jueves, 2 de abril de 2009

El conformismo que se viene

Por Juan Dal Maso

La muerte de Alfonsín ha conmovido a mucha gente. Los militantes de la Franja Morada, más afectos al dinero de los estudiantes que a las movilizaciones callejeras, han vuelto a sacar sus banderas de la covacha. Todo el arco político burgués llora la muerte del dirigente radical.

La clase dominante echará de menos a un político que supo privilegiar la estabilidad del orden social por sobre cualquier otra consideración, como planteó con toda claridad Duhalde en declaraciones de estos días.

La operación ideológica de presentar a Alfonsín como el paladín del “consenso” contra la “crispación” obedece a la necesidad de la burguesía de sentar las bases de una reconfiguración del régimen político en el escenario “pos-kirchnerista” que se viene.

Después de que estallara la democracia bipartidista, de la que Alfonsín fuera un actor central, en diciembre de 2001, el peronismo contuvo la situación y el gobierno de Néstor Kirchner buscó recomponer la autoridad estatal, expropiando desde arriba los reclamos callejeros con sus políticas “progresistas”, que se fueron “derechizando” progresivamente.

Ubicado discursivamente desde la crítica de la democracia que acababa de estallar por los aires, la burguesía lo dejó hacer en la medida en que la recomposición económica garantizaba jugosas ganancias para todos los sectores patronales.

Frente al escenario de la crisis mundial, la burguesía pide “consenso” para “concertar” entre ellos que la crisis la paguemos los trabajadores.

Habiéndose roto la unidad burguesa en torno al kirchnerismo, se puso de relieve que la recomposición de la autoridad estatal lograda por éste, no ha podido expresarse en un sistema de partidos estable. La reivindicación de Alfonsín, incluida su “última voluntad” de hacer volver a Cobos a la UCR, es parte de la expectiva de volver a alguna forma de bipartidismo, con una UCR reconstruida y un PJ no kirchnerista, en el cual podrían abrevar también las expresiones de centroderecha.

Polemizando en los comienzos del kichnerismo con Horacio González, que quería cubrir el accionar gubernamental con la figura del mito soreliano, señalábamos que el mito del kirchnerismo se componía de dos trazos discursivos muy pobres: el país en serio y el capitalismo nacional. Señalábamos las nulas posibilidades de encuadrar esas ideas en una fuerza histórica capaz de dar lugar a un movimiento activo de las mayorías populares. Lo más de izquierda del discurso gubernamental, lo que se refiere a los DDHH se fue deshaciendo ante las encuestas sobre la inseguridad y el cambio de las condiciones generales de la política y la economía del país.

Frente a la decadencia del discurso y la política kirchnerista, la oposición burguesa y la burguesía misma han encontrado en la figura de Alfonsín la piedra angular de un nuevo conformismo, de un nuevo sentido común a constituir: la primacía de la gobernabilidad por sobre cualquier interés partidario, la estabilidad institucional contra las varias formas de “populismo” y la defensa del interés de la burguesía en su conjunto más allá de sus divisiones relativas. En definitiva, la figura de Alfonsín es para la burguesía el estandarte con que busca terminar de volver a la normalidad burguesa entre dos crisis, la que surgió en 2001 y la que se desarrolla en la actualidad. Está claro que una cosa es querer y otra poder hacerlo, pero la apuesta política va por ese lado.

Alfonsín, lejos de ser un paladín del consenso con todo el mundo, supo cultivar el criterio político de diferenciar claramente amigo y enemigo, como proponía Carl Schmitt. Siempre encontró la línea divisoria en las oposiciones de clase y actuó en consecuencia. Por eso la burguesía lo llora y la clase trabajadora no tiene nada que lamentar.

Sí tiene mucho por hacer para evitar que este conformismo que se viene se imponga sobre la pérdida de las más elementales condiciones de vida bajo los efectos de la crisis.



domingo, 29 de marzo de 2009

El Programa de Transición y su vigencia



El reparto de las horas de trabajo sin afectar los salarios, la renacionalización de los recursos naturales, el control obrero de la producción, la unidad de os trabajadores efectivos, contratados, precarios, nativos, inmigrantes, son parte de un programa que condensa las experiencias de más de 150 años de lucha de la clase trabajadora internacional. Ese programa es el Programa de Transición, elaborado por León Trotsky en 1938. Muchas de sus consignas vuelven a ser tomadas como propias por distintos sectores de la clase trabajadora que salen a la lucha: el control obrero y la expropiación en Zanon, el reparto de las horas de trabajo en las automotrices cordobesas, la organización desde las bases contra la burocracia y la patronal, en el subte de Bs. As. Durante febrero, realizamos en Casa Marx cuatro encuentros para debatir y refl exionar sobre el Programa de Transición y su vigencia. En sucesivas entregas, acercaremos a los lectores/es de La Verdad Obrera Neuquén y Alto Valle algunos de los contenidos del debate.


Contexto Histórico del Programa de Transición


El Programa de Transición fue elaborado por León Trotsky para buscar unir las luchas de la clase trabajadora con la lucha contra el capitalismo, por la revolución y el socialismo. Los hechos más importantes para ubicar la elaboración del Programa de Transición son los siguientes:
Las derrotas de la clase trabajadora a nivel internacional y la consolidación del stalinismo en la URSS: La oposición de izquierda orientada por LT se organizaba a partir de 1923 para enfrentar los privilegios de la burocracia al interior de la URSS pero también su política internacional zigzagueante que generó derrotas en Alemania en el ’23, en China 25-27, en Alemania más tarde, entre otras. Los juicios de Moscú, en los que fue liquidada la vieja guardia del partido bolchevique, fueron la expresión más aberrante del régimen totalitario de la burocracia.
El ascenso de los nazis en Alemania: expresa la descomposición de la sociedad capitalista, en particular en aquellos países imperialistas que no tienen sufi cientes colonias. A su vez, es el punto de ruptura de Trotsky con la III Internacional, por la pasividad del PC alemán frente al ascenso de Hitler. Recordemos que los comunistas alemanes, a tono con la III Internacional, que en ese momento estaba en un viraje “ultra”, se negaban al frente único con los socialistas y decían “primero (sube) Hitler, después nosotros”.
La crisis económica del ’29 y la marcha hacia la 2ª Guerra Mundial: La crisis y las tensiones entre las potencias ponen de manifi esto que la 1ª Guerra no había resuelto las principales contradicciones del capitalismo en su fase imperialista.
La Guerra Civil Española y la radicalización del movimiento obrero: Paralelamente a la Guerra Civil en España, se desarrollaban procesos de huelgas y luchas masivas en Francia, la organización obrera y el surgimiento del CIO en EEUU, el renovado impulso a la lucha por la liberación de las colonias y semicolonias.


El Programa de Transición y la IV Internacional


Este era el contexto en que Trotsky y sus partidarios preparaban la Conferencia de fundación de la IV Internacional que se realizó en París el 3 de septiembre de 1938.
La IV Internacional se componía casi exclusivamente de cuadros y su influencia se extendía en un sector de vanguardia minoritario de la clase trabajadora. El informe presentado a la conferencia da un total de cerca de 5500 miembros, distribuidos de la siguiente manera: EEUU, 2500, Bélgica 800, Francia 600, Polonia 350, Inglaterra 170, Alemania 200, Checoslovaquia 150-200, Grecia 100, Indochina sin número a pesar de que era un grupo con importante infl uencia, Chile 100, Cuba 100, Sudáfrica 100, Canadá 75, Australia 50, Brasil 50, Holanda 50, España 10-30, México 25, Suecia, Noruega, Dinamarca, Rumania, Austria, Rusia, Bolivia, Argentina, Puerto Rico, Uruguay, Venezuela, China e Italia, aparecen sin números. Más tarde se dijo que esos números no eran del todo fi dedignos. Por ejemplo, en una carta de Jean Rous a James P. Cannon (dirigente del SWP de EEUU) dice que los 600 del POI francés había que dividirlos por dos en realidad. A su vez, Rudolph Klement, a cargo de la organización de la conferencia y asesinado por la GPU antes de su realización, señalaba en un informe de preparación que había partidarios de la IV en Marruecos, Palestina, Yugoslavia y Letonia, los cuales no aparecen mencionados en el informe de la Conferencia.
El Programa de Transición, que era más un manifiesto programático que un programa acabado, iba a ser, para Trosky, la herramienta con la cual esos 5500 cuadros podrían abrirse un camino hacia las masas de la clase trabajadora.


El imperialismo y el cambio de ritmo del tiempo histórico ¿Por qué un programa de Transición?


En los años de crecimiento “armónico” del capitalismo, la socialdemocracia había dividido el programa entre una parte de programa mínimo como las 8 horas, mejores condiciones de trabajo, etc. Por otro lado, el programa máximo hablaba de la revolución y el socialismo como objetivos lejanos.
Sin embargo, el siglo XX trajo consigo la modifi cación del ritmo evolutivo del tiempo histórico. Ya no se podía pensar en un presente de acumulación gradual de pequeñas conquistas y en un futuro socialista que nunca llegaría. La Primera Guerra mundial mostró que el capitalismo no podía seguir vivo si no era a costa de destrucción y muerte. La revolución rusa mostró que había llegado el momento de luchar por el poder de la clase trabajadora para terminar con esa barbarie. Pero los años posteriores a la revolución rusa trajeron un presente de derrotas y un futuro nada prometedor, si la clase obrera no lograba extender el ejemplo de la revolución rusa al terreno internacional.
En este contexto de enfrentamiento de revolución y contra-revolución, se daban cambios bruscos en la lucha de clases, situaciones favorables se transformaban en desfavorables para la clase trabajadora en lapsos muy breves de tiempo. Trotsky señalaba en Adónde va Francia que lo que caracteriza la época imperialista del capitalismo, la época de decadencia capitalista, es la existencia de estos cambios bruscos de las situaciones, es decir, la existencia de situaciones transitorias. Una situación puede pasar de pre-revolucionaria a revolucionaria o a directamente contra-revolucionaria, según la política que lleven adelante las organizaciones obreras y las relaciones de fuerzas que conquisten frente a la clase enemiga.
Por eso, el Programa no deja de lado las consignas mínimas, pero las ubica en un contexto distinto, ligándolas a la lucha de conjunto. Con propuestas como el reparto de las horas de trabajo sin bajar los salarios o el control obrero de la producción, el programa une las luchas por las demandas más sentidas de la clase trabajadora con el cuestionamiento de la propiedad privada en la perspectiva de la conquista del poder por la clase trabajadora por medios revolucionarios.


El Manifiesto Comunista del Siglo XX
En un momento en que el “marxismo” oficial era una repetición de fórmulas vacías según los intereses de la burocracia de Moscú, el Programa de Transición retomó el hilo de las elaboraciones de la tradición marxista clásica, planteados por primera vez en el Manifiesto Comunista y desarrollados por los cuatro primeros Congresos de la III Internacional, especialmente al problema clave, planteado por las derrotas que siguieron a la revolución rusa: ¿Cómo hacemos para lograr la conquista del poder por la clase obrera en el resto del planeta? Esta pregunta, que recorrió los Congresos tercero y cuarto de la III Internacional, es retomada por Trotsky en un sentido mucho más concreto, no sólo porque fue el único que dio cuenta del proceso de burocratización de la URSS, sino también porque presenta en el Programa un sistema de consignas y reivindicaciones que responden a las experiencias realizadas previamente por el movimiento obrero, pero que no habían sido reunidas de esta forma, permaneciendo como elementos relativamente aislados en la historia de la lucha de clases.
Por todos estos aspectos, se puede considerar al Programa de Transición como el Manifiesto Comunista del siglo XX, en el sentido de que fue el texto clave para el rearme programático, político y estratégico del movimiento revolucionario de la clase trabajadora, como lo fue el Manifi esto en el siglo XIX. Y es una herramienta ineludible para luchar contra el capitalismo en el Siglo XXI.




miércoles, 18 de marzo de 2009

La crisis capitalista mundial, su impacto en Neuquén y la respuesta de los sindicatos

Por Esteban Vedia

¿Quién paga los platos rotos?

Sin lugar a dudas, los efectos de la crisis capitalista mundial se están sintiendo en la región. En primer lugar, lo están sintiendo aquellas empresas directamente ligadas a los capitales extranjeros y al comercio exterior. Las primeras son correa de trasmisión de la crisis en tanto están directamente vinculadas a sus casas matrices en EE.UU. y Europa. Las segundas, porque el comercio mundial se está cayendo en picada, en los últimos meses las importaciones y exportaciones se derrumbaron entre un 30 y un 40%. A nivel nacional ya son alrededor de 1200 las empresas que pidieron la apertura de procesos judiciales para poder suspender o despedir empleados, los cuales suman ya 32.000[1], en nuestra región esto se expresa en los despidos y suspensiones masivas de la industria petrolera.

El otro efecto inmediato de la crisis mundial es la desaparición del crédito y otras formas de financiamiento. Es sabido que el financiamiento vía crédito o emisión de bonos es la forma de en que los Estados (nacionales o provinciales) cubren su déficit fiscal: en condiciones normales, la diferencia entre los ingresos y los egresos, se cubre con deuda. Este detalle no es menor, porque buena parte de las provincias argentinas cerraron sus ejercicios fiscales con déficit. A esta ‘sequía crediticia’ responde la medida de los Kirchner de estatizar los fondos de las AFJP, garantizándose así la nada despreciable suma de 74.000 millones de pesos para la “caja” del gobierno. Pero en las provincias esto no es igual de sencillo, o en todo caso, por ello no está en la cabeza de ningún gobernante destinar ni un solo peso a la recomposición salarial de los docentes y estatales. Esta sequía de financiamiento es la base real sobre la cual se asienta la repetida respuesta de Sapag y Saiz: no hay plata. Por otro lado, hay que reconocer que la política de “no hay plata” puede ser más o menos mentirosa, en tanto los presupuestos tienden a exagerar los egresos y depreciar los ingresos, para lo cual recurren a todo tipo de maniobras contables y financieras[2]. Sin embargo, como tendencia, más temprano que tarde, la crisis económica se traduce en crisis fiscal, en este sentido es que los gobiernos quieren bajar al mínimo sus riesgos.

También es sabido que los sueldos de los docentes y estatales son los que más han quedado desfasados con respecto a la inflación (sin nombrar a los trabajadores no registrados que suman el 40% de la fuerza laboral argentina y que ni entran en la estadísticas).

Esta es la contradicción: por un lado la inflación alienta el reclamo salarial, por el otro los cambios en la economía mundial dieron por tierra con el esquema de los últimos años, por el cual los trabajadores obtuvieron aumentos salariales, aunque muy por debajo de los aumentos de precios. Se han achicado los márgenes de maniobra de los gobiernos. ¿Pero cual es la actitud de los sindicatos a este cambio de situación? ¿Cómo analizan la crisis y que respuestas dan?

Pereyra: salarios por empleo.

Según las declaraciones de Guillermo Pereyra, secretario general del Sindicato de Petroleo y Gas Privado de Neuquén, Río Negro y La Pampa, ya son 3.000 los trabajadores petroleros suspendidos por las empresas, amparadas bajo los “procedimientos preventivos de crisis”[3] que firmaron con el Sindicato. Según este esquema, la crisis estaría generada por los “costos salariales” excesivos con que operan las empresas, o lo que es lo mismo, por la disminución de la plusvalía[4] extraída a los trabajadores. Este es el argumento central que el conjunto de las empresas, a nivel mundial, están usando para descargar la crisis sobre las espaldas de los trabajadores. Con ese mismo argumento en EE.UU. ya se han destruido 3 millones de empleos en los últimos meses. Concretamente, el Sindicato de los petroleros está siendo correa de trasmisión de esta ideología patronal que dice con total cinismo que la culpa de la crisis la tienen los trabajadores que han obtenido aumentos salariales desmedidos. Análisis que es falso, en tanto y en cuanto, confunde las fluctuaciones en la producción de la plusvalía (cuanto valor le extraen en distintos momentos los capitalistas a los trabajadores) con las decisiones empresarias sobre inversión, las cuales tienen que ver sobre todo con el mercado (cuanto pueden vender), la producción (si están produciendo al máximo o no) y si pueden obtener financiamiento para nuevas inversiones, lo cual reconocen las mismas empresas diciendo que se cortaron los ‘circuitos de financiamiento’. Culpar a los trabajadores de la crisis, es decir, buscar que sean ellos quienes paguen los platos rotos, además de ser falso, porque el neoliberalismo, mundialmente, significo un aumento de la explotación de los trabajadores, tiene terribles consecuencias políticas, ya que busca que los trabajadores acepten mansamente que sean ellos los patos de la boda. Por otro lado, refuerza la política de las patronales de aumentar la explotación de los trabajadores (aumentar la tasa del plusvalor[5]) durante y después de las crisis. Por último, si la crisis tiene la magnitud que todos los analistas auguran, es decir, una magnitud igual o mayor a la depresión de 1929-1933, y aunque no tuviera esa magnitud, los despidos y suspensiones no van a frenarse porque se acepten rebajas salariales, esto sólo va significar la miseria de los suspendidos y despedidos y el aumento de explotación de los que permanezcan adentro. Esa política patronal de Pereyra y cia. sólo ha llevado a que se desarticulen las posibilidades de una respuesta general de los trabajadores, profundizando la división y desmoralización de los trabajadores.

CTA: aumento del consumo.

La repuesta y explicación de la CTA Neuquén es distinta a la de Pereyra, en primer lugar porque la CTA Neuquén viene, mal que mal, llevando adelante algunos conflictos en defensa de los salarios o el empleo, como el caso de los docentes o de los trabajadores de la salud pública. Esta resistencia, por más mínima y descoordinada que sea contrasta con la propia actitud de la CTA en gremios de la industria, como el del neumático, por ejemplo, donde viene aceptando suspensiones y despidos.

Tomemos los dichos de su secretario general, Horacio Fernández. En primer lugar, para él, “los grupos dominantes en nuestro país sobreactúan las consecuencias de la crisis económica global”. Ya que mientras las empresas embolsaron fabulosas ganancias durante el último periodo, los salarios, de conjunto, permanecieron en índices inferiores a los del 2001.[6] Y correctamente agrega: “no podemos aceptar la extorsión que ya vivimos en la década del 90 cuando con la promesa de conservar puestos de trabajo querían que se tolerara cualquier tipo de precariedad laboral, baja de salarial y disminución de las condiciones de empleo.” Acá hay que separar dos cuestiones: por un lado la correcta definición de que la crisis no la debemos pagar los trabajadores, por el otro la supuesta “sobreactuación” de la burguesía. Este mismo argumento se le ha escuchado a distintos dirigentes y referentes de ATE y ATEN, generalmente acompañado de comentarios, of the record, de que “si hablamos de crisis, los compañeros se asustan…”. Esta posición, para decir lo menos, es completamente engañosa y peligrosa. Primero porque la crisis en desarrollo, según TODOS los analistas y gobiernos del mundo, va a tener proporciones históricas, y agregamos, catastróficas, las cuales ya se están viendo: perdida de empleos a nivel mundial, retracción de comercio y desvalorización de activos, etc. No decir esto a los trabajadores, ocultárselos, no es sólo perjudicial y peligroso, sino beneficioso para la clase dominante: la primer medida para enfrentar la crisis, como dice Fernández, para no aceptar el chantaje, es esclarecer ente los trabajadores la magnitud histórica de ésta y como los gobiernos y las patronales se preparan para descargarla sobre las espaldas de los trabajadores. El argumento de la ‘sobreactuación’ podría ser parcialmente cierto en cuanto a las finanzas públicas, pero como dijimos antes, todo indica que tarde o temprano la crisis económica repercutirá en las cuentas de los Estados y ningún ‘dibujo’ contable va a poder tapar esto. En este sentido la actitud de Sapag es más de prevención que de sobreactuación: se ubica como representante del conjunto de los intereses de la clase dominante. También es incorrecto, en segundo lugar, porque Fernández quiere plantear una contradicción entre altas ganancias y crisis capitalista. Esto es falso: el capitalismo recompone su tasa de ganancia[7] por medio de las crisis y, en el siglo XX, las guerras. Las crisis son parte del capitalismo, el capitalismo se desenvuelve por medio de crisis, cada una más terrible y destructiva que la anterior, es más, por este medio el capitalismo amplía la esfera de su dominio, en consecuencia, altas ganancias y crisis no son contradictorias de manera absoluta: a los capitalistas les importa no solo el cúmulo de sus ganancias (la masa de las ganancias), sino, y a veces de manera preponderante, cuanto ganan en relación al capital invertido (la tasa de ganancias). Por ello, por ejemplo, en la industria automotriz, despiden y suspenden pero, todavía, no cierran, porque superexplotan a los que permanecen trabajando. Y cuando cierran lo hacen porque ya no les conviene, o no pueden, explotar a los trabajadores bajo las condiciones actuales: esperan a que el tiempo mejore.

Ahora bien, la posición de Fernández y otros analistas, en cuanto al análisis de la crisis apunta, básicamente a plantear que de esta se sale redistribuyendo la riqueza, dice Fernández: “de la crisis no se sale subsidiando grupos empresarios y bancos. El mercado interno y la economía avanzan si lo que se subsidia es la demanda. Es decir hay que poner los recursos en los bolsillos de los sectores populares”. Para lo cual plantea una “asignación universal” para los niños y jóvenes, aumento de jubilaciones y de salarios. Obviamente no podemos estar más que de acuerdo con cualquier avance material que consigamos los trabajadores con lucha y organización, pero decir que con esas medidas de ‘subsidio de la demanda’, ‘avanza el mercado interno’ y ‘se sale de la crisis…’ es completamente erróneo. Supone, en primer lugar, que el único origen, o la causa principal, de la crisis es la diferencia entre producción y consumo, que hay un saldo de bienes de consumo que si se venden, permitirían reactivar la economía. En primer lugar este argumento es incorrecto porque supone que en una situación de crisis, en donde las ganancias declinan, una redistribución significativa del ingreso nacional, que no puede salir más que de las ganancias de los capitalistas, no repercutiría sobre los niveles de empleo o inversión. Error. Supone que los capitalistas, en un contexto de crisis, de declinación de las ganancias, aceptarían aumentos de los salarios o de impuestos, al tiempo que mantendrían tasas de inversión altas para seguir desarrollando la producción. Imposible, Fernández y todos sabemos que la producción capitalista tiene un solo fin: el lucro. Si las ganancias no crecen, no invierto y punto (así piensan los capitalistas). En segundo lugar, este tipo de explicaciones fuerzan conclusiones políticas reformistas sobre el capitalismo, considerando que las crisis pueden tener resoluciones favorables a los intereses de los trabajadores y el pueblo dentro del sistema capitalista.

¿“Nuevo modelo productivo” o nuevo sistema social?

Horacio Fernández continúa planteando que la forma para imponer estas medidas es por medio del paso de la lucha defensiva a la ofensiva y que “tenemos que decidirnos a gobernar nuestros propios destinos”. ¿Cómo? Construyendo la Constituyente Social[8], que luche por un nuevo modelo de sociedad, e impulsando “medidas de acción directa para frenar, sino ganar frente a la emergencia que vive nuestro pueblo”. Es decir, por un lado, la construcción política, por el otro, las luchas por las demandas inmediatas, por la defensa del empleo y el salario, etc. Que, dicho sea de paso, queda en letra muerta cuando, en nuestra provincia, el sistema de salud está en completa crisis, lo que alienta la predisposición a la lucha de sus miembros, los docentes llevan adelante un lucha sostenida por salarios y muchos otros sectores (auxiliares, acción social, Epas, etc.) tienen sus demandas postergadas, y la CTA se abstiene de enfrentar con una lucha general (plan de lucha provincial y unificado) para imponer su programa. Pero de igual manera, tomando solo los argumentos de la central, planteamos que su objetivo es, por lo menos utópico. Plantear que “no habrá una nueva matriz distributiva que termine con la pobreza si lo que no se discute es un nuevo modelo productivo para el país” es decir muy poco. El problema no es “el modelo” sino “el sistema”, y no estamos discutiendo palabritas, las palabras son medios para expresar ideas, conceptos, etc., la “matriz distributiva” en el capitalismo incluye a los pobres, los pobres y la pobreza son uno de los resultados del capitalismo: no puede haber capitalismo sin que miles de millones de seres humanos o bien estén ya en la pobreza, o bien sientan la amenaza cercana de caer en ella; el otro resultado es la acumulación del capital, es decir, los recursos producidos por toda la sociedad, por un puñado de magnates. Y esto no se va a cambiar con la “oposición” de de un “modelo” diferente de sociedad, sino con el levantamiento de millones de personas, con una revolución social que ponga el control de los recursos productivos bajo la dirección de quienes los producen: los trabajadores, que liquide al capital, para liquidar su reverso, la pobreza.

Un programa para enfrentar la crisis.

La CTA nos propone que tenemos que levantar un programa mínimo que incluya aumento de salarios, jubilaciones y un subsidio universal a la niñez y adolescencia. Obviamente, son concientes que para imponer aun estas reivindicaciones hay que poner en pie una fuerza social poderosa, para ellos nos proponen una construcción política de objetables características y de indefinida concreción. ¿Pero el hambre no es un tema urgente? Si pero, en la práctica, la CTA separa la lucha salarial y por las condiciones laborales, que es aquí y ahora, de una futura lucha contra la pobreza. Y como dijimos arriba, divide y fracciona las luchas que hoy se libran contra la pobreza, debilitándolas… cuando no directamente deja pasar los despidos y suspensiones como en la industria.

Los capitalistas y sus gobiernos sólo conocen una ley: la fuerza. Sólo si sienten la posibilidad de perderlo todo es que otorgan algo. Por ello, para enfrentar la crisis hay que unificar las luchas y levantar un programa para que no la paguemos nosotros: nacionalización sin pago de las empresas petroleras, expropiación de los terratenientes y capitalistas agrarios, no pago de la deuda externa nacional y provincial, expropiación y puesta en funcionamiento bajo control obrero de toda empresa que cierra y despida, etc., medidas que no sólo indiquen donde esta la plata para salud, trabajo y educación, sino den una perspectiva superadora a las luchas salariales y en defensa del empleo, un objetivo que una el “aquí y ahora” de la lucha salarial, de la defensa del empleo, de los objetivos que los trabajadores están dispuestos a defender, con la perspectiva de una lucha anticapitalista. Que las luchas mínimas se transformen en luchas revolucionarias depende no solo del programa, sino de las circunstancias, la experiencia acumulada, la magnitud de la lucha y de la dirección; que las luchas por demandas básicas triunfen depende de un correcto análisis de la situación, de un programa y una organización que plantee una salida favorable al conjunto de los trabajadores -que logre “el apoyo de la comunidad”- y de una actitud combativa; que luchas salariales triunfen en un contexto de crisis capitalista depende de que trasciendan el marco corporativo y sindical, y logren articular “su” lucha como una causa de “todos”, que los gobiernos prefieran dar “algo” para no “perder todo”. El análisis, la política y la práctica de la dirección de la CTA no abonan ninguna de estas posibilidades, si las luchas actuales terminan en triunfo, no será por obra de su orientación, sino de la abnegación militante de los trabajadores y trabajadoras.



[1] Miguel Ángel Fuks, “Fantasmas bastante reales amenazan con la recesión”, Diario Río Negro, Suplemento Económico, 15/03/09, edición on-line.

[2] Estas maniobras las demostró ampliamente el economista Juan José Gonzáles en su análisis del Presupuesto de Neuquén para el año 2009, el cual se puede escuchar en www.oyr.org.ar

[3] Recordemos que estos “procedimientos preventivos de crisis”, incluidos en la ley de quiebras durante el gobierno de Menem, permiten que la burocracia sindical negocie despidos y suspensiones, facilitando los medios para que las empresas le hagan pagar a los trabajadores los costos de las crisis. Recordemos también que bajo este paraguas legal la patronal de Zanon intento despedir a mas de 200 trabajadores allá por el 2001…

[4] La plusvalía, como explicara Marx, es la parte de la jornada laboral que el trabajador trabaja para el capitalista pero que no obtiene ninguna remuneración a cambio, es trabajo no pago o plusvalor que el obrero cede sin obtener nada a cambio. En ella se origina la ganancia de los capitalistas y la miseria relativa de los trabajadores.

[5] La tasa del plusvalor mide la relación entre el trabajo pago y el impago dentro de la jornada laboral.

[6] Horacio Fernández, “Editorial: ganarle al hambre y construir un nuevo modelo de sociedad”, Memoria 2008, CTA Neuquén, s/f, p. 2. A continuación, y hasta que no se indique lo contrario, las citas provienen de la misma fuente.

[7] La tasa de ganancia es la relación entre la plusvalía y el conjunto del capital “adelantado” como salarios (capital variable) y medios de producción (capital constante) y en el capitalismo, por su naturaleza al desarrollo de las fuerzas productivas, tiene una tendencia a la declinación: mientras mas aumenta la acumulación más bajan las ganancias en proporción al capital invertido, las crisis, vienen a poner orden (de manera brutal, o sea capitalista) a esta situación por medio de la desvalorización-destrucción masiva del capital (constante y variable).

[8] La política de “constituyente social” de la CTA ya ha sido criticada tanto en La Verdad Obrera (nacional) como en su versión del Neuquén y Alto Valle, a esas criticas nos remitimos.

domingo, 1 de marzo de 2009

Un exabrupto de temor patronal

El diario Río Negro titula su editorial de ayer con la frase “La izquierda ausente”. Resumiendo, el editorial sostiene que si bien la crisis actual del capitalismo parecería abrir posibilidades para las corrientes socialistas (“tanto democráticas como autoritarias”) no ha sucedido de tal modo, porque el fracaso del comunismo impide a los izquierdistas proponer soluciones que se hayan demostrado eficaces en el pasado.

El Río Negro, que fue la primera empresa en despedir trabajadores ni bien se empezó a hablar de la crisis internacional en la región, parece bastante preocupado de que alguien empiece a escuchar las ideas de los marxistas.

¿Una posible causa de su preocupación podrá ser el hecho de que los principales países capitalistas, empezando por EEUU tuvieron que negar en los hechos toda la ideología bizarra del libre mercado y estatizar bancos y activos tóxicos? Nadie puede confundir eso con una “nacionalización” o “socialización” progresista, porque no es expropiar a la burguesía sino socializar las pérdidas de la clase capitalista, es decir, hacer que la gente común pague los malos negocios de las corporaciones.
Sin embargo, si el capitalismo debe negarse en parte para sostenerse ¿Quién está en problemas? ¿Los capitalistas o los izquierdistas?

Fiel a su concepción elitista y ultra-patronal de la política, el Río Negro dice que los trotskistas y anarquistas pueden organizar manifestaciones puramente testimoniales pero nada más. Entonces crea un esquema binario compuesto de una izquierda social testimonial y una derecha o centroderecha pragmática que ejerce el poder.
La lucha de clases, que el Río Negro detesta teóricamente pero ejerce en la práctica contra sus propios empleados, parecería no tener lugar. ¿Tenemos que recomendarle a un Diario que lea los diarios? Los editores podrían repasar sus propias noticias de los últimos meses y más aún las que nunca publicaron ni piensan publicar sobre las luchas que está dando la clase trabajadora a nivel nacional e internacional, desde los propios EEUU hasta la Argentina.

La cuestión que verdaderamente preocupa al Río Negro, es que las manifestaciones y expresiones de lucha contra el intento de hacer pagar la crisis a los trabajadores, están lejos de ser organizadas únicamente por trotskistas y anarquistas. Son procesos que implican a un importante sector de la masa de los trabajadores.

En esos procesos, empieza a darse una confluencia de los sectores activos de la clase trabajadora con la izquierda revolucionaria. En las automotrices cordobesas, los sectores más combativos empiezan a plantear la consigna de repartir las horas de trabajo entre todos los compañeros sin bajar los salarios y que sean los capitalistas que se enriquecieron los que corran con los “gastos”. Esa es la única solución posible contra los despidos, suspensiones y la desocupación. En la región, la experiencia de Zanon, en la que confluyeron militantes revolucionarios y trabajadores con voluntad de lucha, la puesta en producción de la fábrica bajo administración obrera demostró que los patrones no son necesarios. Esa es otra de las “soluciones” que tendremos que implementar los trabajadores ante cierres y despidos.

Estas experiencias no se limitan al ámbito nacional. En México surgió la comuna de Oaxaca, en Venezuela la lucha de Sidor que logró la estatización contra el monopolio Techint y la política represiva del propio Chávez, hasta en EEUU tomaron la Republic Doors & Windows, proceso que el Río Negro informó con diez días de retraso. En Europa, los trabajadores/as se movilizan masivamente como en el caso de Francia o la reciente revuelta social en Grecia.

Si la clase trabajadora profundiza sus respuestas a la crisis capitalista, irá sacando sus propias conclusiones. Sabrá más temprano que tarde, que no va a haber soluciones definitivas si dejamos el poder en manos de la clase dominante. La propia burguesía, con sus ataques, irá empujando a la clase trabajadora hacia la lucha por el poder. Ni hoy ni mañana, pero tampoco dentro de un siglo.

Lejos de imaginar una “revolución breve y emocionante”, los trotskistas del PTS nos estamos preparando para una lucha prolongada, difícil, con triunfos y con derrotas, insertos en los esfuerzos de organización y lucha de la clase trabajadora, en el movimiento estudiantil, en el movimiento de mujeres, en la intelectualidad y en todo reclamo popular que enfrente la voracidad de los capitalistas. Lo hacemos con paciencia estratégica y sin ningún respeto por los “derechos adquiridos” de la burguesía.

Sabemos que las revoluciones son procesos de masas, pero que el triunfo del movimiento “espontáneo” sólo puede ser garantizado en los años previos de preparación "conciente".

En este contexto de fracaso de la ideología triunfalista del capitalismo que se impuso hace 20 años, el sermón del Río Negro contra la izquierda es un pobre exabrupto de temor patronal.
Y cómo viene la mano, no se equivocan tanto en estar asustados.

domingo, 22 de febrero de 2009

La intelectualidad argentina y la "pequeña política"


Con su notable capacidad para llegar más que tarde a los debates de la intelectualidad argentina, el suplemento Debates del Diario Río Negro, publica este domingo 22 de febrero dos notas dedicadas a difundir las críticas de Beatriz Sarlo contra el matrimonio presidencial. Más allá de errores secundarios, como poner “Juan Pablo Feinmann” en vez de José Pablo Feinmann, o lo que es más grave, acusar a Osvaldo Bayer de fogonear una campaña contra Sarlo, cuando en realidad “fogoneó” un desagravio a Osvaldo Soriano contra el maltrato sufrido por el escritor en la Cátedra de la señora, el dossier indica que los redactores tocan de oído en el debate intelectual nacional.

Básicamente, el suplemento Debates hace tres importantes omisiones.
-La primera es que olvida el proceso de decadencia de la propia Beatriz Sarlo y el espacio que ella expresa, agrupado históricamente en la revista Punto de Vista. Esta publicación, que expresó como pocas el pasaje de los intelectuales provenientes de los ’70 al campo de la democracia burguesa, tuvo un momento de deliberación frente a la crisis de 2001 y la transición duhaldista, en la cual Sarlo, después de polemizar duramente contra la democracia de las asambleas barriales, terminó señalando que el peronismo “es el único que puede gobernar en la Argentina”, inclinándose ante el “populismo”.
Ante el ascenso del kirchnerismo, el comité editorial se dividió con la partida de importantes miembros, adherentes a la política del nuevo gobierno, mientras Sarlo tomaba distancia de la política de DDHH oficial, señalando que también había que condenar la “violencia revolucionaria que también fue terrorista”, temas que trató tanto en La Pasión y la Excepción y en Tiempo Pasado, texto en el cual señalaba que el Estado no puede asumir como propio el discurso de los organismos de DDHH.
La disolución de Punto de Vista expresa en última instancia, la crisis de un proyecto político-ideológico, que es el de constituir un “social-liberalismo” argentino, en los marcos de una democracia estable, sin las incursiones del “populismo” ni las de la lucha de clases.

-La segunda omisión del suplemento consiste en presentar el campo de la intelectualidad como una oposición binaria entre intelectuales K y anti-K, mientras existe un amplio espacio de una tercera posición, ligada a las luchas de la clase trabajadora, que se expresó a su vez en un posicionamiento independiente tanto del gobierno como de las entidades agrarias durante el año pasado. La división de la intelectualidad entre nacional-populares y social-liberales, oculta que en lo esencial ambas posturas coinciden en mantener los marcos de la dominación patronal en la Argentina.
¿Dónde estaban los intelectuales kirchneristas mientras se agrandaba cada vez más el curro sojero en la Argetina de Néstor Kirchner? ¿Dónde los miembros de Carta Abierta denunciando los despidos y suspensiones que su propio gobierno deja pasar?
No casualmente la acusación de Sarlo de que los K conciben la política con un modelo bélico era la misma que esgrimía el intelectual oficial Horacio González contra la izquierda en el 2003. La discusión sobre el estilo de construcción del poder presidencial es una cuestión de “pequeña política” entre distintas formas de ver cómo construir poder político burgués en un país en el cual los grandes ganadores son Techint, los Grobo, la Repsol y el curro pesquero y minero, entre otros.

-Por último, el recorrido histórico superficial sobre los intentos de unir la intelectualidad con las masas populares, omite el balance de la experiencia de Pasado y Presente, que fue el intento más audaz de constituir una intelectualidad marxista en la Argentina, con el límite estratégico de no haber roto con la matriz frentepopulista gradualista del PC y omite a su vez la propia derrota de los ‘70, la cual habilitó posteriormente el pasaje de los gramscianos argentinos al alfonsinismo.

Haciendo abstracción de ese recorrido concreto de la intelectualidad argentina en el cual la derrota de los ’70 configura el campo intelectual posterior a la dictadura, el suplemento Debates plantea que no existe en la intelectualidad actual el deseo de unirse al pueblo.
No existe tal deseo en los intelectuales “orgánicos” del orden burgués, que a su vez se volvieron intelectuales “tradicionales” en la Academia Universitaria.

Pero existe una nueva generación de intelectuales, que tendiendo lazos con las enseñanzas de los ’70 y los nuevos procesos de lucha de clases y lucha social que se empiezan a dar, plantea con toda claridad la necesidad de salir de los guetos académicos y unir fuerzas con la clase trabajadora.

Una nueva intelectualidad, productiva en términos teóricos y políticos, sólo podrá surgir si es capaz de salir de los debates de la “pequeña política”, referidos a hechos secundarios dentro de un mismo esquema de dominación burguesa y empieza a discutir los problemas de la “gran política” es decir de la subversión del orden actual y la constitución de un nuevo Estado dirigido por la clase trabajadora. Confinar a la intelectualidad a la “pequeña política” es una “gran política” de la clase dominante.

La lucha por construir una intelectualidad marxista orgánica de la clase obrera es la única gran política que puede permitir que los intelectuales sean realmente parte del pueblo y no los corifeos del poder de turno. Y esa lucha se está desarrollando delante de las narices de los que hace rato perdieron el tren.

jueves, 18 de diciembre de 2008

El “Uso” que faltaba



Como si faltara algún “uso” instrumental (según la expresión del ya clásico libro de Portantiero) al cual someter a Gramsci, el Vaticano agita desde hace unas semanas el parche de su supuesta conversión al catolicismo. Parece una joda para Tinelli, por lo que dudé bastante de escribir algo respecto de este tema. Por suerte, la nota de Susana Viau publicada en Crítica el día de ayer, me recordó que no había que dejarlo pasar.

Sucede que esta “revelación” ha sido tomada como bandera por los católicos militantes, sobre todo en Europa, para cruzar lanzas con el marxismo y remendar las banderas hechas jirones de la influencia católica en retroceso. Por ejemplo, con sólo buscar en Google, uno puede encontrar cosas como lo que se puede leer en cierta página denominada Forum Libertas:

“El caso de la conversión de Gramsci es uno más de entre los numerosos adversarios radicales de la Iglesia que en los momentos finales de su vida han querido acercarse a Dios. Una muestra, sobre todo, de la misericordia divina que tanto necesitamos todos. También de que el hombre ansía algo más que horizontes cortos y lo de aquí ni llena ni da soluciones a todo. Por fin, que Dios y la Iglesia son pacientes y siguen llamando a todos con los brazos abiertos hasta el último minuto, incluidos aquellos que los tuvieron siempre como enemigos”

Que Cristo haya resucitado a Lázaro, vaya y pase, aunque sea mentira. Que Don Bosco haya multiplicado las castañas, altamente discutible, por decir lo menos. Pero que Gramsci se haya hecho religioso justo antes de morir parece más una expresión de que nos vieron la cara que una revelación tardía.

Gramsci se negó sistemáticamente a pedir clemencia para que el fascismo le aliviase la condena. No suena creíble que quien no se arrodilló ante Mussolini lo haya hecho ante unos cuadritos puestos en una pared o una estampita destinada a los besos de los enfermos. Además, si bien Gramsci, dadas sus filiaciones sorelianas y crocianas, tenía una visión sociológica-cultural y no iluminista de la religión, su posición acerca del rol de la Iglesia en la vida política italiana y mundial se da de bruces con una reconciliación individual con la religión católica.

Todos los que han intervenido en el debate reconocen que no hay pruebas de la versión eclesiástica, mientras los testimonios de las monjas se contraponen a los del propio hermano de Gramsci y otros allegados. Hay gente que lo ha refutado mucho mejor de lo que podría hacerlo yo, así que no me voy a detener en eso.

La interpretación obvia de la versión de que Gramsci adoptó la fe católica antes de morir: Nos quieren decir que el marxista italiano renegó de las ideas que sostuvo durante toda su vida militante. Que el catolicismo triunfó sobre el marxismo, en el cuerpo del propio Gramsci.

Más allá de las circunstancias particulares que promovieron estas supuestas revelaciones, lo que es interesante señalar es que vivimos una época en la cual hay una corriente de derecha a nivel mundial que persigue una “reforma moral e intelectual” reaccionaria. Tal es el caso de Sarkozy, llamando a terminar con el legado del ’68 que sería la clave de la decadencia de la nación francesa. Tal es el caso de Ratzinger, el papa católico, que define al marxismo entre los enemigos ideológicos a combatir por la Iglesia. En un contexto de decadencia de los valores capitalistas recalcitrantes y de retroceso de la influencia de la Iglesia también, la escaramuza por la “conversión” de Gramsci es parte de una batalla más amplia por la constitución de los imaginarios que surgirán durante los años por venir. Y no es casual, que dada la influencia del pensamiento de Gramsci en diversos sectores de izquierda, desde los más combativos a los más moderados, se haya tomado al marxista italiano como “caso testigo”.

Más allá del contexto, lo llamativo es la audacia de la conjetura. Quizás en un futuro cercano, los brillantes ideólogos reaccionarios nos sorprendan con que Lenin se hizo de la Iglesia Ortodoxa o que Trotsky era fanático de la Cábala.

Los jóvenes estudiantes y trabajadores que se levantan en Grecia contra la política antiobrera y antipopular de Karamanlis y su fuerza de choque policial, indican que la preocupación de los reaccionarios no está mal orientada. Se vienen tiempos difíciles para el conformismo con el orden existente. El creciente interés por ciertos aspectos de las ideas marxistas, que hemos comentado más abajo en este mismo blog, indica que las ideas por las que Gramsci resistió una larga década de cárcel, podrán generar cosas más importantes que una polémica con algunos curas.

Tiempos en que caerán las estampitas y las figuras sagradas.
Tiempos en los que el marxismo tendrá muchas cosas para decir y más oídos que quieran escucharlas.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El conformismo democrático y la clase trabajadora (A propósito del relato oficial sobre los 25 años de la vuelta de la democracia)


Fervor y decepción

Una tarde del ’83, un colectivo lleno de boinas blancas dobló en alguna esquina del barrio de Barracas, festejando el triunfo del alfonsinismo. Caminábamos con mis viejos por la avenida Montes de Oca. Los patricios custodiaban la Iglesia, dando al vecino una imagen patriótica para un ejército genocida. Vi escrito Triple A en una pared y le pregunté a mi vieja qué era. Me dio una respuesta que debe haber sido suficiente para mis escasos 5 años. Nadie quería hablar mucho de los años previos.

Después vino lo que todos conocemos, el juicio a las Juntas, con su “teoría de los dos demonios”, el austral, los goles de Maradona a los ingleses, la Obediencia Debida y el Punto Final, los paros generales de la CGT. Mientras la escuela primaria nos enseñaba las virtudes de la democracia, la gran decepción con el alfonsinismo estaba en marcha.

Años de perros

Crecimos bajo el menemismo, que introdujo tabiques simbólicos y materiales nada envidiables a los de los milicos, a los que de paso otorgó el Indulto.

Fueron años de degradación social y cultural, retrogradación ideológica y derrotas para la clase trabajadora, años en los que esa clase fue dejada en el arcón de cosas viejas por ciertos intelectuales incapaces de resistir el mal momento. Si a Maradona le habían “cortado las piernas”, la clase trabajadora aparecía inválida por un rato largo por lo menos. Pero hubo manifestaciones de resistencia.

El “progresismo” con su habitual superficialidad, canalizó la bronca de los piquetes y cortes de ruta hacia la prolongación radical-frepasista del menemismo, que explotó en los días agitados de diciembre del 2001.

Entre dos crisis

Las ocupaciones de fábrica empezaron a perfilar un camino de democracia directa, que no había tenido lugar en los imaginarios de los años previos. Zanon marcó el camino de esa potencialidad de la clase trabajadora, uniendo la democracia de base con el sujeto obrero, que faltaba en las asambleas barriales y otras experiencias autogestionarias. Lentamente, empezó a revertirse el sentido común derrotista de las luchas obreras que había primado en todo el período previo.

El kirchnerismo llegó para vestir con nuevos harapos a la democracia capitalista en crisis. Pero más allá de su discurso, su política mantiene continuidad con sus antecesores, persigue consecuentemente la ausencia de participación popular y el conformismo con el actual estado de cosas. Las 7 represiones sufridas por los trabajadores del Casino de Bs As están ahí para atestiguarlo, igual que la desaparición de Julio López.

La crisis actual del capitalismo, nos encuentra en una situación particular para la clase trabajadora. Será el momento de retomar las experiencias de organización y democracia de base de los años previos para enfrentar el intento de hacernos pagar la crisis.

¿Democracia contra capitalismo?

Ciertas corrientes políticas e ideológicas, plantean que la democracia se opone al capitalismo, en la medida en que el capitalismo implica la dictadura de las élites.

Así lo dijo en su momento el propio Chávez. En este registro, al capitalismo decadente, se lo combate con “más democracia”. Sin embargo, la velocidad con que el Estado (en Argentina y en cualquier otro país del mundo) garantiza el derecho a la gran propiedad por sobre cualquier otro derecho democrático, indica que en la democracia capitalista, más que una contradicción entre democracia y capitalismo, existe una completa subordinación del primer término al segundo.

Esto es así, porque la democracia fue la forma a través de la cual se consolidó el neoliberalismo en América Latina a la salida de las dictaduras de los ‘70.

De esta forma, mientras se extendían las democracias formales, los trabajadores iban perdiendo una a una sus conquistas. En estos 25 años, la clase trabajadora, que había sido el blanco principal del genocidio, vivió una fragmentación descomunal de sus filas, récords históricos de desocupación, despidos, flexibilización laboral, represión a las luchas y manifestaciones, inflación y devaluación.

La democracia de los trabajadores

En este contexto, el capitalismo llevó al límite la contradicción entre la igualdad formal del régimen democrático y la desigualdad real de la sociedad de clases. Mientras se consolidaban las prácticas y los aparatos electorales, los trabajadores eran sometidos cada vez más al más crudo dominio de clase. Por eso, los trabajadores no tendrán mucho que esperar de la democracia mientras las relaciones sociales expresen la dictadura de las patronales.

El secreto de la democracia de los trabajadores es justamente que al llevar al poder a la mayoría explotada y oprimida, liquida la división entre igualdad formal y desigualdad real. El trabajador/a pasa a ser ciudadano en tanto productor y sujeto activo de la nueva sociedad, como decía Gramsci, el concepto de “ciudadano” pasa a ser reemplazado por el de “compañero”. Ese es el modelo de democracia que expresó en sus orígenes la revolución rusa con sus soviets y las formas de organización de base que dio la clase obrera a lo largo de todos los procesos revolucionarios del siglo XX, apuntaron en un sentido similar, lo mismo que procesos más cercanos como las ocupaciones de fábricas en la Argentina reciente.

La (otra) historia de los vencidos

Para el relato oficial, estos 25 años han sido los de consolidación del mejor sistema posible de organización de las relaciones sociales. Otra forma de verlo es que han sido los años en que hemos podido observar la degradación del país, sin caer necesariamente en cana. Los años del sentido común, de un conformismo democrático que tomó distancia de la dictadura, pero más aún de los proyectos revolucionarios, los años, en suma, de transformación de la derrota en una imaginario naturalizado.

Frente a las transformación de los 25 años de la “vuelta de la democracia” en la celebración del fin de los proyectos revolucionarios, la nueva generación de luchadores de la clase trabajadora tiene (tenemos) planteada la tarea de retomar las lecciones de la generación cuya lucha y aniquilamiento durante la dictadura, fue silenciada en el régimen democrático, para volver a poner en cuestión el estado de cosas impuesto con dictaduras y también con regímenes democráticos. Ver la historia desde el punto de vista de los vencidos, es en este caso, la única forma de poder vencer en el futuro.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Marx Vuelve


Por esas cosas que tiene el internacionalismo proletario, conocí hace algunos años a un militante alemán. Él me contó que, en los días posteriores a la caída del Muro, las obras completas de Marx, Engels y Lenin, se apilaban junto con las bolsas de basura en las esquinas de Berlín. Eran las épocas en que los estudiantes universitarios cambiaban la facultad por un empleo basura en Burger King, como muestra la película Good Bye Lenin.

Pero, paradojas de la historia, así como esos libros abandonados terminaron poblando las bibliotecas de nuevas generaciones de jóvenes militantes (el amigo contaba con varios de esos ejemplares “reciclados”), la crisis mundial actual del capitalismo, ha llevado a Marx de los tachos de basura al éxito editorial.

No es un fenómeno estrictamente limitado a los países europeos, en particular Alemania, donde se agotaron los volúmenes de El Capital en la feria del libro de Frankfurt. Por ejemplo, el mes pasado, en Buenos Aires, más de 1700 personas pasaron por los debates del evento Marxismo 2008, organizado por el Instituto del Pensamiento Socialista “Karl Marx” y el PTS, del que participaron los principales intelectuales marxistas de nuestro país. Intentemos reflexionar un poco sobre qué significa esto

El fantasma madito del capitalismo

En los ’90 el capitalismo creó una ilusión de dominación perenne, más allá de los plazos concretos con que se desenvuelve el quehacer histórico. Mientras el neoliberalismo extendía las democracias formales, vaciándolas de toda participación popular, se vendía por pocas monedas (pero a un alto costo histórico y social) la muerte del marxismo.

A pesar de este clima de reacción ideológica, había rastros de que la cosa con Marx no se había terminado del todo. El ya conocido Espectros de Marx de Derrida, haciendo un juego interpretativo entre el espectro reaparecido del padre de Hamlet y el fantasma del comunismo del Manifiesto, dejaba abierta la puerta, aunque no fuera un autor marxista.

Trazo grueso: si reaparece el espectro de Marx, será porque algo huele a podrido, no ya en la Dinamarca de Hamlet, sino en el capitalismo de Bush, Soros, Rupert Murdoch y otros buenos muchachos.

El capitalismo no se desembarazaría tan fácilmente de Marx, como ciertos tipos que se hicieron los piolas no se desembarazaron de Hamlet.

A partir de las huelgas de 1995 en Francia, resurgió el interés por el marxismo entre la intelectualidad, empezaron los Congresos Marx Internacional, en torno a la revista Actuel Marx. Daniel Bensaïd publicó su Marx Intempestivo, planteando que los fines no finalizan de finalizar y que empezaba el reflujo de la ofensiva neoliberal. Sin desconocer las derrotas previas, Bensaïd afirmaba que la actualidad de El Capital es la actualidad de su objeto de estudio. Es decir, que mientras exista el capitalismo existirá necesariamente la crítica marxista.

Recapitulando: la primera etapa de recuperación del interés por la teoría marxista se debió principalmente al regreso de la lucha de clases. En el transcurso de varios años se fueron sumando las huelgas en Francia, Italia y Alemania, las luchas estudiantiles en México, las huelgas de obreros automotrices en Corea y EEUU y las grandes convulsiones sociales en Bolivia, Ecuador y la Argentina.

La crisis capitalista mundial, con epicentro en el bastión económico, político y cultural del sistema, marca la tónica de esta nueva etapa de interés creciente por el marxismo. Primero estuvo la crisis del tequila, luego la crisis de los países del sudeste asiático y el default ruso, las quiebras de las “punto.com” y Enron, entre otras.

Pero la actual crisis mundial supera en profundidad a cualquiera de sus antecesoras recientes, al punto de que está en cuestión la capacidad del capitalismo para regir los destinos de la humanidad con un mínimo de racionalidad.

Los vencedores vencidos

Perry Anderson, que en los ‘90 había escrito Los fines de la historia, para hacerle saber a Fukuyama que no había inventado nada nuevo, abrió el 2000 con su editorial Renovaciones, planteando que el marxismo había quedado al mismo nivel que las herejías medievales en cuanto a su influencia sobre la clase trabajadora. No resultaba alentador, precisamente y hoy día sigue en una tónica similar.

Bajemos un cambio, entonces y hagamos algunas preguntas: El creciente interés por Marx ¿implica que hay un “giro a izquierda” de un sector de masas? ¿O que entre la gente que puede darse el lujo de comprar libros hay curiosidad por lo que decía Marx?

Para pensar esta cuestión, es necesario tener en cuenta que la ideología triunfalista del capitalismo perdió dos de sus principales pilares: el cuento de que se había terminado la lucha de clases y la fábula de que el capitalismo había dejado atrás las crisis y la miseria. Una primera, aunque no suficiente, respuesta de los trabajadores son las huelgas en Italia, España, Portugal, Polonia, Grecia, Alemania, Inglaterra, Egipto, etc. Y siempre está el Cono Sur latinoamericano que está asistiendo a un aceleramiento de la experiencia de los trabajadores con los gobiernos posneoliberales. Todo esto sin contar, porque no se puede adivinar, cómo evolucionará la situación al interior de EEUU y en el conjunto de la economía mundial que puede alimentar conclusiones más radicales en amplios sectores populares.

Resumiendo, la vuelta de Marx no es expresión de un “giro a izquierda” generalizado en los trabajadores ni de mera curiosidad intelectual de un sector ilustrado de las “capas medias”. Ubicándose en una intersección entre esas dos posibilidades, abre muchas más para el futuro. El marxismo puede lograr una popularidad renovada en los años difíciles que nos augura la crisis del capitalismo. Popularidad que lo será tanto más en la medida en que la teoría marxista vaya generando nuevos desarrollos.

Estamos ante la paradoja de los vencedores vencidos. Como los mongoles que derrotaron a los chinos pero fueron asimilados por la cultura de los invadidos, el capitalismo actual no tiene respuesta a la crisis, salvo incrementar las ventas de los libros de Marx. Pero el lado nuestro de la paradoja es más difícil, ellos son vencedores vencidos, pero no se conocen muchos casos de vencidos vencedores. Porque el vencido empieza de más abajo. Sin embargo, el capitalismo y su crisis darán nuevas oportunidades para que los vencidos levantemos cabeza. ¿Sabremos aprovecharlas?

Tarea Fina

Gramsci decía que las sociedades modernas cuentan con un “sistema de trincheras” constituido por las instituciones y relaciones con que la burguesía logra que los trabajadores y el pueblo se sientan parte del orden y no en oposición a él.

Una de esas trincheras, la mejor defendida y la más difícil de tomar por asalto, es la mentalidad individualista formateada por los últimos 25 años de ofensiva capitalista.

Desde el punto de vista ideológico, ese es el principal límite que tiene el marxismo para conquistar una nueva popularidad y sólo podrá ser superado como producto de la experiencia práctica de la lucha de clases.

Sucede que el individualismo no es privativo del que se quiere salvar solo como individuo burgués. También ha penetrado un sector de izquierda, que reniega de las formas estables de organización política colectiva (partidos), del “consignismo” (consignas programáticas con algún tipo de elaboración) y de la “bajada de línea” (debate ideológico y discusión política franca). El halo de “dogmatismo” o “autoritarismo”, impuesto al marxismo por el stalinismo, alimenta estas posturas.

En este sentido, no viene mal recordar unas palabras escritas por Gramsci en el centenario del nacimiento de Marx: “[Marx] Es estimulador de las perezas mentales, es el que despierta las buenas energías dormidas que hay que despertar para la buena batalla. (…) Es bloque monolítico de humanidad que sabe y piensa, que no se contempla la lengua al hablar, ni se pone la mano en el corazón para sentir, sino que construye silogismos de hierro que aferran la realidad en su esencia y la dominan (…) Es un vasto y sereno cerebro que piensa, un momento singular de la laboriosa, secular, búsqueda que realiza la humanidad por conseguir conciencia de su ser y su cambio, para captar el ritmo misterioso de la historia y disipar su misterio, para ser más fuerte en el pensar y en el hacer. Es una parte necesaria e integrante de nuestro espíritu, que no sería lo que es si Marx no hubiera vivido, pensado, arrancado chispas de luz con el choque de sus pasiones y de sus ideas, de sus miserias y de sus ideales” [1]

Para que los “silogismos de hierro” se materialicen en miles y miles de trabajadores/as dispuestos a subvertir el actual estado de cosas, harán falta más que algunas lecturas. Esperemos que los años por venir nos permitan saldar, aunque sea en parte, esa deuda que tenemos con Marx.

[1] Gramsci, Antonio. “Nuestro Marx”, 4 de Mayo de 1918, publicado en Il Grido del Popolo. Versión electrónica en http://www.gramsci.org.ar/

“En la dictadura se vivía un mundo un poco irreal” (Entrevista a José Chiquito Moya)



José “Chiquito” Moya, autor de QTH Zanon y otros libros, acaba de publicar Sueños en Rojo y Negro (Ed. Herramienta/Ed. El Fracaso). En esta página, los tramos más destacados de la entrevista que realizamos con él.

Sueños en Rojo y Negro combina el relato policial con la crónica de la lucha de clases ¿Qué puntos de contacto considerás que existen entre el policial negro y la historia argentina reciente?

Sí, fuera de toda pasión política uno podría ubicar todo lo que fue la dictadura en el género policial. Si uno lo mide por las cotas tradicionales y sobre todo de la novela negra norteamericana, hay muertos a raudales, tiros, violencia de todo tipo, un escenario fácil de ser desviado hacia la ficción. Los relatos de este libro se desarrollan no sólo en la dictadura militar, en un sentido amplio, como buen trosko, para mí la dictadura de clases existe aún en plena efervescencia democrática. Yo en esa época decía que le vayan a explicar a mi capataz que ahora estábamos en una etapa democrática, por más que sea preferible un sistema en el que uno puede hablar, aunque poco.

Resumiendo, el género de la novela negra se adapta mucho a este tipo de situaciones.

Los referentes de ese género como Chandler escribían en una democracia, sin golpes militares reconocidos, hablaban sobre lo mismo, el poder reinante, con sus poderosos oficiales y oficiosos, en un escenario donde el capitalismo tenía cuerda para rato.

En el libro hay un límite difuso entre realidad y ficción ¿En tu experiencia de militancia cómo se dio esa relación?

En esa época, militar (hablo del ’76 o ’77) se hacía sobre una dosis no sólo de convencimiento sobre el curso de la historia o la capacidad de recuperación de la clase obrera. Uno podía leer la historia de las viejas revoluciones. Pero hacía falta una dosis, si no de ficción, sí de cierta irrealidad. Porque se vivía un mundo un poco irreal. Uno decía “esto no puede estar pasando”, por ahí el Holocausto no terminó de vacunar a alguno, pero ¿cómo van a incinerar a 6 millones de tipos? Un delirio absoluto.

En este sentido, se entrelazan, se entrecruzan y se necesitan mutuamente, los espacios de realidad y ficción. En un sentido, uno vivía su propia realidad, era una situación tal que no sabías lo que pasaba al lado. El país se fraccionó en “comarcas” según las fuerzas represivas. Habíamos retrocedido a una etapa que la Argentina no había vivido nunca. Lo más parecido al feudalismo que hubo acá. Si caías en Capital capaz zafabas y en San Nicolás no, por ejemplo.

Lo más patético fue el mundial del ’78, la fantasía de que acá no pasaba nada. Y yo fui parte de los que fueron a festejar que la Argentina ganó. Yo como buen futbolero me enganché en toda la parafernalia. Y eso también era muy delirante, algo que no tendría que estar pasando.

A partir del ascenso del kirchnerismo tomaron impulso los debates sobre los ’70. Para vos ¿Qué es lo que falta en esos debates?

Me indigna que Kirchner salga a presentar al peronismo como el gran resistidor a la dictadura. Salvo que yo haya sido tan, tan clandestino que no me enteré. Lo que me hace mucho ruido es una discusión que abarca al peronismo en su variante Monto, que se puede aplicar también al ERP, es que no hay el más mínimo asomo de una autocrítica de la guerrilla. La guerrilla será un método muy rocambolesco, muy romántico, pero ayudó a fagocitar una camada de cuadros de la puta madre, que son la generación que falta hoy en este país.

Pero supongamos que el matrimonio presidencial es la representación de la generación de los ’70. ¿Cómo resolvieron su relación con la derecha peronista? Muchos de los dirigentes sindicales actuales, fueron impulsores de la Triple A, ¡con o sin capucha salieron a matar obreros! Y esos tipos están sentados a la diestra de la “Cristinita”.

Yo tengo otros trabajos que no fueron publicados y que tocan estos temas. Por supuesto que hubo muchos peronistas que resistieron, pero eso no quiere decir que haya habido una organización peronista que resistiera a la dictadura. Incluso las huelgas como las de Ferroviarios y Luz y Fuerza, que fue heroica y los milicos les ponían un soldado por cada trabajador, no se hacían en función de las tres banderas peronistas, sino como trabajadores. La fuerza nuestra estaba muy menguada. El PST tuvo cien caídos por la represión, lo cual no representaba una proporción menor. Pero en todos los lugares donde estuve militando nunca encontré una organización peronista que impulsara aunque sea pintadas contra los milicos.

Vos en la presentación del libro hablaste del fracaso de tu generación. Cuando uno habla de la derrota de los ’70 en términos de un fracaso ¿Hasta dónde es reconocer la derrota y hasta dónde es incorporar el discurso del enemigo?

Yo creo que nosotros perdimos, que no es ningún deshonor haber perdido, pero la peleamos hasta dónde pudimos, con las herramientas que teníamos, en una gran desigualdad de condiciones en un sentido amplio, porque en este país la izquierda no es considerada. Teníamos la obligación moral y política de hacerlo y lo hicimos. En ese sentido no es un fracaso, un fracaso hubiera sido no luchar y decir “vayámonos” (y no lo digo contra los exiliados).

Lo del fracaso llama la atención sobre una suerte de balance. Una vez me encontré con un vago que era de la “pesada” del ERP. Nos sorprendimos porque los dos creíamos que el otro estaba muerto. Y el balance que hacía más o menos es que en vez de 38 había que usar 45…

Hablar del fracaso es llevar a un límite la discusión, porque ellos ganaron. Y nosotros perdimos. Pero por un período, todavía no nos cobramos revancha, pero ahora hay un marco internacional más favorable, una acumulación de bronca, ellos empezaron a retroceder. Yo creo que básicamente la izquierda conocida por mí, que es poca, mucho no cambió. Quiero decir, es importante mantener la tradición, desde el Manifiesto para acá, eso es lo bueno que tienen los partidos revolucionarios. Pero en el último período ¿Qué cosas se incorporaron sobre el fracaso? Yo no lo veo. Yo estaba en el MAS cuando Menem se hacía una panzada, privatizaba, hacía un desastre y para el MAS parecía que no pasaba nada…

Sueños en Rojo y Negro plantea que el objetivo sigue siendo cambiar las cosas ¿Cómo imaginás ese cambio?

El cambio viene por la vía política. Lo que yo imagino es una situación parecida (pero extendida) a la del 19 y 20 de diciembre del 2001. Ese es mi punto de partida. Será una figura metafórica, pero es lo que creo que va a pasar, es más yo le asigno un rango de inexorable a esa situación, por la crisis, por la acumulación de odio, no sólo de la clase obrera, también de la burguesía, como mostró la “rebelión agraria”, apoyada increíblemente por algunos grupos de izquierda. Es inexorable que haya un enfrentamiento y no a palabras precisamente.

Ahora ¿Qué papel cumpliríamos los que hemos luchado por crear los instrumentos para que la clase obrera esté en mejores condiciones? En eso no adhiero más a la idea de que la cosa pasa únicamente por una organización en partido. Me parece que la energía principal de la que disponemos no debiera pasar por la tarea milimétrica y paciente y anónima de construir ese partido. No está de más, no me inscribo en la onda “zamoriana” de que todos los partidos son una basura. Es más, creo que juegan un rol destacadísimo en mantener viva la llama de las tradiciones. Eso me parece bárbaro, pero que se canalice por ese lado, es como querer meter en un vaso una damajuana de 5 litros.

Si este pronóstico fuera cierto, esta resistencia se manifestaría en un montón de cosas. Y yo que me he replegado de la primera trinchera, creo que hay otras y destacadas formas de preparar esa oleada. Yo creo que La Madre de Gorki captó más tipos para el marxismo que el Manifiesto, no sé si más tipos pero unos cuantos, yo incluido…

Más que Materialismo y Empiriocriticismo…

Seguro (risas). Es un libro de difícil digestión. Yo creo que aún con las imperfecciones que tiene y con sus salidas individualistas, porque escribir es una actividad inactiva, la palabra y la escritura pueden y deben ayudar. Esto no quiere decir volver al realismo stalinista, eso ya lo vivimos y tenemos autoridad para reírnos de ello. Pero sí aportar desde ese lugar, sin caer en reduccionismos. Yo me repliego a esa trinchera, que a veces digo que es la última, pero no sé si es la última y de ahí tiro para el mismo lado que los que están más adelante.

(Entrevistó Juan Dal Maso)

viernes, 5 de diciembre de 2008

La Mecánica regresiva del progresismo

Para nosotros los marxistas, el punto de vista de clase es un criterio fundamental a la hora de delinear alianzas políticas. Desde nuestra óptica, resulta aberrante, por ejemplo, conformar un partido con empresarios o un frente con la Unión Cívica Radical.
Sin embargo, como sabemos que muchos trabajadores/as no comparten nuestro punto de vista, resulta necesario explicitar más claramente, por qué la política de alianzas policlasistas para enfrentar al mal mayor (Sobisch primero y el MPN o sólo su sector sobischista después) lo único que genera es el fortalecimiento de las fuerzas más conservadoras y la integración completa de las fuerzas “progresistas” al status quo dominante.
Tomemos el propio ejemplo del UNE en el gobierno municipal (que puede aplicarse también a Libres del Sur en su defensa de Farizano contra Sitramune). Con el discurso de generar una alternativa política viable al MPN, asumieron un discurso de “cambiar las cosas desde adentro”, mostrando una “gestión responsable que puede mantener el poder de forma estable”, etc.
Este discurso político se completaba con el argumento de que una vez afianzados en el poder, los progresistas irían resolviendo las más sentidas demandas populares, como la necesidad de viviendas, la recomposición salarial, etc. En el relato “progre” esto supone un largo tiempo de gestión de los asuntos públicos hasta crear las condiciones para las soluciones que la gente necesita. Un tierno cuento lineal y evolutivo, pero dudosa realidad.
Sin embargo, como los problemas centrales de la población trabajadora no empezaron ayer, sucede que la gente no tiene tanto resto ni paciencia para esperar la transformación de la larva en mariposa. Las soluciones hacen falta ya. Surgen cosas como la toma del Barrio Confluencia. Aquí el progresista de gestión se enfrenta a un dilema: “Si damos una solución al reclamo generado por la acción directa, luego de este vendrán otros y luego otros más, hasta perderse por completo la autoridad del gobierno. Si pasa esto, probablemente perdamos las próximas elecciones, ni hablar de pensar en la gobernación”. Mejor entonces dejar que el gobierno provincial reprima y le damos unas manos con las topadoras de nuestro municipio, habría que agregar.
Este razonamiento tiene una lógica de hierro: el reclamo popular es una piedra en el camino de la “acumulación de poder”. Pero esta respuesta retrógrada no sólo genera el enojo de la gente que tenía expectativas de cambio, sino también el fortalecimiento de las posiciones más reaccionarias, como ha sucedido con el UNE que terminó en el mismo bando que el gobierno provincial, los sectores más gorilas de las capas medias y los grupos especiales de la policía.
En definitiva, la política de mostrar una “izquierda de gestión” dentro de un frente “republicano”, termina en la defensa del orden dominante, que es la base de sustentación del MPN. Empeñados en demostrar que puede mantener el control de la situación, Farizano y el UNE copian el discurso de derecha del MPN, con lo cual terminan fortaleciendo al mismo enemigo político que supuestamente querían enfrentar. A falta de un nombre mejor, definiremos este proceso como la mecánica regresiva del progresismo. Los trabajadores que han depositado expectativas en el UNE tienen una excelente oportunidad para verlos actuar y sacar sus propias conclusiones.