jueves, 23 de abril de 2015

Espectros de la Revolución Permanente (primera parte)

Critic's Picks: The tragic twilight of Leon Trotsky

El título que antecede no es casual. Remite al conocido libro de Jacques Derrida, que buscaba rescatar la vigencia de Marx entre las grietas de lo que se conoció como restauración burguesa. Habiendo pasado el triunfalismo capitalista de los años ’90, con una crisis internacional que ya lleva varios años, primavera árabe y ascenso de Syriza y PODEMOS mediante, en pleno fin del ciclo “posneoliberal” en América Latina, la situación actual nos obliga a reflexionar nuevamente sobre la vigencia del marxismo, en especial sobre su teoría de la revolución.

Como escribimos con Fernando Rosso en Revolución pasiva, revolución permanente y hegemonía, el capitalismo desarrolla sus propias contratendencias a la revolución permanente, que había surgido como proceso histórico y como bandera revolucionaria primero con el jacobinismo y luego con las revoluciones de 1848 y la carta de Marx al CC de la Liga de los Comunistas. Señalábamos en ese artículo que la “revolución pasiva” se insertaba como un “moderador” clausewitziano para mediatizar los choques entre contrarrevolución y revolución y recomponer la autoridad del Estado. Durante el siglo XX, mecanismos de este tipo se pusieron en marcha mediante experiencias como las de la República de Weimar primero y el Estado de Bienestar después, siendo la segunda posguerra un modelo de bloqueo de la dinámica permanente de la revolución.

Recordemos que cuando nos referimos a la dinámica permanente de la revolución estamos hablando de los tres niveles señalados en su momento por Trotsky: una revolución que va de democrático-burguesa a socialista, de nacional a internacional y mundial y como estado de constantes transformaciones en la sociedad pos-revolucionaria.

Precisamente, los años de la segunda posguerra muestran un conjunto de revoluciones en la periferia, pero no en los países metropolitanos, que a su vez se detienen en el ámbito nacional (incluso con enfrentamientos entre distintos países “socialistas”) y que en lugar de avanzar en un constante cambio revolucionario al interior de la sociedad pos-revolucionaria o de transición, asumen formas conservadoras en lo social y burocráticas en lo político.

En los años del 68-81 tienen a coincidir en el ascenso obrero y popular la periferia y el centro y luego de las derrotas y cooptaciones de esos procesos el neoliberalismo asume una forma también internacional generalizada, que explica a su vez la sobre extensión de las formas del régimen de democracia burguesa degradada que se extiende en la mayoría de los países del mundo.

La crisis de la restauración burguesa, la experiencia del movimiento obrero con los gobiernos “posneoliberales” en América Latina, la “primavera árabe” y los fenómenos de los indignados, Syriza y PODEMOS en Europa configuran un cuadro de época especial, cuyas características tenemos que dilucidar y de esa forma revitalizar la teoría de la revolución permanente, para comprender los actuales “bloqueos” o dinámicas que esta puede asumir. Y aquí sigue siendo vigente una vieja pregunta de Trotsky: ¿qué aspecto presenta en la práctica la teoría de la revolución permanente?

Empecemos por el “bloqueo”. En la segunda posguerra, la burocracia stalinista, en acuerdo con las potencias imperialistas, había creado un “orden mundial” que contenía las revoluciones, aunque no pudiera impedirlas. Eso no existe más en la actualidad, no hay división tajante entre periferia y centro, la crisis capitalista tiende a acercar las situaciones de ambas coordenadas; sin embargo, el capitalismo sigue operando con mecanismos diversos que van desde formas parciales y limitadas de revolución pasiva (gobiernos posneoliberales) hasta la contrarrevolución abierta (Egipto), según el nivel de radicalidad de los desafíos que tiene que enfrentar. 

En este contexto, el principal bloqueo de la posible dinámica permanente de la revolución es aquel que podríamos denominar “pasivización ciudadana” es decir, un mecanismo por el cual las luchas democráticas, populares, anti-imperialistas en lugar de desarrollarse hacia una lucha por el poder de la clase obrera en alianza con los oprimidos, asumen la forma de luchas “ciudadanas” es decir movimientos democráticos de programa indefinido o limitado que a su vez son posteriormente contenidos o reprimidos con renovaciones limitadas del régimen político o la instauración de un régimen aún peor que el anterior.

Entonces, en el marco de esta “pasivización ciudadana”, la dinámica que predomina en los procesos sociales y políticos se vuelve pre-permanentista, es decir, se separan los objetivos inmediatos, democráticos, populares o anti-imperialistas de cualquier perspectiva de lucha por el poder de la clase obrera.

Esto nos lleva a reafirmar, viéndolo en retrospectiva, que si bien la teoría de la revolución permanente da cuenta de las principales características de la revolución contemporánea, su dinámica no opera todo el tiempo de manera virtuosa; hacen falta ciertas condiciones para que se den las transiciones pensadas por Trotsky, en especial un nivel ascendente de la dinámica de la lucha de clases y un nivel de organización previo que esté a la altura.

No es casualidad que precisamente estos años fueran los de la primacía de las teorías de las “contingencias”, en sus distintas versiones de Laclau a Badiou, pasando por el Althusser del “materialismo del encuentro”. Desde la óptica de la intelectualidad de izquierda derrotada, ante la disolución de las viejas estrategias gradualistas y la imposibilidad de hacer efectivas en lo inmediato las estrategias revolucionarias, no quedaba otra que esperar algún tipo de acontecimiento mesiánico.

La actual situación histórica impone nuevas reflexiones sobre la relación entre las condiciones en que se desenvuelve la lucha de clases y el proceso de constitución de la clase obrera como sujeto,  ya que como decía Trotsky, la historia puede saltar etapas, pero nosotros no podemos saltarnos las etapas de desarrollo del proletariado como clase revolucionaria.

A pesar de la recomposición de su fuerza social y de una creciente intervención en acciones masivas sobre todo en América Latina, al intervenir todavía diluida en movimientos de lucha “ciudadanos” o limitada a las demandas de tipo sindical, la clase trabajadora no está (subjetivamente) en condiciones en lo inmediato de liderar a los demás sectores populares, de concentrar su apoyo y expectativa, lo cual permitiría a su vez que la dinámica de los procesos “ciudadanos” sobrepasara sus límites actuales y planteara nuevas perspectivas para el desarrollo de la lucha de clases.

En este contexto,  la lucha por la independencia política de la clase obrera se constituye como el primer paso de la lucha por su hegemonía y esta, una condición indispensable para la actualidad de la revolución permanente.

Desde el punto de vista teórico, se puede plantear la siguiente hipótesis: a partir de estos hechos históricos, las propias relaciones entre los elementos constitutivos de la teoría de la revolución permanente se reordenan y resignifican.

Trotsky señalaba en sus Tesis, que la teoría de la revolución permanente versaba sobre el carácter, nexo interno y métodos de la revolución internacional. En la actualidad, el aspecto del “nexo interno”, es decir el rol de la clase obrera como sujeto revolucionario y su alianza con los campesinos, los pobres urbanos, los sectores medios, etc; tiene una importancia primordial, quizás por encima de los demás aspectos, ya que nuestro problema estratégico de mediano plazo es cómo aportar a que la clase obrera se reconozca como clase y adopte una política hegemónica hacia los demás sectores populares, más que como evitar que la revolución se detenga ante la propiedad privada o en el marco nacional.


Aquí es donde se entrecruzan la teoría de la hegemonía y la teoría de la revolución permanente, o mejor dicho, el bagaje teórico que el marxismo dedicó a la cuestión de la hegemonía se resignifica a la luz de las nuevas condiciones para pensar la vigencia de la teoría de la revolución permanente. 

8 comentarios:

Juan Dal Maso dijo...

Copio comentario que me hizo llegar el compañero Fredy Lizarrague, comentario que agradezco mucho y va por partes


Querido Juan

En este post profundizás el concepto situación “pre-permanentista” que ya habías planteado en un post anterior. Creo que el nudo del problema lo habían adelantado en el artículo que escribieron con Fernando Rosso, “Revolución pasiva, revolución permanente y hegemonía”, donde decían que “la permanente de Trotsky goza de buena salud. Sin embargo, al intervenir todavía la clase obrera como un actor dentro de movimientos populares heterogéneos sin lograr todavía la dirección, sigue vigente la ‘fórmula de Marx’, o mejor dicho, el programa permanentista pasa en primer lugar por conquistar una posición independiente de la clase obrera para que avance en reconocerse como sujeto y a su vez se plantee la necesidad de hegemonizar a los demás sectores oprimidos”.
Creo que este post plantea más claramente el problema, o al menos a mí se me presentan con más claridad mis diferencias. Las enuncio a riesgo de adelantarme a la “segunda parte”:

a) Afirmás que “el principal bloqueo de la posible dinámica permanente de la revolución es aquel que podríamos denominar ‘pasivización ciudadana’ es decir, un mecanismo por el cual las luchas democráticas, populares, anti-imperialistas en lugar de desarrollarse hacia una lucha por el poder de la clase obrera en alianza con los oprimidos, asumen la forma de luchas ‘ciudadanas’ es decir movimientos democráticos de programa indefinido o limitado que a su vez son posteriormente contenidos o reprimidos con renovaciones limitadas del régimen político o la instauración de un régimen aún peor que el anterior”. Creo que tenemos que tomar el caso de Egipto como central, ya que fue el proceso revolucionario más profundo del Norte de África, en un país “moderno” con una clase obrera desarrollada. Allí el problema central de la clase obrera no fueron solo las direcciones “democráticas” que impusieron un carácter “ciudadano” a su lucha (o la restringieron a luchas sindicales), como el movimiento de la Plaza Tahrir, sino las direcciones islámicas (sobre todo la Hermandad Musulmana) que impusieron el problema religioso como enorme divisoria de aguas “antihegemónica”, pretendiendo imponer la política del FMI bajo el manto de un régimen islámico. Las demandas democráticas y profundamente sociales del proceso revolucionario chocaron con los límites de clase de la dirección islámica (burguesa y conciliadora con el imperialismo). Fue el catastrófico gobierno de Morsi y la HM, boicoteado por EEUU y Arabia Saudita, el que creó las condiciones para que las FFAA, que nunca perdieron el poder, dieran el golpe contrarrevolucionario de Al Sisi. En Túnez, cuna de la “primavera árabe”, el proceso fue en cierta medida similar, aunque el gobierno actual no sea una dictadura como la de Egipto. No creo que podamos considerar a estas variantes islámicas como “movimientos democráticos de programa indefinido o limitado”, ni al proceso general como de “pasivización ciudadana”. El fracaso del islamismo “moderado” es lo que explica, en última instancia, el fortalecimiento de fenómenos más aberrantes aún, como el Estado Islámico (se calcula que cerca de 3000 tunecinos se sumaron a sus combatientes).

Juan Dal Maso dijo...

(sigue el comentario anterior)


b) Me parece una visión “subjetivista” considerar que (partiendo de que “Trotsky señalaba en sus Tesis, que la teoría de la revolución permanente versaba sobre el carácter, nexo interno y métodos de la revolución internacional”) “En la actualidad, el aspecto del ‘nexo interno’, es decir el rol de la clase obrera como sujeto revolucionario y su alianza con los campesinos, los pobres urbanos, los sectores medios, etc.; tiene una importancia primordial, quizás por encima de los demás aspectos, ya que nuestro problema estratégico de mediano plazo es cómo aportar a que la clase obrera se reconozca como clase y adopte una política hegemónica hacia los demás sectores populares, más que como evitar que la revolución se detenga ante la propiedad privada o en el marco nacional”. Volviendo al proceso revolucionario en Egipto, creo que se detuvo “ante la propiedad privada”, ante las demandas democráticas estructurales (cuestionamiento al poder político y económico de las FFAA), incluyendo dentro de esto el cuestionamiento a la dominación imperialista. El “carácter” anticapitalista de todo proceso verdaderamente revolucionario (que determina el programa transicional hacia la expropiación de los expropiadores), es inseparable de su “nexo interno” (qué clase dirige) y sus “métodos”.

c) Y aquí vuelvo al comienzo: creo colocar en un nivel superior, por decirlo de alguna manera, al “nexo interno”, está relacionado con definir una situación general como “pre-permanentista” (o “pre-estratégica”), y su consecuencia: “En este contexto, la lucha por la independencia política de la clase obrera se constituye como el primer paso de la lucha por su hegemonía y esta, una condición indispensable para la actualidad de la revolución permanente”. ¿Qué significaba en el proceso revolucionario egipcio “la lucha por la independencia política de la clase obrera (…) como el primer paso de la lucha por su hegemonía” separado de un programa transicional “permanentista” o “estratégico” (es decir, sin “pre”) que permita enfrentar al régimen pro-imperialista de las FFAA y a las direcciones islámicas y pequeño burguesas? Por supuesto que era muy difícil triunfar (ni siquiera conquistar una cierta hegemonía) en esta primera etapa del proceso revolucionario, pero lo que si hubiera sido posible sentar las bases de un partido revolucionario de trabajadores templado en estas duras batallas, donde es necesario combinar “guerra de posiciones” con “guerra de maniobras” (muchas veces necesarias para defender las posiciones). Es decir, la lucha por la independencia de clase es inseparable del conjunto de la estrategia revolucionaria “permanentista”. Afirmás que “no podemos saltarnos las etapas de desarrollo del proletariado como clase revolucionaria”. De acuerdo. Pero el marco de crisis capitalista (o en el “mejor” de los casos estancamiento, que impide un reformismo de largo aliento) el programa y la estrategia están determinados por las condiciones objetivas más generales, “permanentistas”. Poner el eje en la “independencia de clase” nos puede llevar a degradar el programa de conjunto, sobre todo sus aspectos de ataque directo al capital (las medidas más directamente anticapitalistas del programa) y a su estado. Sobre todo en situaciones como las de América Latina donde venimos de un ciclo bastante largo de conquistas de la clase obrera sin luchas revolucionarias, y donde priman los mecanismos democrático-burgueses (luchas sindicales “legales” y elecciones de todo tipo).

Juan Dal Maso dijo...

(concluye el comentario)

d) Por último, me parece un problema decir que sigue vigente la “fórmula de Marx” para afirmar que “el programa permanentista pasa en primer lugar por conquistar una posición independiente de la clase obrera para que avance en reconocerse como sujeto y a su vez se plantee la necesidad de hegemonizar a los demás sectores oprimidos”, ya que en la “fórmula de Marx” de la “revolución permanente” de la “Circular del Comité Central a la Liga Comunista” de 1850 se establecía la actitud independiente del “partido proletario” en una posible revolución dirigida por los demócratas pequeñoburgueses o burgueses, o sea, una “revolución democrática”. Esto último, como sabemos, fue descartado por la “fórmula de Trotsky” donde la revolución democrática sólo podía triunfar como dictadura del proletariado (además de los otros dos aspectos). De esta “fórmula” surge el programa y la estrategia, no de la “fórmula de Marx”.

Espero haber contribuido al debate.

Un abrazo, Fredy Lizarrague

Facundo Aguirre dijo...

Coincido con el planteo de Fredy en lineas generales. La conquista de la independencia política de la clase obrera no se puede pensar desligado de la estrategia y el programa de la revolución, la conquista de la hegemonía no se puede plantear desligada de encabezar las luchas democráticas y ciudadanas planteando una estrategia diferente de las direcciones pequeñoburguesas y burguesas para llevarlas a cabo. ¿Porque sino que significa conquistar la independencia política de la clase obrera sino es ir generando las condiciones de la revolución ?
Veo otro problema que es que al plantearse la ciudadanización como un desvío, se corre el riesgo de pensar la conquista de la independencia de clase solo desde el angulo estrictamente sectorial del interés proletario que implica en gran parte que los trabajadores reconozcan sus fuerzas y eso puede llevar implícitamente al sindicalismo y sin darnos cuenta al abandono de una política democrática.
En este punto me detengo. La idea de radicalizar la democracia es la que se opone por izquierda a la de revolución social. La política de la ciudadanización abandona la lucha por las demandas democráticas estructurales, pero además busca la integración al estado capitalista en alguna medida. Por ese abandono de las demandas antiimperialistas en las revoluciones arabes el islamismo logro ocupar un lugar dirigente contra el democrátismo laico porque desde una perspectiva aberrante culpa a la occidentalización y la opresión imperialista de los males de sus pueblos.
Enfrentar la estrategia democrátista implica llevar las luchas democráticas hasta el final, para hacerlas chocar con la existencia misma del estado capitalista, una política democrática de extrema izquierda. Conquistar la independencia de clase es luchar a la vez por la hegemonía de los movimientos populares y democráticos porque solo así el partido y la clase pueden hacer una política hegemónica.
Me parece que el problema que se plantea parte de un razonamiento muy valido de como hacer política revolucionaria sin revolución, sin clase obrera organizada, sin vanguardia proletaria, sin imaginario socialista. Nuestra visión es que hay un bloqueo de la revolución y no un cambio de época que justifique el abandono del permanentismo y de la construcción de un partido revolucionario independiente.
Los tres modelos que yo conozco que se plantearon ser el partido de clase sin la perspectiva inmediata de la revolución fueron el de la Primera Internacional, que se planteaba unificar políticamente a todas las tendencias del proletariado y el es que se corresponde al Marx que vos citas; el de socialdemocracia alemana que se desarrollo durante la etapa del crecimiento virtuoso del capital y la formación del imperialismo; y el del togliatismo, que podemos decir que es una especie de versión socialdemocráta del stalinismo, que se desarrollo bajo la égida de Yalta, es decir de la colaboración contrarrevolucionaria del stalinismo en el status quo mundial. El neo-togliatismo que tanto vos como FR critican es una estrategia senil, que se plantea bajo las condiciones de la restauración burguesa, sin clase y sin partido, ni siquiera como una socialdemocracia radicalizada al decir de Laclau o Mouffe, sino como meros administradores del estado capitalista.
Saludos.

Juan Dal Maso dijo...

Gracias por los comentarios.

Por lo que dice Fredy:

-De acuerdo con destacar el rol de la Hermandad Musulmana y el Islam político más en general, para no caer en una visión "occidental y cristiana"...

-Lo de Egipto me parece que no explica España o Grecia y el tipo de fenómenos que se dan ahí, incluso América Latina.

Por lo que dice Facundo:

-De acuerdo con la cuestión de las demandas democráticas. La segunda parte de este post, está dedicada a eso. Lo separé en dos porque era un texto muy largo.

Slds.

Apuntes de Frontera dijo...

Para intentar aportar (o no) en la reflexión, pego algunas líneas, bastante incompletas. Me parece un muy buen aporte a la reflexión teórica y estratégica.
En primer lugar me hace ruido la definición de “dinámica pre-permanentista”. Entiendo el contenido. Creo que la definición precisa debería ser “anti-permanentista” en el sentido de que impide el desarrollo de la dinámica que une demandas democráticas a la lucha revolucionaria del proletariado.
Pero eso no es una tarea “automática” del proceso revolucionario. Cuando Trotsky lo define entre las tesis de la permanente (TRP), lo hace como hecho corroborado por la experiencia histórica, no como tendencia necesaria. Por el contrario, la discusión de tomar las demandas democráticas estructurales en el marxismo pre-1917 implicó una pelea constante (de Lenin) por unir de manera revolucionaria el campesinado y el movimiento obrero (problema democrático central) y de intervenir en los acotados márgenes de la Duma (contra las alas sectarias).
Desde ese punto de vista, el problema de la dirección de movimiento obrero (o de franjas del mismo) se corrobora en la experiencia de Egipto, donde la estrategia de la dirección de la HM es anti-hegemónica y, por ende, antipermanentista. Una política de no tomar el conjunto de las demandas de las masas (en primer lugar las democráticas) implica renunciar a la dinámica permanentista. Pero eso es expresión de una determinación de clase, ya que la HM tiene claramente un carácter burgués.
Desde ese punto de vista me parece discutible la afirmación de “las propias relaciones entre los elementos constitutivos de la teoría de la revolución permanente se reordenan y resignifican”. El carácter dependiente de la burguesía semicolonial (base estructural de la TRP), resultado de la dominación imperialista del mundo es el que se halla detrás de las limitaciones estratégicas de la HM. Desde ese punto de vista, uno de los aspectos “objetivo” de la TRP se corrobora y la tarea de resolver los problemas democráticos queda “en manos” del movimiento obrero, cosa que no puede hacer por sus enormes debilidades subjetivas.
(Sigue en otro comentario)

Apuntes de Frontera dijo...

¿Se puede medir el mundo entero por la vara de Egipto? Creo que no. Ahí acuerdo en que los parámetros de la TRP pueden resultar “abstractos” precisamente porque la dinámica no implica el desarrollo ni siquiera del aspecto de las demandas democráticas que son cuestionadas pero donde las direcciones, o quienes se postulan para expresar esos procesos, tiene, como bien se dice, una estrategia de preservación de los degradados mecanismos de la democracia burguesa en su etapa posneoliberal. Y porque en el movimiento obrero prima una dinámica de demandas corporativas.
¿Las consignas democráticas se vuelven centrales? Sí, en la medida en que contienen hoy una fuerza “motora” por la degradación de esa misma democracia. La paradoja es que la contrarrevolución democrática, usada como herramienta en el neoliberalismo para frenar procesos revolucionarios, generó democracias muy degradadas (que se siguieron degradando) y que empezaron a entrar en crisis con las consecuencias de la crisis internacional.
Aunque aquí creo que se confirma un aspecto más de la TRP ligado al sujeto social y político. Precisamente son corrientes de carácter pequeño burgués las que plantean la estrategia de “radicalizar la democracia” sin tomar en cuenta las determinaciones estructurales del capital que imponen esa degradación de la democracia. Desde ese punto de vista, sólo la clase trabajadora (un partido que se postule a expresas sus intereses en el sentido más pleno del término) puede tomar y desarrollar de manera revolucionaria estas demandas y ligarlas con demandas transicionales.
En ese marco, me parece que queda como suerte de dicotomía forzada cuando se dice al final que “así como la lucha por la independencia política de la clase obrera es el primer paso de la lucha porque se constituya como clase hegemónica, la lucha por un programa democrático-revolucionario, expresado en estas consignas que cuestionan al régimen político es la punta del ovillo que permite desarrollar un programa que cuestione el conjunto del régimen social capitalista”.
Me parece forzado porque una cuestión esencial de la estrategia es que, precisamente, la clase obrera pueda conquistar hegemonía (o avanzar en eso) luchando por esas demandas. Esto presupone un grado de independencia política que le permita superar el corporativismo, lo que implica su organización en partido.
Saludos
Eduardo


Juan Dal Maso dijo...

Gracias Eduardo, recién anoche pude leer bien el comentario.

Me parece más adecuado definir la dinámica como "pre" que como "anti" porque en el primer caso es un "bloqueo" menos absoluto, digamos.

Yo creo que la TRP no es solamente para los países atrasados donde hay "burguesía semicolonial". En ese sentido, la cuestión de darle un peso específico a la independencia de clase y conquista de hegemonía, que es común a países semicoloniales y metropolitanos.

No entendí lo de que hay una dicotomía forzada al final (en referencia a la segunda parte del post). Los dos argumentos van hacia el mismo lado y efectivamente son cuestiones que van unidas, aunque en la argumentación están separadas (y en la realidad por ahora también).

Un abrazo.