizadas.
En este contexto, un peronismo con un presente cada vez menos "obrero" y un futuro incierto, va lidiando con su propia reconversión a través de la administración de un aparato estatal que expresa su propio pasado, signado por aquello de que "sobran sindicatos pero falta burguesía nacional".
Agotada o en vías de agotarse la posibilidad de recrear alguna variante del "alfonsinismo histórico", en plena mutación de "partido burgués basado en los sindicatos" a "aparato de marketing electoral basado en los pobres y las clases medias", el peronismo avanza hacia el posperonismo. ¿La clase trabajadora (o un sector más significativo de ella que el actual) se orientará hacia la izquierda? Crear las condiciones para una respuesta afirmativa será la principal tarea para el FIT.