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viernes, 9 de agosto de 2013
jueves, 12 de julio de 2012
Fernando Aiziczon sobre la Conferencia Nacional de Trabajadores
Reposteamos de la página de Pateando el Tablero.
Entrevista con Fernando Aiziczon sobre su participación en la Conferencia y el balance que hace de la misma.
Las resoluciones votadas “por sindicatos sin burócratas” y por un “partido de trabajadores sin patrones”, en perspectiva histórica, la relación con los sectores obreros que estuvieron presentes y otras experiencias del clasismo en la Argentina.
Por ultimo hablamos de la reflexión sobre la necesidad de retomar la cuestión estratégica y los aportes que dejó la Conferencia desde este ángulo.
http://pateandoeltablero.com.ar/wordpress/wp-content/uploads/2012/07/11-07-12-Fernando-Aiziczon.mp3
jueves, 7 de junio de 2012
Efecto placebo (O la dulce tiranía de una época “incierta”) - Fernando Aiziczon
Posteo una nueva contribución de Fernando Aiziczon al debate.
Va una imagen (y conste que digo “imagen”): hace unas semanas comenzó a circular la versión de que uno de los candidatos presidenciales sería nada menos que Máximo Kirchner, sí, el hijo de Él y Ella. Obviamente, su trayectoria política es Mínima, pero aún así, y por una cuestión dinástica muy a tono con estos tiempos (¿?), no resulta un disparate pensar que ocurra… aún diez años después del “que se vayan todos”. Otra imagen: la CGT y su futuro a corto plazo nos presenta las siguientes estrellas estelares: Moyano, Caló, Barrionuevo, Daer. Allí hay desde ultraburócratas sexagenarios con todo tipo de pasado, hasta sospechados de participar en la Triple A; a ellos poco les importa ese pasado, por supuesto, el punto es dominar la central obrera más poderosa y estructurada de Latinoamérica. Ni qué decir de la Imagen-Scioli y su legítima aspiración presidencial.
Sé que estos ejemplos abundan y molestan cualquier discusión como la que venimos sosteniendo, pero hay que decir que ésta es la real realidad, una realidad que aburre y espanta por su monotonía, que nada tiene de nuevo en su lógica final y que para colmo de colmos reenvía a una imagen inmune al paso del tiempo: el peronismo (y por si dudan, ahí están los “putos peronistas” simulando un aggiornamiento de época).
Está claro que en determinadas épocas históricas hay que realizar enormes esfuerzos físico-mentales para mantenerse en pie sobre el mundo si es que se pretende dedicar algún tiempo a modificarlo, tanto porque se lo considera injusto como porque no nos cierra su “lógica”. Pero parece también que hay que tomarse las cosas con calma. Paciencia. Todo a su tiempo y en armonía, decía el general. De resultas, mientras unos desempolvan siglos en acalorados e interminables debates (interminables por definición, o terminables por cansancio), otros hablan de lo que creen que hoy sucede sin lograr coincidir en el punto central, que es tan viejo como la aspirina (apenas opacada por la cuestionable novedad del ibuprofeno): ¿Qué hacer?, pregunta eterna si las hay. Lenin decía masomenos que la organización es poder. Trotsky, que el quid de los que luchan para derribar al capitalismo son sus problemas de dirección, y Gramsci que las clases subalternas nunca cierran una historia propia ni una “cosmovisión” unificada sino que están libradas a la fragmentariedad de sus recuerdos y a la arbitrariedad del sentido común dominante, ése que ordena hace siglos, por ejemplo, la sacrosanta reverencia a la propiedad privada. Uso el “masomenos” adrede; la precisión de las citas poco me interesa y más bien me aburre cuando se convierte en un ejercicio de esgrima. Igualmente estéril me parece especular hoy sobre las intenciones o justificaciones de los bolcheviques en tal o cual súper preciso momento de aquella excepcionalísima historia. Esa querella no soluciona nada, ni se va a solucionar. Por lo demás, y sin menospreciar a nadie, en varios escritos que publiqué, me ocupé de historizar y explicar –eso sí, “científicamente”- por qué algunos conflictos van para un lado y no para otro. Que alguien diga: ¡al fondo a la izquierda!, en estos tiempos desérticos, ya es mucho.
Está claro también que la época actual se encuentra bañada de una suerte de posmodernismo espeso que lejos estamos de ver retroceder o desaparecer; al contrario, si el neoliberalismo comenzó a tallar a fines de los ’60 para alcanzar su cénit durante los ’90 continuándose con menos fuerza hasta hace unos pocos años, no tendríamos entonces que suponer ingenuamente que el fenómeno posmoderno ya pasó. Los valores culturales, las subjetividades políticas o las “concepciones del mundo” son cosa de largas décadas (cuando no de siglos), y por eso mismo es que también lo que emerge con ropaje novedoso no puede sustraerse de acudir, inconscientemente, a los fantasmas del pasado, aunque de ellos reniegue en voz alta. Del “Dios ha muerto” al “contra el método”, del “relativismo” al “situacionismo”, cientos de enunciados trataron heroicamente de salirle al cruce a la objetividad, a la cruda realidad, a la esquiva interpretación de las cosas, al clima de época o la conciencia de las personas. Por eso hoy tenemos un bricolaje de perspectivas acumuladas donde conviven, chocan y se superponen creencias místicas, científicas y políticas de toda calaña. Sin embargo, todo esa mèlange se puede borrar tranquilamente de un plumazo: sólo hay que esperar una ley SOPA que restrinja las opiniones políticas en los blogs y ahí sí que vamos a estar fritos buscando la “caracterización” contemporánea.
La “definición del sujeto” que reclama Octavio Crivaro se mide en este difícil escenario, donde el pensamiento políticamente correcto –de izquierda a derecha- nos enseña que más que sujetos hoy tenemos que hablar de “sujetxs” (esto ya lo dije, y “entrecomillado”, sino, no vale), cuya traducción política más salvaje es: “basta de hablar de obreros”. Igual sucede con la “no delimitación” del Estado (o de cualquier otro referente), pues para la subjetividad actual, posmoderna, “delimitar” es confinar, recluir, castrar. Con ello se olvida algo que todo ser humano hace para vivir y significar su mundo: definirlo-aprenderlo-modificarlo, pues aunque lo que se delimite sea en base a lo “indeterminado”, se trata al fin de cuentas de la misma operación intelectual de la cual nos resulta hoy por hoy imposible escapar.
Así las cosas, es obvio que las nociones a las que remiten palabras como Partido, guerras, revoluciones, o peor aún, “soviets”, resultan para muchos exoticidades anacrónicas que no obstante pueden armonizar en el bricolaje posmoderno. De allí la urgencia, que considero de primer orden, en avanzar y clarificar qué significa hoy recuperar los “soviets” o el “leninismo”, por una parte, y evitar, por otra, malos entendidos, como aquel que supone que estamos hablando entre mentes cerradas, estrechas y preparadas para el combate, nada menos que en un blog.
Con todo, podemos seguir eternamente discutiendo estas cosas, en eso consiste la tónica de los tiempos que corren. Parece que volcarse a transformar la realidad es un mero ejercicio de búsqueda de conceptos adecuados al presente, o quizá otro postulado teórico, tal como Alex Callinicos define a la condición intelectual posmoderna: un fenómeno teórico anclado en la superficialidad del pensamiento actual. Lo posmoderno, y aquí está su gran contradicción interna y oculta, es incomprensible si no se habla en simultáneo de Revolución: pero de su imposibilidad, claro está, imposibilidad hasta de pronunciarla: ¿cómo se pronunciaría “Revolucixn”, incluyendo las comillas tan a la moda?
No se trata de postular ningún objetivismo arbitrario, ni de usar marcadores fosforescentes para señalar el camino, iluminándolo. Tampoco de practicar un principismo a prueba de sordos. Mucho menos de ponernos de acuerdo en qué fue lo que realmente sucedió aquí o allá mediante un despliegue escolástico. Se trata simplemente de replantear si no estamos realmente pudriéndonos en un mundo donde los trabajadores (hombres, mujeres, trans, niños, niñas, negros, amarillos, etc.) siguen muriendo su vida por otros; donde la “cosa” política se define entre elecciones y bombas, donde el Amo supremo de las vidas es el Capital, donde el código de barras de nuestras vidas lo sella el Estado, y donde la educación enseña y dirige por dónde se debe pensar el mundo, aunque sin decir lo de recién. Intervengo, luego existo. O me intervienen, y luego intento existir.
Imagino que coincidimos -en este reducidísimo terreno bloggero- con el anterior párrafo. Pero hay un vacío tremendo que no se rellena porque, creo, nos entrenamos en desplegar con alta maestría nuestras diferencias (por escrito u oralmente), diferencias que consideramos, desde ya, importantísimas para nuestras vidas. Esas diferencias son en lo esencial, distintas creencias: a) nos volcamos a construir una herramienta política concreta para dar la lucha por dar vuelta el mundo de manera urgente (está claro que no es una herramienta para jugar al yenga con Obama, sino que se trata de, por lo menos, un Partido), ó, b) nos dedicamos a caracterizar la etapa actual (que es distinta a la anterior, pero no sabemos bien en qué, más allá de decir que es “compleja” o que “no es la misma”) para mejor comprender cuál herramienta (si es que de eso también se trata, porque no todos en la izquierda independiente estamos pensando en eso) y cuál estrategia sería la más adecuada en algún momento que sería aparentemente más propicio que el actual…Uff…
Por mi parte, creo que la opción b) es, a esta altura del partido, ingenua, justamente por la presencia edulcorante de la posmodernidad en nuestras venas: ¿cuándo, quién, cómo y por dónde se planteará la salida? La opción a) no garantiza éxito alguno, pero aunque sea marginal (y sobre éste punto es necesario decir claramente que nadie milita ex profeso para sostener semejante condición… sabemos que ser masivo es una cuestión de consumo y de recursos, y no de voluntad), digo, esa opción “marginal” no está para nada reñida con la época actual, al contrario, quizás esté en algunos aspectos demasiado pegada a ella. Yo creo que el sindicalismo clasista –muy joven y con grandes enemigos enfrente- es de los pocos actores que le pone el cascabel al gato y denuncia sin pelos en la lengua la miseria de este modelo, dándole la pelea en sus mismas entrañas. Lo mismo con las denuncias que salen a flote con el escandaloso Proyecto X, que demuestra muy a las claras sobre quiénes se descarga la represión estatal. Y no pretendo caer en la contraposición de ejemplos en defensa de tal o cual posición, pero lo que yo nunca diría, es que ahí subyace una inadecuada comprensión de la realidad. Diría todo lo contrario. Incluso la posibilidad de éste debate, en éstos términos y con éstos compañeros, es una muestra terminante de con quiénes podemos avanzar en una comprensión compartida de estos tiempos, aunque no coincidamos en todo.
Por esto último yo me animaría a sumar a todos estos planteos, a veces conectados, a veces no, algo así como el megatabú de los tabúes, el más esquivo, odiado, repudiado y a la vez incomprendido e ignorado dentro del lenguaje de la política clásica: el de la “dirección” ¿Qué es la dirección, esa (mala) palabra a que recurre la más conocida (y trillada también) tradición trotskista, aunque parecen todos comprenderla de manera distinta? A mi entender, dirección es tanto el planteo de una meta clara a conquistar, como la única manera de evitar la deriva humana, librada, qué duda cabe, a las fuerzas del capital. Y no me produce ningún efecto de atemporalidad estudiar el Programa de Transición, al contrario, hasta me permito hacer de él una lectura particular pensando si realmente no hay algo semejante a una crisis de dirección entre nosotros, pero no de quien dirige, obviamente, ni tampoco si dirigir “está mal”, sino de hacia dónde vamos, o hacia dónde le decimos a nuestros compañeros que podríamos ir.
(Hablando de señalar caminos: en la fábrica de cerámicos de la que siempre hablo y sobre la cual escribí, la patronal sí que marcaba el camino por donde los obreros debían circular, y no sólo por cuestiones de “seguridad” –cuestiones que en realidad la patronal siempre obvió-, sino también para evitar el contacto entre trabajadores).
miércoles, 30 de mayo de 2012
¿Cuál ortodoxia? (Fernando Aiziczon)
El origen de la charla que da origen a este rico debate tenía un eje muy simple y que más o menos era éste: en vistas de la situación política mundial y local, ¿qué podemos decir desde la izquierda y el marxismo? La deriva que luego de las preguntas de Ariel Petruccelli se desarrolló en este blog junto a Juan Dal Maso puede pensarse, creo, como un síntoma tanto de las potencialidades como de las dificultades con que seguimos cargando a la hora de pensar y actuar. Me permito entonces mi propia deriva que no necesariamente remite a los dichos de Juan y Ariel.
Creo haber dicho en aquella circunstancia (la charla) que si bien el capitalismo nuevamente mostraba otra de sus tantas megacrisis, en el campo de las luchas y resistencias sociales -que nadie duda que las hay y de que seguirán existiendo-, otra “crisis” pasaba por la desproporción entre la magnitud de los enfrentamientos sociales y la miseria a la que nuevamente los pueblos se veían sometidos después de largas temporadas de lucha. Como si el lema fuera “luchar, pero nunca triunfar”. Por supuesto que la enorme mayoría de los intelectuales y militantes de izquierda celebramos la vitalidad de las resistencias: Ocuppy Wall Street por aquí, Primavera Árabe por allá, Indignados más allá, valientes ambientalistas enfrentando la megaminería por acá, y así hasta el infinito, y más allá… Sin embargo, estamos muy lejos de que todos pensemos como trágico y crítico esto de que las cosas sigan ese rumbo, que ya parece casi “predeterminado” (hablando de teleologías, no?). Hasta el periodista criollo más cholulo concluye en que “esto ya lo vivimos los argentinos en el 2001 y sabemos como termina…”
Por eso, si bajamos hasta Argentina (decía en la charla), un balance se imponía tras el ya mítico “2001” (el otro balance, también lo señalé, era el de la caída de la URSS, pero yo no planteaba una discusión sobre las causas de semejante fenómeno, sino sobre una de sus consecuencias: a más de 20 años de ese hito histórico, la enorme mayoría de las personas desconoce la palabra “comunismo”, mientras que para otros tantos “socialista” remite, con suerte, a Binner). Y el balance…, claro que no puede ser positivo: si el sistema político se recompuso a manos del invencible PJ, si el “modelo K” era sólo soja y petróleo, si la redistribución de la riqueza era un sueño eterno y la transversalidad un chiste de mal gusto, y si a todo eso le sumábamos la pantanosa ambigüedad política de la mayoría de la izquierda partidaria e independiente que se la pasaba ponderando medidas positivas y negativas en medio de una enorme diáspora que destruía cientos de organizaciones cooptadas o divididas en el apoyo a tal o cual medida (así lo demostró lo de YPF), entonces, insistí, la cosa no estaba nada bien. Allí se comprende que Ariel exprese que “estamos todos igualmente en bolas y a los gritos”, aunque yo no comparto mucho esa idea. Estuvimos en bolas, y ahora quizás ya podemos empezar a no estarlo. Venimos de un fracaso, quien lo duda, pero sostener ese imaginario (el del eterno fracaso) es por demás deprimente.
¿Qué es lo que ocurre?, creo que gran parte de las respuestas (no todas, por supuesto, acá se trata de no “comenzar de cero”, decíamos) se encuentra en la orfandad teórica y en la reticencia, muy de moda, a revisar críticamente todo esto que venimos señalando. Y ahí comienzan otros planteos que, irónicamente, constituyen lo que podríamos denominar como una suerte de “nueva ortodoxia” según la cual la forma-partido es una organización diabólica donde se reproducen pensamientos dogmáticos y se crea una casta de iluminados que se creen los poseedores de la verdad última de las cosas. Aferrados a estatutos, programas y sentencias de los padres fundadores del marxismo, esos aparatos sepultaron toda una tradición y hoy debemos recomenzar de menos cero. Otros son los tiempos, otras deben ser las teorías.
Aclaro de antemano que esa “nueva ortodoxia” tiene su justa razón de ser en las desafortunadas prácticas de la mayoría de los partidos de izquierda, dentro los cuales los trotskistas han brillado destacándose por sobre el resto, salvo honradas excepciones.
Sin embargo, como toda moda, también la “nueva ortodoxia” está plagada de poses, de malos entendidos, de evasivas deliberadas, de superficialidades (sino cómo explicar la escisión entre programa mínimo y máximo que profesa el “anticapitalismo militante”, bien señalado por Ariel, pero pensemos: ¿acaso nadie les alcanzó el Manifiesto Comunista? ¿O es que simplemente les parece una antigualla escrita en arameo digna de una biblioteca “art decó”?). Porque junto a lo anterior, la militancia “clásica” es caricaturizada como una experiencia carcelaria que anula al sujeto. Y no me extiendo más con este tema. En resumen, hoy nadie quiere que le digan “qué hacer” ni “por qué” hacerlo ¿Pero, entonces?, ¿qué hacemos con los “sujetxs pluralxs”?
¿Deberíamos alegrarnos y pensar que miles de libertos pululan por fuera de los partidos sembrando socialismo (o algo similar, no importa cuán preciso seamos) en diversos “espacios” y “colectivos” y que, tarde o temprano, cada uno hará su experiencia y después verá si el Socialismo era un proyecto para todos, o solo se trataba de una pesadilla autoritaria? Elige tu propia aventura.
No es de extrañar que en este escenario la crítica intelectual de la “nueva ortodoxia” brille por su inocuidad. La condición de posibilidad de esta situación reside en la mitificación de un espacio que se presenta como libre para el ejercicio de la crítica. El intelectual -incluso de izquierda- critica desde posiciones que no lo ponen en riesgo, simplemente porque acompaña el sentido común de lo “políticamente correcto”: critica las rigideces, las estructuras, los dogmas, los pasados. Pero desconoce que sus balas son de mentirita. Ha sido “liberado” para quedar anulado. O peor aún, puede decir cualquier cosa amparado en una pose anti-dogmática. Hasta puede asistir varias veces a un recital de Roger Waters (ejemplo del Rock progresivo inglés más “ortodoxo”) sin que por ello nadie le diga “¡ortodoxo, dejá los clásicos que fueron compuestos en otra época y lugar!”.
(Digresión: cuando Ariel dice que los mejores análisis provienen de intelectuales que no se inscriben en ninguna corriente política, se equivoca: los peores análisis también. Recordé de inmediato “Hegemonía y Estrategia socialista”, de Ernesto Laclau (1986), un libro muy festejado en la academia, varias veces reeditado, y que se asienta en una distorsión increíble de las posiciones de Rosa Luxemburgo y Antonio Gramsci, que inauguró la era del “posmarxismo”, que caló hondo con aquello de la contingencia de lo social y la ridiculización al extremo de la clase obrera como “ontológicamente revolucionaria”. Su propuesta de una “democracia radical” nunca nadie la entendió muy bien, como tampoco su discurso criptolacaniano. Por lo demás, Laclau hoy es un académico de mercado y un “intelectual orgánico” que encontró la “democracia radical” en el kirchnerismo).
Así las cosas, quizá los acusados de profesar una “vieja ortodoxia” tengan algo de razón. Al menos si lo que dicen es que la clase trabajadora no es ontológicamente revolucionaria, sino estratégicamente revolucionaria.
Soportar una ortodoxia en tiempos heterodoxos, zambullirse en la tradición y tocar fondo con lo que alguna vez ocurrió (por meses, días, minutos, poco importa si lo que se busca resume la experiencia de Un Siglo o más, como dice Badiou justamente en su libro “El Siglo”) e insistir desbocadamente en decirle a los otros dónde uno cree que está la salida de emergencia, quizás, insisto, quizás, sea la manera más efectiva de dar la batalla hoy, aunque de seguro habrá que buscar la mejor “forma” y así mantener alguna fidelidad al presente.
Minutos antes de comenzar la charla, Raúl Godoy, a quien admiro por su perseverancia militante y por su vocación de convencer con sus ideas a todo tipo de auditorio, me mostró una circular interna de un sindicato neuquino donde increíblemente se advertía a sus delegados sobre la presencia de elementos “trotskistas” que generaban conflictos y enturbiaban el ambiente de trabajo. La manera recomendada de evitar esos elementos, me describía Raúl, era simplemente a través del uso de la violencia: patotas de lúmpenes pagos se enfrentaron a las emergentes comisiones internas de esas fábricas contagiadas de “trotskismo”. Así de simple. Luego Raúl comenzó su exposición. Se había armado de un esquemita con lo que deseaba plantear. Llevaba unos libritos despedazados por el uso (libritos de Lenin, Gramsci, ¡y por supuesto! de Trotsky) y unas fotocopias con fragmentos marcados de otras lecturas de “clásicos”.
jueves, 29 de marzo de 2012
Estrategia: Un retorno necesario (Fernando Aiziczon)
Decía Goethe que nadie gusta de concederle al otro una cualidad, mientras pueda negársela siquiera un poco. Pues bien, los primeros días de marzo de 2012 el periódico LVO publicó una entrevista a Emilio Albamonte (1).
No me pareció una entrevista más, el planteo de retomar el pensamiento estratégico en un sentido amplio, hoy parece de vital importancia. Supongo que gran parte del balance amargo, aún inconcluso, de más de 10 años de las jornadas del 2001 tienen mucho que ver. También que nuestra experiencia vivida hasta ahora aporta lo suyo. Pero pesa aún más la realidad de ver cómo todas esas energías, luchas, debates y hasta compañeros muertos van quedando en el incómodo lugar de lo que todavía no se logra hacer.
Completo, acá.
miércoles, 8 de julio de 2009
Zanón, una experiencia de lucha obrera. Fernando Aiziczon, Buenos Aires, Herramienta-El Fracaso, 2009. 223 paginas.
Esteban Vedia*
Zanón, una experiencia de lucha obrera, es la reelaboración de la tesis de licenciatura que Fernando Aiziczon hiciera en la Universidad Nacional del Comahue. Pero el trabajo también es resultado de la experiencia política del autor, fruto de su encuentro, como estudiante, con la lucha de los obreros. Y es justamente de este cruce entre lo académico y lo político que la obra tiene su singularidad, ya que al tiempo que se propone una reconstrucción militante de esa lucha, tensiona conceptos y explicaciones que exceden la descripción, convirtiéndose en un análisis y una propuesta de explicación del proceso.
La obra toma el periodo que va desde el asentamiento de Zanón en Neuquén, allá por fines de los setentas, hasta la puesta en marcha del control obrero, a mediados del 2002. El libro comienza con una Introducción de índole teórica que precisa que Zanón es la experiencia de mayor radicalización política y organizativa en el espectro de las “fábricas recuperadas”. También discute la pertinencia o no de aplicar los conceptos de los teóricos de los nuevos movimientos sociales (NMS) y aclara que esta búsqueda esta motivada por un “vació teórico” en la tradición marxista: la carencia de una teoría de la acción. Finalmente, en este intento de cruzar los teóricos de los NMS y el marxismo, que Aiziczon mismo reconoce poco productivo, pone en tensión otros conceptos tales como campo de protesta, habitus y cultura política de protesta.
En el Capitulo I (Argentina 1976-2001: del Estado al Mercado) recorre las características de la acumulación del capital durante este periodo para detenerse en las distintas formas de protesta social que van emergiendo al calor del agotamiento del mismo. Es de destacar como reconsidera la especificidad de la protesta social durante este periodo (movimientos de desocupados, etc.) pero que asimismo enmarca dentro de las relaciones capitalistas de producción, indicando la fragmentariedad de la protesta y de sus actores.
En el Capitulo II (Neuquén: campo y cultura de la protesta) sistematiza y desarrolla la hipótesis de que en Neuquén ha devenido, en oposición al Movimiento Popular Neuquino, una cultura política de la protesta asentada en la acción directa. Ese campo esta a su vez compuesto por un habitus militante, que pone en juego capitales políticos que se obtienen por medio de una práctica cultural compartida. Es de importancia meridiana el papel de los activistas de izquierda (partidarios o no) en esta cultura de la protesta como organizadores, animadores, trasmisores de prácticas, sin los cuales Zanón es inexplicable.
El Capitulo III (Zanón y las fábricas recuperadas. Un estado de la cuestión) se ocupa de un balance crítico de lo escrito hasta la fecha. Lo que destaca Aiziczon es que sin ubicar y ponderar el papel del militante, externo e interno, no se alcanza la clave explicativa para comprender la direccionalidad que toman los conflictos sociales.
En el capitulo IV (Las raíces estructurales del conflicto en Zanón) hace un repaso de las políticas de ‘promoción industrial’ que beneficiaron a distintos grupos de capitalistas nacionales y que en Neuquén significó la instalación, con incontables ventajas, de Cerámicas Zanón.
En el Capitulo V (Cerámica Zanón antes del conflicto) reconstruye la cotidianidad de la vida obrera en la fábrica, incluyendo su dimensión política, desde la vuelta de la democracia en 1983 hasta el año 1996, antesala de del conflicto.
En Capitulo VI (La Lucha por la recuperación del sindicato) reconstruye la intrincada red de relaciones que se fue constituyendo alrededor del núcleo de activistas, en el que destaca Raúl Godoy, militante del trotskista Partido de los Trabajadores Socialistas. Aparece así todo el peso del papel de los activistas. Relata como esta red se fue articulando por medio de actividades sociales y culturales (asados, campeonatos de fútbol, etc.) y como a partir de estas pudo recuperar la Comisión Interna y luego el Sindicato (SOECN, que también agrupa a otras tres fábricas). Al mismo tiempo destaca como los aportes del trotskista Raúl Godoy cristalizaron en nuevas prácticas basadas en la democracia obrera y la acción directa.
En el Capitulo VII (La recuperación del sindicato y la construcción del una tradición combativa, 1998-2002) relata los primeros pasos de esta gesta obrera, recuerda como la muerte del joven obrero Daniel Ferras, el sábado 15 de Julio del 2000, disparó la bronca contra la patronal, dando inicio a un ciclo de luchas que termina con la ocupación y puesta en funcionamiento bajo control obrero de la fábrica. Destaca la capacidad de los obreros de ganarse ‘el apoyo de la comunidad’ con una persistente actividad de difusión del conflicto.
En el Capitulo VIII (Antes del Control Obrero) analiza cómo durante los ajetreados meses del año 2001 los obreros de Zanón fueron tejiendo redes de solidaridad política y social, regional y nacional, alrededor de su conflicto. Destaca entre estas redes la solidaridad militante con las corrientes de desocupados (especialmente el Movimiento de Trabajadores Desocupados del populoso barrio San Lorenzo) y el rol y el protagonismo de la cultura de la protesta en estas redes.
El libro termina con el Capitulo IX (Política y cultura en la construcción de la identidad ceramista). Allí sostiene que el proceso de luchas y resistencia de los ceramistas se puede dividir en dos momentos, uno dirigido hacia adentro, de constitución y consolidación del núcleo afectivo de los ceramistas; y otro hacia fuera, de expresión de esa afectividad y de consolidación una identidad clasista. Identidad en la que mucho tuvo que ver, dice Aiziczon, la intervención del PTS y Raúl Godoy. Sin embargo esta identidad no es homogénea ni esta exenta de contradicciones. Concluye planteando las condiciones que posibilitaron la emergencia de Zanón: primero, el despliegue de un activismo de base (alimentado y acompañado por nuevos dirigentes); segundo, la solidaridad de las organizaciones; y tercero, la presencia del arco militante.
Para finalizar, realizo unas breves consideraciones críticas sobre el trabajo de Aiziczon. La tesis más fuerte del autor es que el caso de Zanón no se puede explicar sin la presencia de activistas (sujetos militantes de la cultura de la protesta neuquina) tanto dentro de la fábrica como fuera de ella. Esta tesis se apoya en otra, más general, que sin ponderar el peso de los activistas no se puede comprender la direccionalidad de ningún conflicto. Pues bien, este es el punto más débil del trabajo de Aiziczon, ya que en el texto la direccionalidad esta subsumida, oculta, bajo las prácticas culturales de los activistas neuquinos. Así, la historia de Zanón que nos presenta Aiziczon es una historia sin política o mejor dicho, donde las estrategias políticas de los actores (sindicatos, movimientos de desocupados, partidos, etc. incluido el SOECN o el PTS) pierden su especificidad, su singularidad, quedan veladas detrás de las afinidades culturales. Así, por poner un ejemplo entre muchos, la política para “ganarse a la comunidad” queda inscripta como un acierto sin más cuando en realidad corresponde a una clara orientación de “hegemonía obrera” por parte del SOECN. Aiziczon acierta al plantear que la direccionalidad de cualquier conflicto debe ser comprendida en términos de la influencia de los activistas, pero la dimensión política (estratégica y táctica), el cómo, cuando y porqué de esa direccionalidad debe salir a la superficie para que el análisis cultural no borre las intenciones y efectos no deseados de las orientaciones políticas.
Esta debilidad no debe hacer perder de vista el aporte que Aiziczon realiza, no sólo al campo de la historia en general, sino sobre todo a los militantes en particular, que encontraran en este libro una fuente de reflexión e inspiración.
* Prof. en Historia, Universidad Nacional del Comahue.
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