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jueves, 20 de julio de 2017

La vuelta de un debate clásico: sindicatos e izquierda en la Argentina



Por Fernando Rosso y Juan Dal Maso 

La lucha de la alimenticia Pepsico Snacks irrumpió en la escena política y reactualizó una polémica esencial: el rol de los sindicatos, sus ambivalencias, fortalezas y debilidades.

domingo, 26 de febrero de 2017

Una vez más: peronismo e izquierda



Sobre la polémica Jorge Alemán-Eduardo Grüner-Horacio González. Una contribución sobre Marx, el “Qué hacer”, la clase obrera y los horizontes neoliberales.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Kirchnerismo: 12 años, un balance




Una larga trama de más de una década que fue gestando el desenlace. El kirchnerismo como contención de la crisis de principios de siglo y como restaurador del “país normal”. Nuevo gobierno y “nueva derecha”. La indefectible tarea de viejos ajustes.

viernes, 20 de noviembre de 2015

“No se puede llamar a votar por Scioli si se apuesta a la autoorganización y a la emancipación de las clases subalternas”




Entrevistamos a Massimo Modonesi, sobre la situación de los gobiernos “progresistas” latinoamericanos y las perspectivas de la izquierda. Modonesi es profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México, autor de Subalternidad, antagonismo, autonomía. Marxismos y subjetivación política y otros trabajos.


miércoles, 15 de abril de 2015

Derrota en la victoria: Scioli y el kirchnerismo


Por Fernando Rosso

El sinceramiento del programa de ajuste del economista preferido del sciolismo. El triunfo de Urtubey es una victoria de Scioli. El kirchnerismo, preso de la perversa lógica del “mal menor”, participa de la fiesta de su fracaso en cuotas.

jueves, 19 de febrero de 2015

El 18F, los límites de la "nismanía" y la astucia de la razón peronista


En La Izquierda Diario, puede verse una primera lectura "realista" (es decir no comprometida con ninguno de los dos bandos en pugna) de lo que fue. También el Blog de Abel hace una lectura "sensata", desde el punto de vista de alguien que apoya al oficialismo con una óptica peronista no kirchnerista. Por su parte, los diarios "opositores" intentan mostrar que la marcha tuvo algunas personas jóvenes no necesariamente de derecha y dan cifras exorbitantes sobre la cantidad de participantes.

Siguiendo un poco lo que dice Fernando Rosso acá, retomo o agrego algunas cuestiones: 

-Transformar la figura de Nisman en una bandera de la democracia es un poco difícil. Puede ser bandera en el antikirchnerismo fanático y a su vez despertar cierta simpatía en sectores de centro sin mucho entusiasmo ni por el gobierno ni por la oposición de derecha. Pero no puede ser el "significante flotante" de una nueva articulación "hegemónica". 

Para ser un alma bella, estaba demasiado relacionado con poderes fácticos varios (Stiusso, servicios extranjeros, casta judicial, etc.). Por los mismos motivos tampoco puede ser un héroe popular. En resumen, Nisman es Nisman, no puede ser La Madre Teresa ni El Gauchito Gil.

Para mí, esto explica en parte la poca presencia de jóvenes (más desconfiados de TODAS las castas) a la que hicieron referencia varias crónicas y la participación subordinada de la oposición de derecha, que sabe que la marcha coincide en tiempo y espacio con el fin de ciclo del gobierno, pero en última instancia no le pertenece.

-Con lo anterior, no pretendo minimizar la crisis que implica en cualquier estado moderno que un fiscal que está "investigando" al o la Presidente aparezca muerto. Es una crisis política de acá a la China (bueno, capaz no es el mejor ejemplo....) y es lo que le dio cierta "legitimidad" a la marcha. Pero el posterior intento de articulación político-social alrededor del hecho tiene los límites que señalamos en el párrafo anterior. Y por otro lado, en la medida en que pasa el tiempo y se enrarece todo, más crece la sensación "en la calle" de que no se va a saber la verdad sobre la muerte de Nisman, así como que todos los actores involucrados saben mucho más de lo que dicen.

-La marcha en sí no puede mejorar las chances electorales de nadie. No obstante esto, en parte por una política consciente (hacer crecer la figura de Macri para "polarizar"), en parte por sus propios errores, se está creando un escenario donde el FPV podría perder como perro en segunda vuelta y perder también en la primera si el candidato fuera un "kirchnerista puro". Así que la situación de Scioli es un poco contradictoria. Si bien desde el punto de vista de su estilo de "no confrontación" podría ser uno de los que más pierde con lo que está pasando en la coyuntura, al oficialismo no le quedan alternativas a su candidatura, si quiere arrastrar votos de centro y no quedar reducido al apoyo de una "minoría intensa". Se crea entonces una dinámica en la que el oficialismo dinamita la candidatura de Scioli a la vez que depende cada vez más de ella. En este sentido, el "progresismo" sigue siendo preso de la astucia de la razón peronista

Sobre las cuestiones estratégicas que van más allá de la coyuntura, escribimos el lunes acá.

lunes, 16 de febrero de 2015

La democracia vasalla y la larga agonía del "alfonsinismo"

corrupcion

Por Fernando Rosso/Juan Dal Maso

En la Argentina, donde las coyunturas políticas son altamente cambiantes e inestables, resulta un poco dificultoso reflexionar sobre los procesos políticos de largo plazo. Esto se ve acentuado un poco más por las "batallas" de la coyuntura actual, que ambos sectores enfrentados (pro capitalistas, pro serviciales y PRO a secas) intentan adornar con discursos grandilocuentes que presentan el 18F como un Acontecimiento mesiánico o diabólico, según el caso.

Estos "fuegos de artificio" ocultan o dejan sin abordar la reflexión sobre qué está ocurriendo con la "democracia" argentina, en un sentido más amplio y de fondo.

Porque si se considera, como señaló Martín Rodríguez y también otros analistas sobre los que escribimos acá, que el kirchnerismo retomó a su manera las tentativas "progresistas" fallidas de Alfonsín y el Frepaso, continuando entonces con la consumación de la "transición democrática" argentina (sin dejar de continuar a su manera también al menemismo; Boudou, Hotesur, etc.); el "fin de ciclo" del kirchnerismo debería promover, por lo menos en la izquierda, una lectura más allá de los hechos inmediatos, una lectura que permita comprender en qué "momento" estamos de la "transición democrática" y cuáles son sus perspectivas.

¿Por qué discutir sobre esto si todas las formas del Estado burgués son expresiones de la "dictadura del capital"? Precisamente por eso mismo. La democracia burguesa se constituyó en la "conquista" y el "límite infranqueable" de todo movimiento popular, genocidio mediante. Tanto fue así que incluso intelectuales como José Aricó llegaron a pensar que la democracia burguesa post dictatorial sería la antesala del socialismo y la presentaron como valor casi absoluto y horizonte insuperable de régimen político (como decía Hegel: por lo poco con que se conforma el Espíritu puede medirse la extensión de lo que ha perdido...)

En este contexto, después de más de 30 años (con 20 años de gobiernos del PJ), lo cual para Argentina es una eternidad, estamos en condiciones de hacer un cierto balance de qué resultados generó la "transición democrática" y qué se puede esperar en lo sucesivo (o mejor dicho, para qué tenemos que prepararnos).

En primer lugar, estamos asistiendo al fin de los Grandes Relatos sobre la Democracia. El apotegma alfonsinista de que “con la democracia se come, se cura y se educa”, se derrumba primero con la Obediencia Debida y el Punto Final, a los que sigue el hambre de los saqueos del ´89, y el menemismo con el Indulto, la desocupación y precarización de la salud y la educación (carpa blanca) en los '90, línea de decadencia que continúa hoy con el “descubrimiento” de que la democracia es presa de servicios de inteligencia, las policías empoderadas y una casta judicial con muchas continuidades con la dictadura. En el medio muchas muertes, algunas sociales y otras dudosas, o sea que en la democracia se come salteado en periodos de tiempo, se complica para educarse tanto como para curarse y se mata; a veces con las mismas manos que mataban en la dictadura.  

Otra indicación de lo mismo son los discursos moderados de los candidatos que pugnan por suceder a CFK, pero si lo pensamos en un sentido más estratégico, podemos decir que la Gran Política burguesa murió con Néstor Kirchner. 

Porque fue NK el principal actor de la política de reconstrucción de la autoridad estatal después del colapso de 2001 y el interregno duhaldista.

Hay una profunda y larga crisis trasversal de las instituciones del Estado y de la democracia y no hay una fuerza política o líder que se proponga como “gran reformador” con alguna propuesta creíble que permita reconstruir la autoridad estatal y democrática perdida a lo largo de estas tres décadas.

Las sucesivas "batallas" del kirchnerismo (125, ley de medios, "democratización" de la Justicia y los servicios de inteligencia) fueron acciones de pequeña política, recubiertas con un discurso de Gran Política. Decimos esto porque sus principales objetivos fueron coyunturales (responder a tal o cual problema económico o relación de fuerzas  producto de una derrota electoral o contragolpe frente a las "corporaciones" que supo alimentar y se le volvieron en contra). Si se puede sintetizar el kirchnerismo como AUH y jubilaciones + Relato, es precisamente porque su balance es de lo más módico.

El fin de los Grandes Relatos, como expresión del fin de la Gran Política, en una "transición democrática" que toca un techo.

¿Cuál es ese techo? El de los grandes poderes fácticos externos e internos, que hacen de la democracia argentina una democracia vasalla, cuyo progresismo logra a lo sumo durar algunos años, sobre todo si hay crecimiento económico, pero es incapaz de generar cambios sociales estructurales o la independencia económica del país. Incluso menos que eso, fue incapaz de cambiar las relaciones de fuerzas sociales que impuso la dictadura, al contrario las profundizó. Llevamos más de treinta años de democracia transitada sobre la economía impuesta en seis de dictadura.

Por eso, después de treinta años de "transición democrática", la economía argentina (no obstante el enorme progreso tecnológico del agronegocio) sigue exportando productos primarios, el proyecto de "autoabastecimiento" energético es a costa de entregar a Chevron los recursos de Vaca Muerta y permitir la generalización del fracking, los pueblos originarios viven en la miseria, las políticas educativas "inclusivas" coinciden curiosamente con las del Banco Mundial, la mitad de los trabajadores más o menos está "en negro" o en condiciones precarias, entre otros aspectos a considerar para hacer un balance realista, que podría suscribir John William Cooke tanto como León Trotsky.

¿Será este callejón sin salida estratégico el que otorga tanto peso a las coyunturas?

En resumen, la democracia argentina es el conjunto de capitulaciones de los grandes partidos que congregaron las mayorías populares ante la clase dominante y el imperialismo. Ellos imponen las coordenadas del "campo de fuerzas" dentro del cual introducir pequeños cambios, cuando hay viento a favor. Los grandes relatos pueden ser en todo momento (el Menemismo fue también el Gran Relato de la entrada al Primer Mundo ¿se acuerdan?), pero ya se quedaron sin sustancia.

Ligado a lo anterior, cabe reflexionar, ahora que muchos nos piden (al FIT) "hacer como Syriza", sobre las perspectivas del "espacio progresista" en la Argentina, que siguió siempre como sombra al cuerpo el derrotero de la "democracia vasalla".

La línea que une los términos Alfonsinismo-Revista Unidos-Frente Grande/Frepaso/Alianza-Kirchnerismo es sinuosa por demás pero no por eso inexistente. Desde la salida de la dictadura existe de forma más o menos permanente un espacio político-cultural (no solamente electoral) para un "progresismo" o "centroizquierda" en la Argentina. El Frepaso lo llevó a su casi auto-disolución y el kirchnerismo lo rescató, a condición de subordinarlo al peronismo realmente existente y desorganizarlo como espacio político autónomo, o sea disolverlo por otros medios.

En este marco, si bien el kirchnerismo puede continuar como corriente de centroizquierda peronista (según el grado de deterioro con el que se vaya) en un gobierno de Scioli, Massa o Macri, resulta poco probable que se pueda volver a reconstruir el "progresismo histórico" argentino, es decir que se reconstituya un espacio de centroizquierda que pueda convencer con un discurso de "ampliación de derechos" y que sea independiente del peronismo (que va enfilando para la centroderecha más cerca de su "promedio histórico").

Y si desde el punto de vista del régimen político estamos tocando el techo de la "transición democrática", desde el punto de vista de las corrientes políticas (entendidas en un sentido amplio), estamos ente la consumación de la larga agonía del "alfonsinismo" (es decir del progresismo que sostenía que mediante el Estado se podía "ampliar la democracia" y avanzar sobre la resolución de la "cuestión social" sin romper con el capitalismo).

Pero sería un error pensar las perspectivas de la izquierda solamente como posibilidad de capitalizar la "crisis del progresismo", aunque una parte del ascenso de la izquierda radical, sin radicalización en la lucha de clases, se explica por esta crisis. Precisamente uno de los rasgos distintivos de la izquierda argentina (o de sus sectores lúcidos) fue la reflexión sobre las vías para la confluencia entre la izquierda y el movimiento obrero identificado con el peronismo.

Lo que une ambas cuestiones ("crisis de la centroizquierda" y "crisis del peronismo") es precisamente el kirchnerismo, que se constituyó como la única centroizquierda posible y peronista, mientras el peronismo continuaba su vaciamiento de la base obrera que supo ostentar este partido en el pasado, orientándose hacia la administración de la pobreza y los votantes de clase media, en un dualismo que le resulta por demás conveniente, para invisibilizar a la clase trabajadora como sujeto social y político e instalarse como "árbitro" entre pobres y capas medias.

Sin embargo, la crisis del progresismo (ligada a la del partido radical) está más avanzada que la del peronismo. Quizás una de sus explicaciones es que el peronismo, en su relación con los sindicatos moldeó la estructura del Estado argentino, que se apoya como un pilar de granito en las organizaciones obreras burocratizadas. 

En este contexto, un peronismo con un presente cada vez menos "obrero" y un futuro incierto, va lidiando con su propia reconversión a través de la administración de un aparato estatal que expresa su propio pasado, signado por aquello de que "sobran sindicatos pero falta burguesía nacional". 

Agotada o en vías de agotarse la posibilidad de recrear alguna variante del "alfonsinismo histórico", en plena mutación de "partido burgués basado en los sindicatos" a "aparato de marketing electoral basado en los pobres y las clases medias", el peronismo avanza hacia el posperonismo. ¿La clase trabajadora (o un sector más significativo de ella que el actual) se orientará hacia la izquierda? Crear las condiciones para una respuesta afirmativa será la principal tarea para el FIT.

viernes, 23 de enero de 2015

Caso Nisman: de la novela policial al escenario político


Por Fernando Rosso

Algunas conclusiones sobre un crimen que cambió el escenario. Las consecuencias políticas sobre el gobierno, el régimen y el Estado. Una muestra más del fracaso de la “lucha contra las corporaciones”. El desprestigio de los servicios y la oportunidad de esta crisis.

martes, 16 de diciembre de 2014

Orden y Progresismo: ¿Los años kirchneristas?

                                     



Fernando Rosso/Juan Dal Maso

Orden y Progresismo. Los años kirchneristas de Martín Rodríguez es un libro muy bien escrito, que recopila distintas reflexiones sobre algunos tópicos de la política argentina a la luz de los años recientes.

No parece casualidad que la contratapa tenga una recomendación de lectura de Fabián Casas. Ambos cultivan, de diferentes modos, el género del "ensayo al tuntún", capítulo de la ensayística nacional que podríamos considerar la forma narrativa de toda una generación que leía a Marx, Deleuze, Foucault, Trotsky o John William Cooke, mientras hacía cola para buscar trabajo. Escrituras fragmentarias que se entrelazan con condiciones de existencia más o menos precarias impuestas por el menemismo a las capas medias con capital cultural pero sin guita, sobreeducados y subempleados, como es la base de Podemos hoy, según el mismo Rodríguez. 

La ensayística fusiona la literatura y la política y Rodríguez, que además escribe poesía, logra momentos metafóricos notables. “Fantino es Tinelli + Sociedad y Estado”, “Clarín es el PJ de la clase media”, o la afirmación de que Juan Carr es “nuestro Ned Flanders”, un “soldado de la columna norte” con el bronceado genético de los que habitan el lado country de la vida. Son definiciones ideológicas y políticas pero traducidas al sentido común. 

“El kirchnerismo mató al rock” es una afirmación cara a nuestra generación, pero muy real. La ocupación del rock por parte del estado lo privó de todos sus ribetes críticos, es decir, de su costado más “progresista”. Hace poco leímos, no recordamos bien dónde, que alguien retomaba la frase de Sartre: “nunca fuimos más libres que durante la ocupación alemana”, para compararla con los 90s. Podríamos decir que el rock nunca fue tan libre como durante la “ocupación” menemista. Ahora pasó de los antros donde todos juntos puteábamos a Chabán (Cemento, Die Schule) a la Plaza de Mayo donde la condición es aplaudir a Cristina y no nombrar a los Qom, entre otros innombrables.

El subtítulo del libro puede ser engañoso, ya que el núcleo de la reflexión va más allá de los años kirchneristas y se remonta a uno de los principales dilemas de la "democracia" argentina o por lo menos de su espacio "progresista": cómo se constituye un orden democrático que sea a su vez socialmente progresivo.

En la óptica de Rodríguez, el kirchnerismo sería la corriente que logró darle poder y estado a las tentativas fracasadas de Alfonsín y el Chacho Álvarez, agregando por supuesto su propia impronta. Y no parece errado. Si bien las opciones políticas de Néstor Kirchner de 2003 en adelante están claramente condicionadas por el contexto poscrisis del 2001, su "decisionismo" no surgió de la nada: se reapropió de las temáticas y posicionamientos de un espacio que va de la primavera alfonsinista al Frepaso, pasando por la renovación peronista y la revista Unidos. En este sentido, son los '80, mucho más que los '70 (década en la que Unidos hubiera sido la menos atrayente JP Lealtad) los "años dorados" en los que el kirchnerismo cargó su combustible simbólico, por más que no lo diga de ese modo el relato oficial, con sus curiosos "Nestornauta" y "camporismo". Aunque en los últimos años, comenzó a reconocer su costado alfonsinista, en la voz de José Natanson, entre otros.

En este contexto, el libro de Rodríguez reflexiona sin formalismos teóricos pero con agudeza sobre las relaciones entre estado y sociedad civil, problema complejo si lo hay y que pensado concretamente incluye mutuas interpenetraciones y contradicciones. La "clase media" como "sociedad civil economicista" y a la vez como magma de los distintos linajes políticos. La consigna de "Más Estado" como expresión aparente de una batalla cultural ganada por el progresismo, pero que en su polisemia esconde múltiples interpretaciones que van de la reivindicación de las "funciones sociales" del Estado al sueño facho de una solución policial de la cuestión social. Entre la casa con alambres de gillette y la "ida al pueblo", un duelo permanente entre el economicismo a ultranza y la "autonomía de la política", en ese corso a contramano que constituye la clase media argentina. 

Rodríguez parece inscribirse en la idea de que el kirchnerismo es lo más de izquierda que puede bancar la sociedad argentina, retoma en esto el tema alfonsinista que había definido José Aricó: “Alfonsín está a la izquierda de la sociedad”. Para esto hay que hacer abstracción del momento de escisión de la crisis del 2001, porque salvo que se opine como Pagni, que la sociedad “se volvió loca”, la sociedad (o un sector muy significativo de ella) estaba muy a la izquierda de la política burguesa y se lo hacía notar en cada esquina.

En la adscripción a esa idea, pierde de vista el anclaje conservador que tuvo el kirchnerismo en tanto experiencia de recomposición de la autoridad estatal. O mejor dicho, su reflexión tiene ese límite. El par conceptual "orden y progresismo" remite de por sí a esa contradicción. Porque si la instalación de la idea de "más Estado" es en parte expresión de una renuncia de los ciudadanos a ser "sociedad civil" es porque la propia política oficial desmovilizó y subordinó al Estado amplias expresiones de los movimientos sociales surgidos al calor de la crisis. En este contexto, el kircnherismo instala "batallas" y "conflictos" a su medida, como si fueran "contradicciones principales" de la sociedad argentina, en la misma medida que su repolitización de la sociedad está mediatizada por el Estado, que a su vez se sostiene en poderes reales poco y nada "progresistas": la policía, la burocracia sindical y el aparato peronista. 

Rodríguez no desconoce esto. Por eso el costado conservador del kirchnerismo aparece en Orden y Progresismo como los camellos en el Corán, según la apreciación de Borges: no hace falta nombrarlos, porque se sabe que están. La definición de que el kirchnerismo fue una “lucha de clases medias”, que desató una guerra prolongada de consorcio entre Sandra Russo y su vecina de Palermo, pero no hizo derramar las lágrimas de la empleada doméstica, demuestra que la politización estuvo al servicio de restaurar el orden de algunos, para que otros puedan desarrollar su progresismo.

Y de alguna manera, podría pensarse que Orden y progresismo es una reflexión sobre la imposibilidad de transformar en algo permanente la unidad de ambos términos, como demuestra la deriva actual de la política argentina hacia una especie de "centro líquido". Donde, además del rock, está matando con una reapropiación light las identidades que marcaron la historia política del siglo XX argentino (peronismo y radicalismo), sin haber creado ninguna cualitativamente nueva. “Sciolismo o barbarie”, una dupla también inventada por Rodríguez; y en la que no se sabe muy bien de qué lado está cada cosa.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Peronismo, Kirchnerismo y Pos-peronismo




Juan Dal Maso y Fernando Rosso

El hecho de que en el "fin de ciclo" del kirchnerismo, los candidatos referenciados de algún modo en el peronismo (dentro y fuera del oficialismo) sumen cerca del 70% de los votos, da para reflexionar sobre varias cuestiones.

En primer lugar, sobre las propias mutaciones del peronismo y los cambios históricos en su "anclaje de clase", cuánto se mantiene de su identidad popular u obrera y de sus orígenes plebeyos. Y en consecuencia, cuánto estos mismos sectores consideran al peronismo su genuina representación política y con qué intensidad.

Completo, acá.

jueves, 2 de octubre de 2014

La Argentina de los relatos ficcionales

La Argentina de los relatos ficcionales



La realidad política argentina está cruzada por una guerra de relatos y contrarrelatos entre el Gobierno y las principales coaliciones opositoras. Ninguno va a la sustancia de lo que enuncian, o, mejor dicho, van en el sentido contrario de los principios que gritan a los cuatro vientos. Mientras tanto, “la calle” vive la realidad de una crisis que deteriora la economía y las condiciones de vida, con la inflación, el empleo y el peligro de devaluación como principales preocupaciones.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Kirchnerismo: entre el ser (estado) y la nada

 Kirchnerismo: entre el ser (estado) y la nada.

La transición argentina y el fin de ciclo kirchnerista abrieron un debate sobre las perspectivas políticas del “kirchnerismo puro” fuera del gobierno y del estado. Ante la imposibilidad de re-reelección de Cristina Kirchner en el marco constitucional actual, hecho que algunos empiezan a denominar “proscripción”, y sin ningún candidato propio a la vista en condiciones de competir, el interrogante que surge es qué persistirá del kirchnerismo luego del 2015.

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miércoles, 3 de septiembre de 2014

El republicanismo que no fue


Por Fernando Rosso y Juan Dal Maso 

En una breve nota de Carlos Pagni, publicada el sábado pasado, el columnista de La Nación parece reclamar un "liberalismo que enamore" y en el artículo de opinión publicado el lunes siguiente en el mismo diario por el historiador Luis Alberto Romero, se convoca al pueblo argentino a dejar atrás los "malos gobiernos peronistas" y terminar con el mito de que “los peronistas son los únicos que saben gobernar”. Todo en nombre de una tradición republicana y liberal (con un leve barniz social-liberal en el caso de Romero), al parecer trágicamente imposible. Un "republicanismo que no fue". 

Quizás fue Juan B. Justo el principal exponente de la tradición republicana en la Argentina, más incluso que los radicales, tan proclives a combinar un populismo light con el fusilamiento de huelguistas. Su apuesta al desarrollo del Partido Socialista como puntal de la constitución de un sistema político moderno, por pecar de cierta ingenuidad, no deja de haber sido la más genuina en este espectro.

Esto lo sabía José Aricó, aunque en La hipótesis de Justo le reprochara sectarismo contra los radicales (cualquier parecido al acercamiento con el Alfonsinismo de los "gramscianos argentinos" no es pura coincidencia).

Las dificultades para la continuidad y arraigo nacional de una tradición republicana (y liberal o social-liberal) son las mismas que explican el arraigo del "bonapartismo" o lo que con un sutil dejo gorila, los liberales prefieren llamar el “populismo” (por razones opuestas a las de los marxistas): la presencia del imperialismo, la fuerza social de la clase obrera y la debilidad de la "burguesía nacional. Estos elementos configuran, como dijimos en otra parte, la "doble naturaleza” del peronismo, que es a la vez "partido del orden" y "partido de la contención", defensor a ultranza del orden capitalista y promotor del único "reformismo posible" en suelo argento. La derecha posible o la izquierda aceptable, según las definiciones, cambiantes con el "espíritu de época", del conformismo peronista.

1989-2001-2014

Si comparamos los finales de ciclo de Alfonsín, Menem y De la Rúa con el momento actual, la situación resulta totalmente diferente. El contexto internacional es de crisis y cuestionamiento del capitalismo y no de hegemonía del neoliberalismo. La política económica argentina, con todas sus extravagancias no es una rara avis al mismo nivel que lo era el sostenimiento de la convertibilidad en el 2000. Asimismo, el estallido del partido radical del 2001 y el desguace del bipartidismo que diera cierta estabilidad a la salida de Alfonsín y Menem, no logró ser reemplazado por el kirchnerismo con un régimen político más o menos estable. 

Este conjunto de elementos es lo que explica la hipótesis que empiezan a visualizar (y a desear) muchos; que el kirchnerismo se transforme en cierto modo en el camino más largo hacia el macrismo (un “frepaso de derecha” o un “sciolismo posmoderno”): una larga "restauración" hasta poner las cosas en su lugar (la centroderecha más de derecha pero con un barniz de "buena onda", bicisendas y "taller de entusiasmo" de Alejandro Rozitchner incluido).

Si el kirchnerismo fue de algún modo el remedo de una "gran empresa" cuya "hiperpolitización" la burguesía aceptó a regañadientes a cambio de unos buenos mangos en los años de vacas gordas, lo que viene es una progresiva derechización para administrar el declive. En ese marco, no cabe esperar, ni un "liberalismo que enamore" ni una resurrección del republicanismo. Por eso, los trabajadores y el pueblo argentino, que ideológicamente oscilan entre la "gauchocracia comunitaria" y el discurso sobre la "seguridad" se inclinan por variantes "conservadoras" como forma de no perder lo conquistado. También existe una minoría significativa que se vuelca hacia el Frente de Izquierda, por tener una política consecuente de defensa del empleo y los derechos de la clase trabajadora, no solamente en el plano parlamentario sino en la lucha de clases.

La democracia y la tradición de izquierda

Con todo, la existencia de la izquierda es un dato no menor en el "fin de ciclo". Si cabe en alguna medida tomar la distinción trazada por Héctor P. Agosti en su clásico Echeverría entre la tradición liberal y la tradición democrática, no es, como quería Agosti, para buscar el sector progresista de la burguesía argentina (que el PCA siempre acostumbró encontrar en los lugares menos indicados), sino para destacar que no toda "democracia" se reduce a la democracia burguesa.

Las alternativas no se reducen al republicanismo liberal que busca adaptar la realidad a sus “tipos ideales” o el bonapartismo pragmático cuyo “tipo ideal” es la adaptación a la realidad a la cual busca arrancarle algunas migajas, sin molestarla demasiado.

Somos críticos de ambas tradiciones desde una teoría política, una estrategia y un movimiento social que expresa la forma más auténtica y "popular" de democracia moderna de nuevo tipo: obrera y popular.

El comunismo, como movimiento real que lucha por cambiar el estado actual de cosas y que tiene en la democracia soviética la base para la constitución de un Estado obrero de nuevo tipo, que supera la "democracia sustantiva" del populismo y "formalismo abstracto" del republicanismo, uniendo las figuras del ciudadano y el productor, como condición para la extinción de todo tipo de estado.

A diferencia del republicanismo (además de las de clase, programa, objetivos y estrategia), nuestra crítica del bonapartismo reside en la experiencia real que la clase trabajadora realiza con el peronismo de acuerdo a las peculiares condiciones de nuestro país y del continente. Por eso el republicanismo no fue y muy probablemente no será (o será De la Rua); pero el socialismo todavía puede ser.

jueves, 14 de agosto de 2014

R.R. Donnelley y el nuevo momento bonapartista



Por Fernando Rosso y Juan Dal Maso

El anuncio de CFK sobre la denuncia penal contra la empresa R.R. Donnelley puede leerse como parte de la política del gobierno de "retomar la iniciativa" que viene teniendo con el intento de recrear una "mística" progresista alrededor de "patria o buitres". 

Ligado a esto, los anuncios de "protección del empleo" y la puja por la ampliación de los alcances de la Ley de Abastecimiento, parecerían indicar que el gobierno busca retomar una agenda de "centroizquierda". La cuestión de las posibles atribuciones que otorgaba esta ley al estado, venía generando roces con distintos sectores empresarios.

Pero el anuncio como tal presenta distintos aspectos a ser tenidos en cuenta: 

-No quiere dejar en manos de "los troskos" la lucha contra esta empresa yanqui que de buenas a primera cerró la fábrica y se mandó a mudar, luego de que en el caso de Lear, quedó en evidencia la complicidad del Ministerio y el gremio aliado, para que se produzcan los despidos y el ataque ilegal a la comisión interna.

-No quiere que aparezca la lucha de Donnelley ligada a la de LEAR, porque necesita sostener su discurso ultra reaccionario (cuyos voceros principales son Berni y Capitanich, con el concurso de Artemio López que como buen discípulo de Althusser se dedica a la reproducción del discurso oficial al modo de los tristemente célebres Aparatos Ideológicos del Estado). Por este motivo dice "esto no tiene nada que ver con lo de LEAR". Es decir busca evitar que se sepa la verdad. Que las de Donnelley y LEAR son dos formas de las empresas para descabezar la organización de base en las fábricas. Una se va, la otra impone un lock out y pone como condición para volver a abrir "fuera zurdos", con el SMATA de aliado. Y lo que desmiente la presunta diferencia entre un caso (Lear), donde la izquierda “ultra” lleva a una situación extrema a los trabajadores, y el otro (Donnelley), dónde los obreros quieren trabajar frente a empresarios inescrupulosos; es que ambas comisiones internas tienen la influencia de la misma izquierda, es decir, del PTS, junto a obreros combativos. Lo que varía no es la acción de la izquierda, que en los dos casos se puso al frente de la lucha consecuente en la defensa de los puestos de trabajo; sino la acción del gobierno y el estado; no guiado por el mismo interés, sino por sus objetivos políticos basados en el objetivo de ubicarse como árbitro bonapartista, cuando la crisis puede tensar nuevamente la lucha y el enfrentamiento entre las clases.

-La denuncia se hace, según dice CFK, utilizando la Ley Antiterrorista. Es decir, una normativa totalmente cuestionada y que buscará legitimar a partir de este caso, para aplicarla, una vez terminada la coyuntura de "patria o buitres" no contra las empresas yanquis que hacen lo que quieren en la Argentina, sino contra los obreros y las organizaciones populares que las enfrentan. Por eso para el gobierno es preferible denunciar a la empresa con la ley antiterrorista que estatizar la fábrica bajo control obrero.

En cuanto al curso más general, se podría decir que es un nuevo “momento bonapartista”, en el sentido de que no es "ni de derecha ni de izquierda" sino que oscila siempre buscando el centro, en función de la "duración" en esta transición hacia el cambio de gobierno y especialmente los próximos meses de deterioro de las condiciones económicas por la situación de “default parcial” que impide el acceso a los dólares que necesita una economía en declive.

De conjunto, viendo todos estos elementos: retórica "nacional y popular", represión para los obreros de LEAR, ataque a la multinacional Donnelley intentando seperar a sus obreros de los de LEAR, denuncia de una empresa yanqui con la ley antiterrorista, Ley de abastecimiento contra los empresarios, pero impuesto a las ganancias contra los sindicatos, la política del gobierno es una suerte de intento de "Pacto Social" sin instituciones de consenso. Un bonapartismo de épocas de vacas flacas, con orden en las calles garantizado por Berni y la Gendarmería, y una amenaza a los empresarios para intentar evitar la disparada de precios y exhortarlos a “colaborar” a mantener el equilibrio social.

Hubo otros momentos donde el gobierno tuvo relativo éxito con giros bonapartistas de este tipo (“estatización parcial” de YPF, o de los fondos de las AFJP, por ejemplo), pero se dieron con dos condiciones: recursos económicos (provenientes del viento de cola de la economía mundial o de posibilidades de crecimiento propios de la economía) y aliados con capacidad de contención, sobre todo en el movimiento obrero. Así y todo, cada una de las recuperaciones era de más corto alcance que la anterior.

Este "momento bonapartista" de manos vacías, signado por la coyuntura y con la economía caída, con suspensiones y despidos, pone un gran signo de pregunta sobre los alcances de la “recuperación” que pueda lograr el kirchnerismo.

Mientras todo esto ocurre en las alturas de un país "oprimido y tenaz", 400 obreros, que cargan en sus espaldas unas cuantas batallas, ponen a producir la fábrica y retoman las mejores tradiciones del 2001, como la de los obreros y obreras de Zanon en Neuquén.

Ellos parecen decir: "Los discursos no interrumpen la lucha de clases". 

martes, 29 de julio de 2014

Represión en LEAR: La verdad de los hechos





La patronal, el sindicato SMATA y el gobierno, quisieron dar un golpe duro al conflicto -a esta altura testigo-, de los trabajadores despedidos de la empresa Lear de Pacheco, con la represión de este martes.
Desde las 5 hs. de la madrugada se habían instalado los piquetes exigiendo el ingreso de los delegados y por la reincorporación de los despedidos. Recordemos que los delegados de la Comisión Interna tienen 6 (seis) resoluciones judiciales que obligan a la empresa a que permita su entrada para cumplir sus funciones sindicales, amparadas en la Ley de Asociaciones Sindicales.



martes, 8 de julio de 2014

La lucha de Lear y el bonapartismo kirchnerista

                             La Gendarmería desalojó uno de los piquetes montados en Panamericana

Trotsky decía que, en América Latina, el peso del imperialismo por un lado y la relativa debilidad de la burguesía local frente al proletariado por el otro, creaban "condiciones especiales de poder estatal", más conocidas como "bonapartismo sui generis", tomando como referencia el bonapartismo "clásico" que era producto del "empate" de las clases en pugna que dejaba el camino libre para la dominación de la "burocracia, la policía y la soldadesca", pero en condiciones diferentes a las de los países metropolitanos. Los orígenes de esta conceptualización (muy utilizada en los escritos de Trotsky sobre la lucha contra el fascismo en Alemania) se remontan al 18 Brumario de Luis Bonaparte, en el que se explica cómo el híbrido de "restauradores" y republicanos de 1848 abrió el camino al bonapartismo de 1852. 

La relativa "occidentalización" de la Argentina durante las últimas décadas (clase media de masas, grandes medios de comunicación, "democracia" formal más o menos continuada aunque no necesariamente estable), permite que las formas políticas "sui generis" se combinen con las "clásicas", dando lugar a combinaciones originales, cuya originalidad no impide sino que supone su carácter más o menos aberrante. 


Pero, a diferencia de los procesos de 1848 a 1852, en la Argentina del 2014, los procesos políticos tienen sus particularidades que a su vez hacen su propio aporte a la historia de las restauraciones y los bonapartismos. 

El kichnerismo ha logrado reunir en su propia trayectoria todos los "avatares" que van de la caricatura de revolución pasiva a la restauración y el bonapartismo. Fue abriendo el camino para las distintas mutaciones del régimen político pos-2001, siempre anómalo, inestable e incompleto, recostado siempre sobre alguna unilateral fortaleza coyuntural, protagonizando cada una de ellas, creando "sus" giros a la derecha, que lo consolidaban como sujeto del proceso de estabilización de la dominación imperialista y burguesa, tanto como lo alejaban de la quimera "progre" de los que querían "trascender el pejotismo". 

Este es el momento, desde el 2003 hasta la actualidad, en que el kirchnerismo más consciente y abiertamente está actuando como "partido del orden" y a su vez todas las fracciones de la clase capitalista y su personal político, más allá de las internas y campañas electorales revistan en ese "partido". 

Las condiciones que permiten esta "unanimidad" (doblemente borgeana por el término en sí como por la unidad por el espanto más que por el amor) son a su vez relativamente "anómalas": un "fin de ciclo" lleno de dificultades pero que por ahora no tiene salida catastrófica, lo cual encolumna a todos los sectores tras la perspectiva de una salida ordenada. 

En este contexto, el gobierno de CFK de estos últimos meses constituye una forma aberrante de "gobierno de unidad nacional", no por la integración de todas las facciones políticas en el mismo, sino por la subordinación de estas al gobierno en retirada, en un marco de unidad burguesa y del crecimiento de las formas bonapartistas (disminución de la figura de Capitanich, vuelta de las cadenas nacionales y de la puesta en primer plano de la figura de CFK y sobre todo el uso de la Gendermería y la policía frente a las protestas obreras). Cabe recordar que Gramsci identificaba los gobiernos de "unidad nacional" como "un retroceso al cesarismo" (equivalente gramsciano del bonapartismo).

Como los fachos "securitarios" el gobierno parece decir "los despidos no son de izquierda ni de derecha, son necesarios" y actúa en consecuencia, actuando codo a codo con los factores del "poder real", como la burocracia del SMATA, el aparato represivo y las multinacionales extranjeras, mientras el progresismo en crisis no puede denunciar a los obreros por "destituyentes" ni defender el accionar del gobierno, aunque tampoco ofrecer una alternativa real al curso de su propio gobierno: se constituye en un "progresismo inoperante" que bien podría reservar mesa en el Varela-Varelita. 

En el movimiento obrero, la dinámica es, como en todos los demás planos, de "discordancia de los tiempos". En los sectores más avanzados y combativos se empieza a establecer una dinámica "pre-peronista" (lo de "pre" no implica un ingenuo "retroceso en el tiempo" sino que pretende llamar la atención sobre los elementos de continuidad de un incipiente "nuevo movimiento obrero" con las experiencias del pasado, que a su vez tiene un componente de renovación generacional) caracterizada por la acción directa e iniciales enfrentamientos con las fuerzas policiales, clasismo, organización independiente de la burocracia y cuestionamiento a la subordinación de los sindicatos al Estado, mientras que en las masas más amplias, sigue el descontento y a fuego lento se va llevando adelante la "experiencia" con el "ciclo histórico del peronismo". 

La posibilidad de confluencia de ambos procesos depende no solamente de la voluntad de la izquierda sino también de factores objetivos. Sin embargo, la presencia de Facundo Moyano en la carpa de Lear y el apoyo de la CGT tanto a este conflicto como al de Emfer, indica que ambos "mundos" no están desligados: lo que en la vanguardia es acción directa y organización en la resistencia, en las masas es descontento y formas diversas de exigencia a los sindicatos de que defiendan el interés de los trabajadores. Los sectores de la burocracia que definieron no morir atados al gobierno lo saben y actúan en consecuencia, aunque se cuidan de realizar acciones que faciliten esa confluencia en el presente, mientras anuncia paros para el futuro. 

Y también hay una discordancia de los tiempos entre la apuesta a solucionar la cuestión de los “fondos buitre” que abra la posibilidad de un nuevo ciclo de endeudamiento (y una sobrevida más “tranquila”) y las necesidades de la hora de una economía en retroceso, que la salida de enero empujó hacia mayores tendencias recesivas, retroceso en empleo y en el salario (el impuesto a las ganancias y la no actualización del "piso" empieza a afectar otra vez a sectores masivos de los trabajadores).

El kirchnerismo está cruzando dos límites que se había autoimpuesto relativamente como gobierno de contención y desvío: la no represión (pese a que ya había llevado varias adelante) y la bandera del no retroceso del empleo. La “foto” de este martes combinó en un mismo acto el cruce de esos límites: represión a trabajadores que cuidan sus puestos de trabajo. Y esto llevado delante de la mano de los peores rostros del personal de su coalición: la burocracia sindical del SMATA y su máximo exponente, el patotero Pignanelli, y la patota armada a las órdenes de Sergio Berni. 

Todos, trabajando para garantizar la violación de todos los derechos laborales y sindicales (con despidos y ataque a la comisión interna) por parte de una multinacional yanqui, justo cuando se está “enfrentando” a los buitres. La presencia del “Chino” Navarro en Lear es, además de un “homenaje” de un diputado que dirige un movimiento social a fin al gobierno, al renovado peso de la “cuestión obrera”; una manifestación de las contradicciones y la crisis de esa fracción de la coalición oficial. El silencio o las declaraciones de rechazo a la represión (como la del CELS) de sectores de ese espacio en las redes sociales, es parte de esto.

El dilema para el gobierno y las patronales es que la resolución de lo “macro” (la posibilidad de nueva deuda) presupone mantener los lineamiento de este ajuste, y pese a eso no está garantizado que pueda solucionarse en el tiempo necesario.

Lo destacado es que pese al mundial y la histórica llegada a semis (después de 24 años), el movimiento obrero, o sectores de vanguardia del mismo pueden ocupar la escena, hecho que evidencia que el “nacionalismo por el mundial” (que ya termina) tiene sus límites en un malestar general.

Este fin de ciclo, como ya se dijo, a diferencia de otros se caracteriza por dos hechos relevantes: una recomposición obrera y una izquierda con disposición a dar las peleas a la altura de la circunstancias (aunque sin garantía de triunfos en cada lucha particular) lo que es una escuela para el conjunto. 

Fernando Rosso/Juan Dal Maso

miércoles, 4 de junio de 2014

Gestamp y el "momento isabelista" de Cristina

El giro inédito que dio el conflicto de Gestamp, con la revocatoria que hizo el gobierno de Scioli de la conciliación obligatoria que él mismo había dictado dos días atrás, dejó al desnudo al régimen político.

Cuando el gobierno provincial dictaminó la medida; el gobierno nacional, con Cristina Fernández y Débora Giorgi a la cabeza, en coordinación con la empresa y la conducción del SMATA, salieron a bombardear sistemáticamente la resolución. Finalmente, el gobierno de Scioli, una vez que los trabajadores bajaron del puente grúa y violando de manera flagrante el compromiso y la palabra empeñada bajo la forma de un documento público, la revocó con una resolución administrativa que está reñida hasta con la lógica formal y el sentido común.

Completo, acá

lunes, 2 de junio de 2014

Gestamp y la bancarrota del "progresismo" K




Fernando Rosso / Juan Dal Maso

El conflicto de Gestamp marca la bancarrota absoluta del "progresismo" K. El "frepasismo rabioso" que había adelantado la ruptura con los trabajadores asalariados (mediatizada por la ruptura con Moyano), así como en su momento tuvo como "modelo" a Pedraza hasta que tuvo que soltarle la mano tras el asesinato del compañero Mariano Ferreyra, termina confluyendo con una de las burocracias más rancias del movimiento obrero argentino: la del SMATA, que cuenta con el curioso "mérito" de ser igualmente apreciada por los milicos genocidas y por el kirchnerismo.

La actuación que está teniendo SMATA -y más aún si se efectivizan sus amenazas de salir a la calle-, fusionándose con el Estado (convirtiéndose en Estado o “para-estado”), confirma la caracterización que hicimos acá: la burocracia sindical “constituye un aparato para-estatal que actúa como 'sociedad civil' cuando tiene que contener y como Estado (banda para-estatal) cuando tiene que apuntalar la represión”. En conflictos claves (y por una combinación de circunstancias, no sólo económicas, sino también políticas, Gestamp ocupa hoy ese lugar), las burocracias realizan abiertamente su función esencial: policía interna de la clase obrera.   

"La posición oficial del Poder Ejecutivo" se expresó "a través de la ministra de Industria, también por supuesto de Ricardo Pignanelli como titular de SMATA, y también de la empresa", dice Capitanich. Y Pignanelli completa “ya debería haber sido tomado como un delito". Estado y para-estado al servicio de una clase, contra el enemigo común de mayor peso en la  “sociedad civil”.

Después de diez años de fantaseo de la "izquierda K" sobre "trascender el pejotismo", lo único que queda es un "pejotismo puro y duro" mucho más cerca de Ottalagano y Remus Tetu, que de J.W. Cooke o Rodolfo Walsh. La ministra de industria como vocera del frente patronal-burocrático y corriendo "por derecha" a Scioli por dictar la conciliación obligatoria y defendiendo los despidos de trabajadores.... pero ojo, no hay que abrirle paso a la derecha…

Un periodista valiente y por supuesto más lúcido en sus intuiciones, ya había caracterizado, con sus palabras, la esencia de la burocracia sindical, su macartismo y su función estratégica (que el “vandorismo” supo concentrar):

Pero al suceder actuaron todos o casi todos los factores que configuran el vandorismo: la organización gangsteril; el macartismo (“Son trotskistas”); el oportunismo literal que permite eliminar del propio bando al caudillo en ascenso; la negociación de la impunidad en cada uno de los niveles del régimen; el silencio del grupo sólo quebrado por conflictos de intereses; el aprovechamiento del episodio para aplastar a la fracción sindical adversa; y sobre todo la identidad del grupo atacado, compuesto por auténticos militantes de base.

El asesinato de Blajaquis y Zalazar adquiere entonces una singular coherencia con los despidos de activistas de las fábricas concertados entre la Unión Obrera Metalúrgica y las cámaras empresarias; con la quiniela organizada y los negocios de venta de chatarra que los patrones facilitan a los dirigentes dóciles; con el cierre de empresas pactado mediante la compra de comisiones internas; con las elecciones fraguadas o suspendidas en complicidad con la secretaría de trabajo. (Rodolfo Walsh, ¿Quién Mató a Rosendo?. Ediciones de la Flor)

Por otro lado, el relato de “más estado, para ponerle límites al mercado”, queda en el más absoluto ridículo, cuando la burocracia sindical policíaca se fusiona con el estado para garantizar el normal funcionamiento de las leyes del mercado, es decir, que las empresas puedan efectivizar “en paz, orden y administración” los despidos y las suspensiones. La “bronca perra” que tenía la semana pasada el patotero servicial de Pignanelli, se convirtió en “odio” no hacia las empresas, sino hacia los trabajadores y especialmente a la izquierda.

El cristinismo, como dijimos otras veces, tiene un problema con el movimiento obrero. En épocas de ajuste, no puede basar su política en una alianza "redistribucionista" con los sindicatos, salvo con aquellos como el SMATA y la UOM que luchan a brazo partido... por las ganancias de sus patronales. Pero tampoco puede chocar a la clase obrera de frente, después de diez años de recomposición objetiva y subjetiva en el terreno de la organización. De ahí que su línea sea poner techos en las paritarias por arriba y dejar correr los ataques por sector ahí donde las patronales empiezan a ganar un poco menos (no a perder) o se quieren sacar de encima a los delegados combativos y de la izquierda. 

Si bien el conjunto del movimiento obrero todavía no rompió masivamente con el gobierno (en ese sentido la ruptura es más del gobierno con el movimiento obrero y no a la inversa), se expresan distintos niveles de ruptura en amplias franjas de vanguardia; lo cierto es que esta política no puede tener otro efecto que el de transformar cada vez más al movimiento obrero en "oposición social". La alianza con el capital financiero (Club de Paris), las multinacionales (con el “centro de gravedad” de las automotrices), más escasas concesiones a los pobres; no constituyen una “hegemonía” que pueda imponerse sobre el sujeto más peligroso y estratégico.

A los planes de "sucesión" hacia la derecha, empezando por el actual curso del oficialismo, cuya expresión en el movimiento obrero empieza a constituir más embrión de Triple A, que de "pibes para la liberación", con Pignanelli de vocero de la política oficial casi con más protagonismo que la propia Débora Giorgi; hay que responder contundentemente. Apoyando a la lucha de Gestamp, denunciando implacablemente (en ese sentido Walsh hacía escuela) a esta burocracia, para limitar su poder de fuego, en la perspectiva de recuperar los sindicatos.

Aquellas personas que honestamente acompañaron desde la izquierda o la centroizquierda al kirchnerismo, con la ilusión de terminar con esta práctica política del peronismo, deberán meditar seriamente si están dispuestos a avalar este oscuro rumbo que comienza a tomar el gobierno de la mano de una burocracia sindical con una historia verdaderamente siniestra.   

viernes, 11 de abril de 2014

El paro general en Argentina, los sindicatos, el peronismo y la izquierda



De acuerdo con lo que dice Fernando acá y de paso agregamos o complementamos algunas cuestiones, intentando no caer en el exceso de análisis al que somos tan proclives los argentinos (aunque seamos internacionalistas):

-Queda claro el peso de los sindicatos en la vida nacional (y de paso la ridiculez de los que proponían protestas de la confitería Richmond en Plaza de Mayo, convocadas por el FIT, como si éste pudiera reemplazar las centrales obreras o los que proponían similares tertulias pero en otras plazas). No obstante esto, sigue planteada la contradicción entre el peso de los sindicatos en la estructura del peronismo y el Estado argentino y la tendencia política que predomina en los candidatos que se proponen suceder a CFK. Siendo que cualquiera de ellos, sea Massa o Scioli o Macri (no sé si lo pongo por piedad o por sarcasmo...), no tiene nada que ofrecer al movimiento obero, salvo ajuste, que hoy aparece como ajuste negociado, pero es poco probable que pueda sostenerse en esa tónica durante uno o dos mandatos más. En este contexto, si bien la burocracia sindical es un pilar del régimen político argentino y precisamente lo es por su control del movimiento obrero, lo cierto es que la perspectiva de ligarse a proyectos políticos patronales que poco y nada tienen para ofrecer, deja a Moyano (más que a Barrionuevo, que de todos modos dirige mucho menos) en una situación incómoda, sin alternativa, que es la que "sobredetermina" (como le gusta decir a los académicos) su extrema moderación (paro dominguero, discurso contra los piquetes, etc.), El otro plano de este problema, es que no hacer nada es la mejor forma de seguir dejando que la izquierda gane peso. En el fondo, el peronismo no puede resolver "históricamente" el problema del peso "excesivo" de los sindicatos sin derrotas de mayor magnitud, que van mucho más allá del ajuste "negociado", ni la burocracia puede conseguir un vuelco en la relación de fuerzas sin dar una lucha más seria, que abre a su vez la posibilidad de distintos "desbordes" y si la clase obrera le agarra el gustito a las demostraciones de fuerza que ponen de manifiesto su enorme peso social en la Argentina, el peronismo tiene un problema. 

-El peso de los sindicatos en la vida nacional, plantea que no puede pensarse ninguna estrategia para desarrollar una izquierda que talle como actor en la política nacional, por fuera del o mejor dicho eludiendo el trabajo en los sindicatos (ya que por afuera de ellos también hay muchas tareas). En ese sentido, preferimos el denominado por Perry Anderson como "el último consejo de Lenin al movimiento comunista de occidente" (lucha por el Frente Unico para ganar a la mayoría de la clase obrera, organizada en sindicatos, lo cual incluye la lucha por recuperar esas organizaciones), que el primer consejo de Morales Solá al PTS, (dedicarnos más al electoralismo y menos a la acción directa), aunque no negamos que quizás en Lichtenstein o Suiza pudiera llegar a ser un consejo realista. Curiosamente, la propuesta de que nos constituyamos como un "massismo rojo" termina uniendo al columnista de La Nación con los voceros de la Mazorca peronista....

-Se podría decir que durante el 2013 pareció predominar la tendencia a la constitución de un partido (entendido en el sentido histórico) por la vía del desarrollo parlamentario de la izquierda. Esta "hipótesis", marginal en la historia del movimiento obrero argentino, pródigo en huelgas generales, piquetes, comisiones internas y coordinadoras, pero poco avezado en el parlamentarismo obrero, parecía aparecer con fuerza, marcando las vías de evolución de la relación entre el movimiento obrero y la izquierda. Precisamente, una de las cosas que quedó clara ayer, es que el desarrollo electoral o parlamentario es un "clavel del aire" sin el peso orgánico y el trabajo de base en los sindicatos. Y si la "crisis de autoridad" de la burocracia sindical en los gremios que llamaron a no parar y la base paró igual es una amenaza que se cierne en cierto modo sobre toda la burocracia, esto no sería posible si no existiera un trabajo sistemático de la izquierda, en particular del PTS, en el movimiento obrero y los sindicatos. No obstante esto, desde el punto de vista de las posibles vías de recomposición de la izquierda, en cierto modo todas están más o menos verdes y todas siguen abiertas (desarrollo del FIT, desarrollo del sindicalismo combativo, constitución de corrientes clasistas en los sindicatos, desarrollo de instancias de coordinación, surgimiento de tendencias a la independencia de clase, etc.), pero la contradicción entre el rol "reformista" de los sindicatos y la tendencia a la constitución de un peronismo de centroderecha ajustador, abre la perspectiva de desarrollos más amplios, donde lo electoral esté subordinado a fenómenos más profundos en el movimiento obrero. 

-(Sepan disculpar la digresión...) Hace unos días le vengo dando vueltas a algunas discusiones relacionadas con los estudios gramscianos, a saber: las disímiles propuestas de cómo entender los Cuadernos de la Cárcel de Juan Carlos Portantiero y Peter Thomas. El primero dice que como Gramsci no es un profesor de ciencia politica no se puede articular ninguna lectura a partir de uno o dos conceptos, sino de una propuesta de "guerra de posiciones" como "estrategia de largo aliento para la conquista del poder". Peter Thomas sostiene que la teoría de la hegemonía es el punto de elaboración más alto de los Cuadernos y que todos los conceptos restantes como "revolución pasiva", "guerra de posición", "occidente y oriente" deben subordinarse a aquella. Yo creo que tiene razón Thomas, porque la reflexión de los Cuadernos se ubica más en el plano de la teoría política que en el de la estrategia, pero sobre todo porque la "guerra de posición" en la interpretación de Portantiero termina introduciendo un componente temporal (tiempos largos tendientes a infinitos) que vuelve intrascendente la lucha de clases, mientras que rescatar la teoría de la hegemonía (depurada de sus desplazamientos populistas) hace a la crítica del sindicalismo tanto como del electoralismo. Y más en general, más allá de la teoría, mucha "guerra de posición" termina en "posicionalismo" más o menos absoluto que termina siendo una mera ocupación de espacios.

Desde este punto de vista, toda conquista de posiciones en los sindicatos, los centros de estudiantes o los parlamentos, cobra sentido como parte de la lucha por que la clase obrera se constituya en sujeto y soldar en la lucha común la alianza obrero-popular con el movimiento estudiantil combativo, los movimientos de mujeres, los pueblos originarios y los pobres de las grandes barriadas. Gracias a esa práctica, ayer hubo una voz alternativa a la de la burocracia en el paro nacional más importante que se haya hecho contra un gobierno kirchnerista.

martes, 18 de marzo de 2014

El peronismo: "promedio histórico" y Freikorps sin uniforme

freikorps Munich

Este post generó algunos debates con los amigos, a propósito de su "catastrofismo". Pero como después de varios años de contrapuntos, los galos de Asterix llegamos a un "compromiso histórico" con El Violento Oficio de la Crítica, en el cual Fernando reconoció que hubo recomposición del régimen durante los años del kichnerismo y yo a su vez reconocí que no era para tanto, por lo cual el post tenía un cierto carácter de "armisticio" entre fuegos amigos, creo que deberíamos profundizar un poco en algunas cuestiones que están planteadas ahí y sus implicancias estratégicas, más allá del análisis de coyuntura (o del análisis de coyuntura que pretende ser "estructural" pero no lo es).

Repensando el problema de la crisis orgánica, la famosa "restricción externa", que reaparece cada tanto en la historia económica argentina, es expresión a su vez del estatuto semicolonial del país, como de las contradicciones de la acumulación de capital en la Argentina. En este sentido, si bien la declinación del "modelo de crecimiento con inclusión social" viene siendo administrada con un relativo éxito inmediato por el gobierno, el problema se resuelve con un ajuste a fondo o con un nuevo ciclo de endeudamiento. Desde el punto de vista económico, el "modelo" está posponiendo la llegada al punto de las "alternativas catastróficas", pero hoy es uno de los momentos, con excepción quizás del 2003/2004, en que está todo más atado con alambre, dentro de lo que viene siendo el ciclo kirchnerista. 

Además del rol de la burocracia sindical, que es una garantía de estabilidad porque no agita ni media, el gobierno viene logrando administrar su propia conversión de coalición de centroizquierda a coalición de centroderecha (como dice Fer "The Macri Moment, pero The Scioli Situation"), basado en la debilidad de la oposición burguesa (incluido Massa que si sigue así va a ser un nuevo Cobos, en cuanto a cómo se quemó el vice mucho antes de llegar al 2011, después de ser "esperanza blanca" por unos meses). La implementación del mecanismo de las PASO (lo más parecido a la tan soñada "modernización republicana" del peronismo), permite sacarle dramatismo a la sucesión (y tragar los sapos que sean necesarios para esa especie de Dalai Lama del tragado de sapos que es el progresismo K). Desde el ángulo de la política, hay por lo menos una posible salida para el oficialismo. 

Entonces, a la pregunta de si hay nuevamente crisis orgánica, podemos decir que todavía no, aunque maduran elementos en ese sentido. 

No obstante esto, sería interesante retomar el uso de tal categoría en relación con la resolución de la relación histórica de cada clase o sector social con su representación política. En criollo: la crisis orgánica del 2001 liquidó el partido radical como representación de las capas medias, pero el peronismo no se liquida por una crisis orgánica, porque su "sistema de trincheras" puede resistir las "incursiones catastróficas" de la crisis económica o de la crisis de la autoridad estatal, si no hay radicalización de la clase obrera, contra la que trabaja todos los días desde el control estatal de los grandes sindicatos. 

Entonces, crisis orgánica, que se vuelve una categoría recurrente en la historia argentina (al punto de que se podría aplicar a casi todos los "fines de ciclo"), no significa ruptura generalizada de la clase obrera con el peronismo, que es un proceso que va adquirir ribetes más claros de enfrentamiento entre revolución y contra-revolución. 

Esto último (vale decir "enfrentamientos entre revolución y contra-revolución") no implica, sin embargo, que esos enfrentamientos se den en un solo acto. Si se puede decir que la burocracia sindical es "sociedad civil" cuando cumple un rol "reformista" y "estado" cuando se suma al aparato represivo, podemos pensar que el peronismo (más allá de la actual preeminencia de candidatos descafeinados, vegetarianos, con estusiasmo y optimismo) es una suerte de Freikorps sin uniforme, dispuesta estratégicamente para emprender lo que en apariencia es una "guerra de posición" pero de hecho es una "guerra de aniquilamiento" contra los batallones combativos del movimiento obrero y la izquierda revolucionaria. Y en ese plano estratégico, el "promedio histórico" del peronismo, deja su lugar a la derecha más rancia. 

En este contexto, los frentes únicos que se van construyendo en la izquierda y los sectores combativos (como el FIT desde el punto de vista político-electoral y el Encuentro Sindical Combativo de Atlanta, desde el punto de vista sindical), deben ser vistos desde el ángulo de forjar las fuerzas combativas del movimiento obrero, de cara a lo que se viene.