jueves, 15 de noviembre de 2012

Moyano, Micheli, una cita de Trotsky y un repaso "operaista"



Creo que se puede descartar la idea de que Moyano y Micheli hayan leído un libro de Trotsky que se llama ¿Adónde va Francia? (y no lo digo porque sean o no gente leída, cuestión que desconozco, sino porque si hay algo que odian los burócratas es el trotskismo). Sin embargo, el jefe del Ejército Rojo hace en ese libro una afirmación cuyo contenido no es desconocido por ningún sindicalista del mundo, que sea más o menos pillo: la huelga general plantea el problema del poder. La frase completa dice que la huelga general plantea el problema del poder pero no lo resuelve, aunque en este caso nos interesa la primera parte de la frase hasta el "pero". 


Decía entonces que ni Moyano ni Micheli desconocen que si hubiesen tenido una política para hacer un gran paro nacional y no uno acorde a la "pequeña política" de la interna peronista y la oposición burguesa respectivamente, el 20 de noviembre nos encontraríamos frente a una gran acción nacional que pondría el peso social del movimiento obrero en el centro de la escena política. Ojo, creo que no se puede descartar que más allá de que las conducciones convocantes llaman al paro bombeándolo al mismo tiempo, este sea una gran acción a escala nacional. No se trata en este caso de un pronóstico sino de los motivos por los cuales la convocatoria tiene características "moderadas" y no otras. 

Durante el lapso de tiempo que va del 2001 a la actualidad, uno de los puntos salientes del proceso político argentino ha sido la recomposición de las fuerzas del movimiento obrero. Ya sé, los eternos "derrotados", tanto como los cínicos y los escépticos, dirán que los avances son muy pequeños, moleculares etc. Una década atrás ellos mismos u otros que cumplían la misma función decían que el movimiento obrero no existía más y que ahora el sujeto eran "los excluidos" que para colmo de males luchaban "por entrar en el sistema" (de paso digamos que la buena memoria es un reaseguro para no decir uno mismo tantas estupideces como las que se ve obligado a escuchar). 

Muchos atribuyen esta recomposición social de la clase obrera a las virtudes del "modelo nacional y popular". En un análisis intencional, la alianza de NK con Moyano y la burocracia sindical habría permitido recuperar los aumentos de salario, las paritarias y demás. Podría ser cierto, si nos salteamos la devaluación que fue la base de la recomposición económica, con su consiguiente creación en masa de empleos precarios por un lado y posibilidades de recupero de conquistas para los sectores en blanco, formalizados y más "acomodados" de la clase obrera, por el otro. Fue al revés: NK buscó la alianza con los sindicatos controlados por la burocracia, porque sabía no sólo que ahí había una base de apoyo para su gobierno, sino también una fuerza social que podía generarle problemas desde el punto de vista estratégico. 

Los problemas que se evidencian en el cristinismo para recrear una base sindical, más allá de cómo se mediatizan los asuntos de fondo por las cuestiones de la interna burguesa, tienen que ver con la necesidad de imponer una política de ajuste y su imposibilidad de llevarla hasta el final. Y otra vez, la cuestión de la fuerza social de la clase obrera, a la que incluso rindieron en cierto modo su "homenaje" los gendarmes y prefectos que para legitimar su motín se definían a veces como "trabajadores" (desde ya que si decían "somos represores", no iban a conseguir muchos apoyos, aunque hay gente que no aprende más respecto de los "conflictos" de las fuerzas de seguridad).

Los operaistas italianos, con un punto de vista reduccionista, tendían a ver los procesos de reestructuración del capitalismo exclusivamente como respuestas a la lucha de clases, lo cual planteaba el problema de que la clase obrera se volvía el motor del desarrollo capitalista y para zafar de esa conclusión lógica, ubicaban a la clase obrera "fuera de la totalidad capitalista", haciendo honor a las corrientes antihegelianas del marxismo tano. Sin embargo, despojada de su unilateralidad, la idea se puede aplicar a las formas del régimen político argentino. En última instancia, el peso social de la clase obrera (más allá de cuánto está luchando en la coyuntura) determina los límites y alcances del régimen político. Trotsky ubicó la fuerza social de la clase obrera como una causa central de las tendencias al bonapartismo propias del poder estatal en Latinoamérica a fines de los años '30 y en la actualidad se vuelve a demostrar como un principio vigente. La contradicción es que sin una acción contundente a escala nacional, el peso de la clase obrera impide a las patronales y el gobierno ir a chocarla de frente, pero termina siendo una gran fuerza subutilizada para garantizar a lo sumo un relativo "empate" de fuerzas sociales. 

Ni Moyano ni Micheli se proponen romper ese empate, porque no están en condiciones de lidiar con una lucha obrera generalizada. El inicio de un "espíritu de escisión" que se comenta acá, promete futuros desequilibrios y cambios en la relación de fuerzas, no ya desde el punto de vista de las fuerzas sociales objetivas, sino desde el punto de vista político y de lucha de clases. 

Un asunto más, relacionado con esto. En nuestro país no existe un Partido de Trabajadores, porque esa posibilidad fue expropiada por el peronismo que liquidó el fugaz Partido Laborista. Sin embargo, es probable que la crisis del peronismo con su base obrera no genere directamente posiciones "marxistas" entre los trabajadores sino una idea de "independencia de clase" más difusa. Sin transformar esta hipótesis en una división entre una etapa "de independencia de clase" y otra "revolucionaria" en el desarrollo de la subjetividad obrera, lo cierto es que no es posible construir una fuerte izquierda revolucionaria sin la bandera de la independencia de clase. Y en cierto modo, más allá de sus aciertos y errores, levantar esa bandera ha sido el rol del trotskismo en la historia argentina desde el surgimiento del peronismo.