viernes, 23 de octubre de 2015

Mariano Ferreyra

Foto Revista Sudestada
La gente que me rodea y utiliza ese instrumento del demonio que se denomina "Facebook" me comentó que con motivo de cumplirse el pasado martes cinco años del asesinato de Mariano Ferreyra, muchos compañeros estuvieron difundiendo algo que había escrito unos días después de ese crimen y que (de manera un tanto previsible) titulé "Elogio de Mariano Ferreyra."

Si bien el sentimiento que animaba la escritura de esas líneas era totalmente genuino, no sé si hoy escribiría lo mismo. O mejor dicho, me hubiera gustado poder escribir otra cosa.

Consternado, triste y enfurecido por lo que había pasado, quise homenajear al compañero del Partido Obrero. Pero como no lo conocí personalmente, lo idealicé para hacer una reivindicación de la figura del militante revolucionario. El resultado fue una especie de arquetipo, que terminó siendo algo así como un Supermilitante.

Ojo, no digo que haya que tirar el escrito a la basura ni mucho menos. Creo que varias cosas de lo que dice son rescatables. Además, compañeros del PO que lo conocieron me escribieron en su momento agradeciendo por retratarlo como fue, sin haberlo conocido.

Pero me hubiera gustado mucho más poder escribir, como seguramente lo recordarán quienes fueron sus amigos y compañeros más cercanos, sobre Mariano Ferreyra tomándose una cerveza, charlando de política o de cualquier otra cosa, caminando por la calle o por una plaza, riéndose de algo que le causaba gracia, enojado por alguna injusticia, recuerdos concretos, reales, de un ser humano y no de un arquetipo. 

Hay dos anécdotas de Mi Vida, la autobiografía de Trotsky, que me gustan especialmente y tienen un poco que ver con esto. La primera, cuando un joven Trotsky, escapado de Siberia, aparece en la casa de Lenin en Londres, donde va a colaborar en la redacción de Iskra. Trotsky, como buen revolucionario exiliado, va directo al lugar donde tiene que ir, convencido de la importancia de su misión histórica, pero cuando Lenin abre la puerta lo mira como diciendo "¿Sos loco, pibe? ¿Cómo vas a venir a esta hora?" Eran las seis de la mañana. 

La otra anécdota: Están Trotsky y Zinoviev (o Kamenev, no estoy seguro) la noche en que se lleva adelante la insurrección en Petrogrado. Todo más o menos bajo control. Trotsky está exhausto, no puede más del cansancio. Le dice a Zinoviev (o Kamenev): "¿Me convida usted un cigarillo?" Y, cigarrillo en mano, se queda dormido.

En definitiva, Lenin en algún momento tenía que dormir, Trotsky se fumaba un cigarrillo cuando tenía necesidad de un poco de tabaco y seguramente Robespierre se habrá tomado un vino alguna vez...

Lo que quiero decir es que el militante real, con un cuerpo de carne y hueso, que se levanta contra una maquinaria monstruosa como es la de este sistema de explotación "con un coraje que no está seguro de poseer" y de esa forma se recrea como revolucionario, aprende, avanza, retrocede, vuelve a avanzar, tiene una vitalidad que no tiene nada que ver con las estatuas. 

Aunque no lo queramos, toda reivindicación épica tiene algo de eso, de transformar las personas en estatuas.

Y es posible que esto en realidad no sea algo inherente a las reivindicaciones como tales, sino un producto de que las experiencias de nuestra generación han sido mucho menos intensas que las de otras, que vivieron situaciones de ascenso de la lucha de clases, en las que los valores y las ideas cobraban una carnadura totalmente distinta. En cierto modo, estamos un poco obligados a idealizar. 

En síntesis, estoy convencido de que el Mariano Ferreyra de carne y hueso, que no tuve el gusto de conocer, fue mucho mejor que la imagen que tracé de él. Y fue mejor, no porque haya sido más perfecto que su arquetipo (cuestión que desconozco y en realidad no tiene importancia), sino porque fue real.