lunes, 23 de enero de 2012

Apegos

Anduve varios días lejos de la civilización y cerca de Poseidón. Si todo sale bien, este será un paso fugaz por la máquina para volver a partir hacia las tolderíasLeo con atención los debates sobre el peronismo y sus circunstancias, en compañía de pava y hornalla, siempre laboriosas. Las vacaciones no solamente son necesarias desde el punto de vista de la salud individual, sino también una prefiguración parcial del mundo que queremos los socialistas. Laburar todos y laburar menos. Tener más tiempo para descansar y para leer, disfrutar del contacto con la naturaleza, estar tranqui con las personas amadas, compartir también algunos ratos con personas desconocidas en un ambiente de cordialidad y de "gauchocracia comunitaria".

Copio para los amigos unas líneas que llevan por título el de este post. Las escribí pensando en un texto de Baudelaire que se llama "Las Muchedumbres" y forma parte de sus Pequeños poemas en prosa. Me gustaba mucho cuando estaba terminando la secundaria y pensaba entrar a la marina mercante, decisión que aborté cuando me percaté de que para surcar los mares en busca de aventuras primero iba a tener que pasar otros cinco años rodeado de muchachos (el colegio de varones había sido suficiente ilustración para mi gusto) y opté por anotarme en la carrera de Letras, más generosa en población femenina que el oficio de ultramar. Ahora, con otros sentidos de pertenencia, sin dejar de gustarme, lo leo con distintos ojos que aquellos de hace década y media y relativizo su reivindicación de la soledad. Fin del prólogo... 

Ir de vacaciones solo es parecido a esos retiros espirituales para "encontrarse a sí mismo". Y si lo que encuentro no me gusta ¿che facciamo? ¿Lo arreglamo' mano a mano? ¿Qué hacer con el silencio de los monjes reivindicado por Baudelaire después de los primeros 45 minutos a partir de los cuales se transforma en bullicio ajeno? El espíritu es vacío, pero mi cuerpo de 80 kilos tiene ciertas dificultades para evaporarse. Después de perderme en el agua y la sal, leer de un tirón todas las novelas de Chandler, atajar una vieja copa con el pie y cenar rodeado de extraños que olvidaron los precintos para maniatar a sus hijos, pienso en lo que mucho que me gustan las caras conocidas y en que eso de poblar la soledad y estar solo en la multitud es puro chamuyo, aunque lo haya escrito un poeta francés con mucha labia.

Después llegaron la Turca y Natacha y no me quejé más.