miércoles, 8 de julio de 2009

Serie Economía Marxista, 3ª entrega

Por Esteban Vedia
Mercancía y dinero (tercera parte)
En las anteriores entregas hemos recorrido el camino que se inicia en la mercancía para comprender el origen del dinero. Primero vimos cómo la mercancía es una relación que contiene al valor de uso y al valor de cambio, vimos cómo es el trabajo humano la sustancia común de todas las mercancías y cómo el tiempo de trabajo socialmente necesario es la medida social del mismo. Por último vimos cómo el dinero se origina en esa misma oposición de valor y valor de uso. El secreto del dinero quedaba develado.
El fetichismo de la mercancía
Marx llamaba “fetichismo de la mercancía” al proceso por el cual las relaciones económicas, sociales, se objetivaban y quedaban ocultas a la vista. Así las relaciones de valor aparecían como relaciones entre cosas (mercancía-dinero) cuando en realidad eran relaciones entre personas, oculta por la relación entre cosas.
Este carácter enigmático de los productos del trabajo deviene porque la igualdad de los trabajos humanos adopta la forma material de la igualdad objetiva de valor de los productos del trabajo. Esto quiere decir que si dos mercancías diferentes tienen una cantidad igual de valor, una misma cantidad de tiempo de trabajo contenida en ellas, se manifiesta entre ellas como una igualdad de sus valores, representados en dinero. Así la medida del gasto de fuerza de trabajo humano por su duración, cobra forma de la magnitud del valor que alcanzan los productos del trabajo. Por último, las relaciones entre los productores, en las cuales se hacen efectivas las determinaciones sociales de sus trabajos, revisten la forma de una relación social entre los productos del trabajo.
Lo que a nuestra vista, aparece como una forma fantasmagórica de una relación entre objetos (mercancía-dinero), entre cosas, es sólo la relación social determinada entre las personas.
El carácter de valor que presentan los productos del trabajo, no se consolida sino por hacerse efectivos en la práctica como magnitudes de valor. Estas magnitudes cambian de manera constante, por los cambios en las fuerzas productivas, independientemente de la voluntad, las previsiones o los actos de los sujetos de intercambio. Su movimiento social posee para ellas la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control se encuentran, en lugar de controlarlas. Así por ejemplo hoy, la crisis económica, la desocupación y otros fenómenos económicos, aparecen como procesos naturales, objetivos, cuando en realidad expresan cambios acumulados en las relaciones capitalistas de producción.
Marx defendió la idea de que se requiere de una producción de mercancías desarrolladas de manera plena antes de que brote, a partir de la experiencia misma, la comprensión científica de que los trabajos privados son reducidos en todo momento a su medida de proporción social en las relaciones de intercambio de sus productos, el tiempo de trabajo socialmente necesario se impone de modo irresistible como ley natural reguladora (ver primer articulo de la serie). Su desciframiento borra la apariencia de la que la determinación de las magnitudes de valor alcanzadas por los productos del trabajo es meramente fortuita, pero en modo alguno elimina su forma de cosa.
Antes de continuar, repitamos (ver primer articulo de la serie) que así como el valor se representa en el dinero y el dinero se erige en representante de los valores, los precios, expresiones dinerarias de los valores, representan no directamente los valores sino el cuanto pueden subir o bajar la denominación dineraria por encima o por debajo de esos valores. Ese más o menos responde a cosas secundarias como la oferta y la demanda, etc. Así, en el capitalismo, los precios y los valores la mayoría de las veces no coinciden, el valor aparece así como un promedio social.
El proceso de intercambio
El proceso de intercambio se representa en la figura M-D-M, donde M son las mercancías y D el dinero, que cumple una función mediadora. M-D es la venta y D-M es la compra. En este caso se representa la operación por la cual un poseedor de M vende, la cambia por dinero y con éste realiza una compra, es un intercambio mercantil simple.
Así, en el proceso de intercambio, en el cual se enfrentan los poseedores de mercancías, las cuales son no-valores de uso para sus poseedores y valores de uso para sus no-poseedores, las mercancías deben realizarse primero como valores antes que puedan realizarse como valores de uso. Esto quiere decir que si yo vendo una mercancía la vendo porque yo ya no le encuentro otra utilidad, para mi no tiene más uso que ser un puro valor. Y al contrario, si yo compro una mercancía, la compro porque veo en ella una utilidad concreta, la compro para satisfacer una necesidad. Y finalmente quiere decir que para que yo pueda consumir (valor de uso) debo antes comprar (valor).
Por otro lado, como lo explicamos en la segunda entrega, en el proceso social de intercambio se aparta del mismo una mercancía determinada (sal, oro, etc.) en la cual todas las demás representan su valor, cumpliendo así una función específicamente social. Así una mercancía no parece transformarse en dinero porque todas las demás mercancías representan en ella sus valores, sino que a la inversa, éstas parecen representar en ella sus valores porque es dinero. El movimiento mediador se desvanece en su propio resultado, no dejando tras de si huella alguna.
La transformación del dinero en capital
A diferencia de la forma mercantil simple, vender para comprar o M-D-M, en el capitalismo ya desarrollado el producto último de la circulación mercantil es el dinero, y como tal ésta es la primera manifestación del capital. Así el dinero en cuanto dinero y el dinero en cuanto capital sólo se distinguen en cuanto a la forma de circulación. En M-D-M el dinero es mero medio de circulación. En D-M-D, o comprar para vender, el dinero ya circula como capital. Aquí el dinero deviene capital, aquí el dinero no se gasta, no se consume, sino que se adelanta para comprar mercancías para volverlas a vender. Aquí el dinero se transforma en capital, funciona como capital. En M-D-M el objetivo es el valor de uso, en D-M-D es objetivo es el valor de cambio (intercambio de dinero por dinero).
Pero para que se complete esta forma, para que el intercambio tenga sentido debe haber una diferencia cuantitativa, de magnitud, en los dos extremos de la forma, porque en D-M-D hay intercambio de equivalentes, no hay diferencia alguna. La nueva formula debería ser, entonces, D-M-D’, donde D’ es igual a D más un incremento (D’= D+∆D, el símbolo ∆ representa incremento). A dicho incremento, o al excedente por encima del valor originario, Marx lo denomina plusvalor. Así la formula D-M-D’ transforma a D en K (capital). Y el capitalista es el vehículo consciente de este movimiento.
El capital (K) es un valor que se valoriza en el cambio de forma, hay un proceso de autovalorización. Sin embargo D-M-D, en la medida de que hay un incremento o D-M-D’, contradice la ley del valor ya que no hay intercambio de equivalentes, esta es la contradicción de la formula general del capital.
El problema está justamente en el incremento de D (∆D o plusvalor). Primero debemos aclarar que en su forma pura, respetando la ley del valor o que las mercancías se intercambian según el tiempo de trabajo socialmente necesario, D-M-D es un intercambio de equivalentes. Pero si se intercambian equivalentes no se origina plusvalor alguno. Por lo tanto debemos dirigir nuestra atención a D-M-D’ y sobre todo al incremento de D (∆D), al plusvalor. El plusvalor debe surgir de la esfera de la circulación, porque tiene que surgir de un intercambio de equivalentes, y no puede surgir de de la circulación porque deben intercambiarse no equivalentes. Tenemos así una contradicción que resolveremos dirigiéndonos hacia el proceso de producción del plusvalor. Ese será el tema de nuestras próximas entregas.