sábado, 9 de mayo de 2015

Espectros de la Revolución Permanente (tercera parte)



Después de un rico intercambio a propósito de los dos posteos anteriores sobre este tema, creo que se pueden plantear algunas conclusiones provisorias, para seguir reflexionando sobre las condiciones de actualidad de la teoría de la revolución permanente. 

Primero algunas cuestiones generales, que ya escribí (a título personal y también en común con Fernando Rosso) en distintos posteos y artículos, incluso algunos de hace varios años, pero que no viene mal refrescar, sobre todo por los comentarios en los que se sugiere que mi propuesta niega de algún modo el fundamento de la revolución permanente, que sería la época de crisis, guerras y revoluciones, y por lo tanto la de la actualidad de la revolución.

La vigencia de la teoría de la revolución permanente tiene bases históricas concretas en los siguientes elementos:  

-Una economía mundial más "mundializada", incluso que en la época de Lenin y Trotsky, en la cual si bien la crisis capitalista que está en curso desde 2008 ha impactado de modo diverso según los países y bloques económicos, en líneas generales ha afectado a todas las economías del mundo con distinto ritmo, pero en dirección similar. 

-Un mundo mucho más urbano y proletario que el de los años de entreguerras en que fuera concebida la teoría de la revolución permanente. Incluso tenemos hoy una clase obrera más extendida cuantitiva (más obreros y obreras) y cualitativamente (proletarización creciente de sectores que antes se autopercibían como "clases medias"). 

Es más, como señala Pietro Basso en El desafío de la inmigración, en la actualidad somos parte de una clase obrera más internacional que en otras épocas, en su composición interna en las grandes metrópolis y a su vez más extendida en el conjunto del mundo, a tono con los procesos de restauración en China y las reconfiguraciones que sufrió la economía mundial en las últimas décadas. Esta nueva realidad de la clase obrera es la base para un nuevo internacionalismo concreto y a su vez plantea muchos desafíos sobre todo en los países imperialistas respecto de cómo soldar la unidad interna de la clase obrera entre inmigrantes y nativos. 

A esto deben sumarse los elementos planteados en los posteos anteriores y en Revolución pasiva, revolución permanente y hegemonía:

-La inexistencia de un aparato contrarrevolucionario mundial como el stalinismo hace que la posibilidad de procesos revolucionarios no esté acotada a un país o grupo de países en especial, lo cual refuerza las bases para un nuevo internacionalismo. 

Y como límites, los que están señalados en el mismo artículo: 

-La clase obrera, no obstante su enorme fuerza social, está en un nivel subjetivo en el que todavía no supera el estadio "corporativo" o interviene diluida en movimientos más amplios, en la mayoría de los casos.

De este conjunto de elementos, se desprende la definición que habíamos hecho en ese artículo:


En este contexto, para pensar las condiciones de actualidad de la teoría de la revolución permanente, tenemos que volver a trabajar sobre las relaciones entre la “fórmula de Marx” centrada en la necesidad de una ubicación independiente de la clase obrera frente a las fracciones burguesas que intentaban limitar la radicalidad de las revoluciones de 1848, la “fórmula de Gramsci” sobre la hegemonía (siempre combatiendo el relativo desplazamiento que éste realiza de la centralidad de la clase obrera a una especie de “bloque nacional-popular”) que hace hincapié en la necesidad de que la clase obrera conquiste la dirección “intelectual y moral” de las clases “subalternas” (oprimidas socialmente y sin representación política propia) en sociedades en las cuales el Estado se presenta como estado “integral” (o estado ampliado) cooptando las organizaciones obreras como base del orden burgués y, finalmente, la “fórmula de Trotsky” que lleva la “permanencia del movimiento” a un nuevo nivel de generalización teórica, acorde a la experiencia histórica: de democrático-burguesa a socialista, de nacional a internacional, y como revolución permanente al interior de la sociedad posrevolucionaria.

Si bien “la fórmula de Trotsky” contiene las dos anteriores y no a la inversa, lo cierto es que para afirmar tal cosa hay que precisar en qué sentido las contiene.

Si intentamos pensar la dinámica actual de la revolución permanente, podemos decir que a diferencia del período de la segunda posguerra en que esa dinámica se bloqueó y la revolución se trasladó a la periferia mientras había estabilidad en los países centrales, mientras en el ascenso ‘68/‘81 tendieron a confluir de nuevo las metrópolis y la periferia, retrocediendo de conjunto durante la “restauración burguesa” del neoliberalismo; en la actualidad vuelve a generarse una dinámica más “totalizadora” en la que pueden darse procesos en los distintos continentes sin que ninguno tenga la exclusividad ni de las crisis y revoluciones ni de la estabilidad.

Por estos motivos, la permanente de Trotsky goza de buena salud. Sin embargo, al intervenir todavía la clase obrera como un actor dentro de movimientos populares heterogéneos sin lograr todavía la dirección, sigue vigente la “fórmula de Marx”, o mejor dicho, el programa permanentista pasa en primer lugar por conquistar una posición independiente de la clase obrera para que avance en reconocerse como sujeto y a su vez se plantee la necesidad de hegemonizar a los demás sectores oprimidos.

En su momento, tanto Trotsky como Gramsci analizaron los cambios en las formas estatales durante el período de entreguerras, coincidiendo en muchos aspectos acerca de los procesos de “ampliación” del Estado con el fin de contener o subordinar las tendencias de la lucha de clases y las organizaciones obreras5. A esto se agrega que la relativa generalización de las características “occidentales” (Estado “ampliado”, basado en la extensión de la democracia burguesa, la estatización de los sindicatos y la formación de la “opinión pública” a través de los medios de comunicación) a la mayoría de los países, hace que la “fórmula permanentista” de Trotsky tienda a incorporar aspectos de la “fórmula hegemónica” de Gramsci que advierte que el enemigo a enfrentar es un aparato estatal “basado en algo más” que la dominación pura y dura, para enriquecer la teoría. Y en este marco, la relación de complementariedad entre “revolución pasiva” y “contrarrevolución” vuelve estéril la formulación de la hegemonía como una estrategia alternativa a la revolución permanente, ya que la única forma en que la acumulación “hegemónica” puede trascender los mecanismos de revolución pasiva (que buscan una constante apropiación de las prácticas de los sectores obreros y populares) es llevando la “permanencia del movimiento” más allá de los límites impuestos por esos mecanismos, incluida la etapa de lucha política acumulativa.

Por eso, la revolución permanente puede ser la “estructura de la hegemonía” solamente  si la “permanencia del movimiento” se concibe desde una estrategia que trasciende la lucha política acumulativa hacia la guerra civil y la toma del poder por la clase obrera, es decir que hegemonía se transforma en un momento de la revolución permanente, al decir de Gramsci, el momento en que la “guerra de posición se transforma en guerra de maniobra”.

Respecto de esta formulación, lo único que "radicalicé" en los posteos de este blog que generaron la polémica, son tres cuestiones: la definición de la dinámica de los procesos sociales como "pre-permanentista", la identificación del mecanismo de "pasivización ciudadana" y la cuestión de que las demandas democrático-radicales son un poco más estruturales en la actualidad que en el pasado. Es decir, todos elementos que hacen al análisis de los problemas estratégicos en la coyuntura. O sea, no estoy planteando un cambio epocal (del tipo de considerar superada la época del imperialismo), sino un intento provisorio de definir un momento histórico concreto.

Desde este punto de vista, intentar "poner a prueba" estas reflexiones con el ejemplo de Egipto, es válido porque fue el proceso más avanzado que tomó una dinámica más clásica, aunque esta dinámica no caracteriza al conjunto y por ende no puede tomarse como un refutación indiscutible del análisis sobre los mecanismos de pasivización.

Cuando hay un proceso revolucionario abierto, la dinámica obviamente es mucho más "permanente" y parecida a la prevista por Trotsky, es decir que se da de manera más virtuosa y ciertas mediaciones (como los mecanismos de pasivización) pueden tener menos peso, pasando a ocupar un rol más central otros elementos como el rol de las direcciones reformistas o las acciones contrarrevolucionarias de los sectores más reaccionarios de la burguesía.

Me parece que el área de divergencia tiene que ver con la cuestión de hasta dónde teorizar el momento previo a los procesos revolucionarios agudos y si de la caracterización de esos momentos previos se pueden desprender elementos específicos de la dinámica de la revolución permanente en la actualidad. 

Mi opinión es que es un trabajo necesario, más allá de los defectos que puedan tener  las definiciones aproximativas y que no considero “cerradas”, para comprender retrospectivamente los procesos que caracterizan a los nuevos reformismos, tanto los que están en "fin de ciclo" (gobiernos posneoliberales latinoamericanos) y los que están en desarrollo (Syriza y PODEMOS).

Desde el punto de vista teórico, seguir explorando las convergencias y divergencias entre Trotsky y Gramsci, me parece funcional para poder hacer ese trabajo de reflexión y llegar a nuevas conclusiones e hipótesis para explicar la realidad. 

Dos cuestiones más.

Me parecen sólidas las críticas referidas a dos aspectos de los posteos. La primera, aquella que dice que darle preponderancia a la cuestión del "nexo interno" por separado o por encima del carácter internacional o los métodos puede tener consecuencias problemáticas, en especial darle una primacía artificial y gradual a la cuestión de la independencia de clase. Coincido totalmente en que los tres aspectos (nexo interno, carácter y métodos) están interrelacionados y teóricamente no se pueden separar. No obstante esto, considero que en función de la situación concreta las interrelaciones pueden no ser siempre las mismas, es decir hay también una cuestión de proporciones definidas, que en general creo que dependen de las experiencias que va haciendo el movimiento obrero y lo que aportan los marxistas. Por dar un ejemplo, al momento en que Trotsky elabora la teoría de la revolución permanente, casi nadie dentro del marxismo de la Tercera Internacional en proceso de burocratización (incluyendo miembros de la Oposición de Izquierda como Prebrazhensky), opinaba que el proletariado podía dirigir una revolución en un país "atrasado" empezando por las tareas democráticas y avanzando en las socialistas, mientras que la posición de que la clase podía y debía ser hegemónica y hacer la revolución en los países europeos "avanzados" se consideraba de "sentido común". Hoy, la asociación de la clase obrera con la revolución y el marxismo sigue siendo muy débil en el propio imaginario de la clase trabajadora (ni hablar de las corrientes que se dedicaron a "partidos amplios con sujetos cualquiera", etc.) por lo que la cuestión de la constitución de la clase obrera como sujeto (independencia de clase y lucha por la hegemonía) tiene un peso específico distinto. A esto me refería esencialmente con la cuestión del mayor peso hipotético del "nexo interno" sobre los demás aspectos. 

La segunda crítica muy acertada es la de que en los posteos no hay referencias a qué implicancias tendría el intento de teorizar estas cuestiones y la del partido revolucionario, ya que la teoría de la revolución permanente es una “teoría programa” como señalaron varios compañeros, que no puede independizarse de la cuestión del partido y el programa, sintetizado en el programa de transición. 
Es decir si por la combinación de tareas planteada, cambiaría el tipo de partido por uno más "laxo" por ejemplo con la sola delimitación de clase. Esto tiene más importancia porque incluso de elementos de caracterización similares a los planteados, hay corrientes que proponen "bajar el programa" en función de tareas más elementales de "reconstrucción de la clase obrera", del tipo Primera Internacional. Si bien comparto la crítica, no necesariamente el razonamiento que lleva implícito.

Mi opinión es que la relación entre ambos aspectos no es para nada lineal. No creo que la construcción de un partido revolucionario de combate pueda separarse o considerar superada la conquista de la independencia de clase, más en países como Argentina o la pelea porque la clase obrera se  constituya como sujeto político en países como Grecia, lo cual está ligado a la lucha por conquistar hegemonía, por imponer un programa revolucionario y a la vez por construir partidos revolucionarios.

Sobre esta cuestión y discutiendo contra los partidos amplios del “neogramscianismo de izquierda” habíamos escrito: 
La hipótesis del Príncipe moderno, en tanto partido-laboratorio, no jerarquiza las tareas preparatorias que van desde las luchas teóricas, políticas, hasta los combates parciales de la lucha de clases misma, en las que madura y se desarrolla un partido revolucionario. Y tampoco las diferentes tendencias en las que se divide el movimiento obrero (y que son expresión de su heterogeneidad social y política), que hacen a la existencia de unas fracciones de vanguardia más avanzadas y conscientes que otras.

 (Acá completo, toda la segunda parte del artículo está referida a la cuestión)