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martes, 27 de marzo de 2018

Himno de mi corazón

En la plaza de la vuelta de mi casa (que ahora es de San Lorenzo), en la que nos pasábamos todo el día con los pibes del barrio a mediados de los '80, había dos frases pintadas en las paredes por pibes más grandes que nosotros. 

Una de ellas era: "Sobre la palma de mi lengua vive el himno de mi corazón". Con el tiempo supe quién era su autor...

viernes, 7 de septiembre de 2012

Viernes (Fabián Casas)

La Bestia Negra me envía por mail esta entrevista, con título de infeliz elección, pero mucho más atractivos contenidos sobre la literatura de izquierda, El Eternauta o Mariano Ferreyra, junto a esa combinación de pactos de sangre, goles a favor y en contra, artes de combate y largos callejeos, que por comodidad denominamos Boedo. El que viene de ahí, sabe de qué se trata.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Nocturno a contramano

La poción de Panoramix salió muy grossa (no sé qué le estará poniendo) y ayer me desperté a las 03:00.  A las 05:00 estaba levantado con "ojeras y párpados de asombro" no entre el clavel y la espada sino entre los platos sucios y el fuego tenue de la pava sobre la hornalla. Me puse a limpiar y escuchar discos viejos de La Renga. Sentado en la puerta con vista a la calle de ripio, constaté que mi vecino de enfrente (él sí tiene edad para estar levantado a esas horas) empuña el escobillón como un fusil. Me acordé de los viejos tanos sentados en los canteros de los edificios de calle Inclán, balbuceando historias de la Segunda Guerra Mundial. Con la sola compañía del mate, me acordé también de la belleza (no para los vehículos) del empedrado de las calles del barrio. También reflexioné sobre la única calle de tierra que conocí en la infancia, yendo para el lado del Parque Chacabuco y tuve la sensación de estar a 1200 km de mis raíces. Sin embargo, en esa comunión con el comienzo del día, viendo salir el sol desde la puerta de mi casa con un mate amargo y un silencio casi absoluto, le tuve que dar la razón a un personaje de "Los Lemmings": Boedo está donde vayamos nosotros. 

domingo, 13 de noviembre de 2011

Parque Lezama

¿Qué podía entender un pibe de 18 años de los grandes saberes de los playeros viejos? Por lo menos, cuando me mandaron a lavar las rejillas y me quemé la yema del dedo con la manguera de alta presión, me consideraron uno de ellos. "Es la ley del playero". También limpiar los baños en los que los muchachos de la 12 hacían obras de arte como las de Leónidas Lamborghini en Madrid o no sé dónde. Los camioneros recomendaban no convidar mate a sus pares, en razón de los lugares dudosos (y arancelados) en que posaban sus labios antes de compartir la bombilla. El sol entraba fiero. Claudio miraba la playa de la estación de servicio. "Puse este bidón con marca, para ver cuánta agua te tomás" me dijo. Y saludó a la piba negra que pasaba todos los días a la misma hora. "Las minas -agregó- me saludan todas. Después van y cogen con otro. Pero me saludan a mí..." Yo que había sido educado en el Bushido por mi vieja que devoraba el cine de Kurosawa, no me sentía muy cómodo con el comentario, aunque me daba risa. Al fin y al cabo, un saludo es un gesto de cortesía muy importante ¿no? "¿Sos boludo, pibe?" No respondí, porque me puse a cargar nafta y limpiar vidrios, tarea de la que en algún momento llegué a ser un perfeccionista.

viernes, 4 de noviembre de 2011

En algún lugar de Boedo

Plaza Lorenzo Massa , Boedo El viejo que nos persiguió (tendríamos entre 8 y 9 años) durante un trayecto de diez cuadras en un Falcon, porque tratábamos de agarrar una naranja de un árbol que estaba en la vereda frente a su puerta.

Pitillo, que estaba medio loco, pero lo aceptábamos para arbitrar en los partidos de la plaza Lorenzo Massa, en los que era insultado sistemáticamente desde que llegaba hasta que se iba.

Martín Morales, que le pegó al Peruano porque le dijo "puto" (competíamos por el título de hombre de las cavernas).

Draculín, que fascinado por las explosiones, metió una bomba brasilera dentro de una botella de Coca y la hizo explotar en plena calle Inclán.

El Chino, que le pateó la cara a mi amigo Néstor, por querer hacerse el macho con un pibe más chiquito. Días de lluvia a resguardo en la casa-kiosko que nos vendía los rompeportones, con los cuales redecorábamos el blanquísimo frente de la casa que los franciscanos tenían al lado de la plaza.

Jagger, que era un palito y se le animaba a la Tota (que no requiere descripción). Los coreanos que decían que habían pasado dos años en la panza de la madre (¡tema para el psicoanálisis!), y los domingos se sumaban a la Iglesia metodista de calle Mármol, que se llenaba de autos inmensos, hombres de traje y mujeres con polleras largas, que hablaban hangul. 

Ale Crespo, el Negro Jorge, Martín y las salidas a comer pizza a Torino en Boedo, que cerró por ser blanco permanente de los muchachos de la Butteler. Rodrigo, que podía chanflear el pie al límite de la deformidad y metía unos pelotazos galácticos. Javier, que me presentó  la Commodore 64 y la 128.

Christian, a quien empujé y lo hice atravesar la vidriera de la peluquería, que finalmente no pagué porque la señora se apiadó de los "pendejos pelotudos".

Jairo y Radamés, que a la salida de la escuela hacían la correspondiente exhibición de Wu Shu vs. Karate okinawense. 

El Sensei, que se enojó con el tipo del kiosko de abajo del gimnasio y dijo que lo iba a cagar a trompadas (y parecía que hablaba el fuego).

Olivera, que era fanático de Bruce Lee y ahora es instructor de boxeo en el Parque Chacabuco. Las tardes enteras jugando al Vigilante (un Kung Fu Master neoyorquino que rescataba a Madonna de las garras de los skinhead), con el crédito que los incautos dejaban sin jugar porque no sabían que cada ficha daba dos juegos (para qué avivar giles...).

Carlitos y sus hermanos, que me enseñaron a jugar al carnaval con agua de la zanja y después se fueron a vivir a Soldati.

Nos seguimos encontrando, en algún lugar de Boedo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Otra variación sobre los amigos

pictureHago un paréntesis entre tareas varias para escribir unas líneas. Porque este blog, además de encarar algunos debates políticos e ideológicos, también cumple la función de reflexionar sobre temas universales desde una perspectiva personal, lo cual vuelco a algunas pavadas que voy escribiendo, en particular la reivindicación constante de mis amigos y los valores y códigos que llevan puestos. 

De charlas con La Turca, Rosa, Doble Rosa, Gladys, Tito, Ale, Iva, la Bruja Buena y su alter ego y mis amigos de Córdoba y Bs. As., han ido surgiendo algunas reflexiones que he ido volcando a este blog, a veces escritas por mí y otras copiando cosas dichas por gente más leída, como las líneas del Hagakure que posteé abajo.

La reflexión de esta semana sobre este tema, surge porque Kadhaffy  murió más solo que Kung Fu. Nadie saltó a defenderlo cuando se acabó la "magia". Y eso que Kung Fu (no el personaje sino el actor, aunque son lo mismo por efecto de la influencia de la TV) se murió en un ropero apretándose los huevos con un alambre, en Tailandia o no sé dónde.... 

Se puede argumentar que los terribles garcas no tienen amigos. Y es cierto. Pero el ejemplo no viene a cuento porque podamos pasar por la misma situación que el ex presidente vitalicio de Libia, sino porque cuando te quedás solo, hermano, estás realmente en el horno. 

Y eso puede ocurrir porque uno se hace viejo y sus amigos se van muriendo (como le pasó a mi viejo, en cuyo entierro había más amigos míos que de él), lo cual es algo inevitable o porque uno se olvida de seguir rigiéndose por los códigos que aprendimos cuando el mundo nos parecía misterioso e inconmensurable (ahora tiene más pinta de una bomba de tiempo manipulada de manera lumpen por los capitalistas). 

En una escena de la película Chingú (en coreano Amigo), se dice que "los amigos no piden disculpas". Capaz no es muy original. Pero es verdad. Lo que pasa es que para tener una confianza así, es necesario haber pasado unas cuantas cosas con el otro, haber cruzado unas buenas piñas con la vida, espalda contra espalda y saber que el otro mantuvo la posición de combate. Y sí, ahí sí que los amigos "no piden disculpas", porque cuando hay cicatrices compartidas ¿qué puede importar todo lo demás?

martes, 20 de septiembre de 2011

Boedismo Zen

Mientras el amigo Fernando (G)Rosso se traba en lucha con el principal publicista del kirchnerismo, este humilde servidor cultiva por un rato el arte de la no-espada, transcribiendo unas líneas prestadas, pertenecientes al último libro de Fabián Casas (gran escritor de nuestro querido Boedo, que goza de fama nacional e internacional). 

El libro se llama "Breves apuntes de autoayuda", continúa en gran parte los temas y el tono de "Ensayos Bonsai"  y desde ya no es un libro de autoayuda (aunque el nombre me obligó a dar varias explicaciones a amigos que no conocen al autor por estos pagos patagónicos, los cuales me miraban como diciendo "¿sos boludo?¿cómo vas a leer un libro de autoayuda?")... va con guiño para los lectores de Mishima... atenti al nombre del japonés Uzu...

La cruza entre el pensamiento hindú y chino se dio en el siglo I después de Cristo por medio de las enseñanzas budistas. Como resultado de esas dos modalidades surgió el Budismo Zen. El Budismo Zen llegó al barrio de Boedo de la mano del padre del Japonés Uzu, quien vino a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial. El Japonés Uzu iba al colegio conmigo y no se llamaba Uzu sino Kimitake Hiraoke, pero todos, vaya uno a saber por qué, le decíamos Uzu. La llegada de la familia Uzu fue por escalas. Primero vino el padre para inspeccionar el lugar y ver si podía probar suerte. Lo ayudó la comunidad japonesa y rápidamente pudo ponerse una tintorería. En Osaka, su lugar de origen, tenían una bicicletería. Cuando Uzu, el hermano y su madre arribaron al aeropuerto de Ezeiza, los sorprendió que el hombre que los estaba esperando fuera melenudo, un beatle japonés. "Estoy tratando de pasar desapercibido, de parecerme a ellos", les dijo el padre para tranquilizarlos. El padre era cultor del zen y solía relatarle historias de ese tipo al japonés Uzu. Ya en el colegio, él nos las contaba a nosotros. De esta manera, nacía el Boedismo Zen. 

Así que ya saben muchachos, si alguien alguna vez les dice "calmate flaco", "no te hagas el pulenta", "relajate, loco" o frases similares cuando ustedes están cada vez más sacados, no intenten trompearlo, ni le digan "si no me calmo es problema mío", "no me hago, soy pulenta", "te atiendo cuando quieras", ni ninguna otra respuesta inapropiada. No sea cosa que se tengan que comer una paliza a lo Butteler, pero aplicada con la paciencia de un monje.  

viernes, 2 de septiembre de 2011

El Spleen de Boedo

Hoy estuve charlando con Sil, a propósito de este post y abordamos la importancia de dos instituciones del barrio de Boedo de los años '80: la plaza Butteler y la disco St. Thomas. En la primera, jugué con mis hermanas desde muy chico y también me senté un rato de más grande para pensar un poco. A la segunda, jamás entré por ser muy niño, pero la conocí por los relatos "épicos" de amigos más grandes, como el negro Jorge, quien me contaba sus conquistas amorosas con más detalle que buen gusto, mientras lo acompañaba a comprar mentolados More a Rivadavia y J.M. Moreno. Así que bue, de toda esta conversa me quedaron las ganas de compartir con los amigos un poema de Fabián Casas, que lleva por nombre el título de este post y dice así: 

Sé lo que hicimos el verano pasado
cuando el heladero cruzaba las calles
bajo el desierto spleen de Boedo.
Y abombado por el calor, 
dormía en el garage, 
el perro siberiano de los Scardanelli.
El verano pasado: pisado.
Los cigarrillos doblados, olor,
la voz de Roberto Carlos en los parlantes
                                     de la avenida.
Como una resistencia eléctrica 
cuyos filamentos se apagan lentamente
la tarde roja vira al negro
y empieza la percusión de los postigos
tocados por el viento.
Bajo los látigos del agua, las plantas.
En las ventanas, los mosquiteros.
Las cortinas hechas con largas tiras de plástico, 
bailan en las puertas de las cocinas.
Y se encienden los espirales en las mesitas de luz. 

jueves, 25 de agosto de 2011

La Cofradía de los que nos vamos poniendo grandes

El día en que enterramos a mi viejo pasé por muchos estados de ánimo y también por distintas formas de evocación de los recuerdos.

Se me vinieron a la cabeza la infinidad de veces que habíamos jugado con mis hermanas en la calesita de madera de la plaza Enrique Santos Discépolo (más conocida y temida como La Butteler), donde aparentemente imponían el terror los barrabravas del Club Atlético San Lorenzo de Almagro, pero para nosotros era un hermoso lugar de descanso y jamás nadie nos molestó en lo más mínimo.

Me acordé de cómo mi viejo me recriminó cuando me trajo "Veinte años después" de Alejandro Dumas (continuación de "Los Tres Mosqueteros") y yo dejé tirado El Quijote para leer una novela de folletín. Me acordé de cuando en los carnavales le tirábamos con agua de la zanja a los del edificio de al lado, a quienes mi amigo Carlitos y sus hermanos (que después se mudaron a Soldati) les decían, con una fuerte carga schmittiana, "los conchetos".

Las fogatas de San Pedro y San Pablo, la Iglesia con paredes y techo de telgopor,  el campeonato en la plaza del barrio, donde salimos segundos e igual dimos la vuelta olímpica por toda la plaza, mi viejo siempre viniéndome a buscar para que volviera a casa a cenar.  

La disyuntiva sobre ir a la escuela por el camino corto o el largo (la diferencia era de diez metros...), Fernando Leone, vestido de boy scout, dirigiendo el tránsito de prepo en avenida Pavón (y la gente le hacía caso...).

Mi hermana Daniela que iba y mojaba a los grandotes de la cuadra, que después iban y la empapaban a mi hermana Silvina.

Y así, una sucesión de recuerdos teóricamente ilimitada, solamente interrumpida por la risa contenida ante la intervención del cura que aparentemente era de la corriente de Peperino Pómoro. 

La sensación de que es importante tener amigos, porque para llevar el cajón por lo menos tiene que haber tres o cuatro.

Todas estas cosas son parte de los ritos iniciáticos de esta involuntaria Cofradía de los que nos vamos poniendo grandes.

Lo bueno es que somos muchos para hacernos el aguante.

(Para La Marce)


jueves, 11 de agosto de 2011

De noche por el barrio

Solamente a mí se me ocurre agarrar a última hora un libro que se llama "Boedo". Es como noquear un puño con la cabeza. Acá en Neuquén no significa mucho, salvo para los hinchas de San Lorenzo. Sin embargo, para los que crecimos ahí, es la puerta de entrada a otra dimensión de la realidad. Como un pasado que nunca se consolidó como tal. Lo cual es muy conveniente por ejemplo, para los pibes con los que pateamos veredas y plazas y no sabemos si siguen vivos (si es así, muchachos, espero que no estén en cana). Estar lejos me hizo comprender muchísimo más profundamente, con más de 30 años, el valor del barrio. Y el valor de ciertas cosas que si no se aprenden en ese tramo de la vida que va desde los 6 hasta los 18 años, no se aprenden nunca más. Honor y gloria, entonces, a los guerreros de baja estatura y pantalones cortos que supimos ser. Están ahí bajo nuestros rostros adultos para que mantengamos la posición de combate. 



lunes, 8 de agosto de 2011

Unas líneas para el descanso

Dawn at Kanda Myōjin Shrine
Leo en "Los Veteranos del Pánico" (Eloísa Cartonera 2010, pg.5) de Fabián Casas, el gran escritor del barrio de Boedo: 

Si te cruzás con Buda, matá a Buda.
Si te cruzás con un discípulo de Buda, 
matá al discípulo de Buda.
Si te cruzás con tu padre, 
matá a tu padre.
Si te cruzás con tu madre, 
matá a tu madre.
Sólo así te liberarás de los apegos 
y serás libre. 

Proverbio japonés

***

No me siento identificado con estas líneas, por varios motivos. 

Primero: Me parece de una crueldad infame matar a un tipo que está todo el día meditando abajo de un árbol. Es probable que no sea muy útil a la clase trabajadora, pero tampoco molesta a nadie, así que no veo necesidad de semejante "limpieza". Lo mismo se aplica al discípulo. 

Segundo: No me puedo cruzar con mi pobre viejo, porque le ganó de mano al proverbio y se murió antes.

Tercero: Si alguien me sugiriera matar a mi vieja, ese alguien podría ser golpeado salvajemente y después perseguido hasta ser expulsado fuera de las fronteras del barrio. 

Cuarto: La idea de que la libertad es un asunto de (liberar) la mente, está buena, pero tiene ciertas lagunas, como que prescinde de la existencia de relaciones de clase y otros "detalles" similares estudiados por el marxismo, por lo que puede aplicarse en contextos muy precisos y limitados, pero no me cierra como proyecto emancipatorio. 

***

Reconozco que lo anterior es una interpretación literal terrible, desprovista de sutileza, con una pobreza destacable en cuanto a lo  metafórico, pero esta es mi forma de poner la mente en blanco. 

De última, no fui yo el que tiró lo de "matar al Buda"...


lunes, 27 de junio de 2011

Elogio de las dificultades

El otro día mis compañeras de trabajo me preguntaban por qué me anduve engripando seguido y la única respuesta que se me ocurrió fue que este año me pasaron muchas cosas malas, que los lectores de este Blog conocen bien. Y sobre eso quería reflexionar un poco, porque Marx planteó también que la historia avanza muchas veces por el lado malo. Y con mi propia experiencia he constatado que esa idea se aplica tanto a la historia colectiva como a la personal. 

Hay un proverbio japonés (es decir proveniente de una cultura muy respetada en lo que a mí respecta) que dice "Cuando la marea sube, el barco flota". Es decir que, cuando mayores son las dificultades, más se ponen en juego las cualidades de un hombre o mujer para afrontarlas. El clásico texto oriental conocido como "Hagakure" (al que hace referencia la conocida película de Jim Jarmusch "Ghost Dog") rescata este proverbio y agrega que es un error imperdonable dejar que las dificultades nos superen. 

Las dificultades son, en suma, constitutivas de nuestra voluntad de cambiar las cosas. Y son un buen termómetro también, para medir las relaciones que hemos conquistado (nada mejor para poner a prueba a los amigos que enfermarse, dice el mismo librito japonés del Siglo XVIII que comentaba antes). 

Y como soy trosko y del barrio de Boedo, no me queda más que decir que no hace falta que me digan cuántos son....
¡¡¡¡vengan pasando nomás!!!!


lunes, 20 de junio de 2011

Cine, libros, calles del barrio

Ahora que tengo un teléfono cómodo para tomar notas me surge la posiblidad de pasar en limpio lo que se me venga a la mente, con el consiguiente perjuicio para los lectores de este Blog, que seguramente llegan buscando alguna discusión política o ideológica y se encuentran con mis poemas desparejos.

Ahí van algunos más....


Cinéfila

Desde chiquito mi vieja
me hizo la cabeza
con los siete samurais
que luchaban al servicio de un pueblo de campesinos.
Sin darse cuenta me impuso
el gusto por el cine
y un rígido sentido del deber.

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Siesta filosófica

Me senté al lado tuyo
y me puse a leerte
la ética demostrada según el orden geométrico.
Hablamos por un momento
de las pasiones alegres
de que Spinoza era una artesano
perseguido por los rabinos
por querer que la filosofía
dejara de ser sierva de la teología.
Te dormiste antes de la beatitud
y tuve que volver al Siglo XXI
mientras vos te sumergías en la Ciudad de Dios.

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Cine Cuyo

El Cine Cuyo de Boedo
es un clásico de mi infancia.
Mirábamos películas de Van Damme en continuado
y después deambulábamos por el barrio.
Con los años dejamos de vernos
y nos pusimos grandes.
Ahora el barrio vive
una suerte de apogeo comercial.
Pero el cine es un templo evangélico
que nos recuerda los límites de la restauración turística.

martes, 24 de mayo de 2011

Lectura de medianoche

La Bruja Buena me regaló Los Lemmings y otros cuando estuve en Buenos Aires y enterré a mi viejo. Cuando lo leí me acordé de vos, me dijo. Mi hermana para no ser menos, me regaló la restante obra publicada de Fabián Casas, Boedo (todos los poemas), Veteranos del Pánico y Ocio (yo ya tenía Ensayos Bonsai). Dos datos importantes: gracias a las mujeres sigo en relación con la literatura y gracias a la literatura sigo en relación con el barrio.

Hoy, después de una jornada un poco extensa, me puse a leer en voz alta los poemas compilados en Boedo para hacerle un mimo a la Turca que está enferma.

Transcribo para los amigos uno que me hizo interrumpir la lectura... 


A los pies de la cama de mi viejo

Sentado a los pies de la cama de mi viejo
contemplo su cuerpo desnudo y dormido.
Está bien papá, ya han pasado muchos años
y es bueno que duermas un poco.
A través de la ventana se escucha el ladrido de un
            perro.
Me cruzo de brazos en la penumbra de la habitación
y detengo mis ojos en la figura del campeón del mundo:
De pie señores, un poco de respeto para los hombres
                                                            como mi viejo.
que doblegaron sus vidas en trabajos miserables.
No todos podemos zafar de la agonía de la época
                                                                              y así
en este momento
a los pies de la cama de mi viejo
yo también prefiero morir antes que envejecer.

(Tuca, 1990)

domingo, 15 de mayo de 2011

Los domingos a la tarde se nota que ya no somos chicos

Es una típica tarde de domingo patagónica soledad solari, de esas en que a la hora de la siesta no vuela ni una mosca por miedo a que la caguen a trompadas los durmientes. Tiene esta tarde algo porteño: un cielo gris, con un dejo de humedad que pinta transformarse en garúa de un momento a otro. Mails van y vienen por el Frente de Izquierda. Hago una pausa y pienso en escenas de mi infancia y sus protagonistas: Néstor, que fue el único que vino a mi cumpleaños de 6 con un par de medias y salvó las papas. Después creció, jugó muy mal al fútbol, chocó contra una vidriera con la moto y terminó de asesor de un diputado del PJ. Hace cinco años, me lo crucé por la calle y no me reconoció. El Negro Jorge, que me prestaba el Western Bar y me pedía que lo acompañara hasta Acoyte y Rivadavia a comprar mentolados More. Por el camino me contaba sus conquistas en St. Thomas, que para mí con varios años menos parecían relatos de Marco Polo. El chino, que un día apareció de la nada,  le pateó la cara a Néstor, volvió de la colimba hecho un ropero, diciendo que se iba a meter en un templo Shaolin por Ramos Mejía y a los pocos meses parecía un esqueleto. No lo ví más. Espero que no se haya muerto. Martín Morales, que lo cacheteó al Peruano por decirle "puto". Ale Crespo, que iba a Torino en Boedo y le decía al mozo que buscara cambio porque iba a pagar con plata grande y un día se murió en un accidente en moto. Radamés, Javier y otros con los que íbamos a todos lados y jugábamos con la Comodore 64. Mi amigo Tito, con quien almorcé el otro día en un bodegón del bajo porteño, constatando ambos que ya no somos chicos.

Para todos ellos, esta canción que habla sobre cómo lo que aprendimos en el campo de juego nos sirvió para pelearla afuera de grandes.


viernes, 30 de julio de 2010

En el campo de juego



Era una guerra de movimiento. El Peruano, cuyo nombre olvidé a fuerza de aplicarle el correspondiente apodo xenófobo, se defendía como un gato panza arriba. En realidad yo, que era más chico, me defendía de él, hasta que en un momento logré penetrar su territorio.

Con una gambeta lo dejé en el piso, lugar desde el cual me aplicó dos o tres de esos puntinazos reglamentarios a las canillas. No sirvió. La pelota pasó igual la línea de gol. Ese día había ganado.

Escenas como esa habían poblado mi infancia infinidad de veces. La plaza transformada en un campamento futbolístico por el piberío del barrio, que había ido secando y transformando en tierra el pasto. La coexistencia pacífica con ciertos integrantes de la hinchada de San Lorenzo, o que decían serlo para darse aires de gente con aguante; las peleas en que perdía mucho más de lo que ganaba, los escalamientos que llevaban a las terrazas de las señoras viejas del barrio, con el solo objetivo de recuperar la pelota.

La nuestra era una particular versión del juego, porque la cancha principal de la plaza era una pista de patinaje, en la cual con ayuda de algún adulto habíamos pintado el centro, las esquinas del corner, las áreas y dos pequeños arcos. Ninguno de nosotros entendía para qué habían puesto una pista de patinaje en una plaza en la cual había diez pibes por cada mujer, dado que la noble actividad de desplazarse sobre ocho rueditas no resultaba muy de varón a nuestro rudimentario entender…

Jugábamos con un arco bajito, de uno por uno y medio más o menos y sin arquero. Sacábamos el lateral con la mano, aunque a veces venían de otros barrios y lo sacaban con el pie, ante lo cual explicábamos la forma correcta de jugar en nuestra pista devenida campo de juego. Era la única cancha con baranda del mundo. A veces venían algunos que preguntaban si era papi o babi fútbol, lo cual era respondido con la famosa cita de Baruch de Spinoza: ¿De qué estás hablando, Willis?

El barrio siempre contuvo todas las sensibilidades: estaban los que iban a misa con sus padres, aquellos cuyos padres votaban a Zamora, quien para terror de mi vieja, que revistaba en las filas de aquellos, era “trotskista”, los hijos del camionero, del colectivero, del taxista, del que no se sabía de qué vivía, un hijo de cantante de ópera y anestesista que tenía el cielo ganado por adelantado, los coreanos que decían que en Corea la edad se computaba distinto porque pasaban dos años en la panza de sus madres (¡con razón se habla de la paciencia oriental!). Todos, sí, disfrutábamos recorrer las calles en verano con un balde lleno de agua y bombitas para el festejo del carnaval al que sometíamos ingenua pero cruelmente a algunas damas muy poco interesadas en el intercambio de agua por insultos.

De todos modos, esta actitud no podía encuadrarse estrictamente en un comportamiento hostil hacia el género femenino. Los del otro edificio, por ejemplo, a quienes asignábamos el poco reconfortante y muy ochentoso mote de “los conchetos”, fueran hombres o mujeres, recibían agua de la zanja a cambio de sus bombitas. Cuando se nos terminaba la munición, llenábamos nuevamente la botella en la breve correntada que acompañaba al cordón de la vereda y volvíamos a la carga. En realidad todas estas son secuencias que ocurrieron en tiempos diferentes, pero dejan claro el concepto, si se puede usar el término, de lo que éramos, queríamos y hacíamos.

La semana pasada estuve parado un buen rato, bajo la llovizna, en la misma pista devenida cancha y me acordé de estas cosas y muchas más. Mientras la malvinera contenía el ataque débil pero persistente del agua, observé el territorio en el que había transitado una significativa parte de mi vida. Había entrado por primera vez a esa plaza hace más de 20 años. Como símbolo de la política que nos dejó el turco y sus epígonos, ya no había bebederos ¿A quién se le ocurre que en un lugar para correr hasta quedar deshidratado no haya bebederos? Si se lo mira bien, el detalle es de una crueldad espantosa. Una escena de neoliberalismo explícito.

La plaza estaba prolijamente pintada de azulgrana, sólo interrumpido por leyendas que rezaban “No al polideportivo, Fuera CASLA”. Este principio de desgarramiento entre el barrio y el club no me afecta, primero porque ahora no me interesa especialmente el fútbol y segundo porque entiendo que a esa identidad de barrio y club no hay con qué darle: la amalgama entre Boedo y San Lorenzo no puede deshacerse por tal o cual dirigencia circunstancial o por la pésima idea de cerrar una plaza y abrir un polideportivo, que por otra parte, ya la escuché varias veces cuando era pibe.

De última, si cierran la plaza, siempre está el pasillo de mi propia casa, que más de una vez se transformó en un arco a arco entre mi viejo y yo. Daría lo que no tengo por ver a mi viejo pateando una pelota nuevamente.