Serie Economía Marxista: 2ª entrega
Un vez más: valor de uso y valor
Por Juan Dal MasoLa lectura del Programa de Transición sobre las relaciones entre la clase trabajadora y sus direcciones es uno de los grandes aspectos polémicos del texto elaborado por León Trotsky.
La afirmación sobre que la crisis de la humanidad puede reducirse a la crisis de la dirección revolucionaria del proletariado, ha sido sometida a una dura crítica por quienes, contra la estrategia delineada por el marxismo, suelen ubicarse como defensores de las conducciones “realmente existentes” y del programa mínimo.
En otro texto sobre la revolución y la guerra civil en España, Trotsky afirma que las masas obreras estuvieron a 180º de sus dirigentes, en los que hace recaer la responsabilidad por la derrota de la revolución española. La interpretación dogmática de estas expresiones o la caricatura, que es su contraparte, han generado no pocos errores políticos y de concepto. Intentaremos contextualizar los conceptos de Trotsky y analizar su realidad actual.
Los años ’30, la crisis de dirección de la clase trabajadora y la conceptualizaciòn de Trotsky
Cuando Trotsky hablaba de que la situación mundial (en 1938) se caracterizaba por la crisis de dirección del proletariado, se refería a diversos fenómenos relacionados: a)la degeneración de las corrientes que históricamente habían conducido al movimiento obrero en nombre del marxismo, es decir, los partidos socialistas europeos y el stalinismo surgido de la burocratización de la URSS y los partidos comunistas. b) estas direcciones volcaban todo su peso en el movimiento obrero para llevar la lucha de clases a la conciliación con el capitalismo (en ese momento con la “burguesía democrática”). c) no sólo estaban las corrientes abiertamente reformistas, sino que también hay corrientes que hablan en nombre de la revolución pero en los momentos decisivos siguen una política de conciliación, como fue la experiencia del Partido Obrero de Unificación Marxista español, a las que Trotsky llama “centristas”.
Para ilustrar estas definiciones, baste mencionar la negativa tanto del PS como del PC alemán a la lucha común contra el nazismo, que facilitó el ascenso de Hitler.
En España en 1936, la clase trabajadora y los campesinos luchaban por las tierras, las fábricas y la derrota de Franco, mientras el PS y el PC, en el Frente Popular con los partidos “democráticos”, se oponían a las expropiaciones de tierras y desarmaban las milicias obreras, persiguiendo a los anarquistas y marxistas, garantizando de esta forma el triunfo de Franco, como bien puede verse en la película Tierra y Libertad de Ken Loach. También puede verse Novecento, de Bertolucci que muestra muy bien el rol jugado por el PC italiano a la salida de la Segunda Guerra Mundial, desarmando a los partisanos porque “volvía la democracia” y “los patrones no existían más”.
Entonces, cuando Trotsky sostiene que la crisis de la humanidad puede reducirse a la de su dirección revolucionaria, no está trazando una ley universal igualmente aplicable para todas las épocas y lugares con la misma intensidad. Está hablando de una situación mundial específica en la cual las direcciones son el principal obstáculo para el triunfo de la revolución.
Los que caricaturizan la reflexión de Trotsky, simplemente tendrían que releer el Programa de Transición (o capaz leerlo por primera vez).
Boom, reformismo y después
La inconmensurable destrucción de fuerzas productivas operada durante la Segunda Guerra Mundial, creó las condiciones para una recomposición del capitalismo bajo la hegemonía yanqui, que tuvo su expresión en el Plan Marshall para la reconstrucción de Europa. Esta situación de reconstrucción del capitalismo dio lugar a un crecimiento económico relativamente prolongado y fortaleció a la socialdemocracia y a los PC de Occidente, cuyo ofi cio consistía en conseguir algunas migajas del capitalismo y sostenerlo a la vez y bloqueó la perspectiva de la revolución en los países centrales.
Las derrotas de los levantamientos contra la burocracia de Moscú en Hungría, Checoslovaquia y Polonia, desde los ‘50 a los ‘80, junto con el desvío y la represión de los procesos de los ’70 en el centro y la periferia, fueron cambiando aún más la subjetividad de la clase trabajadora. La película Good Bye Lenin muestra bien las expectativas con que la juventud y amplias franjas de trabajadores recibieron la vuelta del capitalismo en Alemania Oriental. (También muestra que nos robaron el mundial ’90 para hacer propaganda de la Alemania unifi cada, pero esa es otra historia…)
Entonces, al problema del predominio del reformismo (que se fue haciendo “social-liberal”) en el movimiento obrero o sea a la “crisis de dirección” de la clase trabajadora se vino a sumar una “crisis de subjetividad” de la clase, es decir que ésta fue perdiendo la perspectiva de la revolución y se vio cuestionado su rol como agente de los cambios históricos.
Esto empezó a cambiar desde los últimos 15 años y hoy estamos ante una crisis mundial que ya se ha llevado puestos algunos gobiernos y ha despertado procesos de lucha de clases, incluso con métodos radicales como las tomas de los gerentes como rehenes en Francia. Pero venimos de un escenario de retrocesos importantes de la clase trabajadora. Por eso, cualquiera que recite como un credo la frase de que la crisis de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección de la clase obrera o que las bases están a 180º de las direcciones existentes en todo tiempo y lugar, simplemente no se enteró de lo que pasó durante los últimos 70 años.
En esas lecturas groseras se basan los partidarios de las corrientes de centroizquierda para caricaturizar el punto de vista de los marxistas, porque así la discusión está ganada de antemano.
La actualidad del problema
Frente a la crisis, todas las direcciones y las corrientes políticas del movimiento obrero nos veremos puestas a prueba. Tomemos el ejemplo concreto de Neuquén. El principal sindicato de la región, que es el de petroleros privados, venía persistiendo en su práctica pro-patronal de aceptar los preventivos de crisis, hasta que éstas lo empujaron a tomar medidas mínimas frente a la amenaza de despidos masivos. Finalmente el acuerdo alcanzado luego de semanas de negociaciones, conciliación obligatoria y paros suspendidos, se basa en mejorarle el precio a las empresas para que vuelvan a poner activos los equipos. Por su parte, los gremios de la CTA, que tienen una actitud de lucha diferente a la de Pereyra, se destacan por su capacidad de luchar por separado y a destiempo, con el argumento de que cada organización tiene sus ritmos.
La práctica sostenida de encarar el reclamo de forma sectorial puede conseguir algunas cosas en un momento de crecimiento económico, pero puede volverse un obstáculo en un momento de crisis capitalista como el actual. En una época en que todavía no hay radicalización, las contradicciones entre las direcciones y sus bases se empiezan a expresar en los límites que encuentra el sindicalismo corporativo (que divide a la clase obrera por sectores) a la hora de satisfacer los reclamos de los trabajadores cuando la burguesía no quiere dar concesiones.
Tradición y dirección
Los defensores de las conducciones “progresistas” sostienen el siguiente argumento, al parecer infalible: si las direcciones no responden a las bases, y estas no las cambian, será porque están conformes.
Pero estas luminarias olvidan que una dirección no es algo que se construya de la noche a la mañana, como no se construye de la noche a la mañana una organización. La constitución de una dirección con un determinado programa es producto de una experiencia previa, que va moldeando la conciencia de los trabajadores hacia una orientación. Esa orientación, a fuerza de repetición se vuelve un sentido común para la mayoría. De ello resulta que no se puede cambiar de dirección como de camisa. Por eso, el segundo aspecto para pensar la crisis de dirección es cuál es la tradición que han construido esas direcciones que empiezan a ponerse a prueba y hasta dónde esa tradición permite a la clase trabajadora dar una respuesta a la altura de la situación que se abre. Por eso, no se trata de sacar a las direcciones actuales para ocupar su lugar sin más, es necesario crear una nueva tradición en la clase trabajadora, que se exprese en miles de hombres y mujeres dispuestos a luchar por un programa para que la crisis la paguen los capitalistas.
En la medida en que demos esta pelea, iremos construyendo nuevas direcciones a la altura de las circunstancias. Esta tarea apremia porque las direcciones actuales, mientras se mantengan en su práctica previa a la crisis, se encontrarán cada vez más en contradicción con las necesidades de la lucha de los trabajadores y se transformarán en un freno cada vez más evidente que será necesario sacar del medio. Aquí queda en primer plano el problema de con qué estrategia damos la lucha. Ese será el tema de la próxima y última nota de esta serie.
Por Juan Dal MasoSerie Economía Marxista: primera entrega
Con este artículo iniciamos una serie de notas en la que volcamos los contenidos del curso “Introducción a la economía marxista” que se realizó durante febrero en la Casa Marx de Neuquén.
Cuestiones de método
El método que Marx aplicara a la crítica de la economía política fue objeto de numerosos debates tanto entre marxistas como en autores de otras tendencias. Parte del debate se debió a que el propio Marx dejó su obra inconclusa: es sabido que en vida sólo publicó el primer tomo de El Capital, que posteriormente se publicaron los tomos segundo y tercero (Federico Engels) y que recién en la primera mitad del siglo XX se publicó el libro cuarto, su correspondencia y buena parte de sus borradores (los Grundrisse).
Además, la polémica responde a la complejidad de la obra de Marx. El mismo decía que la primera parte de ella, los primeros capítulos del primer tomo, eran los más difíciles. ¿Por qué? Porque parte de un concepto muy abstracto que es el valor. El veía que los economistas clásicos (Smith, Ricardo y quienes los precedieron) se enredaban en explicar los fenómenos económicos, las apariencias, (las variaciones de los precios, etc.), pero que cuando se preguntaban por las definiciones de los conceptos básicos (valor, etc.) sólo hacían definiciones vacías, sin sentido. Para él había que proceder a la inversa, había que partir de los fenómenos más básicos, descomponerlos por medio del análisis teórico y luego articularlos en un todo explicativo coherente, para comprender el funcionamiento del modo capitalista de producción como una totalidad integrada.
Esta era la razón por la que su explicación parte de los elementos básicos: la mercancía y el dinero. Había que partir de ellos, comprenderlos en toda su complejidad, para luego poder articular explicaciones sobre las ganancias, las rentas, los salarios, las crisis, etc. En esta serie trataremos de seguir el mismo camino, concertándonos en explicar sintéticamente algunos conceptos claves. Por ello pedimos disculpas anticipadas por omisiones y errores involuntarios, inevitables, por otro lado, en una tarea de divulgación de un tema nada sencillo. Tampoco pretendemos agotar el 100% de las cuestiones planteadas por Marx, sólo esperamos que los artículos sirvan de guía para que el lector interesado se decida a estudiar la crítica marxista a la economía capitalista por sí mismo. En última instancia, para saber lo que Marx quería decir, no hay mejor manera que leer lo que él mismo escribió .
Valor de uso y valor de cambio
La riqueza se manifiesta ante nuestra propia vista como un cúmulo de mercancías. De hecho, casi todos los objetos que nos rodean, si nos fijamos bien, fueron o son mercancías. Las casas y edificios en que vivimos, las prendas que vestimos, lo que comemos y las herramientas con que trabajamos, se hicieron para ser vendidas y usadas. Las mercancías satisfacen necesidades humanas de forma directa, como medios de consumo, o indirecta, como medios de producción. Pero esas necesidades no son siempre iguales, varían con el tiempo. Las así llamadas “necesidades básicas” de hoy son muy distintas de las de nuestros abuelos y ni hablar de las de los trabajadores del siglo XIX.
También es indiferente, desde este punto de vista, que las mercancías respondan a otras necesidades como el ocio, el placer, la belleza o de otra índole. Ahora bien, para analizar las mercancías debemos tener en cuenta dos aspectos de las mismas: su cualidad y su cantidad. Si analizamos las mercancías en relación a sus cualidades veremos que son tales porque tienen una utilidad, son objetos que sirven para satisfacer necesidades, su uso o consumo cubre una necesidad concreta. A esto llamaremos valor de uso, que es el contenido material de la riqueza, su cuerpo. Las mercancías tienen un valor de uso porque son cosas útiles para el consumo, satisfacen necesidades concretas. Por otro lado, si analizamos las mercancías con relación a su cantidad veremos que no sólo son cuantificables como cualquier otra cosa, sino que son cuantificables unas con otras: las mercancías se pueden intercambiar entre ellas con respecto a una cantidad (tanto de esto por tanto de aquello), ese tanto se puede medir, son objetos que tienen magnitudes determinadas. A ello llamamos valor de cambio y es la magnitud común de una mercancía que la hace intercambiable por otra, es la relación cuantitativa en que puedo intercambiar la mercancía A con la mercancía B. Supongamos que yo puedo intercambiar la mercancía A por la mercancía B, y ésta por la C, y a su vez ésta por la D, entonces es posible intercambiar la mercancía A por la mercancía D, ¿por que? Porque tienen una misma magnitud, una misma cantidad de algo.
Trabajo humano
El trabajo humano es la sustancia social común que tienen todas las mercancías: son producto del trabajo humano. Si colocamos una mercancía cualquiera junto a otra y nos olvidamos, nos abstraemos, de su utilidad, de su valor de uso, ¿qué tienen en común? Que son producto del trabajo humano. Entonces, la sustancia de valor de las mercancías es el trabajo humano. Por ello el valor de uso y el valor de cambio son completamente independientes.
Un diamante puede valer lo mismo que una tonelada de alimentos, pero su utilidad es diferente. Ahora que ya hemos identificado la fuente del valor, resta preguntarnos cómo es posible medir éste. Arriba dijimos que el valor representaba la cantidad y que la utilidad la cualidad de las mercancías. Entonces, cómo medimos el valor de cambio o valor de una mercancía, sencillamente por la cantidad de trabajo contenida en ella. Y cómo medimos el trabajo. Por su tiempo, el tiempo es la medida social, histórica y hasta biológica del trabajo. Sólo no puede comprender esto quién no haya trabajado nunca, o sea quien viva del trabajo ajeno y por lo tanto no quiera comprenderlo.
Tiempo de trabajo socialmente necesario
Pero, cómo sabemos que dos mercancías tienen el mismo trabajo contenido en ellas para que sean intercambiables de manera igualitaria, o sea, que tengan el mismo valor. En el capitalismo esto sólo se averigua por medio del mercado: cada uno de los productores lleva las mercancías al mercado y allí las contrasta con las de su misma clase, allí descubre si realmente el trabajo en ella objetivado es un trabajo que se ha gastado de manera útil o inútil. Si, por ejemplo, alguien que produce tejidos lleva sus productos al mercado y allí descubre que los mismos tienen más valor, que son más caros que productos de idéntica calidad y producidos bajo idénticas circunstancias (precios de materias primas, etc.) descubrirá que ha gastado trabajo de manera inútil, porque obligado por las leyes de la competencia capitalista deberá vender su mercancía por debajo de su valor, irá a pérdida. O al contrario, si descubre que ha producido por debajo del promedio, podrá vender más caro y obtendrá un valor extraordinario. (Nótese al pasar como Marx logra aclarar tanto el origen del valor, el trabajo, como explicar los precios que son el más o el menos con relación al valor por el que una mercancía se vende en el mercado).
Así bajo el capitalismo el tiempo de trabajo socialmente necesario es el tiempo de trabajo requerido para producir un valor de uso en las condiciones medias de la producción y sólo en base a él es que se determina la magnitud de un valor. Pero el tiempo de trabajo socialmente necesario no permanece invariable, cambia históricamente, lo que se tarda hoy en hacerse cualquier mercancía no es lo mismo que lo se tardaba apenas unas décadas atrás. El tiempo de trabajo socialmente necesario depende de la fuerza productiva del trabajo, si ésta aumenta los valores disminuyen, si ésta disminuye los valores aumentan; y comprende el nivel medio de destreza de los obreros, la ciencia y tecnología aplicada a la producción, la coordinación social del proceso de producción, los medios de producción y las condiciones naturales.
La Revolución Industrial constituye el ejemplo clásico de aumento de las fuerzas productivas donde se elevó el nivel de destreza de los obreros, se aplicó nueva tecnología a la producción, se crearon nuevos métodos de trabajo, etc., que redundó en que toda una serie de nuevas mercancías sean accesibles al consumo masivo, la mayoría de las cuales eran considerada objetos de lujo por generaciones anteriores. (En próximas entregas veremos el carácter contradictorio, capitalista, del aumento de las fuerzas productivas).
1- Hay numerosas ediciones de las obras de Marx, tanto de El Capital como de trabajos menores como Trabajo asalariado y capital, o Salario, precio y ganancia. Es de mucha utilidad el texto de Esteban Mercatante y Juan Gonzáles, Para entender la explotación capitalista, editado por el Instituto del Pensamiento Socialista Karl Marx. Asimismo hay muchos trabajos de comentaristas y divulgadores que son de utilidad.
Por Darío Martini
Decíamos en el anterior número de este periódico que el Programa de Transición se propone unir la lucha de la clase trabajadora por sus demandas más sentidas con la lucha por llevar a la clase obrera al poder del Estado.
Este intento de relacionar lucha social y lucha revolucionaria suele ser cuestionado por quienes defienden un programa mínimo y dividen la lucha sindical de la lucha política. Suele decirse que el Programa de Transición es demasiado “rojo” para la conciencia que tienen los trabajadores en la actualidad, también se dice que estando en una situación defensiva, las luchas sólo deben ser por demandas elementales, es decir, levantar un programa mínimo.
Estos puntos de vista, altamente extendidos entre la autodenominada “militancia neuquina”, se acompañan de diversas propuestas de ir cambiando la consciencia a través de la educación, entendida en un sentido amplio, a través de redes culturales, etc.
Lucha de clases y Cambio Cultural
Se puede decir que si la gente quisiera el socialismo y si estuviera madura para llevarlo adelante, como piden los críticos del marxismo, no haría falta un programa de transición. El Programa de Transición es, por definición, el programa que busca responder a la división existente entre la lucha obrera y los objetivos revolucionarios.
Pero los defensores del programa mínimo sostienen no sólo que la gente no está madura para el socialismo, sino que ni siquiera dan las condiciones para plantear un programa que cuestione la propiedad privada. Para los adversarios del Programa de Transición, plantear consignas como el reparto de las horas de trabajo o la renacionalización del petróleo es “consignismo” de los partidos que “bajan línea”. Ellos por su parte ofrecen la combinación de cambio cultural y programa mínimo, para que la gente vaya cambiando la conciencia de a poco. Sin embargo, difícilmente un trabajador/a se convenza de que debe luchar contra el capitalismo, decisión que acarrea consecuencias prácticas importantes para su vida, únicamente por una serie de buenos argumentos y un poco de sindicalismo.
Si un trabajador/a ve que quienes le hablan de la revolución y el socialismo luchan en la práctica sólo por lo que es posible según la patronal, nunca se sumarán a un partido o proyecto así. Contra las intenciones de estos “educadores”, la clase trabajadora siempre quedará presa de su atraso relativo, porque no se verá seducida por un discurso que no se lleva adelante en la práctica. La conciencia de un trabajador/a que nunca ha participado de una lucha es una conciencia ingenua. Piensa que si le dan un buen sueldo y la ropa de trabajo, no lo están explotando. Quizás piense que la policía es corrupta, pero que debería cuidar a la gente.
Posiblemente piense que el gobierno debería intervenir a favor de los obreros en un conflicto. Pero si sale a la lucha, la patronal le corta los víveres, la policía lo reprime y el Ministerio de Trabajo juega a favor de la empresa, como suele suceder, irá sacando sus propias conclusiones. Las certezas de sentido común con que contaba el trabajador, se chocan con la realidad de las relaciones de clase. Ese choque sólo puede ser producto de la experiencia en la lucha de clases y genera una crisis de la consciencia tal cual era hasta el momento previo. El trabajador que pasa por esta experiencia necesitará repensar algunas cuestiones gruesas.
Por eso el marxismo entiende que la modificación de las circunstancias y la modificación de la conciencia sólo coinciden en la práctica revolucionaria, como decía Marx en sus Tesis sobre Feuerbach. Esto quiere decir que no se puede esperar a que cambie la conciencia para que cambie la práctica de los trabajadores. En la práctica, los trabajadores irán cambiando la conciencia. Pero para eso, la práctica debe poner en cuestión el sentido común de la conciencia ingenua, es decir, sobrepasar los límites del programa mínimo. Para orientar esa experiencia está el Programa de Transición
Ofensiva y Defensiva
Se ha objetado muchas veces que las consignas del Programa de Transición son irrealizables bajo el capitalismo y por ende no tiene sentido levantarlas en luchas cotidianas que difícilmente logren modificar las relaciones sociales predominantes. Sin embargo, los que dicen esto, partidarios del programa mínimo, demuestran únicamente que no entienden el Programa de Transición o incluso que saben poco y nada de sindicalismo. Es obvio que mientras más defensivo sea el reclamo menos conseguirán los trabajadores. Pensemos en el caso de la lucha de Zanon: El programa de transición no sólo sirvió para mantener las fuentes de trabajo sino para demostrar que los patrones no son necesarios para poner a producir una fábrica, crear solidaridad de clase, activismo y organización. ¿Cómo les hubiera ido a los ceramistas si se hubieran dedicado a reclamar el 100% de indemnización, en lugar de avanzar sobre la propiedad privada y poner la fábrica a producir bajo administración obrera?
Por eso, las consignas del Programa de Transición van más allá de lo que se pueda conseguir en un conflicto puntual. Su sentido más profundo es que a través de su experiencia, los trabajadores vayan tomando nota de las consecuencias que tiene luchar por ese programa hasta el final: el cuestionamiento de la propiedad privada y del Estado capitalista. Esa toma de conciencia no es un proceso únicamente de comprensión sino también de conquista de una relación de fuerzas distinta. Por eso no hablamos solamente de conciencia en un sentido intelectivo sino de subjetividad en un sentido histórico y conceptual. Para el marxismo la conciencia de la clase obrera se expresa en sus ideas, sus luchas y sus organizaciones.
El Programa de Transición y la cuestión metodológica
Retomando lo señalado anteriormente, podemos decir que el método del Programa de Transición está basado en la concepción marxista del desarrollo de la conciencia, que sostiene que el educador precisa ser educado. En suma, que la conciencia se desarrolla a través de la experiencia situada históricamente, que forma parte de la lucha de clases en la sociedad burguesa. El programa aporta las conclusiones de toda la labor teórica y práctica del marxismo desde sus orígenes, para que esa experiencia no se desarrolle en el vacío y el individuo trabajador desarrolle el sentido de pertenencia a una clase que lleva más de 150 años de lucha contra el capital. En este sentido, el programa juega el papel de poner en contacto a los sectores de la clase trabajadora que lo toman como propio, con la condensación de la experiencia pasada de la lucha del proletariado. A través del programa, la clase trabajadora retoma su propia experiencia colectiva, que cada trabajador individualmente desconoce, pero sin empezar exactamente de cero, porque el programa abrevia en el presente el camino recorrido en el pasado a través de las consignas que expresan el aprendizaje realizado por el movimiento revolucionario.
Resumiendo, el método del Programa de Transición esboza una dialéctica de la conciencia de la clase trabajadora que abarca diversos niveles:
La articulación entre el programa mínimo y programa máximo
La unidad entre la “espontaneidad” (no marxista) y la “conciencia” (el programa marxista), a través de la experiencia en la lucha de clases.
La apropiación de la experiencia revolucionaria del pasado, superando la perspectiva inmediata y aislada de la lucha.
¿Y las direcciones?
Con sana desconfianza antiburocrática, el/la lector/a podría objetar por qué discutir tanto sobre la conciencia de los trabajadores en vez de ver lo que hacen los dirigentes. Efectivamente, no sólo el programa y la experiencia van moldeando la conciencia de la clase trabajadora. Tienen un rol nada menor las direcciones. Y suele pasar que quienes se delimitan del Programa de Transición apelando al atraso relativo de la clase trabajadora, resultan también defensores de las conducciones que levantan un programa mínimo. Pero sobre este tema debatiremos en la próxima entrega de esta serie.
En la foto; una nueva "Ciudad Carpa" en Fresno, California.
En los últimos días, los principales diarios del mundo reprodujeron la noticia de la proliferación en los EE.UU, de lo que acá conocemos con el nombre de “villas miserias”. En el diario “La Nación” por ejemplo, se da cuenta de este fenómeno en la ciudad de Fresno, California;
“Al igual que más de una docena de ciudades de Estados Unidos, Fresno está experimentando un triste déjà vu: la aparición de villas precarias, conocidas en algún momento como Hoovervilles, campamentos ilegales de indigentes sin techo que recuerdan, en menor escala, las que proliferaron durante la Gran Depresión”[1].
La mención de este “déjà vu” nos lleva directamente a pensar en las consecuencias desastrosas que tuvieron que enfrentar los trabajadores en los años treinta, y por lo tanto, y de manera proporcional, la que ya están sufriendo de a millones en este planeta parasitado cada día más vorazmente por la clase capitalista. Para ilustrar, tomaremos como ejemplo la situación particular de la potencia hegemónica mundial, los EE.UU. Tengamos en cuenta que la mención de la palabra catástrofe no esta de más cuando se habla de la crisis desatada por el crack financiero de 1929.
Los datos de la época dan cuenta a las claras del por que de tanto dramatismo; la misma;…“puso a los Estados Unidos ante su mayor crisis desde la guerra civil. Las fabricas redujeron la producción; la construcción prácticamente cesó, millones de inversionistas perdieron sus ahorros, y mas de cinco mil bancos cerraron sus puertas en los primeros tres años de la depresión”…“para 1933, el número de desempleados fue calculado diversamente, desde 12 millones hasta mas de 15 millones, conforme la nomina de fábricas se reducían a menos de la mitad de 1929”[2].
Según datos compilados por el historiador Maurice Dobb;…“El intercambio internacional se había contraído a menos del 40% de su monto de 1929 en valores, y al 74% en volumen físico”[3] Solamente en los Estados Unidos; la producción representó, a lo largo del verano de 1932, una caída del 55% por debajo del máximo de 1929, y el índice de producción de capital se mantenía, en 1933, un poco más de un tercio del de 1929.[4]
Estructuralmente, esta crisis se diferencia de anteriores crisis del sistema capitalista, como señalan varios autores economistas e historiadores , por su “universalidad”, por un lado, ya que repercutió en todo el mundo capitalista, (salvo la U.R.S.S. que, como estado obrero, aunque burocráticamente deformado, capeo la crisis por tener una producción planificada de la economía)[5], y por el amplio impacto que tuvo a nivel subjetivo en las masas, las cuales comenzaron a dudar sobre la solvencia misma del capitalismo como sistema económico.
“La depresión redujo seriamente la confianza en los jefes de los negocios. En ninguna parte del mundo habían gozado de tanto prestigio los titanes de las finanzas y de la industria, pero para 1932 los hombres de negocio que en la década de los veintes se habían arrogado el crédito de la prosperidad, fueron culpados por los malos tiempos. Un economista escribió: Es más fácil creer que la tierra es plana que creer que la iniciativa privada, por sus propias fuerzas, nos salvara”.[6]
La “crisis de confianza” de la que dan cuenta estos historiadores, puso en evidencia que solo mediante la corrupción el chantaje y la violencia, los hombres de negocios y sus monopolios habían podido imponer al capitalismo como sistema económico “natural” del suelo norteamericano. “La sociedad capitalista había contraído lo que tenía todo el aspecto de ser una enfermedad endémica, con riesgo de desenlace fatal”[7]
Las consecuencias más severas de la crisis recayeron sobre los sectores estructuralmente marginados y más desprotegidos de la sociedad norteamericana. La mayoría de la clase obrera vio amputado su salario a más de la mitad. Los Afro Americanos, aprendieron la cruel verdad del dicho de que eran “los últimos contratados, los primeros despedidos”[8], las mujeres, que se desempeñaban en las grandes hilanderías de Nueva Inglaterra, vieron reducidos drásticamente sus puestos de trabajo y salarios a mas de la mitad (en esta región, de 280 mil establecimientos, se redujo el número a solo 120 mil)[9]. Los veteranos de la primera guerra mundial, exigieron el pago efectivo de sus pensiones de guerra, marcharon a Washington y acamparon en Anacostia Flats, frente al capitolio; en número mayor a veinte mil, donde fueron salvajemente reprimidos por el ejército[10] por orden del presidente Hoover.
El problema habitacional era enorme. Por un lado surgían las “Hoovervilles” (en honor a H.C. Hoover; el presidente que quedaría en el imaginario estadounidense como aquel que no hizo nada para parar la crisis), mientras los inquilinos no podían pagar sus alquileres, y se organizaban para resistir las órdenes de desalojo mediante acción directa. Los saqueos a tiendas y mercados se hicieron comunes entre 1929 y el ´33, por todo el país los desocupados se organizaban en asambleas, los clubes de trueque u organizaciones de autoayuda se extendían de a miles; los mineros contrabandeaban toneladas de carbón para calefaccionar miles de hogares que carecían de tan preciado combustible para pasar el invierno (para 1934, veinte mil hombres con cuatro mil vehículos estaban produciendo carbón de contrabando; “Vendiéndolo a un precio más bajo que la tarifa comercial. Cuando había que procesarles, los juzgados locales no les condenaban y los carceleros de la localidad no les metían en prisión”[11].
El “granjero” americano, baluarte de la democracia de los pequeños productores avizorada por Alexis de Tocqueville en la primera mitad del Siglo XIX era literalmente expulsado de sus tierras en detrimento de los grandes monopolios agrícolas, que no se marcharían jamás.
“Sin embargo, esta desesperada privación ocurría en un momento en que los huertos estaban cargados de frutos y en los graneros sobraba el grano. Los mineros se congelaban entre montañas de carbón, mientras sus hijos vivían de hierbas y dientes de león.”[12]
Con un sistema bancario en quiebra, las finanzas del país totalmente paralizadas, millones de desocupados haciendo fila por un trozo de pan, las exportaciones por el suelo y las importaciones por las nubes; la crisis tocaba fondo en 1933, año de la asunción de Roosevelt. En menos de tres meses este pondría en marcha el “New Deal”, que como bien define otro historiador de la época; “Dicho de una manera general, Roosevelt y su equipo veían que había llegado la hora en que el capitalismo debía ceder algo de su inmensa riqueza para poder seguir subsistiendo.”[13]
Sin embargo, el Estado seguía sin dar respuesta a los problemas mas acuciantes, los monopolios y magnates con su tan propagandizada “beneficencia” de décadas previas, brillaban por su ausencia, y solo se hacían presentes cuando había que reclutar verdaderos ejércitos de rompe huelgas para aleccionar la creciente actividad organizativa de la clase obrera y los desamparados del sistema.
El revolucionario ruso León Trotsky, perseguido por el stalinismo y fascismo y vituperado por las diferentes variantes burguesas de la época, afirmaba en ese entonces algo que es totalmente valido para los tiempos que transcurren. Decía Trotsky; “La ilusión del progreso “ininterrumpido” de todas las clases se ha desvanecido sin dejar rastro. La declinación relativa del nivel de vida de las masas ha dado lugar a una declinación absoluta. Los trabajadores comienzan por economizar en sus modestas diversiones, luego en sus vestidos y finalmente en sus alimentos. Los artículos y productos de calidad media han sido sustituidos por los de calidad mediocre y los de calidad mediocre por los de calidad francamente mala”… “Con el 6% de la población mundial, Estados Unidos posee el 40% de la riqueza mundial. Sin embargo, un tercio de la nación, como lo admite el propio Roosevelt, está subalimentada, mal vestida y vive en condiciones indignas para el hombre. ¿Qué se podría decir, pues, de los países mucho menos privilegiados?”[14]
Frente a la debacle del capitalismo norteamericano y la magnitud de la crisis mundial, la necesidad de unidad por parte de los desposeídos y los trabajadores es inmediata. Enfrentar a los capitalistas y su interminable sed de ganancia, (por la cual si fuera por ellos, convertirían tranquilamente al planeta en una enorme “Hooverville”) se torna imprescindible. Todo corporativismo y salida cortoplacista es insuficiente, es querer, de alguna manera “gambetear” la historia misma. Los treinta terminaron en la masacre de la segunda guerra mundial, con fenómenos como el fascismo y el nazismo arrastrándolo todo, y la destrucción de más de una cuarta parte de las fuerzas productivas del planeta. No va a haber “costado” donde poder desviar la mirada. Las “Hoovervilles” llegaron para quedarse; a menos que tome cuerpo y genere fuerza propia un movimiento obrero unido y dispuesto a sobreponerse a está situación con un programa para que la crisis la paguen los capitalistas.
Publicado en Editorial Final Abierto : http://finalabiertoweb.com.ar/
Y en: www.pts.org.ar
NOTAS
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El autor es profesor en historia y se especializa en historia del Movimiento Obrero norteamericano.
[1] http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1112531
[2] Morison, Commager y Leuchtenburg; Breve Historia de los Estados Unidos. Fondo de Cultura Económica, BS.AS. 1997. Pág. 718.
[3] Dobb, M, Estudios sobre el desarrollo del capitalismo. Siglo XXI editores Pág. 390.
[4] Ibidem, Pág. 390.
[5] “Que la socialización de los medios de producción creados por los capitalistas representa un tremendo beneficio económico se puede demostrar hoy día no solo teóricamente, sino también con el experimento de la U.R.S.S, a pesar de las limitaciones de ese experimento. Es verdad que los reaccionarios capitalistas, no sin artificio utilizan al régimen de Stalin como un espantajo contra las ideas socialistas .En realidad, Marx nunca dijo que el socialismo podría ser alcanzado en un solo país (esto según la pseudo teoría del propio Stalin del “Socialismo en un solo país” -N. de R-), y, además, en un país atrasado. Las continuas privaciones de las masas en la Unión Soviética, la omnipotencia de la casta privilegiada que se eleva por encima de la nación y su miseria y, finalmente la arbitraria arrogancia de los burócratas, no son consecuencias del método económico socialista, sino del aislamiento y del atraso histórico de la U.R.S.S cercada por los países capitalistas. Lo admirable es que en esas circunstancias excepcionalmente desfavorables, la economía planificada haya logrado demostrar sus indiscutibles ventajas”. Esta definición de por que la U.R.S.S. capeó la crisis “universal” causada por el crack financiero del ´29 se encuentra en: “El Marxismo y nuestra época”, en; Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición (comp.), C.E.I.P León Trotsky, 1999. Como así también en la nueva compilación del CEIP; “El Capitalismo y sus crisis”. Pág. 190
[6] Morison, Commager y Leuchtenburg; Op.Cit. Pág 719.
[7] Dobb, M, Op.Cit, Pág. 380.
[8] Morison, Commager y Leuchtenburg; Op.Cit. Pág 718.
[9] Idem, Pág. 718.
[10] Vale la pena ilustrar este episodio, ya que grafica la magnitud de la represión por parte del Estado durante la presidencia de Hoover -1929-1933-:“Cerca de la Casa Blanca se juntaron cuatro tropas de caballería, cuatro compañías de infantería, un escuadrón de ametralladoras y seis tanques. El general Douglas MacArthur estaba al mando del operativo y el mayor Dwight Einsenhower (futuro presidente de los EE.UU. 1953-61 -N. de R.-) era su ayuda de campo. Uno de los oficiales era George S. Patton. Mac Arthur condujo tropas por la avenida Pensilvana, uso gas lacrimógeno para echar a los veteranos de los viejos edificios y prendió fuego a los mismos. Entonces el ejercito cruzo el puente hacia Anacostía. Miles de veteranos con sus esposas e hijos echaron a correr mientras se extendía el gas lacrimógeno. Los soldados prendieron fuego a algunas cabañas y pronto todo el campamento ardió en llamas. Cuando acabó todo, habían matado a tiros a dos veteranos, había muerto un bebé de once semanas, un niño tenía ceguera parcial por el gas, dos policías tenían fractura de craneales y mil veteranos resultaron afectados por el gas.” Citado en Zinn, Horward, “La otra historia de los Estados Unidos”, Siglo Veintiuno Editores, 1999. Pág.288.
[11] Idem. Pág. 290
[12] Morison, Commager y Leuchtenburg; Op.Cit. Pág 718.
[13] Hodgers, Rodolfo, “El movimiento Obrero Norteamericano entra la crisis y la guerra” C.E.A.L., 1991; Ibidem, pág 495.
[14] Trotsky, L, “El Marxismo y Nuestra época” Op.Cit. Pág. 179.
Por Juan Dal MasoLa muerte de Alfonsín ha conmovido a mucha gente. Los militantes de
La clase dominante echará de menos a un político que supo privilegiar la estabilidad del orden social por sobre cualquier otra consideración, como planteó con toda claridad Duhalde en declaraciones de estos días.
La operación ideológica de presentar a Alfonsín como el paladín del “consenso” contra la “crispación” obedece a la necesidad de la burguesía de sentar las bases de una reconfiguración del régimen político en el escenario “pos-kirchnerista” que se viene.
Después de que estallara la democracia bipartidista, de la que Alfonsín fuera un actor central, en diciembre de 2001, el peronismo contuvo la situación y el gobierno de Néstor Kirchner buscó recomponer la autoridad estatal, expropiando desde arriba los reclamos callejeros con sus políticas “progresistas”, que se fueron “derechizando” progresivamente.
Ubicado discursivamente desde la crítica de la democracia que acababa de estallar por los aires, la burguesía lo dejó hacer en la medida en que la recomposición económica garantizaba jugosas ganancias para todos los sectores patronales.
Frente al escenario de la crisis mundial, la burguesía pide “consenso” para “concertar” entre ellos que la crisis la paguemos los trabajadores.
Habiéndose roto la unidad burguesa en torno al kirchnerismo, se puso de relieve que la recomposición de la autoridad estatal lograda por éste, no ha podido expresarse en un sistema de partidos estable. La reivindicación de Alfonsín, incluida su “última voluntad” de hacer volver a Cobos a
Polemizando en los comienzos del kichnerismo con Horacio González, que quería cubrir el accionar gubernamental con la figura del mito soreliano, señalábamos que el mito del kirchnerismo se componía de dos trazos discursivos muy pobres: el país en serio y el capitalismo nacional. Señalábamos las nulas posibilidades de encuadrar esas ideas en una fuerza histórica capaz de dar lugar a un movimiento activo de las mayorías populares. Lo más de izquierda del discurso gubernamental, lo que se refiere a los DDHH se fue deshaciendo ante las encuestas sobre la inseguridad y el cambio de las condiciones generales de la política y la economía del país.
Frente a la decadencia del discurso y la política kirchnerista, la oposición burguesa y la burguesía misma han encontrado en la figura de Alfonsín la piedra angular de un nuevo conformismo, de un nuevo sentido común a constituir: la primacía de la gobernabilidad por sobre cualquier interés partidario, la estabilidad institucional contra las varias formas de “populismo” y la defensa del interés de la burguesía en su conjunto más allá de sus divisiones relativas. En definitiva, la figura de Alfonsín es para la burguesía el estandarte con que busca terminar de volver a la normalidad burguesa entre dos crisis, la que surgió en 2001 y la que se desarrolla en la actualidad. Está claro que una cosa es querer y otra poder hacerlo, pero la apuesta política va por ese lado.
Alfonsín, lejos de ser un paladín del consenso con todo el mundo, supo cultivar el criterio político de diferenciar claramente amigo y enemigo, como proponía Carl Schmitt. Siempre encontró la línea divisoria en las oposiciones de clase y actuó en consecuencia. Por eso la burguesía lo llora y la clase trabajadora no tiene nada que lamentar.
Sí tiene mucho por hacer para evitar que este conformismo que se viene se imponga sobre la pérdida de las más elementales condiciones de vida bajo los efectos de la crisis.
