sábado, 22 de noviembre de 2008

Trotsky y el stalinismo



El trabajo de Antonio Daniel Arias “El culto a la personalidad, un legado que aún hace temblar”, publicado en el suplemento Debates del 05/08 intenta indagar en este aspecto de regímenes como el stalinismo y el nazismo. Dicho trabajo contiene, a mi entender, dos defectos principales. El primero es que la crítica del culto a la personalidad, propio del nazismo o del stalinismo es encarada desde una visión que supone que la democracia sienta las bases “para establecer una relación horizontal entre gobernantes y ciudadanos” y alerta contra todo intento de “jerarquización de las relaciones sociales”, como si las relaciones de clase no existieran o no fueran jerárquicas.

Partiendo de este sentido común democrático, el artículo, que dedica una gran parte al totalitarismo stalinista, no explica el surgimiento del mismo. De esta forma, el culto a la personalidad aparece casi como el origen de ciertos regímenes totalitarios y no como un aspecto de ellos. Y aquí se presenta la segunda limitación de los argumentos de Arias: su sentido común democrático es incompatible con una crítica del totalitarismo desde la propia tradición marxista, ya que la misma es crítica a su vez de ese sentido común.

Por eso Trotsky, quien fuera el más profundo y sistemático crítico y opositor al stalinismo, quien señaló que Stalin y Hitler eran “astros gemelos”, apenas aparece mencionado en el suplemento Debates como participante del cumpleaños de Lenin.

Mucho antes de que Kruschev condenara a Stalin para salvar a la casta burocrática, Trotsky desarrolló una perspectiva crítica del stalinismo, luchando por restablecer la democracia obrera de base en los soviets al interior de la URSS, empezando por la legalización de todas las tendencias políticas que defendieran las conquistas de la revolución. Desde esta óptica, Trotsky analizaba en La revolución traicionada el culto a la personalidad impuesto por el stalinismo, no como un producto de la “semilla del mal”, que menciona Arias, sino como parte de un fenómeno de reacción social al interior de la URSS:

“La divinización cada vez más imprudente de Stalin es, a pesar de lo que tiene de caricaturesco, necesaria para el régimen. La burocracia necesita un árbitro supremo inviolable, primer cónsul a falta de emperador, y eleva sobre sus hombros al hombre que responde mejor a sus pretensiones de dominación. La ‘firmeza’ del jefe, tan admirada por los diletantes literarios de Occidente, no es más que la resultante de la presión colectiva de una casta dispuesta a todo para defenderse. Cada funcionario profesa que ‘el Estado es él’. Cada sitio se refleja fácilmente en Stalin. Stalin descubre en cada uno el soplo de su espíritu. Stalin es la personificación de la burocracia. Esa es la sustancia de su personalidad política” [1].

Trabajos recientes como El Siglo Soviético de Moshé Lewin, quien describe en detalle el modus operandi de la burocracia stalinista, avalan los puntos de vista de Trotsky, antes que los de aquellos que intentan analizar los totalitarismos desde una metafísica de las virtudes de la democracia. En este sentido, Trotsky reviste interés no solamente por su profundidad teórica, sino también y sobre todo por su proyecto de un socialismo basado en la auténtica democracia obrera.

06/08/2007