sábado, 6 de diciembre de 2008

“En la dictadura se vivía un mundo un poco irreal” (Entrevista a José Chiquito Moya)



José “Chiquito” Moya, autor de QTH Zanon y otros libros, acaba de publicar Sueños en Rojo y Negro (Ed. Herramienta/Ed. El Fracaso). En esta página, los tramos más destacados de la entrevista que realizamos con él.

Sueños en Rojo y Negro combina el relato policial con la crónica de la lucha de clases ¿Qué puntos de contacto considerás que existen entre el policial negro y la historia argentina reciente?

Sí, fuera de toda pasión política uno podría ubicar todo lo que fue la dictadura en el género policial. Si uno lo mide por las cotas tradicionales y sobre todo de la novela negra norteamericana, hay muertos a raudales, tiros, violencia de todo tipo, un escenario fácil de ser desviado hacia la ficción. Los relatos de este libro se desarrollan no sólo en la dictadura militar, en un sentido amplio, como buen trosko, para mí la dictadura de clases existe aún en plena efervescencia democrática. Yo en esa época decía que le vayan a explicar a mi capataz que ahora estábamos en una etapa democrática, por más que sea preferible un sistema en el que uno puede hablar, aunque poco.

Resumiendo, el género de la novela negra se adapta mucho a este tipo de situaciones.

Los referentes de ese género como Chandler escribían en una democracia, sin golpes militares reconocidos, hablaban sobre lo mismo, el poder reinante, con sus poderosos oficiales y oficiosos, en un escenario donde el capitalismo tenía cuerda para rato.

En el libro hay un límite difuso entre realidad y ficción ¿En tu experiencia de militancia cómo se dio esa relación?

En esa época, militar (hablo del ’76 o ’77) se hacía sobre una dosis no sólo de convencimiento sobre el curso de la historia o la capacidad de recuperación de la clase obrera. Uno podía leer la historia de las viejas revoluciones. Pero hacía falta una dosis, si no de ficción, sí de cierta irrealidad. Porque se vivía un mundo un poco irreal. Uno decía “esto no puede estar pasando”, por ahí el Holocausto no terminó de vacunar a alguno, pero ¿cómo van a incinerar a 6 millones de tipos? Un delirio absoluto.

En este sentido, se entrelazan, se entrecruzan y se necesitan mutuamente, los espacios de realidad y ficción. En un sentido, uno vivía su propia realidad, era una situación tal que no sabías lo que pasaba al lado. El país se fraccionó en “comarcas” según las fuerzas represivas. Habíamos retrocedido a una etapa que la Argentina no había vivido nunca. Lo más parecido al feudalismo que hubo acá. Si caías en Capital capaz zafabas y en San Nicolás no, por ejemplo.

Lo más patético fue el mundial del ’78, la fantasía de que acá no pasaba nada. Y yo fui parte de los que fueron a festejar que la Argentina ganó. Yo como buen futbolero me enganché en toda la parafernalia. Y eso también era muy delirante, algo que no tendría que estar pasando.

A partir del ascenso del kirchnerismo tomaron impulso los debates sobre los ’70. Para vos ¿Qué es lo que falta en esos debates?

Me indigna que Kirchner salga a presentar al peronismo como el gran resistidor a la dictadura. Salvo que yo haya sido tan, tan clandestino que no me enteré. Lo que me hace mucho ruido es una discusión que abarca al peronismo en su variante Monto, que se puede aplicar también al ERP, es que no hay el más mínimo asomo de una autocrítica de la guerrilla. La guerrilla será un método muy rocambolesco, muy romántico, pero ayudó a fagocitar una camada de cuadros de la puta madre, que son la generación que falta hoy en este país.

Pero supongamos que el matrimonio presidencial es la representación de la generación de los ’70. ¿Cómo resolvieron su relación con la derecha peronista? Muchos de los dirigentes sindicales actuales, fueron impulsores de la Triple A, ¡con o sin capucha salieron a matar obreros! Y esos tipos están sentados a la diestra de la “Cristinita”.

Yo tengo otros trabajos que no fueron publicados y que tocan estos temas. Por supuesto que hubo muchos peronistas que resistieron, pero eso no quiere decir que haya habido una organización peronista que resistiera a la dictadura. Incluso las huelgas como las de Ferroviarios y Luz y Fuerza, que fue heroica y los milicos les ponían un soldado por cada trabajador, no se hacían en función de las tres banderas peronistas, sino como trabajadores. La fuerza nuestra estaba muy menguada. El PST tuvo cien caídos por la represión, lo cual no representaba una proporción menor. Pero en todos los lugares donde estuve militando nunca encontré una organización peronista que impulsara aunque sea pintadas contra los milicos.

Vos en la presentación del libro hablaste del fracaso de tu generación. Cuando uno habla de la derrota de los ’70 en términos de un fracaso ¿Hasta dónde es reconocer la derrota y hasta dónde es incorporar el discurso del enemigo?

Yo creo que nosotros perdimos, que no es ningún deshonor haber perdido, pero la peleamos hasta dónde pudimos, con las herramientas que teníamos, en una gran desigualdad de condiciones en un sentido amplio, porque en este país la izquierda no es considerada. Teníamos la obligación moral y política de hacerlo y lo hicimos. En ese sentido no es un fracaso, un fracaso hubiera sido no luchar y decir “vayámonos” (y no lo digo contra los exiliados).

Lo del fracaso llama la atención sobre una suerte de balance. Una vez me encontré con un vago que era de la “pesada” del ERP. Nos sorprendimos porque los dos creíamos que el otro estaba muerto. Y el balance que hacía más o menos es que en vez de 38 había que usar 45…

Hablar del fracaso es llevar a un límite la discusión, porque ellos ganaron. Y nosotros perdimos. Pero por un período, todavía no nos cobramos revancha, pero ahora hay un marco internacional más favorable, una acumulación de bronca, ellos empezaron a retroceder. Yo creo que básicamente la izquierda conocida por mí, que es poca, mucho no cambió. Quiero decir, es importante mantener la tradición, desde el Manifiesto para acá, eso es lo bueno que tienen los partidos revolucionarios. Pero en el último período ¿Qué cosas se incorporaron sobre el fracaso? Yo no lo veo. Yo estaba en el MAS cuando Menem se hacía una panzada, privatizaba, hacía un desastre y para el MAS parecía que no pasaba nada…

Sueños en Rojo y Negro plantea que el objetivo sigue siendo cambiar las cosas ¿Cómo imaginás ese cambio?

El cambio viene por la vía política. Lo que yo imagino es una situación parecida (pero extendida) a la del 19 y 20 de diciembre del 2001. Ese es mi punto de partida. Será una figura metafórica, pero es lo que creo que va a pasar, es más yo le asigno un rango de inexorable a esa situación, por la crisis, por la acumulación de odio, no sólo de la clase obrera, también de la burguesía, como mostró la “rebelión agraria”, apoyada increíblemente por algunos grupos de izquierda. Es inexorable que haya un enfrentamiento y no a palabras precisamente.

Ahora ¿Qué papel cumpliríamos los que hemos luchado por crear los instrumentos para que la clase obrera esté en mejores condiciones? En eso no adhiero más a la idea de que la cosa pasa únicamente por una organización en partido. Me parece que la energía principal de la que disponemos no debiera pasar por la tarea milimétrica y paciente y anónima de construir ese partido. No está de más, no me inscribo en la onda “zamoriana” de que todos los partidos son una basura. Es más, creo que juegan un rol destacadísimo en mantener viva la llama de las tradiciones. Eso me parece bárbaro, pero que se canalice por ese lado, es como querer meter en un vaso una damajuana de 5 litros.

Si este pronóstico fuera cierto, esta resistencia se manifestaría en un montón de cosas. Y yo que me he replegado de la primera trinchera, creo que hay otras y destacadas formas de preparar esa oleada. Yo creo que La Madre de Gorki captó más tipos para el marxismo que el Manifiesto, no sé si más tipos pero unos cuantos, yo incluido…

Más que Materialismo y Empiriocriticismo…

Seguro (risas). Es un libro de difícil digestión. Yo creo que aún con las imperfecciones que tiene y con sus salidas individualistas, porque escribir es una actividad inactiva, la palabra y la escritura pueden y deben ayudar. Esto no quiere decir volver al realismo stalinista, eso ya lo vivimos y tenemos autoridad para reírnos de ello. Pero sí aportar desde ese lugar, sin caer en reduccionismos. Yo me repliego a esa trinchera, que a veces digo que es la última, pero no sé si es la última y de ahí tiro para el mismo lado que los que están más adelante.

(Entrevistó Juan Dal Maso)

viernes, 5 de diciembre de 2008

La Mecánica regresiva del progresismo

Para nosotros los marxistas, el punto de vista de clase es un criterio fundamental a la hora de delinear alianzas políticas. Desde nuestra óptica, resulta aberrante, por ejemplo, conformar un partido con empresarios o un frente con la Unión Cívica Radical.
Sin embargo, como sabemos que muchos trabajadores/as no comparten nuestro punto de vista, resulta necesario explicitar más claramente, por qué la política de alianzas policlasistas para enfrentar al mal mayor (Sobisch primero y el MPN o sólo su sector sobischista después) lo único que genera es el fortalecimiento de las fuerzas más conservadoras y la integración completa de las fuerzas “progresistas” al status quo dominante.
Tomemos el propio ejemplo del UNE en el gobierno municipal (que puede aplicarse también a Libres del Sur en su defensa de Farizano contra Sitramune). Con el discurso de generar una alternativa política viable al MPN, asumieron un discurso de “cambiar las cosas desde adentro”, mostrando una “gestión responsable que puede mantener el poder de forma estable”, etc.
Este discurso político se completaba con el argumento de que una vez afianzados en el poder, los progresistas irían resolviendo las más sentidas demandas populares, como la necesidad de viviendas, la recomposición salarial, etc. En el relato “progre” esto supone un largo tiempo de gestión de los asuntos públicos hasta crear las condiciones para las soluciones que la gente necesita. Un tierno cuento lineal y evolutivo, pero dudosa realidad.
Sin embargo, como los problemas centrales de la población trabajadora no empezaron ayer, sucede que la gente no tiene tanto resto ni paciencia para esperar la transformación de la larva en mariposa. Las soluciones hacen falta ya. Surgen cosas como la toma del Barrio Confluencia. Aquí el progresista de gestión se enfrenta a un dilema: “Si damos una solución al reclamo generado por la acción directa, luego de este vendrán otros y luego otros más, hasta perderse por completo la autoridad del gobierno. Si pasa esto, probablemente perdamos las próximas elecciones, ni hablar de pensar en la gobernación”. Mejor entonces dejar que el gobierno provincial reprima y le damos unas manos con las topadoras de nuestro municipio, habría que agregar.
Este razonamiento tiene una lógica de hierro: el reclamo popular es una piedra en el camino de la “acumulación de poder”. Pero esta respuesta retrógrada no sólo genera el enojo de la gente que tenía expectativas de cambio, sino también el fortalecimiento de las posiciones más reaccionarias, como ha sucedido con el UNE que terminó en el mismo bando que el gobierno provincial, los sectores más gorilas de las capas medias y los grupos especiales de la policía.
En definitiva, la política de mostrar una “izquierda de gestión” dentro de un frente “republicano”, termina en la defensa del orden dominante, que es la base de sustentación del MPN. Empeñados en demostrar que puede mantener el control de la situación, Farizano y el UNE copian el discurso de derecha del MPN, con lo cual terminan fortaleciendo al mismo enemigo político que supuestamente querían enfrentar. A falta de un nombre mejor, definiremos este proceso como la mecánica regresiva del progresismo. Los trabajadores que han depositado expectativas en el UNE tienen una excelente oportunidad para verlos actuar y sacar sus propias conclusiones.

sábado, 22 de noviembre de 2008

La violencia en discusión



Desde hace algunos años, en la Argentina se ha vuelto a discutir la cuestión de la violencia política. Las polémicas acerca de los años ’70 suscitadas por la política de DDHH kirchnerista, que buscó ubicarse discursivamente a la izquierda de la teoría de los dos demonios fueron desarrollándose en distintas direcciones, a lo que hemos hecho referencia en anteriores números de este periódico. En Neuquén, hechos tales como el escrache a Felipe Solá y la brutal represión a la toma de Confluencia, con la consiguiente resistencia del barrio, pusieron nuevamente la cuestión de la “violencia” en la agenda pública, motorizada en primer lugar por el gobierno y sus elementos afi nes, que encuentran imprescindible restar legitimidad a los reclamos populares. Veamos de qué se trata.

Violencia y poder

Horacio “Pechi” Quiroga, recientemente eyectado de la Cancillería por su alineamiento con el sojero Cobos, declaró al diario Río Negro, que “los violentos quieren disputarle poder al Estado” en una alianza entre “usurpadores, partidos y gremios”. Lo que se discute según Quiroga es si tomas, paros y piquetes instalarán la anarquía o se impondrá el orden y el ejercicio del poder ofi cial. El mismo día en que se publicaron estas declaraciones, la policía volvía a desplegar su furia represiva sobre el barrio.

Ahora bien, ¿qué hay de cierto en los dichos de este notorio gorila? La acción directa, con sus diversos grados de violencia posibles, implica un cuestionamiento de la autoridad estatal. El estado se opone a la “anarquía” de la acción directa, porque solamente el Estado debe tener el monopolio de la violencia. Este monopolio de la fuerza realizado por el Estado, es una auténtica expropiación del derecho de autodefensa de los trabajadores y el pueblo. No está destinado, como creen algunos ingenuos, a evitar puñaladas entre vecinos, sino a que los trabajadores no cuestionen el orden social, disfrazado de orden legal.

Con el discurso de “acción directa=violencia=ilegalidad”, lo que se busca en realidad es legitimar la violencia organizada del Estado, cuyo aparato represivo se moviliza prestamente en la defensa de la propiedad privada, incluidos los grandes negocios inmobiliarios apropiadores del espacio público.

Apelando a la legalidad contra la violencia, Quiroga esconde que el procedimiento estatal fundamental consiste en “decidir a través de la fuerza” cuando los derechos de los trabajadores se encuentran en oposición al principio del orden y la gobernabilidad. Es como querer esconder un elefante debajo de una mesa. Pero también es una posición coherente con la tradición fusiladora de obreros de la que Quiroga forma parte.

Violencia y terror

“El terror no sólo viste de uniforme” dijo Juan Quintar en el programa Moneda Nacional, luego del escrache a Solá. Además de que esa es una de las principales conclusiones que instaló la teoría de los dos demonios, es también una muestra de la superfi cialidad de la visión derechista de Quintar. En efecto, el terror no sólo viste de uniforme, pero por razones opuestas a las expuestas por Quintar, que usa el latiguillo contra las organizaciones de DDHH y de izquierda. El terror no sólo viste de uniforme, porque la democracia actual se constituyó sobre la base de la impunidad del terror uniformado. El terror no sólo viste de uniforme, porque se instaló en lo más profundo del sentido común de la sociedad argentina. Y lo que el terror impuso es precisamente que no debemos sublevarnos, que si andamos queriendo modificar las cosas posiblemente nos den una dura lección. Y que debemos agradecer a la democracia que nos permite expresarnos sin sacar los pies del plato.

Cuando Quintar dice que el terror no sólo viste de uniforme, para atacar a los sectores combativos, no está haciendo otra cosa que difundir el discurso impuesto por el terror, que equipara el terrorismo de Estado con el supuesto terrorismo de las luchas obreras y populares. El terror no sólo viste de uniforme, porque en estos tiempos por ahora ni fríos ni calientes prefi ere vestir los harapos del s e n t i d o común “democrát i co” . Quintar expresa de esta forma, que ese sentido común es la continuación del terror por otros medios.

Violencia y clase obrera

En Filosofía y Nación, José Pablo Feinmann sentencia que “donde hay violencia, no hay pueblo”. Esta afi rmación, dirigida en su momento contra la conducción de Montoneros construye al pueblo en tanto sujeto del reclamo pacíf co y separa del pueblo a las “vanguardias radicalizadas”. Este “populismo pacifi sta” es un sentido común en todo un sector del “progresismo” neuquino, incluidas algunas conducciones gremiales, con las que compartimos el repudio a la represión estatal. Sin embargo, es históricamente falso que las manifestaciones populares genuinas de la historia nacional hayan sido todas pacífi cas. No le hubiera ido bien a Feinmann si hubiera querido disuadir a los habitantes del barrio porteño de Mataderos que levantaron barricadas en defensa de los obreros del frigorífi co Lisandro de la Torre. El Cordobazo no se destacó por su vocación pacifi sta, como tampoco el 19 y 20 de diciembre de 2001. Pero tampoco se puede olvidar que una de las manifestaciones más importantes de la historia argentina como el 17 de Octubre fue pacífi ca e incluso bastante controlada.

Entonces, es más real decir que ni el pueblo es en sí mismo pacífi co ni en sí mismo violento. Para los trabajadores la violencia es una experiencia que se despliega cotidianamente, a través de la imposición de su situación de clase y se hace evidente en la lucha de clases, en la que las relaciones de fuerzas y la resolución de situaciones a través de la fuerza están a la orden del día.

Violencia y creación política

Bakunin decía que todo acto destructor es un acto creador. Esto puede ser cierto a condición de que el acto destructor vaya acompañado de una consciencia sobre lo que se quiere crear. En este sentido, la violencia implícita en la acción directa, puede devenir creación en la medida en que forme parte de un programa que responda a los objetivos más sentidos de las masas trabajadoras y los vincule con el cuestionamiento de la propiedad privada. Ni los que levantan las manitos para mostrar que no tiraron nada ni los que creen que las piedras son de por sí un programa político pueden dar una salida en este sentido. En el fondo, ambas lecturas comparten un profundo pacifi smo. Unos no quieren enfrentar al aparato estatal. Otros piensan que es sufi ciente con algunas piedras. Ninguna de las dos posiciones puede permitir a los trabajadores superar el actual estadio de las relaciones de fuerzas frente a la clase dominante y su estado. A lo sumo, lograremos poner algunos límites al autoritarismo del MPN y sus amigos del gobierno municipal, unidos tras la defensa del orden.

Para que retrocedan en desbandada el partido del orden y su fuerza represiva, es necesario que la voluntad de combate de los jóvenes y los trabajadores encuentre un programa, un proyecto y una organización que conscientemente se proponga llevarlos adelante, para lograr la total emancipación de la clase trabajadora y todos los oprimidos. No se trata sólo de que las organizaciones gremiales defi endan una perspectiva clasista, sino de construir una organización que concentre la experiencia, la combatividad, el programa y las ideas para terminar con este sistema de explotación y opresión.

De esta forma, la violencia de los explotados puede transformarse en creadora de una nueva realidad. Este debate se planteará cada vez con más fuerza en la medida en que el partido del orden quiera hacernos pagar los platos rotos de la crisis. Y cada vez más necesitaremos construir nuestro propio “partido de la subversión”.

Trotsky y su legado (A propósito de una entrevista a Andrés Rivera)



En mi humilde opinión, una de las cosas que distinguen la escritura de Andrés Rivera es que ha logrado insertarse en los derroteros de la historia nacional desde una perspectiva que trasciende los hechos locales para ponerlos en relación con las grandes corrientes de la historia mundial. De alguna manera, el propio Rivera expresa esto cuando dice que sus lecturas prohibidas cuando era un joven militante del PC fueron Trotsky y Borges. En las novelas de Rivera, los recorridos autobiográficos se combinan con la reflexión sobre la tradición política comunista y marxista, su historia y sus figuras.

Desde este ángulo, me parece importante comentar brevemente la entrevista realizada a este gran escritor por la revista Sudestada, reproducida el domingo 19 de octubre en el suplemento Debates del Diario Río Negro.

Partiendo del respeto y la simpatía que tenemos por Rivera nos tomaremos la licencia de hacerle un pequeño contrapunto.

Trazando un análisis del proceso de la revolución rusa, los roles de Lenin, Trotsky y Stalin, Rivera desarrolla una denuncia del régimen stalinista y la burocratización sufrida por la revolución. En este marco, señala que Trotsky "perdió la perspectiva de lo que se venía" y que no asumió en todas sus consecuencias el Testamento de Lenin, que implicaba eliminar el poder de Stalin, lo cual podría haberse hecho apelando a Tujachevsky y el Ejército Rojo, resolviendo el problema "sin la participación de las masas" que habían caído en la pasividad.

Moshé Lewin, al igual que Isacc Deutscher, sostiene que Trotsky estaba en el nivel más bajo de su compresión política durante 1923, en el mismo sentido de lo planteado por Andrés Rivera. De alguna manera Trotsky subvaluó un poco la relación de fuerzas desfavorable que se estaba imponiendo al nivel de la lucha política en la dirección del PCUS. Tenía confianza en que con una política que encauzara el curso económico de la URSS la clase obrera se fortalecería al interior de la sociedad soviética en detrimento de la burocracia, pero la ofensiva anti-trotskista no dio el tiempo necesario para este proceso, en un marco de derrotas de la clase obrera a nivel internacional.

Sin embargo, si analizamos El Nuevo Curso o la plataforma de la Oposición Conjunta, veremos que Trotsky tenía claridad de la situación que se abría en la URSS mucho antes de que se consolidara el stalinismo como tal. Tanto es así, que recapitulando en 1935 acerca de la victoria de Stalin sobre la Oposición, responde a la pregunta formulada por Rivera acerca de por qué no dio un golpe contra Stalin:

"La muy conocida (y muy ingenua) pregunta, ’¿por qué Trotsky no utilizó el aparato militar contra Stalin en ese momento?’, es la mejor demostración de que quien la formula no puede o no quiere meditar acerca de los fac­tores históricos generales que permitieron el triunfo de la burocracia soviética sobre la vanguardia revoluciona­ria del proletariado. Más de una vez he señalado esos factores en varios libros, entre ellos en mi autobiogra­fía (...) Es indudable que hubiera sido posible dar un golpe de estado militar contra la fracción de Zinoviev, Kamenev, Stalin y compañía sin la menor dificultad, sin siquiera derramar sangre; pero eso sólo hubiera servido para acelerar el ritmo de la burocratización y el bonapartismo contra los cuales luchaba la Oposición de Izquierda. Por su esencia, la tarea de los bolcheviques-leninistas no era la de apoyarse en la burocracia militar contra la burocracia partidaria, sino la de apoyarse en la van­guardia proletaria y por su intermedio en las masas populares, para dominar a la burocracia en su conjunto, purgarla de elementos extraños, someterla a la vigilancia y control de los obreros y reencauzar su política por la senda del internacionalismo revolucionario. Pero a medida que la guerra civil, las hambrunas y las epide­mias agotaban la fuente vital de la fuerza revolucio­naria de las masas, y a medida que la burocracia acrecentaba sus filas y su insolencia a pasos agigantados, los proletarios revolucionarios se convirtieron en el bando más débil."[1]

Stalin venció a Trotsky, porque la burocracia había vencido a la clase obrera. Y la burocracia había vencido a la clase obrera porque la burguesía se impuso por sobre los intentos revolucionarios en Europa Occidental y China. Trotsky pasó en limpio las lecciones de estos procesos en su conocido Stalin el gran organizador de derrotas y fue el único que planteó una política alternativa a la del stalinismo en los años ’30, consistente en dejarle tomar el poder a Hitler, para aliarse luego con la burguesía "democrática" contra el fascismo que no habían sabido combatir. Las respuestas políticas, programáticas y estratégicas de Trotsky en los preparativos de la Segunda Guerra, que desembocaron en la fundación de la IV Internacional, son lo que permitieron sentar las bases de una mínima continuidad entre la tradición marxista y las actuales generaciones militantes.

Contra los que frente al régimen terrorista de Stalin desertaban del comunismo, Trotsky demostró que la burocratización de la URSS era un fenómeno que había que combatir frontalmente, pero que carecía de todo sentido la denuncia de la burocracia sin defender a la URSS de cualquier ataque imperialista o restaurador.

Y aquí nuevamente, Trotsky se destaca por la radicalidad de su proyecto socialista que oponía el pluripartidismo soviético (es decir la legalidad de todas las tendencias que defendieran las conquistas de la revolución) contra el totalitarismo stalinista, para revitalizar la organización de base de los soviets y que de esta forma los trabajadores volvieran a estar en el centro de la vida política soviética.

Estas cuestiones quedan en segundo plano en la valoración de Trotsky por Rivera, parecería centrarse en los primeros pasos de la Oposición de Izquierda y deja de lado el proceso de conjunto de la lucha llevada adelante por Trotsky en momentos cruciales de la historia del siglo XX.

Frente a la actual crisis del capitalismo, la discusión sobre qué alternativa construir contra la degradación y la miseria a la que este sistema somete a millones de personas, está a la orden del día.

La obra de Rivera es un aporte valioso en este sentido como expresión de una lucha cultural contra la sociedad burguesa.

En la misma entrevista Andrés Rivera nos invita a leer la historia con los ojos y los oídos muy abiertos.

Para esto es necesario recuperar el legado auténtico del marxismo y el socialismo de las deformaciones y tergiversaciones impuestas por el stalinismo. No como un acto de purismo intelectual, sino como asunción de un proyecto emancipatorio que no se detenga ante ninguna frontera burocrática y pueda superar las limitaciones de los procesos revolucionarios del siglo XX. Un proyecto por el que valga la pena luchar, por las generaciones de esclavos insurrectos que nos precedieron, por nosotros mismos y por los que seguirán luchando después de nosotros, esperamos que no por mucho tiempo más.

21/10/2008

Toni Negri o la decadencia del autonomismo


Hace cinco años, pregunté a Toni Negri desde el público de una charla si él consideraba que se podía analizar la situación latinoamericana, en particular el proceso de lucha en Bolivia, utilizando su idea de una multitud que incluiría una multiplicidad de sujetos que se constituyen como tales en el momento del acontecimiento. Dado que los aymara llevan 500 años de lucha y los mineros casi un siglo, y ambos se reconocen con identidades muy marcadas, parecía más que dudoso. Su respuesta fue que no conocía el proceso boliviano, por lo que no podía responder. La charla en la fábrica Grissinópoli terminó porque Negri tenía que asistir a una cena con el grupo Michelángelo, que incluía a varios funcionarios del gobierno de Néstor Kirchnner.

La entrevista publicada el domingo 07-09 en el suplemento Debates del diario Río Negro, muestra que Negri ahora sí opina sobre América Latina, aunque no haya avanzado gran cosa en su conocimiento de la realidad de nuestro subcontinente.

Las principales ideas expresadas por Negri son: que los gobiernos actuales son el resultado de la lucha de la gente por más democracia, que los países se hacen responsables de su situación sin culpar a EEUU, salvo Chávez que sin embargo no representa al conjunto de los presidentes "progresistas" y que en este contexto América Latina se iría constituyendo en un actor de peso en la realidad mundial junto con India, Rusia, China, la UE y EEUU. Nada muy distinto de lo que podrían decir Alfonsín o Duhalde…
La pregunta que queda después de repasar estos tópicos es la siguiente: ¿Dónde quedó el autonomismo de Negri? Intentaremos ensayar una respuesta al respecto.

Negri hizo furor en la Argentina en los días agitados posteriores al 19 y 20 de diciembre del 2001. La idea de una multitud sin predominancia de una subjetividad hegemónica coincidía con el espíritu del activismo de las asambleas barriales y con el sentido de la moda intelectual. Imperio y en menor medida, Gramática de la multitud, de Paolo Virno, se hicieron libros comentados en los más variados ámbitos.

Como cuestionamiento a la izquierda marxista, Negri defendía la construcción de espacios de autodeterminación por fuera de la lucha por el poder estatal, el "éxodo" era la única opción posible frente a un sistema que reformula los desafíos desde abajo y se reconvierte para neutralizarlos. Para no ser fagocitados por la perversa dialéctica de revolución y restauración, había que mantenerse al margen, evitar las mediaciones (la organización en partido) y las transiciones (la lucha por un Estado de nuevo tipo) y realizar el comunismo aquí y ahora. En su momento, el amigo Christian Castillo señaló que ese comunismo aquí y ahora se parecía mucho a la coexistencia con el capital, lo cual disgustaba sobremanera a los "negristas" locales.

El recambio de los gobiernos latinoamericanos por un lado y el unilateralismo yanqui por el otro, dejaron poco y nada del autonomismo de Negri, que pasó a recostarse sobre las alas "progresistas" de la política mundial, abandonando su retórica "comunista" y sus llamados a la organización desde las bases. Pero en este cambio hay, mal que le pese a algunos, una lógica continuidad. La negación de la lucha por el poder obrero y de la organización necesaria para dicha tarea, cuando los gobiernos hacían un culto desembozado de la represión y el neoliberalismo, podía parecer a algunos incautos una expresión de rechazo a toda forma de regimentación del movimiento social. Sin embargo, cuando el Estado, igualmente represor, se presentó con la máscara "progresista" (sin omitir importantes lazos de continuidad con el neoliberalismo), Negri abandonó a la "multitud" en aras de una nueva vieja subjetividad: El Estado como expresión del pueblo, categoría que Negri alguna vez denunció como un engaño para justificar la dominación burguesa. A su vez, el comunismo aquí y ahora dejó lugar al reclamo de más democracia en los marcos de dominación vigentes, ubicándose en cuanto a la denuncia del imperialismo yanqui claramante a la derecha de Chávez.

Aunque Negri aborrece la dialéctica, ha dado muestras de estar prisionero en una de las más elementales. Su pensamiento se ha negado a sí mismo. No resistió siquiera estos cinco años de recambios gubernamentales.

Demostró, en definitiva, que el autonomista no es otra cosa que un reformista que está a la espera del próximo "progresismo".

La pequeñez del tiempo presente (a propósito de La Fe de los traidores de Gabriel Pasquini)



La Fe de los Traidores, primera novela de Gabriel Pasquini, se inscribe en una amplia discusión que se viene dando en la Argentina que combina el balance del proceso de los ’70 con la valoración ética de la violencia revolucionaria y la crítica de “la fe ciega” de la militancia.

El relato comienza con Vittorio, cuadro de la Internacional Comunista, con su mujer y su hijo enfermo a bordo del barco que los trae a la Argentina, barco en el que se despliega una intriga que se irá ampliando y resolviendo en el transcurso del relato, con la experiencia de la revolución rusa como telón de fondo. Esta historia se cruza con la reflexión desde la derrota de un dirigente guerrillero guardado en una isla del Tigre, a la espera del grupo de tareas que nunca vendrá para secuestrarlo.

La novela tiene pasajes que atrapan al lector, como cuando reconstruye el ambiente y los debates del período que va desde la primera guerra mundial a la revolución rusa y la fundación de la III Internacional.

Otro momento a destacar es cuando el guerrillero acompañado solo de su cuaderno de notas, recuerda críticamente al compañero que, en una pobre interpretación de La Condición Humana de André Malraux, pensaba que la pastilla de cianuro era una prueba de heroísmo en lugar de un arma defensiva impuesta por la situación de la lucha de clases. En momentos como esos, la prosa de Pasquini se vuelve ágil y atrayente. Muestra a también que posee un conocimiento de la cultura política de las corrientes que toma como motivo para su novela. Están a su vez muy bien logrados los personajes de los policías secretos italianos que persiguen a los comunistas, anarquistas y socialistas.

Hay otros tramos menos atractivos, como aquel en que un joven anarco rousseauniano intenta educar sin éxito a una suerte de “buen salvaje”, constituyendo un momento un tanto bizarro. Seguramente es posible hacer una crítica del “iluminismo” de ciertas corrientes sin caer en un collage de estas características.

Pero no es nuestro motivo la crítica literaria de la novela, para lo cual sin duda hay gente más idónea, sino el análisis de algunas de sus premisas político-ideológicas. En este plano, La Fe de los traidores reproduce una serie de lugares comunes, que deben ser sometidos a crítica.

Elitismo y vanguardia

El primero es el de la crítica al elitismo vanguardista de las corrientes revolucionarias. Pasquini traza la imagen de una dirección bolchevique obsesionada con la construcción de una élite política como un fin en sí mismo, imbuida de una fe ciega en la inevitabilidad de la revolución y en una identificación de ésta con la supervivencia de la élite. Pasa por alto el carácter de democracia de base que tenía la experiencia sovietista, alentada por los bolcheviques, aunque se viera gravemente limitada por los problemas derivados de la destrucción originada por la guerra civil.

Al hacer esta omisión, Pasquini transforma como constitutivas de la cultura política bolchevique a ciertas medidas tomadas en momentos de extrema tensión (el de la prohibición de los partidos alzados contra el poder soviético y luego la prohibición de las fracciones al interior del propio partido) y deja de lado importantes medidas emancipatorias como la autodeterminación de las nacionalidades, los derechos de las mujeres, el reparto agrario, además de que incluso durante la guerra civil, los mencheviques internacionalistas, los anarquistas y los socialrevolucionarios de izquierda tenían plena libertad de intervención en los soviets, antes de pasar éstos últimos a la acción armada contra el gobierno soviético. Está claro que la novela no es un estudio de la revolución rusa, pero lo que dice no deja de tener implicancias políticas y por ende puede ser sometido a una crítica política.

De un cruce de las historias y los argumentos de la novela se puede sintetizar el siguiente planteo: los bolcheviques se pensaban como la élite de la clase obrera, los guerrilleros radicalizaron esa lectura, transformaron la lucha de clases en una guerra y construyeron al proletariado como un concepto bélico. Pero el “proletariado” realmente existente, el pueblo real no quería élites ni hechos bélicos y los setentistas fueron diezmados. Finalmente, el socialismo se cayó. Aquí la figura de la militante alemana Ulrike Meinhof actúa como metáfora del desencuentro entre la guerrilla y las masas populares en las reflexiones del jefe guerrillero.

Lo que olvida este razonamiento es que los procesos de radicalización del siglo XX tuvieron un alcance masivo y no fueron patrimonio exclusivo de ciertas corrientes con estrategias que efectivamente buscaban sustituir a la clase obrera con su propia acción.

De la inevitabilidad de la revolución a la infalibilidad de los jefes

Un segundo lugar común es la identificación entre el proyecto socialista del marxismo y el régimen encarnado por el stalinismo. El hecho de que sea Vittorio Codovilla, histórico burócrata del PC argentino, uno de los personajes centrales de la novela, deja entrever una visión de continuidad entre el bolchevismo y el stalinismo. La fe en la inevitabilidad de la revolución se transformará luego en la fe en la infalibilidad de los jefes soviéticos. Sin embargo, esta transformación del marxismo en una religión laica, naturaliza el proceso social complejo de la burocratización de la URSS. La recepción acrítica de la visión que el stalinismo tenía de sí mismo como encarnación de la tradición de Octubre se constituye en un límite para profundizar la reflexión sobre el imaginario de la militancia revolucionaria y el fracaso del mal llamado “socialismo real” que es lo que se propone en gran parte La Fe de los traidores.

En esta reflexión el autor traza una supuesta lógica del fanatismo revolucionario: Para sustraerse a los compromisos y pequeñeces de la política democrática, los militantes de los ´70 se involucraron en una idea de cambio revolucionario inmediato, que a su vez los llevó a justificar todos los medios, enlodándose al punto de no saber si son revolucionarios o simples asesinos. En este punto, la novela retoma los ecos del debate de Oscar Del Barco sobre la violencia revolucionaria, incorporando un registro claramente reaccionario.

Los galos de Asterix

Sin embargo, hay una cuestión profunda que La Fe de los traidores deja planteada: ¿Cómo naturalizar las condiciones de la derrota, cuando se han vivido las del ascenso revolucionario? ¿No es efectivamente una traición esa naturalización? ¿Cómo sobrellevar la imposición de estas condiciones ante la imposibilidad de reeditar el pasado? Guillermo Cieza, en una novela que tiene varios años, plantea que para superar la disyuntiva entre ser sobrevivientes o veteranos de guerra, los luchadores derrotados pueden reinventarse en nuevas rebeldías junto a las generaciones que salen a las luchas actuales. Cieza define bellamente a los obreros del Astillero Río Santiago como los galos de Asterix, defensores de una aldea irreductible contra las huestes del Imperio Romano. Lo mismo puede decirse de los obreros de Zanon, cuya lucha ha sido fuente de inspiración para los nuevos sectores combativos de la clase trabajadora que protagonizan importantes experiencias de lucha como en FATE, Mafissa o los campos ajeros de Mendoza.

Las preguntas de La Fe de los traidores pueden tener una respuesta en tanto volvamos a poner en discusión la necesidad de una alternativa revolucionaria al capitalismo, es decir, en tanto superemos el marco ideológico trazado por el propio autor. Y ahí más que una cuestión de fe se trata de ejercitar un realismo elemental. Podemos estar seguros de que el capitalismo creará más degradación y destrucción en la medida en que los habitantes de este mundo sublunar, en el cual los trabajadores somos la amplia mayoría, no impongamos una alternativa. Para esto sólo queda organizarnos, agruparnos, superar el aislamiento que confina lo humano a lo puramente individual y volver a construir la idea de que o salimos de esta colectivamente o seremos fagocitados uno por uno, en pequeños fracasos individuales y también por miles en grandes catástrofes colectivas.

Y aquí es donde la tradición marxista, en lugar de ser el documento de una época pasada, se vuelve un punto de partida para pensar la transformación revolucionaria de este presente pródigo en historias de bolsillo.

Un pobre rol para los intelectuales (Sobre Carta Abierta Neuquén)


El espacio Carta Abierta, encabezado a nivel nacional por el director de la Biblioteca Nacional Horacio González, que agrupa a los intelectuales afines al gobierno, recibió un duro golpe con la derrota del oficialismo frente a las patronales agrarias. Actualmente, este sector de intelectuales se encuentra preparando un nuevo pronunciamiento, con la idea-fuerza de un gobierno "sitiado" o un "sitio a las políticas democráticas" [1].

Mientras tanto, se constituyó en Neuquén el espacio Carta Abierta a nivel local, motorizado por eduardo Masés y Beatriz Gentile, docentes de la UNCo, ésta última funcionaria de la secretaría de DDHH del gobierno nacional, junto con Humberto Zambón y Osvaldo Pellín, miembros del PS neuquino, alineados con el kirchnerismo, entre otros.

El documento fundacional de Carta Abierta Neuquén propone crear "un espacio de reflexión y debate" para "avanzar en un camino de recuperación y profundización de nuestra vida democrática como en el reconocimiento de una necesaria distribución de la riqueza".

Para encarar estos temas, parten de señalar que: "En estos más de 140 días se ha puesto de manifiesto la existencia de visiones y modelos de país antagónicos que lejos de plantearse sólo como un debate de ideas, ha tensionado y puesto en discusión principios fundamentales de la república y del estado de Derecho".

En primer lugar, debemos señalar que presentar el conflicto entre el gobierno y la patronal agraria como un enfrentamiento entre dos "modelos de país antagónicos" es (por decir lo menos) demasiado generoso con el kirchnerismo, que con su esquema de dólar alto y bajos salarios, favoreció tanto el negocio sojero y la concentración de la tierra como las ganancias de los sectores industriales, manteniendo a su vez la ley videlista que rige el trabajo de los peones rurales. Fue el "modelo de país" del kirchnerismo, en sus lineamientos económicos fundamentales, el que preparó las condiciones para el enriquecimiento y la prepotencia de las patronales del campo. La famosa "redistribución" de la que habla el gobierno nada tiene que envidiar a la codicia sojera: el superávit fiscal se utiliza para mantener el precio del dólar y de los bonos de la deuda por los que el Estado paga altísimas tasas de interés y para subsidiar a la UIA, a las transportistas, etc., entre otras curiosas políticas "redistribucionistas".

Los inicios de la crisis económica internacional empezaron a golpear este esquema y a generar una disputa por el reparto de la renta extraordinaria entre la patronal agraria y el gobierno alineado con la burguesía de la industria y los servicios privatizados. Este es el único antagonismo del que se puede hablar, el de dos sectores patronales en pugna.

Por eso, disfrazar la puja entre dos bandos capitalistas por el reparto de la renta como una lucha entre los que quieren ganar más y los que quieren redistribuir, como hacen los intelectuales de Carta Abierta Neuquén es una manera poco elegante de disfrazar una clara toma de posición a favor del gobierno y sus patronales amigas.

En este sentido, y en la misma sintonía con las denuncias contra el "clima destituyente" que viene realizando el espacio a nivel nacional, los integrantes neuquinos de Carta Abierta toman posición contra "la derecha de mercado que hoy expresada tras la máscaras de las entidades del campo y la de sus aliados circunstanciales, no está dispuesta a resignar su rol de privilegio".

El lock out agrario es de por sí una medida reaccionaria, tanto por sus objetivos (hacer que los exportadores no paguen retenciones), como por el método antipopular del desabastecimiento. Sin embargo, y a contramano de las denuncias sobre el supuesto "clima destituyente", la derecha sojera no definió con la acción directa la pulseada con el gobierno, sino que dejó a ésta en segundo plano y se valió del lobby y el tejido de alianzas al interior del mecanismo parlamentario para torcerle el brazo al kirchnerismo. Es decir, triunfó sobre el gobierno no "contra" la democracia sino utilizando los mecanismos "democráticos" del "Estado de derecho", aprovechando en su favor el intento del gobierno de darle una "salida institucional" al conflicto. El rol reaccionario que ha jugado el Congreso, muestra que la única forma de ampliar los derechos democráticos de las mayorías populares no es reclamando "más democracia" al Estado y sus instituciones sino estructurando una postura de los trabajadores y el pueblo independiente de cualquier sector patronal.

"En este sentido –prosigue la carta- afirmamos nuestro apoyo a las políticas públicas que expresen de manera efectiva, una mayor y mejor redistribución de la riqueza que tienda a eliminar la exclusión social y deje expedito el camino hacia la participación e igualdad de oportunidades". El hecho de que estas supuestas políticas no se puedan nombrar concretamente ni en tiempo presente ¿no es una confesión de partes acerca de que tales políticas no existen? Aquí la carta muestra su lado más débil. Contra la "derecha de mercado", defiende una política de "redistribución" que a párrafo seguido no puede siquiera ser nombrada, mucho menos ejemplificada.

En este aspecto, la Carta Abierta neuquina está un poco por detrás de lo que se viene debatiendo en el mismo espacio a nivel nacional, donde cobra fuerza la idea de que la política social del gobierno "no ayuda a fortalecer las organizaciones sociales" (sic).

Luego de señalar la necesidad de similares políticas para el ámbito provincial, la carta concluye con la necesidad de "crear nuevos lenguajes, abrir los espacios de actuación y de interpelación para avanzar en la constitución de una nueva Argentina y de nuevos imaginarios sociales capaces de superar los viejos y fundacionales mitos identitarios".

¿No será mucho para un espacio que ni siquiera logra enumerar las políticas que dice apoyar?

Finalmente, posibilidades de intervención desde lo cultural e intelectual las hay, de la misma manera que existen formas de unir el quehacer cultural-intelectual a la realidad, pero no apoyando al gobierno, sino en un sentido contrario al esbozado por la Carta Abierta: junto a los trabajadores de la educación y la salud, los mapuches, las mujeres que defienden sus derechos, los estudiantes, los organismos de DDHH que luchan por el castigo a los genocidas en la región y los trabajadores de Zanon que enfrentan las amenazas de desalojo tanto como la política de Sapag de comprar los créditos más grandes y dejar que la fábrica vaya a remate.

La lucha por el castigo a los genocidas y la lucha de los trabajadores y trabajadoras de Zanon, ocuparán una parte central en la agenda política neuquina de los próximos meses.

Allí hacen falta también intelectuales y artistas que logren articular sus saberes específicos con los de los sectores combativos de la clase obrera.

Por eso, nuestra bandera es: Ni con el gobierno ni con "el campo", junto a los trabajadores.

Para poner de relieve la verdad histórica de sus luchas pasadas y redoblar esfuerzos para que triunfen en las del presente

La revolución diplomatizada (Crítica de la concepción estratégica y política de los "gramscianos argentinos")

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Crítica del sindicalismo corporativo (Una polémica con la conducción de Aten y sus defensores)

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Ver también:

Una apología lamentable: http://www.8300.com.ar/spip.php?article1193

Aclaraciones que oscurecen: http://http//www.8300.com.ar/spip.php?article1275

La ilusión gradualista (A propósito del nacionalismo, la retórica socializante y el marxismo en América Latina)

http://www.ips.org.ar/article.php3?id_article=282