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martes, 12 de agosto de 2014

Capitanich y la izquierda: tras las huellas del peronismo facho


Por Fernando Rosso y Juan Dal Maso

El macartismo y la visión conspirativa de la historia, de la política y, sobre todo, de la lucha de clases son el último reducto al que recurre el peronismo en tiempos de crisis, una confesión de su impotencia. Frente a los conflictos desatados por las suspensiones y los despidos, se empiezan a agitar fantasmas contra una supuesta izquierda “siniestra” con oscuros intereses “destituyentes”, que alienta “artificialmente” a los conflictos y casi los “inventa”.

El hombre del “opus dei”, Jorge Capitanich, y uno de los representantes más recalcitrantes del sindicalismo entregador (Ricardo Pignanelli), son los encargados de lanzar los ataques contra la izquierda. El viejo cuento de que la lucha de clases es un invento de la izquierda radicalizada y no un hecho real, producto del enfrentamiento de intereses irreconciliables, que se vuelven más agudos en tiempos de vacas flacas, es decir, de declive económico.

John William Cooke se había ocupado (desde una estrategia de Frente de Liberación Nacional que no compartimos pero que está a años luz del reaccionarismo que exhibe actualmente el gobierno) de los “pequeños maccarthys” tipo Capitanich, hace más de 50 años.

martes, 25 de marzo de 2014

Peter D.Thomas y la filosofía del marxismo




Los Galos de Asterix estamos leyendo, de forma cooperativa junto con El violentooficio, el libro de Peter D. Thomas The Gramscian Moment - Philosophy, Hegemony and Marxism, con el propósito de realizar diversos comentarios críticos de la propuesta teórico-política del autor (estamos preparando un artículo para el próximo número de la revista Ideas de Izquierda, más centrado en las cuestiones de hegemonía y partido).


Según cuentan nuestros amigos europeos, el libro ha generado un fuerte debate entre los intelectuales y la izquierda, que ha vuelto la mirada hacia el pensamiento de Gramsci.

Primera cuestión: el provincianismo es un mal que aqueja a la teoría (o a los teóricos). Esto se expresa en el desconocimiento de los desarrollos teóricos que son convergentes pero no tomados en cuenta. En esta especie de "cadena de provincianismos" se perpetúa el estancamiento del marxismo como "marxismo académico", dividido por tradiciones nacionales y con más apego a las rentas universitarias que al desarrollo de enfoques de conjunto sobre asuntos teóricos. 

En el caso que nos ocupa, salvo en los ambientes donde se siguen los estudios gramscianos, en Inglaterra y Francia la imagen de Gramsci ha sido mediatizada por las críticas que le realizara Althusser en Contradicción y Sobredeterminación y Para leer El Capital. La implicancia que tiene esto es que en muchos casos se considera a Gramsci una especie de "subcapítulo" del "subjetivismo" de Lukacs (ver por ejemplo The Algebra of Revolution de John Rees). Thomas tiene un mérito en este contexto, que es el de buscar romper los límites de la tradición nacional. 

No obstante, esta diferencia en la "recepción" de Gramsci (acá tuvo en su momento peso el enfoque de Althusser, pero no impidió el desarrollo de una tradición gramsciana más o menos libre de esa "contaminación"), es lo que hace que en algunos casos, las cuestiones que plantea Thomas puedan resultar más novedosas para sus lectores europeos que para el lector argentino más o menos familiarizado con la obra de Gramsci y de sus seguidores vernáculos. 

Thomas parte de señalar la necesidad de leer a Gramsci, teniendo como referencia la polémica que contra este realizara Althusser, pero sin comprar la versión que el teórico estructuralista/stalinista francés creara sobre el pensamiento de Gramsci como un subjetivismo/humanismo/anticientificismo. 

En ese marco, Thomas plantea, siguiendo a André Tosel, que la polémica de Althusser contra Gramsci y más en general la oposición del "momento althusseriano" y el "momento gramsciano" fue el último gran debate teórico en el marxismo. Thomas define el "momento gramsciano" propiamente dicho al proceso de elaboración por Gramsci de la idea de que la teoría y práctica de la hegemonía por Lenin es un hecho filosófico (previamente Gramsci define la teoría de la hegemonía como un "evento metafísico"). 

Y efectivamente, Althusser y Gramsci (más allá del intento de Althusser de copiar la temática de la "organización de la cultura" mediante los mucho menos atractivos "Aparatos Ideológicos del Estado" que tanto daño hicieron al marxismo, como beneficios generaron a los asaltantes de cargos públicos), representan una especie de antítesis desde el punto de vista teórico, aunque Thomas intenta demostrar que la posterior evolución de Althusser se acerca mucho más a Gramsci, de lo que aquel hubiera querido reconocer y de hecho nunca reconoció. 

Ubicada la polémica en un plano téorico (concepción sobre el carácter científico del marxismo, materialismo histórico y dialéctico, etc), Thomas sostiene que más allá de su rigurosidad "científica" lo de Althusser termina en una defensa más o menos sofisticada de la "ortodoxia" stalinista (más conocida como DIAMAT). Althusser es un adversario "fácil" desde ese punto de vista, aunque muy fuerte por su peso en la intelectualidad británica y francesa.

Hemos planteado acá, que Gramsci fue el impulsor de una "ortodoxia que no fue", rescatando algunos de sus planteos en el plano filosófico. 

Sin embargo, el rescate de tales planteos por los gramscianos suele hacerse junto con la reproducción de ciertos lugares comunes, de los cuales Thomas sostiene uno bastante conocido: la oposición de "materialismo dialéctico" y "filosofía de la praxis", transformando a cualquiera que utilice la primera expresión en un partidario de la metafísica stalinista de las "leyes más generales" que regirían desde la composición de la 9ª de Beethoven hasta la digestión de un sandwich. 

En particular, cuando reivindica a Gramsci y su rescate del planteo de Antonio Labriola del marxismo como una concepción del mundo independiente de las restantes "cosmovisiones", Thomas señala que aunque Trotsky fuera lector de Antonio Labriola (antecedente de la posición de Gramsci en muchos aspectos), está muy próximo a la posición "filosófica" del stalinismo. 

Y aquí se vuelve a caer en otro vicio gramsciano (aunque no tanto de Gramsci): la "traducibilidad de los lenguajes", que permitiría a Gramsci dialogar con Croce pero superarlo dialécticamente en su relectura del marxismo, no se aplica a ningún otro pensador. Del mismo modo, la posibilidad de resignificación de viejos términos en un discurso teórico nuevo se aplica solamente a Gramsci, lo cual permite sostener todas sus "apropiaciones" de términos y conceptos provenientes de tradiciones no marxistas. Por eso, cuando comentan las Tesis sobre Feuerbach, los gramscianos suelen hacer hincapié en la praxis (lo cual es correcto) pero no en el concepto de "nuevo materialismo" (lo cual es incorrecto). 

Según esta forma asimétrica de entender la teoría, cuando Gramsci habla del momento "ético-político" hace una "traducción" genial, pero cuando Trotsky habla de "dialéctica materialista" o "materialismo dialéctico" estaría hablando de lo mismo que Stalin o sea que que es lo mismo quien se pregunta por las afinidades del marxismo con el darwinismo y el psicoanálisis y establece puntos de contacto sin plantear relaciones mecánicas que aquellos que se dedicaron a desfigurar el marxismo como un conjunto de leyes que garantizaban la infalibilidad de la burocracia. 

Por razones de espacio resulta difícil profundizar suficientemente en el asunto en este post, pero creo que en líneas generales la oposición entre "materialismo" (sea "materialismo dialéctico" o "dialéctica materialista") y "filosofía de la praxis" es más o menos estéril, por varios motivos. 

En primer lugar porque cuando Gramsci dice que hay que hacer hincapié en el término "histórico" de la expresión "materialismo histórico", desconoce la reivindicación de un "nuevo materialismo" por Marx. En este contexto, desde el punto de vista teórico, el materialismo es condición de posibilidad para la praxis (recordemos la crítica de Marx al "lado activo" del idealismo alemán). 

En segundo lugar porque en Gramsci hay una cierta tensión entre la utilización de la mediación de la praxis y la del lenguaje en la construcción del conocimiento. Esto que correctamente apreciado aparece como las limitantes históricas de la construcción de un discurso científico en lucha por la objetividad, requiere una relectura desde el prisma del marxismo clásico. 

Si solamente hablamos de praxis, caemos en una concepción "expresiva" similar a la de Korsch, de las relaciones entre teoría y práctica. Pero haciendo hincapié en el carácter "metalingüistico" de ciertos conceptos (por caso, la objetividad), podemos caer en una concepción meramente semántica de la teoría. Si bien Gramsci se mantiene más o menos equidistante de ambos extremos (o más o menos cerca de ambos, según se mire), lo cierto es que después de años de sobreabundancia de los enfoques "linguísticos", su propia tendencia en tal sentido debe ser releída bajo la óptica del Marx de La Ideología Alemana, que junto con Engels se propuso construir un discurso polémico y a la vez científico, que partía de la desmitificación del discurso filosófico y llegaba a la redefinición de la concepción de la historia, la teoría y la relación del género humano con la naturaleza. 

Por último, porque el criterio de "apelar al hombre para constatar la realidad y materialidad del mundo" (cito de memoria) con que Gramsci rescataba una conocida frase del Anti-Dühring, si bien correcto en cuanto que la ciencia es una actividad humana, debe ser limitado en tanto todo humanismo conlleva un cierto "antropocentrismo" poco compatible con los desafíos que plantea la realidad de la crisis ecológica, que supone la necesidad de redefinir las relaciones entre la "segunda naturaleza" y su madre original, incluso para un movimiento histórico que no esté en condiciones de resolver ese problema en lo inmediato. 

En suma, no se trata solamente de leer a Gramsci después de Althusser, sino de leer a Gramsci después de todo el Siglo XX y sus consecuencias históricas y teóricas. 

Continuará.

lunes, 6 de febrero de 2012

Bordiga, Trotsky, la Tercera Internacional y dos etcéteras


Leo en Las antinomias de Antonio Gramsci... en la atormentada década de los años veinte, no fue Gramsci sino su camarada y antagonista Amadeo Bordiga quien iba a formular la verdadera naturaleza de la distinción entre Oriente y Occidente, aunque nunca la teorizó dentro de una práctica política convincente. En el funesto sexto pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, en febrero-marzo de 1926, Bordiga –por entonces aislado y sospechoso dentro de su propio partido– se enfrentó a Stalin y Bujarin por última vez. En un magnífico discurso ante el pleno dijo: «En la Internacional sólo tenemos un partido que haya conseguido la victoria revolucionaria: el partido bolchevique. Ellos dicen que, por lo tanto, debemos tomar el camino que llevó al partido ruso al éxito. Esto es completamente cierto, pero sigue siendo insuficiente. El hecho es que el partido ruso luchó bajo condiciones especiales en un país en que la revolución burguesa liberal aún no se había llevado a cabo y la aristocracia feudal todavía no había sido derrotada por la burguesía capitalista. Entre la caída de la autocracia feudal y la toma del poder por la clase obrera hay un período demasiado corto para que pueda compararse con el desarrollo que el proletariado tendrá que llevar a cabo en otros países. Porque no hubo tiempo para construir un aparato de estado burgués sobre las ruinas del aparato feudal zarista. El desarrollo ruso no nos proporciona una experiencia de cómo el proletariado puede derrocar un estado capitalista liberal-parlamentario que ha existido durante muchos años y posee la capacidad para autodefenderse. Sin embargo, nosotros debemos saber cómo atacar un estado democrático-burgués moderno que, por un lado, tiene sus propios medios para movilizar y corromper ideológicamente al proletariado, y, por el otro, puede defenderse a sí mismo en el terreno de la lucha armada con mayor eficacia que la autocracia zarista. Este problema nunca surgió en la historia del partido comunista ruso». Aquí aparece claramente y sin ambigüedad la verdadera oposición entre Rusia y Occidente: autocracia feudal contra democracia burguesa. La precisión de la formulación de Bordiga le permitió captar el doble carácter esencial del estado capitalista: era más fuerte que el estado zarista, porque descansaba no sólo en el consenso de las masas, sino también en un aparato represivo superior. En otras palabras, no es la simple «extensión» del estado lo que define su localización en la estructura de poder (lo que Gramsci llamó «estadolatría»), sino también su eficacia. El aparato represivo de cualquier estado capitalista moderno es superior al del zarismo por dos razones. En primer lugar, porque las formaciones sociales de Occidente están mucho más avanzadas industrialmente, y esta tecnología se refleja en el mismo aparato de violencia. En segundo lugar, porque las masas consienten típicamente este estado con la creencia de que ellas lo gobiernan. Posee, por lo tanto, una legitimidad popular de carácter mucho más fiable para el ejercicio de la represión que el que tenia el zarismo en su decadencia, reflejado en la mayor lealtad y disciplina de sus tropas y policía, servidores, jurídicamente, no de un autócrata irresponsable sino de una asamblea elegida. Las claves para el poder del estado capitalista en Occidente se basan en esta superioridad conjunta.

Si bien esto que dice Bordiga estaba planteado en los debates del Tercer y Cuarto Congresos de la Tercera Internacional y también en los Escritos Militares de León Trotsky, lo cierto es que al momento del discurso de Bordiga, la Tercera Internacional estaba en pleno proceso de degeneración centrista-burocrática, liquidando la reflexión sobre los problemas estratégicos en una especie de manual escolar, sometido a crítica por Trotsky acá. O sea, que parece un poco exagerado atribuirle a Bordiga (como hace Anderson) una reflexión que ya estaba planteada en similares términos desde antes, pero de todos modos, hay que reconocerle el mérito al comunista italiano, por la magnitud de los adversarios que enfrentaba y por la claridad con que planteó el asunto, que hace al marco estratégico de la Tercera Internacional después de la revolución rusa.

La constatación por la Tercera Internacional de que la capacidad de resistencia de la burguesía no estaba agotada y de que era precisamente la democracia burguesa bajo gestión socialdemócrata (Weimar) una de las formas de reconfiguración del poder estatal después de la revolución rusa, se fue dando al mismo tiempo que las derrotas (Alemania, Polonia, Italia) que impusieron un cambio de orientación hacia la táctica del frente único a partir de 1921.

En este sentido, las definiciones tajantes de los dos primeros congresos respecto de la crisis del capitalismo, la crisis de la democracia burguesa y la decadencia de la socialdemocracia,  parecen tener un aspecto de "foto" del momento del ascenso, que fueron relativizadas y parcialmente desmentidas por la "película" de lo  que ocurrió después, principalmente en cuanto a la capacidad de recuperación de la socialdemocracia. (desde ya que con el diario del lunes somos todos capos...) 

Junto con esto, la debilidad de origen de los partidos comunistas de occidente plantea otra cuestión importante ¿Hasta qué punto la crisis del movimiento marxista y socialista no era más profunda de lo que parecía y estaba en discordancia con los tiempos del ascenso? Un marxismo lineal y evolucionista vulgar que se había cuasi liquidado a sí mismo durante la guerra mundial, seguía vivo  en muchos adherentes de la Tercera Internacional en los primeros años. Incluso Trotsky demostró en Lecciones de Octubre, que la posición socialdemócrata había tenido expresión también en sectores de la dirección del bolchevismo entre marzo y octubre de 1917.

En cierto modo, mientras la tarea "objetiva" de la Tercera Internacional consistía en la lucha por el poder y la extensión del sistema de los soviets, la tarea "subjetiva" pasaba por la clarificación de las diferencias y delimitación de los reformistas y centristas, evidenciando una contradicción entre los tiempos de recomposición del marxismo revolucionario y los del proceso de la lucha de clases. En criollo: no dieron los tiempos para formar los partidos (que fueron débiles) y a la vez dirigir revoluciones victoriosas (que fueron derrotadas o no llegaron a ser procesos de igual profundidad que el ruso). Y después, a partir de 1921 empezó la lucha contra los ultraizquierdistas. O sea que la Tercera Internacional era una organización revolucionaria, que tuvo una lucha interna permanente contra elementos centristas durante los cuatro primeros congresos (daría para otro post la reflexión sobre las implicancias teóricas y políticas de la falta de generalización de las lecciones de la revolución rusa, que posteriormente realizaría Trotsky en su Teoría de la Revolución Permanente).

Desde cierto punto de vista, el viraje de 1921 impulsado por Lenin y Trotsky fue de una importancia similar para los problemas estratégicos de la revolución europea que el viraje de las Tesis de Abril para los de la revolución rusa, pero con desigual fortuna.

Sobre lo demás que dice Anderson, acá planteamos algunos elementos de reflexión sobre la temática Oriente/Occidente para suelo patrio. 

Será posiblemente tema de otro post la diferencia específica del régimen democrático-burgués que conocemos nosotros y aquel del que hablaba Bordiga, de carácter centralmente parlamentario.