jueves, 7 de junio de 2012

Efecto placebo (O la dulce tiranía de una época “incierta”) - Fernando Aiziczon

Posteo una nueva contribución de Fernando Aiziczon al debate.

Va una imagen (y conste que digo “imagen”): hace unas semanas comenzó a circular la versión de que uno de los candidatos presidenciales sería nada menos que Máximo Kirchner, sí, el hijo de Él y Ella. Obviamente, su trayectoria política es Mínima, pero aún así, y por una cuestión dinástica muy a tono con estos tiempos (¿?), no resulta un disparate pensar que ocurra… aún diez años después del “que se vayan todos”. Otra imagen: la CGT y su futuro a corto plazo nos presenta las siguientes estrellas estelares: Moyano, Caló, Barrionuevo, Daer. Allí hay desde ultraburócratas sexagenarios con todo tipo de pasado, hasta sospechados de participar en la Triple A; a ellos poco les importa ese pasado, por supuesto, el punto es dominar la central obrera más poderosa y estructurada de Latinoamérica. Ni qué decir de la Imagen-Scioli y su legítima aspiración presidencial.

Sé que estos ejemplos abundan y molestan cualquier discusión como la que venimos sosteniendo, pero hay que decir que ésta es la real realidad, una realidad que aburre y espanta por su monotonía, que nada tiene de nuevo en su lógica final y que para colmo de colmos reenvía a una imagen inmune al paso del tiempo: el peronismo (y por si dudan, ahí están los “putos peronistas” simulando un aggiornamiento de época).

Está claro que en determinadas épocas históricas hay que realizar enormes esfuerzos físico-mentales para mantenerse en pie sobre el mundo si es que se pretende dedicar algún tiempo a modificarlo, tanto porque se lo considera injusto como porque no nos cierra su “lógica”. Pero parece también que hay que tomarse las cosas con calma. Paciencia. Todo a su tiempo y en armonía, decía el general. De resultas, mientras unos desempolvan siglos en acalorados e interminables debates (interminables por definición, o terminables por cansancio), otros hablan de lo que creen que hoy sucede sin lograr coincidir en el punto central, que es tan viejo como la aspirina (apenas opacada por la cuestionable novedad del ibuprofeno): ¿Qué hacer?, pregunta eterna si las hay. Lenin decía masomenos que la organización es poder. Trotsky, que el quid de los que luchan para derribar al capitalismo son sus problemas de dirección, y Gramsci que las clases subalternas nunca cierran una historia propia ni una “cosmovisión” unificada sino que están libradas a la fragmentariedad de sus recuerdos y a la arbitrariedad del sentido común dominante, ése que ordena hace siglos, por ejemplo, la sacrosanta reverencia a la propiedad privada. Uso el “masomenos” adrede; la precisión de las citas poco me interesa y más bien me aburre cuando se convierte en un ejercicio de esgrima. Igualmente estéril me parece especular hoy sobre las intenciones o justificaciones de los bolcheviques en tal o cual súper preciso momento de aquella excepcionalísima historia. Esa querella no soluciona nada, ni se va a solucionar. Por lo demás, y sin menospreciar a nadie, en varios escritos que publiqué, me ocupé de historizar y explicar –eso sí, “científicamente”- por qué algunos conflictos van para un lado y no para otro. Que alguien diga: ¡al fondo a la izquierda!, en estos tiempos desérticos, ya es mucho. 

Está claro también que la época actual se encuentra bañada de una suerte de posmodernismo espeso que lejos estamos de ver retroceder o desaparecer; al contrario, si el neoliberalismo comenzó a tallar a fines de los ’60 para alcanzar su cénit durante los ’90 continuándose con menos fuerza hasta hace unos pocos años, no tendríamos entonces que suponer ingenuamente que el fenómeno posmoderno ya pasó. Los valores culturales, las subjetividades políticas o las “concepciones del mundo” son cosa de largas décadas (cuando no de siglos), y por eso mismo es que también lo que emerge con ropaje novedoso no puede sustraerse de acudir, inconscientemente, a los fantasmas del pasado, aunque de ellos reniegue en voz alta. Del “Dios ha muerto” al “contra el método”, del “relativismo” al “situacionismo”, cientos de enunciados trataron heroicamente de salirle al cruce a la objetividad, a la cruda realidad, a la esquiva interpretación de las cosas, al clima de época o la conciencia de las personas. Por eso hoy tenemos un bricolaje de perspectivas acumuladas donde conviven, chocan y se superponen creencias místicas, científicas y políticas de toda calaña. Sin embargo, todo esa mèlange se puede borrar tranquilamente de un plumazo: sólo hay que esperar una ley SOPA que restrinja las opiniones políticas en los blogs y ahí sí que vamos a estar fritos buscando la “caracterización” contemporánea.

La “definición del sujeto” que reclama Octavio Crivaro se mide en este difícil escenario, donde el pensamiento políticamente correcto –de izquierda a derecha- nos enseña que más que sujetos hoy tenemos que hablar de “sujetxs” (esto ya lo dije, y “entrecomillado”, sino, no vale), cuya traducción política más salvaje es: “basta de hablar de obreros”. Igual sucede con la “no delimitación” del Estado (o de cualquier otro referente), pues para la subjetividad actual, posmoderna, “delimitar” es confinar, recluir, castrar. Con ello se olvida algo que todo ser humano hace para vivir y significar su mundo: definirlo-aprenderlo-modificarlo, pues aunque lo que se delimite sea en base a lo “indeterminado”, se trata al fin de cuentas de la misma operación intelectual de la cual nos resulta hoy por hoy imposible escapar. 

Así las cosas, es obvio que las nociones a las que remiten palabras como Partido, guerras, revoluciones, o peor aún, “soviets”, resultan para muchos exoticidades anacrónicas que no obstante pueden armonizar en el bricolaje posmoderno. De allí la urgencia, que considero de primer orden, en avanzar y clarificar qué significa hoy recuperar los “soviets” o el “leninismo”, por una parte, y evitar, por otra, malos entendidos, como aquel que supone que estamos hablando entre mentes cerradas, estrechas y preparadas para el combate, nada menos que en un blog. 

Con todo, podemos seguir eternamente discutiendo estas cosas, en eso consiste la tónica de los tiempos que corren. Parece que volcarse a transformar la realidad es un mero ejercicio de búsqueda de conceptos adecuados al presente, o quizá otro postulado teórico, tal como Alex Callinicos define a la condición intelectual posmoderna: un fenómeno teórico anclado en la superficialidad del pensamiento actual. Lo posmoderno, y aquí está su gran contradicción interna y oculta, es incomprensible si no se habla en simultáneo de Revolución: pero de su imposibilidad, claro está, imposibilidad hasta de pronunciarla: ¿cómo se pronunciaría “Revolucixn”, incluyendo las comillas tan a la moda? 

No se trata de postular ningún objetivismo arbitrario, ni de usar marcadores fosforescentes para señalar el camino, iluminándolo. Tampoco de practicar un principismo a prueba de sordos. Mucho menos de ponernos de acuerdo en qué fue lo que realmente sucedió aquí o allá mediante un despliegue escolástico. Se trata simplemente de replantear si no estamos realmente pudriéndonos en un mundo donde los trabajadores (hombres, mujeres, trans, niños, niñas, negros, amarillos, etc.) siguen muriendo su vida por otros; donde la “cosa” política se define entre elecciones y bombas, donde el Amo supremo de las vidas es el Capital, donde el código de barras de nuestras vidas lo sella el Estado, y donde la educación enseña y dirige por dónde se debe pensar el mundo, aunque sin decir lo de recién. Intervengo, luego existo. O me intervienen, y luego intento existir.

Imagino que coincidimos -en este reducidísimo terreno bloggero- con el anterior párrafo. Pero hay un vacío tremendo que no se rellena porque, creo, nos entrenamos en desplegar con alta maestría nuestras diferencias (por escrito u oralmente), diferencias que consideramos, desde ya, importantísimas para nuestras vidas. Esas diferencias son en lo esencial, distintas creencias: a) nos volcamos a construir una herramienta política concreta para dar la lucha por dar vuelta el mundo de manera urgente (está claro que no es una herramienta para jugar al yenga con Obama, sino que se trata de, por lo menos, un Partido), ó, b) nos dedicamos a caracterizar la etapa actual (que es distinta a la anterior, pero no sabemos bien en qué, más allá de decir que es “compleja” o que “no es la misma”) para mejor comprender cuál herramienta (si es que de eso también se trata, porque no todos en la izquierda independiente estamos pensando en eso) y cuál estrategia sería la más adecuada en algún momento que sería aparentemente más propicio que el actual…Uff…

Por mi parte, creo que la opción b) es, a esta altura del partido, ingenua, justamente por la presencia edulcorante de la posmodernidad en nuestras venas: ¿cuándo, quién, cómo y por dónde se planteará la salida? La opción a) no garantiza éxito alguno, pero aunque sea marginal (y sobre éste punto es necesario decir claramente que nadie milita ex profeso para sostener semejante condición… sabemos que ser masivo es una cuestión de consumo y de recursos, y no de voluntad), digo, esa opción “marginal” no está para nada reñida con la época actual, al contrario, quizás esté en algunos aspectos demasiado pegada a ella. Yo creo que el sindicalismo clasista –muy joven y con grandes enemigos enfrente- es de los pocos actores que le pone el cascabel al gato y denuncia sin pelos en la lengua la miseria de este modelo, dándole la pelea en sus mismas entrañas. Lo mismo con las denuncias que salen a flote con el escandaloso Proyecto X, que demuestra muy a las claras sobre quiénes se descarga la represión estatal. Y no pretendo caer en la contraposición de ejemplos en defensa de tal o cual posición, pero lo que yo nunca diría, es que ahí subyace una inadecuada comprensión de la realidad. Diría todo lo contrario. Incluso la posibilidad de éste debate, en éstos términos y con éstos compañeros, es una muestra terminante de con quiénes podemos avanzar en una comprensión compartida de estos tiempos, aunque no coincidamos en todo.

Por esto último yo me animaría a sumar a todos estos planteos, a veces conectados, a veces no, algo así como el megatabú de los tabúes, el más esquivo, odiado, repudiado y a la vez incomprendido e ignorado dentro del lenguaje de la política clásica: el de la “dirección” ¿Qué es la dirección, esa (mala) palabra a que recurre la más conocida (y trillada también) tradición trotskista, aunque parecen todos comprenderla de manera distinta? A mi entender, dirección es tanto el planteo de una meta clara a conquistar, como la única manera de evitar la deriva humana, librada, qué duda cabe, a las fuerzas del capital. Y no me produce ningún efecto de atemporalidad estudiar el Programa de Transición, al contrario, hasta me permito hacer de él una lectura particular pensando si realmente no hay algo semejante a una crisis de dirección entre nosotros, pero no de quien dirige, obviamente, ni tampoco si dirigir “está mal”, sino de hacia dónde vamos, o hacia dónde le decimos a nuestros compañeros que podríamos ir. 

(Hablando de señalar caminos: en la fábrica de cerámicos de la que siempre hablo y sobre la cual escribí, la patronal sí que marcaba el camino por donde los obreros debían circular, y no sólo por cuestiones de “seguridad” –cuestiones que en realidad la patronal siempre obvió-, sino también para evitar el contacto entre trabajadores).