viernes, 7 de febrero de 2014

Argentina 2014 ¿Nuevamente crisis orgánica?


¿Llegó el momento de volver a hablar de "crisis orgánica"? Habría que pensarlo mejor, pero en principio puede afirmarse que hay varios elementos en ese sentido. Recapitulando, la "crisis orgánica" que tuvo su expresión en el 2001 combinó la salida de la convertibilidad con el estallido del bipartidismo UCR-PJ al hundirse el partido radical (todavía hoy en proceso de dudosa "recuperación"). Recordemos la conocida cita de Gramsci (según Ansaldi, "el genio de la lámpara”): 

"En cierto momento de su vida histórica, los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales. Esto significa que los partidos tradicionales, con la forma de organización que presentan, con aquellos determinados hombres que los constituyen, representan y dirigen; ya no son reconocidos como expresión propia de su clase o de una fracción de ella. Cuando estas crisis se manifiestan, la situación inmediata se torna delicada y peligrosa, porque el terreno es propicio para soluciones de fuerza, para la actividad de potencias oscuras, representadas por hombres providenciales o carismáticos.

¿Cómo se forman estas situaciones; de contraste entre "representados y representantes" que desde el terreno de los partidos (organizaciones de partido en sentido estricto, campo electoral-parlamentario, organización periodística) se transmiten a todo el organismo estatal, reforzando la posición relativa del poder de la burocracia (civil y militar), de las altas finanzas, de la Iglesia y en general de todos los organismos relativamente independientes a las fluctuaciones de la opinión pública? En cada país el proceso es diferente, aunque el contenido sea el mismo. Y el contenido es la crisis de hegemonía de la clase dirigente, que ocurre ya sea porque dicha clase fracasó en alguna gran empresa política para la cual demandó o impuso por la fuerza el consenso de las grandes masas (la guerra por ejemplo) o bien porque vastas masas (especialmente de campesinos y de pequeños burgueses intelectuales) pasaron de golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plantearon reivindicaciones que en su caótico conjunto constituyen una revolución. Se habla de 'crisis de autoridad' y esto es justamente la crisis de hegemonía, o crisis del Estado en su conjunto."

Como suele ocurrir, la realidad no encaja exactamente en la cita (ni tendría por qué), pero hagamos una hipótesis que sirva para pensar. Empecemos por invertir el orden de los argumentos. Antes del proceso de "escisión", veamos el problema de la "gran empresa" fallida de la clase dirigente. O mejor dicho, digamos que el kirchnerismo intentó ser él mismo una "gran empresa" que reemplazara la convertibilidad y el bipartidismo, pero no logró sustituir ninguna de las dos cosas con dispositivos permanentes, que pudieran durar un ciclo prolongado desde el punto de vista histórico. 

Desde el punto de vista económico, el curso actual ha dado por tierra con el viejo discurso de "aliento del consumo y bienvenida a las tensiones del crecimiento", lo cual fue precedido por la ruptura con los sindicatos protagonizada por CFK y líneas de ajuste "moderado". Las banderas de la “gran empresa”, empleo, consumo, más “estado”, que tenían como soporte las paritarias, que seguían, de atrás, pero seguían a la inflación, combinada con el “desendeudamiento”; hoy se caen al ritmo del pragmatismo de las medidas tomadas.

En cuanto al reemplazo del bipartidismo, si bien no resulta muy consistente exigir a un país semicolonial un sistema de partidos aceitado y "virtuoso", lo cierto es que no sólo el kirchnerismo encontró soluciones parciales deficientes (básicamente ocupar todo el espacio político y represtigiar el régimen por la vía de montones de elecciones, en especial la del 54%) sino que ahora incluso está dinamitando al PJ, al mismo tiempo que se dinamita a sí mismo. La experiencia de las masas con el "partido de la contención", que a su vez es el “partido del orden” por excelencia de los últimos 70 años, es decir con el peronismo, que no pudo llevarse hasta el final con el primer gobierno (por la Libertadora), ni en los setenta por la muerte de Perón y el Golpe; se puede estar produciendo en el presente. El kirchnerismo como enterrador del mito de que el peronismo es garantía de gobierno y de estabilidad.

En cuanto al elemento de "separación de dirigentes y dirigidos", todavía es algo más mediatizado, pero también más de clase y más político que en el 2001. Mientras que el 2001 marcó la separación abrupta, por la forma en que se desplomó la economía, de las capas medias con el partido radial, el fin de ciclo kirchnerista marcó el inicio de la separación de la clase obrera con el peronismo, que es un proceso nuevo y al mismo tiempo con elementos de continuidad con las experiencias de organización, conciencia de clase y autonomía obrera en los '70. En este sentido aunque los "Holloway" del peronismo, digan que el "posperonismo" es una ilusión con bisnietos, lo cierto es que los "bisnietos" están haciendo la experiencia, a partir de tres mandatos consecutivos del kirchnerismo apoyado en el PJ. Todo este proceso estuvo precedido por una ruptura más “radical” (en todos los sentidos del término) de las clases medias, manifestada en los cacerolazos.

La crisis policial es otro elemento de “crisis orgánica”, tanto por la ruptura de la cadena de mando de uno de los principales brazos armados del estado, como por el factor inicial de una futura base maniobras de “potencias oscuras” (“partido policial” y Triple A), a disposición de nuevo Jefe.

Hasta acá, suficiente Gramsci. Ahora tratemos de pensar con Trotsky. 

Este proceso más mediatizado de escisión de la clase obrera con el peronismo, tiene ribetes contradictorios. Por un lado, la recomposición social de la clase obrera durante estos años de crecimiento económico (sin dejar de lado las divisiones producto de la precarización laboral y el rol penoso de las centrales sindicales que no existen más como centrales nacionales), se demostró como peso social en el paro del 20 de Noviembre de 2012 (que pasó a la historia como 20N, pero fue ninguneado como expresión de un proceso profundo por la mayoría de los analistas superficiales). Sin embargo, ese peso social tiene una expresión "superestructural" más difusa. En un franja se expresa como experiencia por izquierda con el kirchnerismo y apoyo al FIT, pero de conjunto no tiene expresión en una organización de la clase obrera en formación de combate. No estamos hablando de una huelga general insurreccional. Sino de un paro nacional contra el ataque al salario y las condiciones de vida. Si la burocracia lo convocara, los obreros sin duda lo tomarían en sus manos.

En ese sentido los debates sobre los cuántos elementos “pre-revolucionarios” hay en la situación transitoria está superado por la realidad. Podría decirse que la situación es todo lo pre-revolucionaria, que las direcciones contrarrevolucionarias del proletariado le permiten ser.

La burocracia ve un horizonte plagado de malos recuerdos y prefiere un '90/91 antes que un 73/74 y las conducciones "alternativas" son todavía débiles o acostumbradas a "nadar con la corriente" y por ende tendientes al "posibilismo". 

Lo que pase con las paritarias ¿será determinante de la evolución posterior de la correlación de fuerzas y de la conciencia y organización de la clase obrera, o relativamente secundario? No está claro. En el peor de los casos, una posición débil de los trabajadores en las paritarias no necesariamente equivale a una derrota decisiva y por decirlo metafóricamente, a un "ascenso de Hitler" (entrega sin lucha que prepara la liquidación de las organizaciones obreras), pero son estos momentos en los cuales es necesario empezar a ensayar el frente único como maniobra de vanguardia y de masas en la clase obrera, la creación de instancias de reagrupamiento de los sectores combativos, la preparación de los conflictos. Lo que sí puede ser decisivo, por el peso político y social logrado por la izquierda clasista y su “zonas de influencia”, es la intervención y la emergencia que pueda lograr en esta coyuntura, para erigirse como alternativa “real” para amplios sectores de la clase obrera.

Fernando Rosso/Juan Dal Maso