sábado, 7 de marzo de 2015

Gramsci y la revolución permanente



El tema al que hace referencia el título de estas líneas suele ser un poco problemático. Problemático pero no por eso improductivo, no solamente desde el punto de vista teórico general sino para reflexionar sobre los problemas actuales de teoría y estrategia marxista, como intentamos hacer en este artículo escrito el año pasado junto con Fernando Rosso para la revista Ideas de Izquierda

Pero antes de empezar por el final, deberíamos plantear que la cuestión de la "revolución permanente", en sentido amplio, tiene un lugar central en el pensamiento del marxista sardo. 

Esta centralidad no se debe tanto al análisis por Gramsci de la revolución permanente según Trotsky, sino a que la revolución permanente es el par conceptual de la revolución pasiva, que a su vez remite a las reflexiones de Gramsci sobre la Revolución burguesa moderna y la oposición entre Francia (jacobinismo-revolución permanente) e Italia (moderantismo-revolución pasiva). 

Entonces, revolución permanente, como el otro de la revolución pasiva. Pero curiosamente ambas categorías son presentadas por Gramsci como hijas de las mismas premisas explicativas del materialismo histórico: 

En C13 §17: señala: 

"Niguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues bien miradas las cosas, vemos siempre que estos objetivos sólo brotan cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización." [Prólogo de la Contribución a la crítica de la Economia Política.]'" 

Y posteriormente, a propósito de los debates sobre qué conjunto de acontecimientos conformaban la revolución francesa dice: 

"En todos estos puntos de vista hay una parte de verdad. Realmente las contradicciones internas de la estructura social francesa que se desarrollan después de 1789 encuentran su resolución relativa sólo con la tercera república y Francia tiene 60 años de vida política equilibrada después de 80 años de trastornos en oleadas cada vez más largas: 89-94-99-1804-1815-1830-1848-1870. Es precisamente el estudio de estas 'oleadas' de diversa oscilación lo que permite reconstruir las relaciones entre estructura y superestructura por una parte y por la otra entre el desarrollo del movimiento orgánico y el del movimiento de coyuntura de la estructura. Se puede decir entre tanto que la mediación dialéctica entre los dos principios metodológicos enunciados al comienzo de esta nota se puede encontrar en la fórmula político-histórica de revolución permanente."

En C15 § 17 se puede leer: 

"El concepto de revolución pasiva debe ser deducido rigurosamente de los dos principios fundamentales de ciencia política. 1 ] que ninguna formación social desaparece mientras las fuerzas productivas que se han desarrollado en ella encuentran todavía lugar para su ulterior movimiento progresivo; 2] que la sociedad no se impone tareas para cuya solución no se hayan incubado las condiciones necesarias, etcétera."

Entonces, de los principios del materialismo histórico, que Gramsci cita primero  y parafrasea después, del prólogo a la Contribución a la Crítica de la Ecomonía política, cuya mediación dialéctica se sintetiza en la fórmula revolución permanente, debe deducirse el concepto de revolución pasiva, no como programa, sino como "criterio de interpretación en ausencia de otros elementos activos dominantes" (C15 § 62).

En definitiva, en la historia de las revoluciones burguesas, la revolución permanente se opone a la revolución pasiva y en las categorías explicativas del materialismo histórico, los conceptos de revolución permanente y revolución pasiva se utilizan  para comprender las relaciones entre estructura y superestructura en la constitución de los Estados modernos, a partir de la comparación entre Francia e Italia. Explicación que por su parte alude a la dinámica de los acontecimientos, combinando cuestiones objetivas y subjetivas, cuya expresión se sintetiza en la existencia o ausencia de una fuerza "jacobina" capaz de hacerse con el mando e impulsar el proceso revolucionario más allá de los límites que buscan imponerle los sectores más moderados. 

Son pocos los marxistas del siglo XX que le dieron tanta importancia a la cuestión de la revolución permanente en la reflexión sobre el desarrollo de las revoluciones burguesas, las revoluciones de 1848 y el desarrollo del movimiento obrero moderno. 


Y si bien la respuesta que dan son distintas, Gramsci se ubica en un plano de reflexión cercano al de Trotsky, al intentar analizar las condiciones para la continuidad de la estrategia de revolución permanente que surge en la Revolución Francesa, es reformulada por Marx y sistematizada por Trotsky en el siglo XX. 



Trotsky, por su parte, en la primera formulación de la revolución permanente en su trabajo Resultados y Perspectivas, plantea las conclusiones posibles de la comparación de las experiencias de 1789, 1848 y 1905 y de ellas desprende la centralidad de la clase obrera como sujeto de la revolución, a partir de la reconstrucción de los pasos que aquella va dando en su experiencia de lucha, en la que progresivamente se va separando del “pueblo” dentro del cual anteriormente estaba diluida bajo dirección burguesa. 

En la argumentación de Trotsky, que se inserta en la tradición marxista clásica de estudiar profundamente las revoluciones burguesas para mejor comprender la lucha de clases del proletariado, la Revolución Francesa de 1789 ofrece el modelo de “revolución nacional” burguesa, mientras que en las revoluciones de 1848, surge la clase obrera como un actor diferenciado de la burguesía republicana y la pequeñoburguesía democrática, pero todavía débil aún para imponer su propio poder. Finalmente, en la revolución de 1905 en Rusia, la clase obrera aparece como la combatiente de vanguardia de la revolución democrático-burguesa; lo cual se explica a su vez por las características del desarrollo histórico ruso (país “atrasado” pero moldeado por e inserto en la economía mundial). La comparación de estas tres revoluciones permite a Trotsky esquematizar el desarrollo de la clase obrera que a tavés de la experiencia histórica, se escinde del bloque indiferenciado del “pueblo” y comienza a luchar por su propio interés de clase que llevado hasta el final implica la lucha por la dictadura del proletariado y el socialismo. 

Las experiencias de 1789, 1848 y 1905 planteaban entonces para el marxismo la progresiva (aunque no lineal) desagregación del “pueblo”, en un proceso de ascenso y consolidación de la sociedad burguesa que a su vez conlleva el proceso de separación del proletariado y por ende la elaboración de una estrategia de “hegemonía proletaria” precisamente en los países en que la “modernización” llega tarde y la clase obrera es más fuerte que la burguesía, como Rusia.

Las diferencias son dos. Allí donde Gramsci ve más continuidad de 1789 a 1848, Trotsky ve el inicio de una ruptura y allí donde Trotsky se orienta hacia 1905 (Rusia), Gramsci vuelve la vista hacia la unificación italiana.

En el artículo citado al principio, comentando un texto de Fabio Frosini, debatíamos sobre las afinidades entre la teoría de la revolución permanente de Trotsky y la teoría de la hegemonía de Gramsci, a partir del rescate, problemático, contradictorio, pero efectivo que el comunista italiano hacía de lo que podríamos denominar "el permanentismo de Lenin" en el Cuaderno 1 §44. 

Sin dudas que esta es una dirección en la cual indagar, muy interesante y como destaca Alvaro Bianchi en su libro O Laboratório de Gramsci - Filosofía, História E Política, (Campinas, Alameda Editorial, 2008, pg. 237) sobre la interpretación de Gramsci, que habla de "alianza entre dos clases, con hegemonía de la clase urbana": "Esa fórmula estaba muy lejos de ser idéntica a la 'dictadura democrática del proletariado y el campesinado' defendida por Lenin en 1905". 

Recordemos que la vieja fórmula de Lenin fue la que utilizó primero la Troika y luego los bujarinistas y stalinistas para oponerse a la revolución permanente y que Trotsky señala como una de las debilidades de esa fórmula que no definía qué clase tenía la hegemonía dentro de la alianza obrero-campesina.

No obstante este "reconocimiento parcial" de la dinámica permanente de la revolución rusa, podría argumentarse que el problema pasa por si la revolución permanente tenía para Gramsci vigencia para Occidente. Es un debate complejo, en el que ciertos recortes efectuados por los cultores de la interpretación "togliattiana" del pensamiento de Gramsci, no ha ayudado precisamente a clarificar el asunto. 

Y de hecho, basándose en ciertos fragmentos simplistas, la "síntesis" del planteamiento del problema por Gramsci se ha establecido más o menos así: "Habría que ver si la teoría de Trotsky no es el reflejo de la lucha tal como se dio en un país en el cual los cuadros de la vida nacional eran fluidos y desorganizados, mientras que si intenta aplicarse a Europa Occidental, en la cual hay una relación 'equilibrada' entre Estado y Sociedad Civil, solamente puede ser causas de derrota". (Esto último no es cita sino una reconstrucción del argumento tal y como se ha difundido).

Con eso, más algunas citas, sería suficiente para catalogar a Gramsci como un antitrotskista, aunque no furioso, bastante convencido. 


Sin embargo, el asunto no es tan sencillo. 


En primer lugar, hay que realizar la siguiente contextualización: Ni siquiera Lenin, luego de su confluencia con Trotsky, reconoció el rol de la teoría de la revolución permanente (formulada por primera vez en Resultados y Perspectivas) en la evolución del marxismo ruso e internacional. 


Más allá de la persona de Lenin, esto tiene relevancia porque el marxismo de la III Internacional, que ponía en primer plano la cuestión estratégica de la toma del poder por la clase obrera, seguía sosteniendo ciertas ideas que rápidamente se demostrarían como envejecidas (por ejemplo la idea de que en las colonias o semicolonias era poco probable que la clase obrera pudiera desempeñar un rol hegemónico sobre los campesinos y los movimientos nacionales). 


Reformular el marco teórico para mejor comprender el nuevo marco estratégico, con todo, hubiera tenido ciertos límites. Seguramente, en 1922 no se podía pronosticar desde Moscú una revolución proletaria en China o Indonesia por fuera de la experiencia práctica. Pero, incluso siendo muy cautelosos, el poder explicativo y anticipador de la teoría marxista se hubiera ampliado y sobre todo hubiera sido más difícil restaurar de a poco y en un largo proceso, de 1924 en adelante, la línea etapista menchevique, tergiversando las "viejas fórmulas" de Lenin. 


Pero como esto último es una suposición, volvamos a Gramsci. 


Decía que el asunto no es tan sencillo porque los considerandos del marxista sardo no se detienen en los que mencionamos y que constituyen el espantapájaros con que los togliattianos querían exorcizar a los trotskistas.


En el libro que ya citamos de Alvaro Bianchi, el autor hace un análisis concienzudo del problema, buceando en distintos pasajes de los Cuadernos (teniendo siempre en cuenta el momento en que fueron escritos) y en especial compara el texto del C8 § 52 y su reelaboración en C13 § 7,  y llega  a la siguiente conclusión: "A partir de mayo de 1932, Gramsci parece no insistir en la identidad de guerra de movimiento y revolución permanente, como es posible constatar en la supresión de esta identidad en el pasaje ya citado del Cuaderno 13". (Bianchi, pg. 243).

Yo creo que teniendo en cuenta asimismo lo señalado por el propio Gramsci al final del C13 § 24, en el que rescata, aunque dice que no lo sistematizó, el análisis de Trotsky sobre las diferencias de las condiciones de lucha entre Rusia y Europa Occidental en el Cuarto Congreso de la Tercera Internacional, Gramsci sabía que la teoría de Trotsky no podía asimilarse sin más a la "guerra de movimiento" y mucho menos al "ataque frontal", pero veía que la relación entre "guerra de posición" y "guerra de maniobra" debía invertirse, es decir pasar a tener preponderancia la primera por sobre la segunda. 


El problema es que Trotsky pensaba lo mismo, (basta ver el conjunto de escritos de los años '30 sobre la cuestión del Frente Unico, los sindicatos, el problema de la huelga general, sobre todo en Inglaterra, Francia y Alemania, distinto de España donde había un proceso revolucionario abierto), aunque, sobre todo en 1923, cuando dice que se dejó pasar la posibilidad de tomar el poder en Alemaina,  no veía tan lejanas las posibilidades para cambiar de una orientación defensiva a una ofensiva como Gramsci, por el contrario consideraba central prepararse para ese pasaje. 


Pero en cierto modo y para decirlo popularmente, en lo que hace al reconocimiento de distintas condiciones de lucha en Europa Occidental por Trotsky, Gramsci estaba pateando una puerta que estaba abierta. 


No obstante esto, podemos invertir la pregunta ¿Qué aspecto presenta en la práctica la revolución permanente en "Occidente"? ¿No tiene como un componente central la conquista de "hegemonía" obrera (que en la elaboración por Trotsky de la teoría de la revolución permanente juega un papel fundamental)? 


En Gramsci hay de algún modo varios Occidentes: E.E.U.U., el bloque de Inglaterra, Francia y Alemania y los países que denominaba (denominación problemática) como "capitalismo periférico" dentro de Europa, como España, Portugal, Grecia, Italia. Es decir, para Gramsci no hay un sólo "Occidente". 


Sin embargo, se puede resumir la "condición occidental" en algunas características: sociedad civil robusta, cooptación de las organizaciones de masas, Estado con un alto poder de fuego, que se resumen en la categoría de Estado integral. Esa condición occidental, aunque degradada, se generalizó a un conjunto de países semicoloniales, por lo menos en cuanto a las formas políticas.


Pensando en esto y en la situación subjetiva de la clase obrera, en el artículo que citamos anteriormente, habíamos escrito con Fernando Rosso, que por la dinámica actual de los procesos políticos están planteadas tareas que hacen a la fórmula de revolución permanente de Marx (conquista de la independencia de clase), la fórmula de Gramsci (conquista de hegemonía-guerra de posición) y la de Trotsky (unidad de los procesos a escala internacional, estrategia que articula la conquista de hegemonía con una perspectiva insurreccional).


Para concluir esta reflexión que ya se hizo un poco larga, mi conclusión sería que en un contexto en el que las experiencias como la de Syriza y PODEMOS llevan adelante un posicionalismo sin guerra de posición (que se resume en la frase de Pablo Iglesias en su conversación con Chantal Mouffe "Tener el Estado no es tener el poder, pero...."), la temática gramsciana de la guerra de posición y la conquista de hegemonía pasa a ser un componente fundamental para la teoría de la revolución permanente, en este período.