sábado, 22 de noviembre de 2008

El populismo castrado (Tragedia y farsa de la intelectualidad peronista)


De cómo la historia se transforma en un texto

Los intelectuales provenientes de la JP de los ‘70 son quienes han capitalizado en lo inmediato el retroceso de los intelectuales social-liberales argentinos.

La diferencia fundamental que mantiene este sector de intelectuales (González, Casullo, Feinman, etc.) con Sarlo, Vezzetti y demás, es el balance sobre los ‘70. Si bien todos han revisado y mantienen hoy una distancia “crítica” respecto de sus proyectos setentistas, ninguno de ellos ha renegado de su pasado al nivel de reivindicar, como Sarlo, la teoría de los dos demonios. Este posicionamiento les ha dado un “prestigio” que aquellos transformistas hasta el final no pudieron lograr, compensándolo con un mayor control sobre la “academia”, otra invención de la vuelta de la democracia.

Desde este posicionamiento fundamental este sector ha logrado empalmar no sólo con la política de derechos humanos del gobierno de Kirchner, a la izquierda de la teoría de los dos demonios (no así su política represiva actual hacia piqueteros, fábricas ocupadas, etc.), sino con el renovado proceso de rescate y discusión de los ‘70 expresado en infinidad de libros, revistas y producciones audiovisuales. Mientras que Sarlo reniega explícitamente de sus “sueños autoritarios” de esos años, para los intelectuales provenientes de la JP debatir los ‘70 es volver a poner sobre la mesa aquellas “utopías irredentas” que si bien fueron abandonadas, no merecen ser denostadas.

Pero, contradictoriamente, en este punto fuerte reside su mayor debilidad. Porque su mirada más favorable hacia los ‘70 convive con un posibilismo que si bien se postula como crítico del progresismo gorila, no propone más que una expropiación en clave peronista de los postulados de éste. Este dualismo entre el pasado nunca negado hasta el final y el presente moderado y posibilista, entre la patria socialista y el capitalismo nacional o latinoamericano, es la base de sus mayores contradicciones.

Desde la cárcel fascista, Antonio Gramsci escribió que debíamos conservar del pasado aquello que habíamos contribuido a edificar. Bella definición sin duda. Es necesario no olvidar que el “nosotros” de Gramsci remitía a la clase trabajadora y, a través de ella, al conjunto de las clases oprimidas. Esta dialéctica de pasado y presente presupone justamente la continuidad de un sujeto social situado en el quehacer histórico, en el cual todo texto es un momento de la praxis.

Por el contrario nuestros intelectuales “peronistas” se han resignado a que el pasado revolucionario sólo puede volver en un aséptico relato, reivindicativo hacia atrás, pero sumamente moderado hacia el presente.

De esta forma el dualismo de “setentismo” y posibilismo los deja siempre en situaciones “incómodas”, en las cuales las posiciones de Sarlo actúan como una suerte de posicionamiento en última instancia compartido implícitamente contra la izquierda marxista revolucionaria. A su vez este dualismo se expresa en una suerte de “fuga de la historia hacia el discurso”. Justamente, al naturalizar el dominio social y político de la burguesía, no queda mucho más que apuntalar al actual gobierno para ampliar los alcances de su discurso político, pero sin cuestionar su política efectiva, para que la cita de Yrigoyen o Perón reemplace la figura del Plan Marshall, o para que la reivindicación de la lucha “contra el terrorismo internacional” vaya acompañada de... “humanismo crítico”.

De todas formas no debemos confundirnos, en su desgarramiento guardan una fuerte continuidad: tanto en los ‘70 como en la actualidad se referenciaron en una corriente que consideraba a la clase obrera “columna vertebral” del movimiento nacional pero no sujeto efectivo de la revolución social. Esta hostilidad hacia la independencia de la clase obrera es un punto común de todos los registros que intenta analizar este artículo, y es a la vez el fundamento histórico e ideológico de esta extraña autonomía de los intelectuales, muy notoria respecto del movimiento de masas pero inexistente frente al gobierno de Kirchner.

I - Horacio González o la retórica del equilibrista

Fractura del tiempo histórico o de cómo el superávit fiscal reemplazó a la patria socialista

Horacio González expresa con muchísima claridad este dualismo elevándolo a un esquema para analizar la práctica del gobierno de Kirchner, acudiendo a la división entre tiempo cíclico y tiempo lineal. El tiempo cíclico es según González el de la reivindicación de la utopía setentista, que conlleva una reparación justiciera de aquellos que fueron salvajemente aniquilados. El tiempo lineal sería aquel de la “moderación” en materia de decisiones económicas, de recomposición institucional, en otras palabras de la gobernabilidad y la política prosaica, sin “utopías” ni redenciones.

Esto se expresa en la propia práctica de González, en su renovado afán de ampliar los alcances del discurso presidencial a la par de mostrar una conformidad aproblemática frente a la política gubernamental, que basa toda su estrategia en la más brutal transferencia de ingresos a favor de una minoría de privilegiados, mientras engrosa el superávit fiscal a costa de mantener a la mitad de la población bajo la línea de pobreza con el famoso dólar a tres pesos, sin reajustar los salarios a nivel de la canasta familiar y sin creación de empleo genuino. Si durante la infame fiesta menemista nuestro país se transformó en una suerte de barril sin fondo del que la Repsol siempre encontraba algo que sacar, el actual gobierno progresista, con la careta “nacional” de Enarsa, se prepara para dejar en manos de las multinacionales la explotación de la plataforma marítima.

Esta construcción implica una fractura del tiempo histórico en la cual, mientras estamos condenados a aceptar la moderación, es decir la ausencia de toda perspectiva revolucionaria en un tiempo lineal y sin sobresaltos, la lucha por la liberación de los oprimidos queda limitada a una reformulación de la lectura del pasado pero completamente bloqueada como perspectiva para el presente.

Una visión de este tipo no es nueva. De hecho hay por lo menos dos perspectivas con las que se emparenta la visión de González. La concepción de un tiempo lineal, vacío y paso a paso que fuera dominante tanto en las últimas décadas del siglo XIX hasta la Guerra del ‘14, con su positivismo y su evolucionismo vulgar acompañado de programas máximos imponentes (que harían el rol del tiempo cíclico de González, aunque más atentos a una construcción idílica del futuro que a una “redención” del pasado); y el “gran relato” sobre el fin de la historia de Fukuyama, otra forma de historia con providencia que en lugar de postular la evolución indolora desde el capitalismo al socialismo, postulaba la definitiva victoria de aquel sobre éste. Ambas lecturas construyeron la ilusión, una por “izquierda” y otra por derecha, de una domesticación del quehacer histórico.

De más está decir que no vemos a González propiciando una vuelta al evolucionismo socialdemócrata, ni al triunfalismo capitalista ingenuo de Fukuyama, pero su posibilismo, incapaz de ir más allá del dominio del capital, lo acerca peligrosamente si no a una visión del fin de la historia, por lo menos a una degradación del tiempo histórico en la cual la lucha por la revolución pertenece al pasado mientras que el moderantismo burgués al presente, liquidando la continuidad de la lucha de los oprimidos.

Por el contrario, los hombres “hacen historia” cuando la “redención” de las luchas del pasado se realiza en la transformación revolucionaria del presente.

Política y lucha de clases o de cómo González volvió al palco presidencial

Primero como tragedia, después como farsa. Así como en los ‘70 González había roto con Montoneros después de la muerte de Rucci en aras de mantenerse en el “movimiento nacional”, hoy hace el remedo de aquella situación atacan do a la izquierda en aras del “capitalismo nacional”.

Según declara en la revista Confines, González se siente “muy incómodo” frente al progresismo y la izquierda: “a mí esa izquierda no me satisface pues detrás de ella hay, en última instancia, un modelo de guerra. Pero quienes han hecho las cuentas claras y desarrollado hasta las últimas consecuencias este pensamiento y se atemorizan por cualquier despunte de una crítica en la que ya parecen querer ver todas las formas de la guerra, tampoco me gustan. O sea que a los viejos críticos del progresismo que fuimos nosotros creo que nos falta ahora una parte importante de la crítica para un próximo capítulo sobre lo que no fue analizado, a riesgo de, si no, quedar sin voz” [1].

La identificación de la lucha callejera y el enfrentamiento con el Estado, es decir de la lucha de clases con la guerra, es en González no tanto una suspicacia producto de la lectura de Clausewitz, sino la expresión de un añejo conservadurismo. En el número anterior de Lucha de Clases comentábamos el último editorial de El Ojo Mocho, donde González reivindicaba la vuelta de la “política nacional” como la recomposición de un marco común “donde situar el antagonismo”, es decir un acuerdo implícito de no rebasar ciertos límites institucionales en aras de un “legado común”.

González califica como tributarios de un “modelo de guerra” (del cual sería un ejemplo la huelga de los trabajadores del subte contra la insalubridad y por las 6 horas) a aquellos que de una forma u otra sostienen la necesidad de que el movimiento obrero y popular mantenga su independencia respecto del gobierno (aunque no siempre del Estado), en lugar de integrarse en el marco común de la política “nacional”, que consiste en el fortalecimiento del peronismo y por ende de su control sobre el movimiento obrero para recomponer la normalidad institucional.

En esto González tiene un acuerdo implícito con los social-liberales y con los liberales a secas: la identificación de la política con la recomposición estatal. Sarlo identifica la revolución con la “barbarie”, González identifica la lucha de clases con la “guerra” ¡Notable coincidencia!

Pero González, a diferencia de la directora de Punto de Vista, no ha “desarrollado hasta las últimas consecuencias” su propio pensamiento, de forma tal que viene a jugar el papel de un “progresista” (en el sentido negativo que González asigna a esta palabra) inconsecuente, abierto a los “elementos de crisis de la razón” y al “vitalismo”, siempre y cuando no tengan que ver con la acción directa y la independencia política de la clase obrera.

La burguesía argentina ha dado, desde la Semana Trágica hasta la masacre del puente Pueyrredón, significativas muestras de su vocación pacifista. Y si bien es cierto que todo proceso de enfrentamiento de clases pasará forzosamente por un momento de “correlación de fuerzas militares” al decir de Gramsci, no debemos olvidar que aquellos que apelarán al “modelo de guerra” frente a la radicalización obrera y popular serán la burguesía argentina y el peronismo, su mediación política más sólida, tal cual hicieron con la Triple A y posteriormente con la dictadura genocida.

Por el contrario, nuestro ilustre vicedirector de la Biblioteca Nacional prefiere criticar el “modelo de guerra” de “las izquierdas” mientras la burguesía prepara verdaderos aprestos bélicos con sus políticas represivas y su demonización de los luchadores sociales.

Pero no vaya a creer el lector que este posicionamiento es un pequeño desliz de nuestro libre-pensador. También en la lucha por la elección directa en Sociología durante el 2002 adoptó una ubicación equidistante de la izquierda y la derecha; en los ‘90 supo escribir su “carta abierta al Chacho” y allá lejos y hace tiempo, en los ‘70, estuvo entre los fundadores de la JP Lealtad. Una vieja foto para terminar: Según él mismo narra, el 1° de mayo de 1974 González, después de observar desde el balcón presidencial la batahola entre los Montoneros y la burocracia sindical, le dice a Alberto Iribarne: “Che, menos mal que no estábamos ahí” [2].

II - Intelectuales

De cómo Casullo “simplifica” a Lenin y se saltea a Gramsci para volver al liberalismo

Ya lo sabemos, nada gusta tanto a los intelectuales como discutir sobre sí mismos. Es más, esta vieja costumbre no es exclusiva de los intelectuales liberales. Veamos si no lo que nos dice Nicolás Casullo, director de Confines en “La cuestión del intelectual”: “vituperado muchas veces por las izquierdas militantes, por las derechas cazadoras de brujas o por el sentido común de la gente, el intelectual fue en realidad el nombre que asumió el dilemático, esquivo y controversial tema de la conciencia crítica en sociedades ya con múltiples y taimados ismos políticos e ideológicos en acción. Fue una floración -entre medio de esas posiciones colectivas- de un espacio de independencia, autoridad letrada y preocupación por lo comunitario, que aparecía en tanto autonomía ‘real’ y cuya gimnasia no iba a ser otra cosa que una tarea cuestionante: la disconformidad intelectual. Desde el propio mito de la llamada consciencia autónoma -construcción política, filosófica y estética que edificó a la modernidad, la figura del intelectual, llegada una época, puede ser entendida como el itinerario de radicalización de tal consciencia” [3].

Reflexión crítica frente y a través de los “ismos” políticos, radicalización de la autonomía de la consciencia frente al desarrollo de las sociedades de masas con sus grandes aparatos. Tales son los tópicos de Casullo, desde los cuales se sumerge para bucear en las fuentes de la figura del intelectual pasando por su desarrollo en los años de la segunda posguerra hasta su creciente pérdida de interés producto del desplazamiento de los intelectuales por toda clase de sujetos más funcionales a los grandes medios de comunicación.

Disentimos con Casullo acerca de la figura del intelectual como radicalización de la consciencia autónoma constitutiva de la modernidad. En primer lugar porque dicha autonomía de la consciencia individual escondía la heteronomía de las clases explotadas respecto de las explotadoras, con lo cual la radicalización de dicha autonomía, siempre dentro del registro “ilustrado”, no significa otra cosa que la “independencia” respecto de todos los actores concretos de la lucha de clases y en segundo lugar porque esa radicalización es la contracara, muchas veces complementaria, del proceso sostenido de politización de los intelectuales durante el siglo XX (que el propio Casullo comenta), del cual el stalinismo sacó provecho en la segunda posguerra, cambiándole el sentido, a lo que nos referiremos más adelante.

No extraña que Casullo, en función de defender una figura del intelectual tributaria del individualismo liberal, en su extenso inventario presente a Lenin como el representante de un punto de vista instrumental y “disciplinante”, y a la vez omita deliberadamente las elaboraciones de Gramsci al respecto.

Lenin sería según Casullo el que cierra el siglo XIX ruso formulando la “cuestión intelectual”, llamando a los intelectuales “a ingresar al partido de vanguardia y renunciar a sus quehaceres burgueses”. Este planteo, en términos de Casullo, implica una subordinación de la función intelectual a una clase, la clase obrera que no siempre recibe a los intelectuales con los brazos abiertos. Al ser la formulación de Lenin opuesta por el vértice a la de Casullo, no extraña que éste se contente con algunas referencias superficiales al Qué Hacer, señalando su influencia sobre los términos de la “cuestión intelectual” en el siglo XX, pero haciendo un recorte arbitrario de sus auténticos contenidos.

En primer lugar, el Qué Hacer se inscribe en la tradición del pensamiento social, político y literario ruso, dando respuesta efectiva a una problemática extensamente tratada (recordar la novela de Chernichevski también llamada Qué Hacer): la de la necesidad de la rebelión contra la autocracia zarista por parte de los pequeños hombres “humillados y ofendidos”. Sólo que Lenin ubicó esta pregunta en una lectura históricamente concreta, desde la cual dio una respuesta que superaba ampliamente el legado populista.

En segundo lugar Lenin desarrolla una concepción acerca del nexo teoría-práctica opuesta por el vértice a las concepciones burguesas, románticas o iluministas. Lenin lleva a un nuevo plano de concreción teórico-política la mundanización del pensamiento operada por Marx y Engels. Por eso la unidad de intelectuales y vanguardia de la clase obrera en un partido marxista revolucionario, que expresara la unidad de lucha económica, política y teórica, constituye una reformulación de la figura del intelectual en los marcos de una realidad de clases muy diferente a aquella de la que surgiera el mito de la consciencia autónoma que Casullo reivindica, la cual en la Rusia zarista tenía un único contenido: la convivencia con la autocracia. De esta manera para Lenin, la “cuestión del intelectual” era un aspecto de la “cuestión de la revolución”, al revés de las líneas de Casullo que estamos comentando.

Siguiendo en líneas generales a Lenin, pero desarrollando sus propias elaboraciones Gramsci (que en el inventario de Casullo apenas resulta nombrado) consideraba que la tentativa de adjudicar a los intelectuales la dirección de la historia nacional constituía una forma de la revolución pasiva. Por el contrario, Gramsci pensaba a los intelectuales como parte integrante de un bloque social hegemónico ya constituido o contrahegemónico en formación. Gramsci reivindica la autonomía de la consciencia, pero la radicaliza no a través de la figura del intelectual crítico, “independiente” respecto de todas las facciones sociales, sino a través de una democratización radical del pensamiento teórico que debe poder traducirse a sentido común, respecto del cual mantiene una diferencia cuantitativa y no de calidad. De esta manera Gramsci consideraba que un grupo social entero podía actuar como “filósofo” en la medida en que su acción práctica realizaba una concepción del mundo.

En tercer lugar, aunque los trotskistas mantenemos una distancia crítica con las posiciones políticas y programáticas y con la concepción de partido esbozada en los Cuadernos, Gramsci reivindicaba como forma histórica concreta de ese intelectual colectivo el partido revolucionario. Casullo, “simplificando a Lenin” y “olvidándose” de Gramsci, simplemente prepara el terreno para la crítica fácil a la “izquierda vanguardista” a que nos referiremos en breve.

De cómo Casullo llega a decir exactamente lo mismo que Beatriz Sarlo

Casullo sostiene que desde un punto de vista el debate político-cultural es más rico en la época presente que en los años ‘60 y ‘70, puesto que en los años de la radicalización y el ascenso de masas las verdades que se defendían se consideraban dadas y por tanto no se ponían en cuestión, al revés de lo que viene sucediendo después de la caída del “socialismo real” donde el “marxismo”, el “proletariado”, la “revolución armada”, “el socialismo” y otros conceptos fuertes del período anterior estarían en crisis [4]. Casullo sucumbe a la principal operación ideológica del sentido común posmoderno: identifica el marxismo con lo que el stalinismo presentaba como “el marxismo”. Sucede que por un lado se presenta el stalinismo como resultado inevitable del bolchevismo (o en muchos casos del pensamiento del propio Marx) y a la vez se presentan los aspectos más rudimentarios y pintorescos de la metafísica stalinista (materialismo vulgar, reduccionismo economicista en clave cosista, glorificación de los aparatos burocráticos, productivismo, etc.) como una suerte de “marxismo realmente existente”.

Pero dada la centralidad de la experiencia histórica en la conformación tanto del sentido común como del pensamiento teórico del presente, no alcanzaría con decir que la caricatura del marxismo concebida por los stalinistas no respondía al espíritu de la doctrina elaborada por Marx y Engels y los grandes marxistas del siglo XX como Lenin, Trotsky y Gramsci. Eso de hecho lo sabe casi todo el mundo.

Lo que no siempre se pone sobre la mesa es cómo la consolidación del stalinismo durante los años ’30 como una burocracia thermidoriana, que expresaba la reacción de elementos procapitalistas sobre las bases sociales de la revolución, su transformación en un aparato contrarrevolucionario que liquidara la revolución española y el enorme peso en la escena mundial logrado por éste a la salida de la Segunda Guerra, se expresaron en la constitución de un sentido común compartido tanto por stalinistas, socialdemócratas, anticomunistas y por las distintas variantes del nacionalismo burgués y pequeñoburgués, más cercanas o más alejadas de Moscú, del que provienen las formas históricas de las representaciones que Casullo considera en crisis.

En el terreno de la clase obrera, el trabajo de destrucción de las tradiciones revolucionarias operado por los stalinistas se expresó en la sustitución de la autoactividad de la clase por la infalibilidad de la burocracia del “partido”, deformando a su vez la relación entre partido y soviets propia del pensamiento de la IIIº Internacional. Esta ruptura de la continuidad cruza todo el pensamiento de la segunda posguerra desde Sartre hasta el Che Guevara. Este último, sin duda el más lúcido de los comandantes guerrilleros y el que más a la izquierda se posicionó respecto del PCUS y de las burguesías latinoamericanas, concebía la formación del hombre nuevo como educación, pero no como autoeducación a través del ejercicio de la democracia soviética. Así, el problema nodal de la “institucionalización de la revolución”, que no fue resuelta en clave de democracia soviética y legalidad de todas las corrientes que defendieran la revolución (programa de Trotsky para la URSS de los años 30) cristalizó en partido único y burocratización creciente.

Los marxistas críticos de Checoslovaquia y Yugoslavia, como Kosik y Marcovic, autores de valiosos trabajos filosóficos y políticos, ensayaron una crítica profunda de la brutal maquinaria stalinista, defendieron la autogestión contra la burocracia rusa y autóctona. Pero concebían la posibilidad de un modelo distinto de socialismo a través de una democratización radical del régimen burocrático mismo en el contexto nacional, en lugar de una profunda revolución política contra la burocracia, como había planteado Trotsky en La Revolución Traicionada.

A contramano de la mayoría de “intelectuales críticos” de los ‘50 y los ‘60, cuya crítica del stalinismo sólo parcialmente iba más allá de la “desestalinización” puesta en marcha por Kruschov para despegar a la burocracia soviética de su propia historia, y de aquellos que se ilusionaron con la “Revolución Cultural” de Mao Tse-tung para desilusionarse luego y virar al entusiasmo por la democracia norteamericana, el pensamiento de Trotsky, partiendo de su profunda comprensión del fenómeno stalinista y del carácter de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de algunos errores de pronóstico fue el único que presentó una alternativa a las distintas figuras del sentido común del mundo de la segunda posguerra, que derrota y desilusión mediante, constituyen la base del sentido común del presente.

Damos estos ejemplos de diverso valor histórico para mostrar que los intelectuales de la segunda posguerra, en la cual se consolidó definitivamente el cúmulo de representaciones que Casullo identifica con el comunismo realmente existente, tenían frente a la realidad histórica de su época una posición similar a la de las figuras de la consciencia ingenua en la Fenomenología del Espíritu de Hegel: el stalinismo (con sus deformaciones ideológicas correspondientes) se les presentaba como un fenómeno dado, sin historia previa al igual que la propia subjetividad, de forma tal que la crítica del mismo ejercida desde el propio “campo intelectual” compartía en gran parte los mismos presupuestos que el objeto de la crítica. Aquí sujeto y objeto de la crítica eran parte de una feroz ruptura de la continuidad del proletariado y del pensamiento marxista.

En este mismo contexto se ubican ciertas ideas directrices de la “izquierda nacional” argentina: el peronismo como expresión de la revolución anticolonial, la guerra de guerrillas como el método correcto para llevarla adelante, la patria socialista como proyecto de sociedad, engarzados por la clásica idea de J. W. Cooke de “la contradicción que el movimiento arrastra como una maldición, desde hace años: un Jefe revolucionario y una masa revolucionaria por un lado; y por el otro, cuadros intermedios donde abundan los especímenes de la vieja burocracia, que sólo conciben la política en los marcos tradicionales, reformistas y negociadores” [5]. El regreso de Perón a la Argentina sometió esta lectura a una prueba por demás trágica.

Casullo por su parte toma sin beneficio de inventario esta visión fenoménica y por tanto acrítica sobre el mundo de posguerra, incluida las propias corrientes ideológicas de los ‘60 y ‘70. Desde aquí su visión negativa del proceso de radicalización, en la que coincide con Beatriz Sarlo y Oscar Terán: “Izquierda vanguardista [la de los ‘60 y ‘70, N.de R.] que patrocinó una politización reductora de toda otra instancia cultural o intelectual de resistencia, y que desde esa dura y dogmática compactación de criterios a cargo del cuadro político, llegado un momento desvalorizó la mayor parte de la tarea intelectual crítica y creativa ‘no revolucionaria’” [6]. Aquí la crítica de la “izquierda vanguardista” juega el papel de transformar la crítica al “militarismo” de Montoneros en un juicio acerca de toda idea de revolución, presentando unilateralmente el proceso de radicalización de los ‘60 y ‘70. Para confirmar esta idea Casullo remata “Sin embargo, el estado deplorable de la historia actual en casi todos sus planos indica quizás lo oportuno que sería el despertar de los mandarines con una memoria crítica sobre sí mismos, con memorias imprescindibles, en el marco de un renacer de políticas democráticas genuinamente nuevas”.

Crítica de la radicalización, figura autorreferencial del intelectual crítico y reivindicación de la democracia burguesa. Aquí Casullo coincide con Sarlo.

Sucede que los intelectuales “peronistas”, digámoslo de una vez, son también liberales pero desde otro punto de vista.

III - De cómo González escamotea el rol del trotskismo en la tradición nacional

Toda construcción en torno a la figura del intelectual está estrechamente relacionada con linajes y tradiciones a reivindicar o combatir. Este es el terreno que abordaremos para finalizar este contrapunto.

El nacional-populismo en todas sus variantes se caracteriza por abordar la historia argentina con un maniqueísmo (San Martín-Rosas-Perón) propio de una fábula escolar unido a la más profunda ignorancia del marco internacional y a una telurización estetizante del atraso, constituyendo la contracara del relato igualmente simplista del liberalismo (Mayo-Caseros-Unión Democrática).

Desde un registro más amplio, pero con notoria deuda con los enfoques antes aludidos, Horacio González dedicó un capítulo de su libro Restos Pampeanos al “trotskismo y el cookismo en el teatro de las ideas argentinas”, incluyendo de esta manera al trotskismo en la tradición cultural argentina, a la vez que obscureciendo su verdadero papel en ella.

Según González “...en el trotskismo, el atraso aparecía tan fascinante como la última estribación moderna, pues ambas polaridades se reunían dramáticamente por efecto de una ‘ley del desarrollo desigual y combinado’, que dejaba a la realidad siempre al borde de una deflagración. Si todo punto de un continuo histórico estaba sometido a una ley que combinaba momentos dispares, entonces toda la realidad histórica estaba en convulsión potencial, con su energía inconsciente a punto de transformarse en figuras de la revolución”.

González sostiene que Trotsky “tenía la tentación irrefrenable de suponer que el ‘trotskismo’ era un principio general de desorganización de la materia y el tiempo, introduciendo en esos ámbitos tensos factores de empuje que contribuían a revelar su ‘inconsciente revolucionario’ desembarazándolos, si cabe, de sus propias formaciones calcáreas, burocráticas”.

Sería este punto de vista, característico del “cosmopolitismo” de Trotsky según nuestro autor, el que exponía al trotskismo “a tratar como meramente instrumentales las formas culturales y los núcleos más espesos de las culturas sociales o populares”. De esta forma la revolución permanente, que evocaba la figura retórica del quiasmo, encontraba su complemento en otra “figura retórica”: el entrismo. Para González, mientras que la revolución permanente “establece la cuestión revolucionaria como una continuidad que le otorga cierta idealidad metafísica”, el entrismo “coloca al alma trotskista en estado de intervención permanente en lo que ella no es [...] En la Argentina posterior a la primera caída del peronismo, el concepto político de entrismo [7], sometido a una interpretación no menos que descuidada y desprovista de mayores sutilezas, fue esgrimido por un sector del trotskismo que había unido su nombre al del dirigente Nahuel Moreno” [8].

En primer lugar Trotsky, lejos de pensar que el trotskismo fuese un “principio general de desorganización de la materia y el tiempo”, combinaba la profundidad conceptual con el análisis concreto de situaciones concretas. Vale decir que no consideraba que el punto de vista internacional suplantara el necesario análisis del contorno nacional, sino que partía de la totalidad del sistema capitalista mundial para comprender sus aspectos nacionales.

Esta fortaleza teórica le permitió captar mejor que nadie, incluido Lenin, la dialéctica histórica específica de la revolución rusa. De esa experiencia y de las revoluciones derrotadas de los años ‘20 surgiría la teoría de la revolución permanente. De esta manera mientras que en Marx la revolución permanente era la bandera con la cual el proletariado debía intervenir en las revoluciones burguesas, en Trotsky era una teoría acerca del carácter de la revolución contemporánea, caracterizada por el transcrecimiento de las revoluciones burguesas en proletarias en los países coloniales, semicoloniales y de desarrollo burgués retrasado y su interdependencia respecto de las revoluciones socialistas en los países centrales.

Contrariamente a los que creían que el trotskismo era “un principio general de desorganización de la materia y el tiempo” Trotsky, lejos de ver como meramente instrumentales las formas culturales propias de los estratos populares nacionales (tanto en el sentido de que fueran “instrumentos” de la dominación burguesa como en el de que pudieran instrumentalizarse en beneficio de la causa propia) logró captar un aspecto de la realidad latinoamericana crucial para comprender el peronismo: los bonapartismos con tendencias hacia las masas propios de los países latinoamericanos en los cuales la clase obrera rivalizaba con el imperialismo, del cual la burguesía nacional era subsidiaria [9]. Desde aquí polemizaba con aquellos que tomaban “la revolución permanente como una cantinela” [10] y no lograban comprender el fenómeno cardenista en México, ni darse una política para luchar por la hegemonía de la clase obrera en la lucha del pueblo mexicano contra el imperialismo.

González en lugar de debatir estos problemas echa mano de un argumento de manual: el nunca suficientemente denostado “cosmopolitismo” de Trotsky, fuerte error de apreciación que compartieran Gramsci y Mariátegui, que por otra parte parece ser lo único que nuestro ilustre pensador ha logrado incorporar del pensamiento de ambos marxistas “sorelianos” [11].

Pero no nos burlemos de un respetado sabio que peina canas. Veamos si su argumento resiste aunque sea la enumeración de algunos títulos de trabajos de Trotsky, elegidos al azar y tal cual le vienen a la cabeza a un militante trotskista. Historia de la Revolución Rusa, ¿A dónde va Inglaterra?, ¿A dónde va Francia?, “La revolución china”, “¿Cuál será el carácter de la revolución en España?”, “Problemas de la revolución italiana”, “Sobre las tesis sudafricanas”, “Tareas y peligros de la revolución en la India”, “México y el imperialismo británico”, por nombrar sólo algunos.

Citamos trabajos de distinta envergadura e importancia porque todos están unidos por un punto común: la preocupación de comprender correctamente las características específicamente nacionales de los procesos estudiados, dando cuenta de las relaciones de fuerzas entre las clases, de las contradicciones del régimen político y de las interrelaciones entre éstos y el estado de la economía. Pero Trotsky a diferencia de los nacionalistas de todo pelaje comprendía el ámbito nacional como el resultado de una combinación original de procesos internacionales y nacionales, como parte de la totalidad de la economía mundial.

Un dato más: en su “cosmopolita” teoría de la revolución permanente Trotsky asigna una importancia fundamental al problema de la emancipación nacional, señalando en la segunda tesis la relación de esta tarea histórica no resuelta en los países oprimidos por el imperialismo, con las tareas de la revolución socialista. Da la impresión de que a González, quien en materia de internacionalismo no llega mucho más allá del pueblo-mundo de Alberdi, no le vendría mal repasar aquellos textos que hace muchos años cambió por los de Hernández Arregui.

En segundo lugar una aclaración sobre el problema del entrismo. Esta táctica aconsejada por Trotsky a diversos grupos trotskistas durante los años ‘30, se basaba en la existencia de fenómenos de radicalización de sectores significativos dentro de los partidos reformistas de masas, en una situación en la cual muchos obreros desilusionados del PC luego del ascenso de Hitler afluían hacia los PS esperando ser mejor recibidos en sus estructuras más laxas. La propuesta de Trotsky consistía en entrar en esas organizaciones con una política independiente de la dirección reformista para confluir con los obreros y jóvenes revolucionarios y ganar a la mayoría de ellos para asestar un duro golpe al reformismo.

Pero de ninguna manera el entrismo es, como presenta en forma caricaturizada González, una definición estratégica del trotskismo ni su práctica política permanente. Incluso en el caso de Moreno es una parte, sin duda fundamental, de sus experiencias políticas, pero éstas no se agotan en el entrismo que, como explicamos en la nota de pie 7, tenía un carácter completamente diferente de las experiencias de los trotskistas franceses y norteamericanos en los años treinta [12].

Continúa González: “ De hecho, de la época de Palabra Obrera quedaron en el peronismo palabras y definiciones que luego formaron parte de su memoria revolucionaria, en una antropofagia de la que parece haber aprovechado menos el ‘entrista’ [el morenismo, N. de R.] que el ‘entrado’ [el peronismo, N. de R.]”. Luego de plantear que “una de las notorias ideas de cierto tramo del trotskysmo -la del ‘partido obrero basado en sindicatos’- tenía la evidente singularidad de que se avenía con cierta coherencia a los sobreentendidos intereses del dirigente sindical Augusto Timoteo Vandor, en su sorda disputa con el exilado Perón” González concluye “... sólo puede entenderse cabalmente el drama de John William Cooke al percibirse que sus tesis tenían una cierta cercanía con las del trotskismo”.

González otorga al trotskismo (morenista) el lugar de un elemento externo que habría penetrado en la tradición político-cultural argentina, no por presentar una visión diferente de la historia nacional y sus principales procesos sino por, entrismo mediante, haber ampliado y enriquecido el universo discursivo del peronismo, al cual no habría podido pensar más que como una forma “meramente instrumental”.

Por el contrario consideramos que el trotskismo es la única corriente que pensó la historia nacional desde un punto de vista independiente de todos los proyectos semicoloniales burgueses. Señalamos a continuación en un breve e incompleto esbozo, algunos de sus principales aportes.

De los ricos debates fundacionales del trotskismo argentino de los años ‘30, resaltamos el rol de Liborio Justo, quien remarcó la importancia de la lucha por la liberación nacional como una tarea fundamental de la revolución obrera en la Argentina, problemática con la cual la corriente de Nahuel Moreno mantuvo una continuidad.

Moreno sintetizó los criterios para estudiar los diversos períodos de la historia argentina: “Analizar la historia de un país determinado como parte de ese todo que es la economía y la política mundial [...] El segundo elemento a considerar [...] es el desarrollo de las fuerzas productivas [...] el tercer elemento a considerar es el que se refiere a las relaciones de producción o relaciones entre las clases. Es indispensable, entonces, que precisemos primero la existencia de las clases, qué relaciones se establecen entre ellas, el grado de explotación de unas por otras, quién o quiénes detentan el poder político, cómo están subdividas. Este tercer elemento se halla íntimamente ligado al anterior [...] si bien debemos tener en cuenta que dicha ligazón no es en ningún modo mecánica y que pueden existir entre ambos contradicciones más o menos violentas [...], con la combinación de estos tres elementos estamos en condiciones de definir las etapas históricas de cualquier país” [13].

Milcíades Peña, primero en colaboración con Moreno (revista Estrategia), y luego por su parte, ofreció una interpretación marxista de la historia argentina desde este punto de vista, en polémica con la tradición liberal y su subtradición stalinista, como frente al revisionismo histórico y su subtradición de la “izquierda nacional” encarnada en Jorge Abelardo Ramos, poniendo de relieve la incapacidad de todas las alas de la clase dominante argentina frente a sus tareas históricas. Milcíades Peña acuñó y desarrolló una herramienta conceptual fundamental para comprender la dependencia del país respecto del imperialismo: la pseudoindustrialización. Mientras que la revolución industrial inglesa había implicado una profunda transformación de las relaciones de propiedad, la pseudoindustrialización argentina fue una política consciente de la oligarquía (burguesa) argentina para hacer frente a la pérdida de mercados durante la crisis de los años ‘30, de forma tal que la “burguesía industrial” tan ensalzada en nuestros días, no surgiría en oposición a los dueños de las tierras sino como una diversificación dentro de su mismo sector. Peña sostenía que la pseudoindustrialización, definida como “el injerto de fábricas y talleres en un país atrasado [...] perpetúa constantemente, eleva a nuevos planos y recrea sin cesar el atraso del país” [14].

La categoría de pseudoindustrialización, junto con otros criterios de análisis tales como la baja productividad del trabajo, el creciente endeudamiento externo con las metrópoliscapitalistas, el rol de proveedor de materias primas y alimentos en el mercado mundial, y la subordinación a los Estados Unidos a través de pactos políticos y diplomáticos internacionales, permitió a Peña hacer un ajustado análisis de la dependencia argentina, que mantiene vigencia conceptual en una situación de creciente reprimarización de la economía argentina, de pago en regla al FMI y de discursos altisonantes (aunque cada vez menos) sobre la “sustitución de importaciones”.

En relación con el peronismo, es sin duda el trotskismo la corriente que intentó desarrollar una comprensión marxista de éste en tanto fenómeno histórico y social. Si bien aquí Milcíades Peña exhibe una notoria unilateralidad, presentando a Perón como un “agente inglés” más a tono con las primeras caracterizaciones del GOM-POR en el que militó hasta 1959, Nahuel Moreno logró a partir de 1952 una visión más ajustada del peronismo caracterizándolo como un bonapartismo sui generis y señalando, respecto de sus relaciones con el movimiento obrero, la siguiente contradicción “por un lado, esbozo de democracia obrera e incipiente desarrollo del poder obrero a través del respeto a la clase y sus conquistas básicas, representadas por las comisiones internas y el cuerpo de delegados de fábrica, por el otro, control total del proceso por parte del estado, lo que se traducía en la digitación de las direcciones y el sometimiento al ministerio de trabajo” [15]. No obstante una notoria exageración (ciertamente la estatización de los sindicatos fue más fuerte que la democracia obrera) hay aquí un intento de captar la dinámica de un fenómeno que todos los actores intelectuales veían estáticamente. Estos análisis sobre el carácter histórico y de clase del peronismo, son muy superiores a los de quienes, como Ernesto Sábato, presentaban dicho fenómeno como producto del “resentimiento de los pobres”, tanto como a los de los apologistas de la izquierda nacional que lo presentaban como expresión de una burguesía “industrializadora” imaginaria, mientras la burguesía industrial real había apoyado el golpe proyanqui [16].

Mientras los apologistas del “capitalismo nacional” presentan el MERCOSUR de los monopolios europeos, argentinos y brasileños transnacionalizados, la crítica de las perspectivas nacionalistas burguesas y pequeño-burguesas es lo que permitió a Liborio Justo desarrollar hace ya más de dos décadas una visión acerca de la necesidad de la integración argentino-brasileña en una Unión de Repúblicas Socialistas de América del Sur [17].

Estos aportes de tres figuras pródigas en cruces y desencuentros mutuos, son parte de una tradición oculta e incluso precaria que se constituyó en el marco de una compleja situación internacional de dominio del stalinismo sobre el movimiento obrero internacional y del peronismo en el terreno nacional.

En este contexto los trotskistas argentinos desarrollaron su labor no exenta de limitaciones: Moreno construyó un partido pero terminaría abandonando la revolución permanente por una teoría semi-etapista de la revolución democrática. En Peña, muchas veces la revolución socialista aparecía transformada en un medio para la industrialización dislocando la perspectiva internacionalista, y Liborio Justo no construyó ninguna organización y sus acusaciones a Trotsky, respecto de su posición frente a las expropiaciones petroleras del gobierno de Cárdenas, no resisten el menor análisis. La mayor limitación compartida es la tendencia a separar los fenómenos nacionales de los internacionales, no logrando una comprensión profunda del mundo de la segunda posguerra.

Nos obstante estas limitaciones, trabajos como los cinco tomos de Nuestra patria vasalla de Liborio Justo, Antes de Mayo, El paraíso terrateniente, La era de Mitre, De Mitre a Roca, Sarmiento, Alberdi y el ‘90, Masas, caudillos y élites o Industria, burguesía industrial y liberación nacional de Milcíades Peña, la revista Estrategia (‘57/’59), y muchos aportes de Fichas, Método de interpretación de la historia argentina, de Nahuel Moreno, son libros fundamentales para cualquier abordaje marxista de los problemas históricos y políticos argentinos. A esto se suma el extenso trabajo de Ernesto González El trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina, fundamental para comprender los debates fundacionales del trotskismo en nuestro país, y sobre todo la historia de la corriente morenista.

Por eso la tarea que nos planteamos es la de recuperar y superar dialécticamente estos aportes en nuevos desarrollos de la teoría de la revolución permanente, que a la vez que recuperen la continuidad de la tradición marxista revolucionaria, recreen la teoría marxista de cara a los desafíos de la lucha de clases del siglo XXI.

Esta es una apasionante tarea de la que gran parte de la izquierda que se reclama trotskista ha desertado. Los grupos surgidos del estallido del MAS constituyen un espectro que va desde la incapacidad de superar el marco teórico del morenismo (MST) al abandono del trotskismo en aras de una recepción ramplona de cierto marxismo academicista (Herramienta) adaptándose a la reacción ideológica de las últimas décadas.

Por su parte PO, que tiene una visión profundamente autorreferencial de la historia del trotskismo en Argentina, combina una elástica capacidad de adaptar su “teoría” a los vaivenes de su trayectoria pragmática con el recurso a la cita canónica, sin hacer ningún esfuerzo por recrear los elementos de continuidad antes mencionados en nuevos desarrollos teórico-políticos superadores. Si tenemos que definir el “marxismo” de PO, la mejor definición es la de un “marxismo estéril”.

Al revés de estas corrientes, nos proponemos recuperar los elementos de continuidad antes mencionados sin perder de vista que las limitaciones propias del trotskismo de la segunda posguerra, al cual hemos denominado como “trotskysmo de Yalta”.

El PTS surgió en un contexto internacional de procesos complejos y contradictorios. La caída del Muro de Berlín, la ofensiva ideológica triunfalista del imperialismo, y la crisis del marxismo, fueron el marco en el cual la mayoría de las corrientes trotskistas iniciaron un acelerado curso hacia el oportunismo.

Desde hace más de diez años el PTS viene orientando sus esfuerzos para reconstruir el marco de análisis internacionalista, apelando al marxismo revolucionario como un pensamiento vivo que necesita recrearse en el roce con la realidad. Señalemos algunos puntos salientes del trabajo realizado:

  • una crítica exhaustiva de las principales posiciones de la corriente morenista, en especial de su teoría de la revolución democrática, para retomar los fundamentos de la teoría de la revolución permanente, revalorizando la importancia de la lucha por los consejos obreros, notoriamente devaluada en dicha tradición [18];
  • recuperando el método de Trotsky de analizar la situación mundial atendiendo a la marcha de la economía, las relaciones entre los Estados y la lucha de clases, hemos analizado tanto las tendencias generales de la situación mundial como los avances y contradicciones de los procesos de restauración capitalista en la URSS, Cuba y China [19];
  • hemos polemizado sobre las experiencias de los años ‘70 en la revista universitaria En Clave Roja, resaltando la importancia de las acciones de masas como el Cordobazo, el Rosariazo, el Viborazo y otras, así como de la emergencia del fenómeno del clasismo, claramente ausente en el revival setentista impulsado por la centroizquierda peronista;
  • hemos recreado los criterios metodológicos de Milcíades Peña para analizar la reconfiguración de las clases, la economía y el régimen político de nuestro país durante los años ‘90 [20];
  • polemizamos con Toni Negri [21] mucho antes de su “recepción” por la intelectualidad local;
  • encaramos un diálogo polémico entre Trotsky y Gramsci [22] en función de superar la unilateralidad con que todo el trotskismo analizó los contornos de la situación internacional a la salida de la Segunda Guerra Mundial;
  • en Estrategia Internacional N° 21 hemos profundizado la reflexión sobre los desafíos del marxismo en el siglo XXI alrededor de polémicas de actualidad. En “Desafiando la miseria de lo posible” hemos polemizado tanto con los teóricos “globalizantes” como con los defensores del Estado-nación recreando los análisis y las definiciones de Trotsky frente a la situación internacional, la heterogeneidad de la clase obrera y otros problemas en los cuales el análisis marxista sigue siendo más fecundo que las ideologías en boga. En “Más allá de la democracia liberal y el totalitarismo” hemos defendido la concepción de democracia soviética de Trotsky contra aquellos que, desde Laclau a la LCR francesa, esconden una apología de la democracia burguesa tras la bandera de la “autonomía de lo político”;
  • a todo esto se suma el impulso brindado al Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones León Trotsky, que es un referente latinoamericano en su tarea y mantiene una colaboración permanente con los principales centros de historia del trotskismo a nivel internacional.

Partiendo de estas conquistas teóricas Lucha de Clases se propone dar un paso más: el de aportar a la recreación del marxismo revolucionario internacionalista en el terreno del análisis histórico y los debates políticos y culturales de la tradición nacional, como parte de la lucha por la construcción de un partido revolucionario de la clase obrera argentina, latinoamericana y mundial.


[1] Revista Confines Nº 14, junio de 2004, pág. 12/13.

[2] Martín Caparrós y Eduardo Anguita, La Voluntad, Tomo II, Bs. As., Norma, 1998, págs. 313/314.

[3] Revista Confines, op.cit., pág. 50.

[4] Ver Nicolás Casullo, Sobre la marcha, Bs. As., Colihue, 2004, pág. 204/205.

[5] “Carta de J. W. Cooke a un grupo de compañeros del movimiento peronista desde La Habana, Cuba. 1962” en R. Baschetti (comp.), Documentos de la Resistencia peronista 1955-1970, Bs. As., Ed. de la Campana, 1997, pág. 203.

[6] Revista Confines N° 14, op. cit., pág. 60.

[7] Partiendo de la definición de que el peronismo “no dejó y posiblemente no deje por mucho tiempo ninguna posibilidad de organización política independiente de la clase obrera” la corriente morenista definió que “el entrismo es posible e inclusive necesario cuando el movimiento obrero apoya a ese movimiento nacional y no hay brotes importantes de organización independiente de la clase obrera” buscando convertir al Movimiento de Agrupaciones Obreras que ellos orientaban en “la fracción trotskista legal del peronismo”. De esta manera el “entrismo” en el peronismo se expresó en la adopción de un discurso sindicalista combativo que le cedía en los problemas centrales de la política nacional al peronismo, por ejemplo “acatando” la orden de Perón de votar por Frondizi. Esta política terminaría sumiendo a la corriente morenista en un curso sindicalista que se expresaría luego en la ruptura de un sector de dirigentes posicionados en ese sentido. Ernesto González (coordinador), El trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina, Tomo II, Palabra Obrera y la Resistencia (1955-1959), Bs. As., Antídoto, 1996. Cabe aclarar que las conclusiones por nosotros planteadas difieren de las de Ernesto González.

[8] Horacio González, Restos Pampeanos, Bs. As., Colihue, 2000, págs. 392/394.

[9] “En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros”. León Trotsky, “La industria nacionalizada y la administración obrera” (12 de mayo de 1939), Escritos Latinoamericanos, Bs. As., CEIP, 1999, pág. 151.

[10] León Trotsky, “Discusión sobre América Latina” en Escritos Latinoamericanos, op. cit., págs. 111/126.

[11] Ver en Lucha de Clases Nº 2/3, “Doctores y matreros”, donde analizamos el módico “kirchnerismo soreliano” de don Horacio.

[12] Ver “Consideraciones de principio sobre el entrismo” (septiembre de 1933) y “La Liga frente a un giro” (junio de 1934) en Escritos de León Trotsky 1929-40 digitalizados, Bs. As., CEIP, 2000.

[13] Nahuel Moreno, Método de interpretación de la historia argentina, Bs. As., Pluma, 1975, págs. 9/10.

[14] Milcíades Peña, Industria, burguesía industrial y liberación nacional, Bs. As., Fichas, 1974, págs. 34/35.

[15] Nahuel Moreno, op.cit., pág. 196.

[16] Ver Hermes Radio (Milcíades Peña), “¿Quiénes supieron luchar contra la “revolución libertadora” ANTES del 16 de septiembre de 1955?” en Estrategia de la emancipación nacional N° 1, septiembre 1957, págs. 95/137.

[17] Liborio Justo, Argentina y Brasil en la integración continental, Bs. As., Centro Editor de América Latina, 1983.

[18] Ver “Polémica con la LIT y el legado teórico de Nahuel Moreno” en Estrategia Internacional N° 3, Diciembre 1993-Enero 1994 y “La Estrategia Soviética en la lucha por la república obrera” en Estrategia Internacional N° 4/5, Junio de 1995.

[19] Por ejemplo “Un intento de redefinir la hegemonía imperialista” en Estrategia Internacional Nº19, “Cuba: reflexiones sobre su histopria y actualidad” en Estrategia Internacional Nº 20 y “Mitos y realidad de la China actual” en Estrategia Internacional Nº 21.

[20] Ver “Una nueva ‘Década Infame’” en Estrategia Internacional N° 14, Noviembre-Diciembre de 1999.

[21] Ver “¿Imperio o Imperialismo?” y “¿Comunismo sin transición?” en Estrategia Internacional N° 17, Abril de 2001.

[22] Ver “Trotsky y Gramsci. Convergencias y divergencias” y “Revolución Permanente y guerra de posiciones. La teoría de la revolución en Trotsky y Gramsci” en Estrategia Internacional N° 19, Enero de 2003.

Doctores y matreros: ideologías de la pasivización

Nuevos aires soplan para los intelectuales de centroizquierda. Después de la debacle más que previsible de la Alianza, a la que habían dado su apoyo entusiasta, parecería ser que han encontrado un gobierno progresista, esta vez sí, digno de ser apoyado. Y Kirchner toma nota del dato, tanto que ahí está el viaje de José Nun y José Pablo Feinman a Venezuela junto con la comitiva presidencial para probarlo.

Pero vayamos a lo nuestro. Si las representaciones de los intelectuales en los períodos de crisis política y de acción directa de masas concentran de alguna manera todo el derrotero de los autores en un nudo sobresaliente del proceso histórico, las construcciones teóricas en períodos de recomposición burguesa, en este caso el proceso de pasivización [1] duhaldista-kirchnerista, permiten completar el rompecabezas delineando una cierta concepción de la historia nacional y sus vías de desarrollo así como una filosofía política del cambio desde arriba estructurada en torno de la iniciativa estatal. Tomamos aquí dos casos emblemáticos como las revistas Punto de Vista y el Ojo Mocho.

Punto de Vista: La constitución contra el poder constituyente

Punto de Vista ha sido desde principios de la década del ’80 uno de los nucleamientos centrales de intelectuales que, provenientes de la izquierda, abjuraron de las ideas “setentistas” en favor del “nuevo paradigma democrático” encarnado entonces en el alfonsinismo. Desde entonces ha jugado un papel clave en moldear el sentido común dominante en el “progresismo”.

La revista dirigida por Beatriz Sarlo ha insistido durante la transición duhaldista en aconsejar a los políticos de la burguesía acerca de la necesidad de una autorreforma radical de las instituciones, incluida una Asamblea Constituyente (que nunca se sabe quién hubiera convocado si no el propio gobierno duhaldista, ya que la proponían en abierta oposición a la lucha de masas) [2]. A partir de la asunción de Kirchner, Sarlo ha asumido una posición de apoyo crítico al actual gobierno (en quien se reconoce actualmente el espectro progresista) con puntuales críticas por derecha hacia el acto del 24 de Marzo en la ESMA [3].

Punto de Vista considera como “pre- políticos” el que se vayan todos y las asambleas barriales, los cuales serían más un síntoma de la crisis de lo viejo que del surgimiento de lo nuevo.

Ahora bien, si la acción directa (19 y 20) y las experiencias de democracia directa correspondientes se sitúan en el campo de lo pre-político, entonces la política sólo se hace presente allí donde viste el saco gastado de la mediación institucional (estatal). El hecho de que Sarlo nos proponga vestirlo del revés no hace diferencia alguna. Así nos lo dice la propia Sarlo con toda claridad “Está por verse si el activismo en la calle, en estas condiciones de divorcio de toda idea de política organizada, funciona como un dinamizador de la necesaria transformación que tiene que operar sobre sí misma la sociedad argentina para comenzar a imaginar la reforma de las tramas sociales e institucionales, la completa reconstrucción que debe emprenderse del Estado-nación” (el subrayado es nuestro) [4].

Y así llegamos a la segunda premisa fundamental del análisis de Punto de Vista: la identificación de Nación y Constitución, de la que se desprende la necesidad de un “nuevo pacto fundante” de la Nación que defina un proyecto de país, tras el fracaso de los ‘90 [5]. De esta manera Sarlo y sus amigos separan tajantemente el momento del consenso (reconstrucción del Estado nación, mediación institucional, pacto fundante) del momento de la lucha abierta (acción directa del 19 y 20, ascenso revolucionario de los ‘70, guerras civiles argentinas del siglo XIX) en función de presentar una historia desde arriba, cuyo sujeto es la democracia formal.

Imperialismo, lucha de masas y democracia

Desde esta lectura liberal-republicana de la política, parecería que la historia argentina y por extensión latinoamericana tiene dos grandes ausentes: las masas (en especial la clase obrera) y el imperialismo. Justamente ambos polos son los que han dejado durante casi todo el siglo veinte el republicanismo relegado al rincón de las utopías burguesas.

Como señalaba Trotsky en su exilio mexicano, es el peso preponderante del imperialismo en la vida de los países latinoamericanos lo que genera a la vez una débil burguesía nacional y una clase obrera de mayor peso y extensión nacional. De esta manera, encerrada la burguesía nacional entre la clase obrera y el imperialismo, los gobiernos adquieren un carácter bonapartista de características especiales, al decir de Trotsky, un bonapartismo “sui generis, de índole particular”. Así se apoyan directamente en el imperialismo contra las masas (la fusiladora) o bien en las masas para disputar un modesto margen de autonomía frente al imperialismo (el peronismo).

Si esto lo proyectamos sobre el sistema de partidos, vemos que aquellos que han jugado un papel protagónico en el entramado de los regímenes políticos latinoamericanos son en su mayoría partidos con una génesis bonapartista con apoyo de las masas obreras y campesinas como el PRI mexicano, el MNR boliviano, el propio PJ en Argentina, el control del movimiento obrero por esos partidos es el verdadero secreto de su “hegemonismo”.

Cuando Sarlo señala que “el peronismo es el que puede ser gobierno en la Argentina” [6], a la vez que rinde pleitesía al bonapartismo peronista contradiciendo su republicanismo teórico, alude superficialmente a este problema oscureciendo su verdadera naturaleza, ya que la fortaleza del peronismo reside justamente en el control que ejerce sobre el movimiento obrero, que es el “espinoso sujeto” que Sarlo prefiere pasar por alto.

Ha sido esta tendencia histórica al bonapartismo lo que en América Latina se ha expresado permanentemente hasta los años ‘70. La derrota de la vanguardia de los ‘70, junto con el ocaso de los nacionalismos burgueses, habría actuado como una condición de la estabilidad democrática, no sin pactos de impunidad con el régimen militar, desde el ‘83 hasta la actualidad en la Argentina.

Pero no se trata solamente de que sean ciertas condiciones históricas y estructurales, como las mencionadas más arriba, las que dejen sin base de sustentación el formalismo republicano de Sarlo. Sucede que a nivel del desarrollo de las subjetividades de la clase trabajadora y los oprimidos latinoamericanos, nunca ha sido la democracia formal el único horizonte posible. Por el contrario. No se puede pensar una sola página de la historia latinoamericana en la cual la conquista de ciertos derechos democráticos no haya sido un subproducto de múltiples procesos de lucha abierta del movimiento de masas que claramente sobrepasaron el horizonte de la democracia formal, elaborando formas de democracia directa y de cuestionamiento del orden social capitalista. De la Comuna de Morelos a la Revolución Cubana, de la Revolución Boliviana del ‘52 a los 70’s en Argentina, está la experiencia histórica para demostrarlo. Sin negar las diferencias de contexto y contenido de la subjetividad, las experiencias de lucha de sectores de la clase obrera, los campesinos y los pueblos originarios durante los últimos años en América Latina han expresado una tendencia análoga.

La Civilización y la Barbarie

Y es precisamente el espectro de la acción directa que viene haciéndose presente en América Latina el que Sarlo quiere conjurar. En La Pasión y la excepción nuestra autora cataloga la violencia política setentista como una supervivencia del pasado “pre-moderno” en la historia nacional [7]. De esta manera, evocación borgeana mediante, termina ubicando en el mismo plano “barbarie” y revolución.

Por el contrario, mal que le pese a Sarlo, el diciembre argentino del 2001, masivo acto de “leso republicanismo”, mostró que el fin del “neoliberalismo” en la Argentina se daría no por un ejercicio de consenso parlamentario y combinaciones institucionales, sino por la acción callejera de masas. La reciente experiencia boliviana, si bien en lo inmediato desembocó en una tregua precaria cruzada por profundas contradicciones, expresa el mismo espectro que todos los “progresistas” de la región se esmeraron por conjurar.

A contramano de esas experiencias históricas nuestra autora propone reemplazar el “setentismo” por una “democracia de valores” [8]. Pero eso solamente demuestra el profundo conservadurismo de Sarlo que, al igual que muchos otros “progresistas”, sueña con la constitución pero contra el poder constituyente.

El Ojo Mocho o el eufemismo de la “política nacional”

Desde una lectura anclada en el “pensamiento nacional” y en polémica implícita con los planteos de Punto de Vista, el N° 17 de El Ojo Mocho nos ofrece en su editorial un interesante documento de los últimos meses de la transición duhaldista, en el cual anticipa el espíritu de la ola kirchnerista, de la cual el mismo González participa [9].

Política nacional y pasivización

Según el citado editorial “En la Argentina se ha roto la idea misma de política nacional. Esa forma de política que no precisaba declararse de antemano porque sus signos implícitos ya estaban resueltos: ciertas instituciones parecían permanentes, ciertas memorias buscaban herederos, aunque no imaginaban su agonía”, habiendo sido el menemismo la cabeza visible de un “vasto plan de desmantelaciones”. Más adelante el editorial evoca la experiencia de la Alianza, criticando la perspectiva de “previsibilidad, cultura de gobierno, realismo posibilista” desde la cual se prometía un “serious capitalism” contra el “capitalismo salvaje”, parándose desde la tradición republicana “que en la Argentina siempre aludió a ambiguos legalismos o versiones elitistas del liberalismo”, en lugar de pensar “un conjunto de políticas nacionales de movilización pública, capaces de recobrar el ser activo de la política y de actuar sobre los nudos problemáticos del presente” recuperando el “patrimonio o legado común donde situar el antagonismo”.

Criticando por igual el “mero republicanismo” y la perspectiva de un “doble poder”, El Ojo Mocho prosigue proponiendo una idea de “política nacional” que contemple “la autonomía de los sujetos”, delimitándose tanto de aquellos que veían oscuras conspiraciones para alejar “la democracia ‘formal’ del horizonte de la convivencia de los argentinos” como de las “gloriosas epifanías de democracia ‘real’ reemplazando a la rutina liberal de las elecciones y la representación”. Por último sostiene que “el pensamiento social y político argentino se debe todavía una reflexión atenta sobre las dos caras de este proceso “de ‘toma de la palabra’ y de ‘retomada’ (de la palabra, de la -como dicen los periodistas- ‘iniciativa’)” desde diciembre del 2001 hasta principios de 2003.

Esto último es toda una confesión de partes. Justamente el discurso más representativo de lo que González denomina “retomada de la iniciativa” es el de la supuesta vuelta a la “política nacional”, que a la vez que repudie (aunque no revierta) la experiencia menemista, evite la perspectiva del “doble poder” de la que González también toma distancia. Por eso, el hecho de que el “patrimonio o legado común donde situar el “antagonismo” desplace al antagonismo mismo, es uno de los mecanismos a través del cual el gobierno actual se presenta a sí mismo como la realización, mediada por la gestión estatal, de las demandas de diciembre del 2001. González simplemente intenta deslindar el discurso de sus circunstancias pero ese nexo objetivo es tan fuerte que es capaz de resistir hasta la retórica gonzaliana.

Y justamente esa es la miseria de nuestros intelectuales nacionales. Sólo pueden pensar lo nacional en los marcos de la hegemonía burguesa. Por eso en el planteo de González la vuelta de la política nacional coincide con la recomposición del régimen y el éxito relativo de la transición duhaldista y aunque se inscribe en otro universo cultural, comparte un horizonte estratégico coincidente con el de sus rivales de Punto de Vista.

Por si hace falta aclararlo, Kirchnerismo no es mariateguismo (o el retorno del “serious capitalism”)

En Restos Pampeanos (2000), González hacía una reivindicación del mito contra los desmitificadores liberales, positivistas y posmodernistas: “... nos parece que toda la discusión de este siglo que ya concluye, puede pensarse como un debate en torno del mito: sus potencialidades, sus capacidades diferentes de impulsar la actividad social, de llevar a una develación o, en caso contrario, a una recaída en la fabulación yerma, despótica y exterminadora de lo humano”.

Aunque mantengamos con él una distancia crítica, no desconocemos el marxismo “soreliano”. Antonio Gramsci consideraba que las masas vivían la filosofía como una fe y ese es sin duda un nudo fundamental de sus reflexiones en torno a las posibilidades de traductibilidad de la filosofía de la praxis al sentido común. Por su parte, el marxista peruano José Carlos Mariátegui escribió sobre la importancia que jugaban los mitos, tanto revolucionarios como reaccionarios, como expresión de una concepción voluntarista y heroica de la vida que habría arribado tras el ocaso del evolucionismo decimonónico después la primera guerra mundial y de la revolución rusa. Concedamos a González esta invocación a Sorel, Gramsci y Mariátegui para indagar en y demostrar el carácter decorativo de su “sorelismo”. Intentemos recrear esta idea para analizar el mito o los mitos kirchneristas y ver si llevan a una “develación” o a una “recaída en la fabulación yerma”. Esto es fundamental para ver hasta dónde el contenido efectivo del fenómeno kirchnerista coincide con el entusiasmo que le tributan González y otros intelectuales nacionales.

A nuestro humilde entender, el kircherismo sostiene como bandera dos mitos interdependientes: el de un país en serio y el del capitalismo nacional. Vale la pena aclarar que lejos de la capacidad de “movilización pública” pregonada por González, estos lemas resultan bastante más prosaicos y desprovistos de “poder trastocador”. El mito de Un país en serio supone una delimitación frente a la “fiesta menemista” pero sobre todo implica la idea de una cierta vuelta a la normalidad (“Quiero un país normal” decía Kirchner en su discurso de asunción, el mismo en que criticaba a las organizaciones piqueteras por “politizar las necesidades de los pobres”), erradicando del fantasma de la acción directa de masas y de la radicalización política.

¿Qué decir del inefable capitalismo nacional o de la más aún inefable burguesía nacional? Buenos negocios para los exportadores, en base a la reprimarización del país y el crecimiento del empleo precario junto a un mar de desocupados. Realmente si hay algo en la política argentina que evoca la figura retórica del quiasmo [10] es esa famosa burguesía nacional antinacional hasta las tripas y no la revolución permanente, como afirma González en el libro que comentamos.

Más aún, en su reciente discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, Kirchner resucitó el slogan del capitalismo serio (que González criticaba en el editorial citado) ¿y González dónde estaba? Convocando a la raquítica movilización en apoyo al “compañero presidente” junto al PJ bonaerense. Ya sabemos a que atenernos cuando don Horacio reivindica el “gramscismo-sorelismo”.

La confesión de Vezzetti

Entre cómodos y resignados: más o menos así definía Vezzetti su posición respecto al elitismo de que se los acusa en el reportaje de RADAR Libros que recordaba los 25 años de Punto de Vista. Aunque Sarlo en el mismo reportaje haya dicho lo contrario, la expresión de Vezzetti es toda una pista para pensar no sólo la situación actual sino el itinerario de quienes fueron parte de la izquierda intelectual de los ‘60 y los ‘70.

En esos años hubo diversas experiencias que se plantearon avanzar sobre la famosa fractura entre intelectuales y pueblo-nación, que implicaron dos aristas problemáticas: la necesidad de pensar y comprender el peronismo y la urgencia por definir una figura del intelectual que diera cuenta de un rol específico a la vez que de una inserción efectiva en el campo de la política en proceso de radicalización.

La mirada retrospectiva de la mayoría de los protagonistas, contiene una valoración profundamente negativa de la radicalización setentista (ya comentábamos los análisis de Sarlo en La Pasión y la Excepción), la cual, según estos registros, habría generado una creciente pérdida de autonomía de las diversas esferas del campo intelectual, subordinando los proyectos político-culturales y universitarios a la política de las distintas organizaciones [11].

De esta forma la organicidad gramsciana de los intelectuales setentistas ha sido reemplazada por una ubicación histórico-política de aconsejar en los márgenes a los hombres políticos de la burguesía [12], eso sí, siempre desde el pensamiento crítico. Desde este punto de vista el “elitismo” que Sarlo reivindica y que González a su manera también practica, es en gran parte el resultado de ese giro político radical que dieran nuestros intelectuales durante los años ‘80, profundizándolo durante los ‘90.

Después de todo, parece que Vezzetti tiene razón.

El Gran Sueño contra la utopía mezquina

En “El gran sueño”, Trotsky hacía alusión al conservadurismo de la inteligencia frente a la revolución, bregando por la identificación del proyecto personal con esta época de pasiones sociales en la lucha revolucionaria. En los casos que estamos comentando se expresa también una no identificación de los intelectuales con los intereses de las clases explotadas y por lo tanto una complacencia con los de las clases explotadoras.

De esta manera, ni el formalismo abstracto de Sarlo ni el populismo light de González, con su aceptación “crítica” el primero y su entusiasmo desembozado hacia Kirchner el segundo, son capaces de abordar los problemas nodales de la realidad argentina. Y en esto son representativos de la intelectualidad de centroizquierda que festeja en todo o en parte la retórica presidencial al tiempo que oculta la reprimarización de la economía argentina, el congelamiento salarial y la monstruosa situación por la que pasa la mitad de la población. Es el utopismo cobarde de una pequeña aventura progresista mientras la Argentina se transforma en una república sojera, regala su petróleo y “mantiene la cuentas en orden” sobre la base del empobrecimiento de franjas enormes de la clase trabajadora.

Por eso, si Trotsky era el abanderado de “el Gran Sueño”, estos señores lo son de la utopía mezquina. Y no es poca cosa. El proceso por el cual una parte importante de los intelectuales de los ‘60 y ‘70 evolucionaron hacia la derecha hasta adquirir con todas sus características un pensamiento de revolución pasiva, aquel que Gramsci identificara con el moderantismo político, constituye una victoria estratégica de la burguesía, relacionada directamente con los efectos político -ideológicos y materiales de la sangrienta dictadura militar.

Al revés de los intelectuales progresistas, que cambiaron la épica de la historia por la prosa de la cátedra universitaria, consideramos que la intelectualidad puede tener algún valor histórico solamente uniéndose a los millones de explotados y oprimidos y en primer lugar a la clase trabajadora que desde el corazón mismo de la explotación capitalista puede subvertir el orden existente a través de una revolución socialista, que instaure un Estado proletario de transición basado en organismos de democracia directa que inicie la construcción socialista, con el horizonte de la revolución mundial.

Por eso concebimos la necesidad de conformar una intelectualidad revolucionaria orgánica de la clase obrera como parte de la lucha por la recomposición de la subjetividad obrera y popular en un sentido revolucionario. Esta tarea no es únicamente una fórmula que de sólo proclamarse implique su realización. Es necesario desarrollar un “programa científico” para abordar problemas profundos como las mutaciones del capitalismo en la Argentina, la crisis y recomposición del régimen democrático-burgués, el debate de estrategias en el campo de la izquierda, las vías para el surgimiento de un partido revolucionario de la clase trabajadora y la crítica teórico-política a los principales referentes ideológicos y culturales nacionales.

Estamos convencidos de que una premisa central para la constitución de una intelectualidad revolucionaria orgánica de la clase obrera pasa por responder desde una mirada marxista a las principales encrucijadas históricas y políticas que a su vez se anudan de forma especial en el momento presente. Hacia allí se dirigen todos los esfuerzos de Lucha de Clases.


[1] Hablamos de pasivización refiriéndonos a la figura de la revolución pasiva, que Gramsci evocara en los Cuadernos de la Cárcel pensando el Rissorgimento italiano y extendiéndola al siglo XX en las figuras del americanismo y el fordismo (e hipotéticamente al fascismo). Gramsci se refería a la revolución pasiva como una revolución-restauración, en la cual sólo el segundo momento es válido, es decir un proceso en el cual las clases dominantes resuelven a su manera las demandas que las clases subalternas, a causa de la ausencia de una iniciativa unitaria, han planteado en forma relativamente desagregada, integrándolas en una dinámica burguesa. El término “pasivización” apunta a remarcar el carácter coyuntural del actual proceso, que quiere pero no termina de ser una revolución pasiva, en el sentido de una resolución burguesa de los problemas nacionales que sea fundante de una estructura nacional sostenible en el mediano y largo plazo.

[2] Sabido es que ni la burguesía argentina, ni sus políticos estaban para asambleas constituyentes ni nada por el estilo durante los últimos meses del 2002. Y en esto actuaron más astutamente. La actual dialéctica de transversalidad y pejotismo que articula el kirchnerismo, con peso preponderante de este último, expresa una política de “renovación” en los marcos de la continuidad del régimen, al punto que resulta impensable la estabilidad del gobierno actual prescindiendo de la alianza con el duhaldismo, aunque Kirchner esté buscando recrearla desde otra relación de fuerzas. De alguna manera la actual oleada kirchnerista “realiza” en clave peronista, lo cual disgusta a todas luces a Sarlo, el propio planteo que ésta hacía desde las páginas de Punto de Vista. Esto lo reconoce la misma Sarlo en parte cuando señala que Kirchner está “reinventado la política”.

[3] En su artículo “Nunca más el discurso único” publicado en Página/12 el 28 de marzo, Sarlo sostiene: “Deben convivir y disentir en ese espacio [el de quienes condenan el terrorismo de Estado como crimen de lesa humanidad, JDM] quienes piensan que en los años ‘70 sucedió una masacre de jóvenes idealistas y quienes piensan que en la Argentina se desató también una violencia revolucionaria que, en el caso de algunas agrupaciones, fue terrorista. Es imprescindible que ambas visiones de la historia de los ‘70 puedan coexistir en un acto organizado por el Gobierno. Muchos de los que venimos de la izquierda revolucionaria tenemos un juicio diferente sobre nuestro pasado que el que enuncian algunas organizaciones”. Días después, en un reportaje publicado en Debate del 2 de abril, critica la “utilización partidaria y sectaria” por Kirchner del acto del 24 de Marzo en la ESMA, desde una posición de apoyo crítico al gobierno.

[4] “Argentina, una vez más: lo viejo y lo nuevo”, en Bazar Americano, febrero 2002.

[5] Ver: Hugo Vezzetti, “Escenas de la Crisis”, publicación electrónica Bazar Americano, marzo de 2002; “Instalar una idea”, Bazar Americano, febrero de 2003; “Asamblea constituyente: por un nuevo pacto”, Bazar Americano, agosto-setiembre de 2002 y; Beatriz Sarlo, “El dilema”, diciembre de 2002 y “¿Hay un país llamado Argentina? Reflexiones para un nuevo pacto”, Criterio N° 2280, abril de 2003, entre otros.

[6] Revista Debate, 2 de Abril de 2004.

[7] Evocando la violencia de gauchos y compadritos, que tanto interesaba a Borges, Sarlo reflexiona “La ‘barbarie’ (opuesta a los ideales de tolerancia que Borges también respeta) atrae como un centro denso y oscuro (...) En la dimensión cultural ‘bárbara’, la pasión del miedo es derrotada por el arrojo, el valor, el despliegue de la destreza física. (...) Las sociedades burguesas invierten este orden (al que juzgan precisamente como desorden) y, suprimiendo la barbarie [nótese que acá barbarie ya no tiene comillas, JDM] también establecen un dominio sobre la violencia de los cuerpos enfrentados en la pelea”. La Pasión y la Excepción, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pág. 221.

[8] Revista Debate, 2 de Abril de 2004.

[9] Si bien en la revista Debate del 30 de enero de 2004 toma distancia del discurso de Kirchner en Monterrey en el artículo “Astucia e imaginación política”, sus reflexiones son más bien una apelación a referenciarse en ciertas tradiciones y registros discursivos que una crítica a la política de Kirchner, que el mismo González defiende en dicho artículo.

[10] Quiasmo: Figura de dicción que consiste en presentar en órdenes inversos los miembros de dos secuencias (el famoso “tomo para no enamorarme y me enamoro para no tomar”). González sostiene en Restos Pampeanos que la revolución permanente implica el quiasmo, aludiendo a la imposibilidad de la permanencia de la revolución como al carácter no revolucionario de lo permanente. Justamente en su carácter burgués reside la imposibilidad de la burguesía argentina de expresar el interés nacional, con lo cual una vez más González ha resultado prisionero de su propia retórica.

[11] Ver Beatriz Sarlo, La Batalla de las ideas (1943-1973), Buenos aires, Ariel, 2001 y O. Terán, Nuestros Años sesentas, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1994.

[12] Es ilustrativo el artículo de J.P. Feinman “Una relación difícil”, donde Feinman directamente “teoriza” su propia práctica de “intelectual crítico” apadrinado por el kirchnerismo (Página/12, 16 de febrero de 2004).

La odisea de Mariátegui (Ensayo de interpretación marxista [1] )


«No vale el grito aislado, por muy largo que sea su eco; vale la prédica constante, continua, persistente. No vale la idea perfecta, absoluta, abstracta, indiferente a los hechos, a la realidad cambiante y móvil; vale la idea germinal, concreta, dialéctica, operante, rica en potencia y capaz de movimiento».

José Carlos Mariátegui, «Aniversario y Balance», 1928.

I- Introducción

En busca de Mariátegui

Se ha tornado habitual el buscar afinidades electivas entre José Carlos Mariátegui y Antonio Gramsci. Pero entre los muchos puntos de contacto que mantienen ambos intelectuales marxistas es necesario señalar uno indispensable para ubicarnos en las dificultades que nos plantea todo intento de recuperación del pensamiento del marxista peruano: al igual que el marxista italiano, Mariátegui ha sido desde su muerte objeto de múltiples «usos».

Difamado luego de su muerte por no ser lo suficientemente stalinista por la fracción Ravines, sindicado como «populista» por los historiadores soviéticos [2], transformado durante los años ‘40 en un stalinista furioso [3], recuperada su obra por el impulso de la revolución cubana, reinterpretado en los ‘70 en clave maoísta [4], disputado por las corrientes del movimiento indígena; su figura es hoy una sombra difusa, una sombra que es necesario asir y volver a delinear en su contenido concreto.

Esta es la tarea que nos proponemos en este trabajo: recuperar el pensamiento de José Carlos Mariátegui para el marxismo revolucionario de nuestros días, para enriquecer la teoría-programa de la revolución permanente elaborada por León Trotsky, y para contribuir a un debate que se viene desarrollando desde distintas posiciones entre los marxistas acerca del contenido filosófico del marxismo y del aporte hecho por Mariátegui respecto de esta problemática [5]. Este último aspecto implica volver a poner sobre el tapete las relaciones del marxismo con la cultura occidental.

Por último, nos proponemos hacer una contribución para responder a una exigencia que nos plantea el tiempo histórico que nos toca vivir: la de pensar los marxistas con nuestra propia cabeza para recrear el pensamiento marxista revolucionario contra la canonización y el esquematismo.

Dos riesgos de la interpretación y necesidad de una lectura marxista

Partiendo de la premisa de que, como hemos dicho antes, la figura de Mariátegui es utilizada por corrientes políticas de todo signo, es necesario identificar claramente dos riesgos que aunque parecen opuestos son plenamente complementarios: la apropiación oportunista y el doctrinarismo estéril.

En nuestro caso una apropiación oportunista consistiría en resaltar todos los aspectos «permanentistas» de Mariátegui sin señalar las que creemos son sus limitaciones, lo cual resultaría en una amalgama teórica donde «trotskizamos» a Mariátegui, en lugar de recuperar el hilo de su pensamiento auténtico e incorporar lo que sea pertinente y esencial para nuestras propias ideas políticas. Contrariamente a toda amalgama o fraude teórico, nuestro lema podría ser (parafraseando al propio JCM) «mariateguizemos a Mariátegui», como condición indispensable para recuperarlo críticamente desde el trotskismo.

Ahora bien, tan nociva como la apropiación oportunista es la crítica del doctrinarismo estéril. Bien decía Lucien Goldman que una teoría es superior a otra si es capaz de explicarla desde su propia perspectiva ligando sus características a las relaciones sociales que le dan origen. Pero invertir esta ecuación partiendo de la superioridad de la teoría propia como un a priori, reduce el contrapunto a una contraposición formal de perspectivas, donde se termina criticando al interlocutor por lo que «no llegó» a decir antes que por lo que positivamente dijo, lo cual deja nuestro bagaje teórico exactamente igual que antes de emprender la crítica. Esa figura es la que mejor caracteriza lo que aquí a falta de una definición mejor llamaremos doctrinarismo estéril y es justamente la ubicación teórica que queremos evitar, la cual consistiría en criticar a Mariátegui desde la Teoría de la Revolución Permanente como si ésta fuera un esquema cerrado y quedarnos conformes y satisfechos porque «ajustamos cuentas». Por el contrario, para enriquecer nuestra propia teoría con lo que Mariátegui tiene para decir, es necesario estudiarlo y criticarlo «desde adentro» para comprender la práctica política del revolucionario latinoamericano.

¿Qué queremos decir? Que es necesario estudiar hasta dónde Mariátegui, en la realidad peruana y latinoamericana que le tocó vivir, hasta donde, decíamos, logró recrear el marxismo como un pensamiento original y operante. Eso es estudiar contenido y forma de su pensamiento y no sólo ésta última. Es decir, hay que estudiar hasta dónde las respuestas que dio fueron tales y hasta dónde no, tomando en cuenta que su vida política activa en el marxismo abarca un breve período de 6 años, desde su vuelta de Europa hasta su muerte.

Aquí no llegaremos a un examen tan profundo. Simplemente queremos señalarlo para dejar sentada nuestra aspiración hacia la totalidad. Aquí esbozaremos algunas cuestiones que nos permitan entender y ubicar su pensamiento teórico-político y rescatar de él lo que mantiene vigencia.

Mariátegui como traductor y recreador del marxismo revolucionario En este sentido y para ir a lo esencial de esta introducción, nuestro abordaje del problema consiste, siguiendo la idea de Gramsci [6], en estudiar a Mariátegui como traductor y recreador del marxismo. Buscamos estudiar la originalidad de su pensamiento, dando cuenta de su relación orgánica con la historia del Perú y del mundo de entreguerras.

Mariátegui realizó una densa labor de traducciones, en el sentido señalado por Gramsci: de la Europa de la primera posguerra, devastada por la crisis económica y la marea revolucionaria a la realidad del Perú, hundido bajo la dominación imperialista y la miseria de las masas indígenas; de la Revolución Rusa, la Revolución Alemana, y la Italia de los consejos obreros de Turín, el surgimiento del Partido Comunista italiano y el ascenso del fascismo al Perú de la Reforma Universitaria, la vanguardia estudiantil de izquierda y el movimiento obrero dando los primeros pasos firmes de organización clasista; de El Manifiesto Comunista y El Capital a los Siete Ensayos, que marcan el surgimiento del pensamiento marxista en América Latina, en una época en que la III Internacional recién decía haber «descubierto», desde un esquematismo de corte eurocéntrico y antimarxista, nuestro continente; del nuevo idealismo de la filosofía moderna (sobre todo Croce) a una lectura del marxismo centrada en la praxis histórica de los hombres, contraria al mecanicismo y positivismo socialdemócrata, que abundaba en estas tierras en los primeros años del siglo XX.

Desde aquí, Mariátegui acometió la empresa de crear una tradición nacional revolucionaria en el Perú en profunda ligazón con la realidad internacional, uniéndose (aunque en los comienzos de su declinación) a la mayor organización revolucionaria de la clase obrera internacional: La Tercera Internacional. En esta dialéctica de lo nacional e internacional es donde Mariátegui, no obstante sus méritos presenta, como veremos en este trabajo, gruesas limitaciones.

América Latina: de objetos a sujetos de la historia

Hay dos aristas centrales para pensar la importancia del planteamiento de Mariátegui en el desarrollo del marxismo en América Latina.

Antes de Mariátegui, los primeros divulgadores del marxismo y fundadores de los círculos y partidos socialistas, desde una filosofía de la historia de corte marcadamente eurocéntrico y evolucionista propio de la socialdemocracia alemana, preveían un esquema del desarrollo histórico calcado del de los países capitalistas avanzados, recreando una ideología del progreso, coincidente en lo esencial con el punto de vista positivista, que los ubicaba como una suerte de ala izquierda de la modernización liberal-burguesa [7].

La primera ruptura de importancia capital que introduce Mariátegui es ubicar la propia historia del Perú en el centro del análisis marxista. En lugar de la historia de la modernización capitalista desde fuera, Mariátegui estudia la historia de la formación económico-social peruana en sus relaciones con la totalidad capitalista. América Latina es sujeto de su propia historia y el pensamiento marxista se decide a incorporarla definitivamente en el campo de sus preocupaciones teórico-políticas. De las vicisitudes de la historia peruana, subordinada al ritmo de la historia mundial, y no de un esquema de aplicación universal es que se van gestando las condiciones y el sujeto para la revolución socialista.

En la misma senda de pensamiento audaz y original Mariátegui rompe con la concepción «romanticista» de la «cuestión indígena» tan propia de la intelectualidad peruana de la época. El problema del indio es el problema de la tierra. El nuevo planteamiento, el planteamiento marxista de la problemática indígena, parte de esta verdad fundamental y revolucionaria. No se podrá jamás solucionar la «cuestión indígena» sin una lucha sin cuartel contra el latifundio y los gamonales, lucha en que la burguesía liberal ha claudicado y que queda en manos del proletariado en alianza con las masas indígenas. Así, uno de los aspectos más audaces de su traducción es el referido al rol del Ayllu en la lucha por el socialismo.

En el terreno filosófico, Mariátegui independizó al marxismo latino-americano del positivismo. Esta labor tiene una importancia de primer orden si tomamos en cuenta el rol nefasto que jugó esta corriente de ideas, por poner dos ejemplos conocidos, tanto en el sostenimiento del Régimen de Porfirio Díaz en México como en la constitución del higienismo social de finales de siglo XIX y principios del siglo XX en Argentina8. A su vez desarrolló una visión del marxismo centrada en la praxis histórica del hombre, expresada en una constante unidad de sujeto y objeto, estructura y superestructuras, economía, política y cultura [8], no exenta de importantes contradicciones, la cual deja planteada un problemática recurrente desde Marx hasta la actualidad: la relación del marxismo con la cultura occidental.

II - Teoría de la Revolución

La III Internacional y América Latina

La III Internacional se distinguió desde sus orígenes por una posición tajante y contundente en apoyo de las luchas de liberación de los pueblos coloniales, opuesta por el vértice al esquematismo eurocéntrico y pro-imperialista de la socialdemocracia. No obstante esta distinción fundamental, las posiciones de Bujarin y Stalin en el VI Congreso de la Internacional Comunista significaron un retroceso respecto de los cuatro primeros Congresos. En este contexto se nos plantea indagar acerca del tratamiento que hacía el personal dirigente de la IC en los años 1928-29 de los problemas de la revolución latinoamericana y sus conexiones con la revolución mundial.

La III Internacional, «descubrió» según las propias palabras de sus dirigentes, a América Latina en 1929. Ante la emergencia del poderío norteamericano, empezó a considerarse importante América Latina, en la cual los EE.UU. avanzaban en desmedro del imperialismo británico. Como notará cualquier lector atento el término «descubrimiento» es toda una confesión de partes acerca de cómo se representaban los altos mandos de la Internacional Comunista (IC) el desarrollo posible de la revolución mundial [9]. Veamos la génesis de este «descubrimiento».

La IC empieza a poner la vista en América Latina, mientras se consolida la teoría reaccionaria del socialismo en un solo país como doctrina de la Internacional y la consigna metafísica de «dictadura democrática de obreros y campesinos» para los países coloniales y semicoloniales, basándose en erróneas conclusiones de la desastrosa experiencia encabezada por Bujarin y Stalin en la revolución china (‘25-‘28) y en una caricaturización completamente esquemática y antidialéctica del pensamiento de Lenin.

En el pensamiento de Stalin y Bujarin, los países atrasados no estaban «maduros» para el socialismo y debían pasar por un necesario e inevitable período de desarrollo burgués. La revolución latinoamericana era burguesa y por lo tanto no estaba planteada la lucha por la dictadura del proletariado. Pero después de la «traición» del Kuomintang en China, la burguesía colonial y semicolonial era caracterizada como contrarrevolucionaria por quienes apenas unos meses atrás la caracterizaban como revolucionaria. La burguesía no era la clase llamada a dirigir la revolución democrático burguesa. Pero como en esta revolución burguesa sin burguesía estaba prohibido cometer el pecado trotskista de «saltar las etapas», no quedaba otra retirada ordenada para este embrollo teórico que la fantasmagórica «dictadura democrática de obreros y campesinos», ni burguesa ni proletaria, ni capitalista ni socialista, que consumara la revolución democrático-burguesa latinoamericana como un mero apoyo o soporte de la revolución socialista mundial.

Importancia y originalidad del planteo de Mariátegui

Es sabido que Mariátegui tuvo oportunidad de enfrentar estos planteos a través de los delegados del PS del Perú (organización simpatizante de la III Internacional) que participaron de la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana, realizada en Bs. As. en 1929, con dos documentos de su autoría: «Punto de vista Anti-imperialista» y «El problema de las razas en América Latina».

Aquí no entraremos en detalle sobre los debates de dicha conferencia, sino que señalaremos a grandes rasgos cuáles son los puntos centrales que hacen de la posición de Mariátegui una posición original y revolucionaria, ya que aunque el peruano no se planteara superar de conjunto la estrategia de la III Internacional, sí cuestionó la visión de ésta sobre la revolución latinoamericana, en un sentido que está contenido en la teoría de la revolución permanente y que Trotsky desarrollaría años después en su exilio mexicano. Aclaremos que aquí haremos un reordenamiento conceptual de textos diversos.

Mariátegui se basa en la teoría del imperialismo de Lenin. Sostiene que el carácter internacional de la economía capitalista «no consiente a ningún país evadirse a las corrientes de transformación surgidas de las actuales condiciones de producción». Desde este fundamento teórico, defiende el carácter socialista de la revolución, argumentando que la propia historia del Perú ha demostrado que la burguesía es incapaz de asumir la realización de las tareas democrático-burguesas. Estas quedan en manos del proletariado organizado en partido revolucionario y aliado a las masas campesinas e indígenas, transformándose la revolución burguesa en socialista.

A su vez, plantea la relación de la revolución latinoamericana con la revolución mundial en términos inversos al planteo de la IC. Mariátegui no propone esperar a la revolución en los países avanzados, sino luchar por la revolución proletaria, uniendo al proletariado de los países centrales y a la clase obrera y los pueblos latinoamericanos, las dos corrientes principales de lucha contra el imperialismo [10].

Si tomamos el proyecto de Programa del PS del Perú redactado en 1929 [11] es indudable que hay un importante resabio etapista en el modo cómo Mariátegui se prefigura la dialéctica de la revolución socialista en el Perú (tesis V y VIII). Pero es importante señalar que en las tesis VI y VII Mariátegui señala que sólo el socialismo resolverá el problema de la tierra y de la educación, en lugar de proponer una solución «por etapas» de los mismos. Y esto es así porque la clave del pensamiento de Mariátegui no está en la separación de las etapas, sino en el devenir de una en la otra, siendo el proletariado organizado en partido revolucionario la clase dirigente del proceso en su conjunto.

La limitación más importante de este planteamiento es que Mariátegui no explicita cuál es el régimen [12] que dirigiría esta combinación de tareas democráticas y socialistas, lo cual deja abierta la puerta a diversas interpretaciones. Pero en lo esencial la formulación es cercana al planteo de la Revolución Permanente [13] y está en las antípodas del planteo de la IC, que determinaba apriorísticamente el carácter democrático-burgués del proceso revolucionario.

Partíamos recién de la imposibilidad de la burguesía de resolver sus tareas históricas como un fundamento del carácter obrero y socialista de la revolución, más allá de sus etapas episódicas. El otro pilar de las ideas de Mariátegui que fortalece los aspectos permanentistas de su lectura es el rol que asigna al Ayllu o Comunidad. Mariátegui ve que distintos elementos de la vieja comunidad agraria se han ido manteniendo de diversas formas durante la colonia y la república y que en esa tradición comunitaria y colectiva hay fuertes componentes de socialismo práctico. Es decir que el modo de vida del campesino indígena y su tradición comunitaria son contrarias a la «solución liberal» del problema de la tierra, es decir, la partición individual, y al contrario, son mucho más cercanos a la colectivización de las tierras propia del programa socialista [14].

Desde aquí Mariátegui señala que no es necesario un período obligado de desarrollo capitalista en el campo, a través del surgimiento de pequeña propiedad individual, sino que bajo la dirección del proletariado organizado en partido revolucionario es posible pegar un salto del Ayllu a la colectivización socialista, en la misma sintonía, aunque es poco probable que las haya conocido, que Marx en sus discusiones con Vera Zasúlich [15]. Este es uno de sus aportes más audaces para integrar el marxismo en la tradición política y cultural latinoamericana.

“...en las aldeas indígenas donde se agrupan familias entre las cuales se han extinguido los vínculos del patrimonio y del trabajo comunitarios, subsisten aún, robustos y tenaces, hábitos de cooperación y solidaridad que son la expresión empírica de un espíritu comunista. La comunidad corresponde a este espíritu. Es su órgano. Cuando la expropiación y el reparto parecen liquidar la comunidad, el socialismo indígena encuentra siempre el medio de rehacerla, mantenerla o subrogarla. El trabajo y la propiedad en común son reemplazados por la cooperación en el trabajo individual. Como escribe Castro Pozo: ‘la costumbre ha quedado reducida a las mingas o reuniones de todo el ayllu para hacer gratuitamente un trabajo en el cerco, acequia o casa de algún comunero, el cual quehacer efectúan al son de arpas y violines, consumiendo algunas arrobas de aguardientes de caña, cajetillas de cigarros y mascadas de coca’. Estas costumbres han llevado a los indígenas a la práctica -incipiente y rudimentaria por supuesto- del contrato colectivo de trabajo, más bien que del contrato individual. No son los individuos aislados los que alquilan su trabajo a un propietario o contratista; son mancomunadamente todos los hombres útiles de la ‘parcialidad’ [16].”

Notemos que aquí Mariátegui no sostiene la quimera de una comunidad que se mantiene inmutable desde la época de los Incas, sino la supervivencia de una cosmovisión y de costumbres comunitarias que hacen al indígena refractario al individualismo burgués y más permeable, a condición de tener los marxistas una política correcta, al colectivismo socialista.

Una década antes, la misma Revolución mexicana había encontrado en la Comuna de Morelos una gran experiencia que combinara los ingenios estatales en manos de los obreros con el reparto de tierras a partir de criterios que iban desde la propiedad individual hasta formas colectivas, según las costumbres indígenas [17].

Dos ejes centrales de la traducción operada por Mariátegui: la incapacidad de la burguesía de llevar adelante las tareas de la revolución democrático-burguesa y la persistencia de la Comunidad como un punto de apoyo para la lucha proletaria revolucionaria [18].

Partiendo de una evaluación seria de estas formulaciones salta a la vista que Mariátegui no es en modo alguno asimilable al esquematismo del Kremlin. No sólo tiene una visión distinta y en gran parte opuesta acerca del carácter de la revolución latinoamericana y su relación con la revolución mundial, sino que defiende el rol dirigente de la clase obrera en la resolución socialista de las tareas democrático-burguesas, apoyándose a su vez en la tradición comunitaria indígena.

Cabe señalar que en lo referente a América Latina Trotsky se ocupó directamente de la realidad de nuestro continente casi diez años después que Mariátegui y hay importantes puntos de contacto entre ambas lecturas en lo que hace a las fuerzas motrices y mecánica de la revolución en América Latina [19].

Pero no obstante lo dinámico y sugerente de su pensamiento respecto de la revolución latinoamericana en relación con la revolución mundial, claramente diferenciada respecto del curso bujarino-stalinista, Mariátegui no buscará estructurar una teoría de la revolución internacional opuesta a la política del socialismo en un solo país, sino que intentará conciliarlas.

III - Política nacional e internacionalismo

Mariátegui es el marxista latino-americano que más profundamente se ha ocupado de los problemas internacionales. Basta leer las memorables páginas de La Escena Contemporánea, entre las que se destacan «Biología del fascismo» y «Hechos e ideas de la Revolución Rusa» para comprobarlo. Asimismo las Conferencias que dictó en la Universidad Popular González Prada, recogidas en el volumen Historia de la Crisis Mundial, demuestran la preocupación de Mariátegui a su vuelta de Europa por recrear el internacionalismo en su propio país. Pero queremos detenernos en el posicionamiento político que realizara Mariátegui alrededor de la lucha entre revolución permanente y socialismo en un solo país.

Mariátegui tuvo un conocimiento bastante amplio sobre la lucha política al interior del PCUS que no tardó en configurarse como una lucha por el programa internacional de la revolución. En diversos artículos [20] da cuenta tanto de los debates encarados por la Oposición de 1923 como de la Oposición Unificada de 1925. Sabemos porque él mismo lo señalaba, que había leído El Nuevo Curso de Trotsky. Aunque sorprende la confianza ciega que Mariátegui tenía en la marcha ineluctable de la Revolución Rusa (ante el desplazamiento de Trotsky por Stalin había afirmado que las ideas eran más importantes que los hombres sin reparar en el contenido histórico y social de esa lucha política) creemos que hizo una toma de posición consciente.

En «El exilio de Trotsky» [21], publicado en Variedades el 23 de febrero de 1929 (donde demuestra malestar con la deportación de Trotsky pero no se pronuncia en contra de la misma), retomando los análisis de 1925 y 1928, Mariátegui apuntaba que Trotsky había jugado un papel primordial en la política soviética y que representaba la «ortodoxia marxista» y el sentido «urbano, obrero e industrial» de la revolución socialista. Incluso decía que sin la crítica vigilante el gobierno soviético podía degenerar en un burocratismo formalista y mecánico. Pero en el aspecto «positivo» del debate juzgaba inconsistente el programa de la Oposición y apuntaba que la revolución rusa estaba en un período de organización nacional, en el cual no era lo central el establecimiento del socialismo a escala internacional, sino realizarlo en Rusia. A pesar de su gran admiración por Trotsky que manifestaba en el artículo, para Mariátegui Stalin representaba y era parte de una camada de hombres que captaban más profundamente el carácter nacional y los problemas políticos que en ese momento tenía que afrontar la Revolución Rusa.

Creemos necesario diferenciar dos planos del debate. Uno es la valoración de Trotsky por Mariátegui, porque a simple vista podría sorprender que el mismo año en que se manifestaba en contra de la Oposición publicara en la Escena Contemporánea (compilación de diversos artículos sobre la política internacional, el mundo colonial y la literatura que él mismo seleccionó), aquel artículo donde decía que Trotsky era «no sólo un protagonista, sino también un filósofo historiador, y crítico de la revolución», concordando con sus planteamientos sobre las consecuencias de la revolución en el arte y la filosofía y resaltando su rol como constructor y dirigente del Ejército Rojo a la vez que desmintiendo el mito de un Trotsky «napoleónico» [22].

¿Cuál es entonces el misterio en este asunto? Ninguno, porque Mariátegui reivindica al «Trotsky de octubre», mientras que se manifiesta contrario al «Trotsky oposicionista» atribuyendo erróneamente sus diferencias políticas a su distancia respecto de la «vieja guardia bolchevique» y a su carácter «cosmopolita».

Desde aquí puede entenderse cómo en 1929 seguía reivindicando la figura de Trotsky a pesar de adherir en general, no sin contradicciones como hemos visto en el debate sobre la revolución latinoamericana, a la política de Stalin y Bujarin. A pesar de que obviamente consideramos errónea su toma de posición, es importante destacar que Mariátegui se mantuvo muy lejos de los corifeos del Kremlin que agitaron la calumnia del «trotskismo contrarrevolucionario» tan sueltos de cuerpo como años después pasarían de defender el pacto entre Hitler y Stalin a la reivindicación del «buen vecino» Roosevelt, de acuerdo con los bandazos de la política exterior moscovita.

En el terreno de la teoría y la estrategia marxista creemos ver un doble error de Mariátegui. Por un lado confundió un profundo proceso de reacción social al interior de la URSS (al que los trotskistas, aludimos como el Thermidor soviético) con una retirada táctica de la arena internacional en función de la reorganización nacional de la Unión Soviética. El burocratismo que Mariátegui veía posible en realidad estaba en acto.

Por otra parte, al ubicarse en el debate ruso desde un punto de vista centralmente nacional (ruso), Mariátegui invertiría las relaciones entre los problemas internacionales y los problemas internos que planteaba la revolución rusa, creyendo posible solucionar los segundos sin ubicarse desde los primeros. De hecho todos los análisis referidos a la lucha entre la Oposición de Izquierda y el stalinismo muestran un intento de conciliar el hecho del socialismo en un solo país con el ideal internacionalista [23].

Así no hay en el peruano ningún análisis crítico de las desastrosas derrotas de la IC durante los años ‘20. Mariátegui analiza el desarrollo del movimiento obrero inglés, en especial de la tendencia laborista, pero no nombra la traición de la huelga minera por la dirección de la TUC (la central obrera británica), que el PCUS embelleció alegremente a través del Comité Anglo-Ruso entre la TUC y los sindicatos soviéticos. Las denuncias a las masacres perpetradas por Chang Kai Shek contra los comunistas van acompañadas de un notorio silencio acerca de la política seguida por el PC bajo dirección de Stalin y Bujarin.

Son estas ambigüedades y lagunas sobre las que se apoyan diversas corrientes políticas latinoamericanas, particularmente el Partido Comunista Argentino, para reciclarse en clave «socialista» pero desde una perspectiva de colaboración de clases. Los «ex-codovillistas», ahora gradualistas, intentan construir a Mariátegui como referente de un frentepopulismo «alternativo» al stalinismo [24]. En esto los «comunistas» argentinos no hacen más que seguir a los intelectuales del PC cubano que buscan rehacer a Mella y Mariátegui como exponentes de la vía nacional al socialismo y del frenteamplismo burgués. Por su parte Otto Vargas, quien critica esto como el peor de los oportunismos socialdemócratas, se basa en un fraude teórico similar como es afirmar que Mariátegui tenía un pleno acuerdo con la burocracia moscovita [25].

Para terminar, creemos haber ilustrado con fundamentos suficientes la dialéctica trunca que Mariátegui estableciera entre internacionalismo y política nacional. Trotsky plantearía esta problemática en términos que se ajustan perfectamente al debate que nos ocupa:

“La hora de la desaparición de los programas nacionales ha sonado definitivamente el 4 de agosto de 1914. El partido revolucionario del proletariado no puede basarse más que en un programa internacional que corresponda al carácter de la época actual, la de máximo desarrollo y hundimiento del capitalismo. Un programa comunista internacional no es ni mucho menos, una suma de programas nacionales o una amalgama de sus características comunes. Debemos tomar directamente como punto de partida el análisis de las condiciones y de las tendencias de la economía y del estado político del mundo, como un todo, con sus relaciones y sus contradicciones, es decir, con la dependencia mutua que opone sus componentes entre sí. En la época actual, infinitamente más que durante la precedente, sólo debe y puede deducirse el sentido en que se dirige el proletariado desde el punto de vista nacional de la dirección seguida en el dominio internacional y no al contrario. En esto consiste la diferencia fundamental que separa, en el punto de partida, al internacionalismo comunista de las diversas variedades del socialismo nacional [26].”

Para utilizar las propias palabras de Trotsky, el pensamiento de Mariátegui tendrá una tensión constante entre el internacionalismo comunista y el «socialismo nacional». Esta contradicción es la que no permite a Mariátegui desarrollar sus importantes aportes teóricos sobre la revolución latinoamericana hacia una teoría política que aborde el problema de la revolución contemporánea en sus múltiples conexiones. En este sentido entendemos que los puntos de vista de Trotsky «explican» (en el sentido de Goldman que citamos en la introducción) los de Mariátegui pero no a la inversa [27].

IV - Mariátegui y la filosofía del marxismo

El contenido filosófico del marxismo es un tema controvertido, al que se han dado diversas respuestas desde diferentes matrices interpretativas. La heterogeneidad ya presente en la generación posterior a Marx y Engels se profundizaría con la Revolución Rusa y las corrientes marxistas posteriores a la III internacional.

Aquí nos interesa analizar cómo Mariátegui se planteaba esta problemática, a la que prestaba una gran atención. Tiene a su favor que su reflexión estaba ligada profundamente a otras definiciones que trascendían el ámbito de la filosofía, tales como el carácter imperialista de la época y las condiciones históricamente concretas en que se planteaba la lucha por la revolución obrera y socialista.

Una recepción «italiana» del marxismo

Mariátegui conoció el marxismo a través del prisma del panorama político y cultural de la Europa de la primera posguerra, en especial de Italia. A eso nos referimos cuando hablamos de una recepción «italiana» del marxismo.

Muchos autores han señalado las temáticas coincidentes del pensamiento de Mariátegui y Gramsci. Otros marcan puntos de contacto con el joven Lukács [28]. Lo cierto es que hay algo que une a estos tres marxistas: las especiales características de su tránsito hacia el marxismo. Tanto Mariátegui como Gramsci y Lukács están ligados a lo que se ha dado en llamar la reacción antipositivista de las primeras décadas del siglo XX [29] y su recepción del marxismo ha sido hecha a través del tamiz de distintas corrientes filosóficas ajenas a la órbita cultural de las tradiciones alemana y rusa, predominantes en la II y III Internacional respectivamente. En el caso de Lukács, serán entre otros Georg Simmel y Max Weber y en el caso de Gramsci y Mariátegui Benedetto Croce y Georges Sorel (éste último también influirá en Lukács, vía Erwin Sazbó, según él mismo Lukács señala en el conocido prólogo de 1967 a Historia y Consciencia de Clase).

Necesitamos aquí hacer una pequeña digresión. De alguna manera la escena contemporánea, para tomar su propia expresión, se presenta a Mariátegui como un vasto campo donde tiene lugar la emergencia de lo nuevo. Un claro ejemplo de esto es el seguimiento que realiza de las vanguardias artísticas. Unos años más tarde de su regreso al Perú, ya en la dirección de la revista Amauta intervendrá polémicamente planteando la relación contradictoria entre arte, revolución y decadencia [30].

El eje argumentativo será que no todo el arte nuevo por el hecho de ser nuevo es revolucionario, sino que en realidad expresa a la vez el rostro de la revolución y el de la decadencia. Mariátegui toma el ejemplo del futurismo y trae a colación el caso de Bontempelli, quien el año de los consejos de fábrica se había sentido casi comunista, mientras que el año de la marcha sobre Roma se había sentido casi fascista. Traemos a la memoria esta cuestión porque nos parece que de alguna manera sirve para pensar un poco la relación que Mariátegui se propone establecer con las corrientes filosóficas que se ubican desde la crítica del positivismo y el racionalismo. Porque a pesar de la distancia crítica que Mariátegui mantiene con la modernidad, no participará de cualquier crítica de la misma sino que buscará diferenciar las tendencias revitalizantes de las decadentistas.

Mariátegui, que era un intelectual de gran sensibilidad hacia los cambios culturales, considera que el mundo moderno se inclina después de la guerra hacia una «concepción heroica y voluntarista de la vida» [31]. Es decir que considera tanto a la Revolución Rusa como a ciertos cambios culturales en la ciencia, el arte y la filosofía como expresiones de un nuevo «espíritu de época». Para Mariátegui hay una crisis del conjunto de la civilización occidental que une el surgimiento de esas filosofías con el ascenso revolucionario del proletariado y por tanto buscará establecer un diálogo entre el marxismo y dichas corrientes, especialmente Sorel y Croce.

El mito de la revolución social: Voluntarismo y racionalidad histórica

Los debates sobre las relaciones de Mariátegui con las ideas de Sorel, van desde la afirmación de la identidad de ambas perspectivas hasta la negación de dichas relaciones [32]. Lo cierto es que Mariátegui no se reivindicaba soreliano, sino que sostenía que Sorel, apoyándose en la filosofía de Bergson, había contribuido a la regeneración revolucionaria del marxismo con su crítica del evolucionismo y pacifismo socialdemócrata.

Mariátegui se delimita de la socialdemocracia decretando el fin de todas las tesis evolucionistas y analizando críticamente el universo cultural de Marx y Engels [33]. Sostiene que las convulsiones de la 1° Guerra Mundial y la primera posguerra constituyen una crisis del conjunto de la civilización occidental. Desde aquí se desarrolla su crítica de la filosofía de la historia y del positivismo propios de la ideología burguesa del período anterior.

En este sentido jugará un rol central el mito, idea tomada de Sorel. El mito de la revolución social dará al movimiento revolucionario del proletariado la fe combativa que el racionalismo y el evolucionismo burgueses han evaporado de la cultura occidental. Ahora bien, sería un error identificar la reivindicación del mito exclusivamente con una construcción ahistórica e irracionalista [34]. Porque si bien es innegable un elemento irracionalista y ahistórico del mito, entendido como una necesidad metafísica, igualmente innegable es que Mariátegui sostiene la vitalidad del «mito de la revolución social» desde una perspectiva historicista (a diversas épocas históricas corresponden diversos mitos, sujetos a un proceso de auge, decadencia y muerte), donde el mito es una construcción colectiva destinada a realizar los fines de la clase revolucionaria.

Toda esta construcción teórica está encaminada a afirmar la centralidad de la voluntad humana contra el «determinismo pasivo y rígido» de los reformistas. Mariátegui sintetiza el carácter de la naciente marea revolucionaria en la fórmula que toma de José Vasconcelos: «pesimismo de la realidad y optimismo del ideal» [35], de notoria similitud con la que Gramsci toma de Romain Rolland: «pesimismo de la razón y optimismo de la voluntad».

Pero como Mariátegui no participa de cualquier crítica de la modernidad y se delimita claramente de las tendencias más decididamente decadentistas, su «voluntarismo» se recortará sobre un trasfondo de racionalidad histórica que contiene la acción conciente de la clase obrera y el mito revolucionario. Contra la burguesía que se retracta de su pasado afirmativo y racionalista, cayendo en las más variadas formas de misticismo, el proletariado reclama para sí la continuidad de la empresa civilizadora, superando la obra del capitalismo en la sociedad socialista [36].

Filosofía de la praxis y método de interpretación histórica

Uno de los intelectuales que ha trabajado con mayor rigor sobre el universo cultural de Mariátegui interpreta de la siguiente manera las relaciones del marxista peruano con el filósofo idealista Benedetto Croce: «la influencia de Croce -sin duda es esto lo que hace que resulte tan importante- no se dejará sentir directamente; o, mejor dicho, no lo será siempre como cabría esperar. Mariátegui no será ‘crociano’, ni se verá simplemente influido por ese idealismo neohegeliano que elabora el pensador napolitano. Más bien se tratará de una influencia mediatizada: ora a través de los pensadores que como Gobetti pertenecen a la corriente crociana, ora merced a ciertos temas sobre los cuales el propio Croce se hace el mediador» [37].

Este rol de «mediador» que juega Croce en la lectura mariateguiana del marxismo abarca desde la polémica de Antonio Labriola contra Aquiles Loria hasta la reivindicación (sorprendentemente errónea) de las aristas «morales» de la teoría económica de Marx. Pero hay dos aspectos en los que a nuestro entender muestra una influencia decisiva: el análisis historicista de las fuentes filosóficas del marxismo y la definición del marxismo como un método de interpretación histórica, contrapuesta a la visión del marxismo como cosmovisión o al decir de Croce como «filosofía de la historia».

Así como Sorel será el anticuerpo contra el evolucionismo y el positivismo, Croce será de alguna manera el punto de referencia contra aquellos que buscan asimilar el marxismo con el materialismo vulgar. Ahora bien, cuánto ganó y perdió el «marxismo de Mariátegui» en esa empresa es algo que veremos en los párrafos que siguen.

No es cuestionable en sí mismo el hecho de querer establecer un diálogo teórico con corrientes filosóficas ajenas a la tradición del marxismo, pero esta es una problemática que reviste aristas complejas. La primera de ellas: ¿es el marxismo una filosofía, o mejor dicho, contiene el marxismo una concepción filosófica propia? ¿Cuáles son los alcances de esa concepción? ¿Qué respuestas da Mariátegui a estas preguntas?

Nuestra lectura es que el marxismo no es un sistema filosófico en el sentido tradicional del término, es decir, no es una construcción teórica cerrada y esquemática, sino una teoría en permanente recreación y devenir, al ritmo de los avances y retrocesos del movimiento histórico y social del cual es expresión consciente, pero sí contiene en su cuerpo teórico todos los elementos de una filosofía, vale decir de una concepción del mundo, del hombre y de la historia.

Filosofía de la praxis la definió Antonio Labriola, quien tuviera un importante lugar en la formación ideológica del joven Trotsky. Labriola señalaba la originalidad del marxismo y su independencia respecto del darwinismo y el positivismo e incluso su hostilidad frente a este último, remarcando tres aristas: una concepción del hombre y de la historia, la crítica de la economía política y de la sociedad capitalista y la política revolucionaria para subvertir dicha sociedad. Tres décadas después Gramsci marcaba la necesidad de seguir el camino trazado por Labriola, afirmando la completa originalidad y autosuficiencia del marxismo como una concepción independiente de todas las vertientes ideológicas burguesas, aunque estableciera diálogos y luchas ideológicas con las mismas.

Mariátegui por su parte está embarcado en la empresa de conciliar el marxismo con la «concepción heroica y voluntarista de la vida» a la que hacíamos alusión anteriormente ¿Cómo estructurará sus argumentaciones y que posiciones expresará?

Mariátegui es contrario a la idea de que el marxismo está superado junto con el positivismo del siglo XIX. Buscará demostrar que si bien es cierto que el marxismo es una concepción eminentemente moderna, mantiene una distancia crítica tanto con el positivismo y el cientificismo como con la filosofía de Hegel. En este sentido se apoyará en Benedetto Croce: «El materialismo histórico no es, precisamente, el materialismo metafísico o filosófico, ni es una Filosofía de la Historia, dejada atrás por el progreso científico. Marx no tenía por qué crear más que un método de interpretación histórica de la sociedad actual. Refutando al profesor Stamler, Croce afirma que ‘el presupuesto del socialismo no es una Filosofía de la historia, sino una concepción histórica determinada por las condiciones presentes de la sociedad y del modo como ésta ha llegado a ellas’. La crítica marxista estudia concretamente la sociedad capitalista. Mientras el capitalismo no haya trasmontado definitivamente, el canon de Marx sigue siendo válido» [38].

Como vemos, Mariátegui afirma que la vigencia del marxismo responde a la existencia misma del sistema capitalista; ahora bien, en su intento de «despegar» al marxismo de la cosmovisión ochocentista, no sólo cita sino que repite la interpretación crociana del marxismo como método de interpretación histórica. Pero el planteamiento de Croce no será para reivindicar la vigencia del marxismo sino para reducirlo en el marco una filosofía idealista de la historia: «[El materialismo histórico] no debe ser una nueva construcción a priori de filosofía de la historia ni un nuevo método del pensamiento histórico, sino simplemente un canon de interpretación histórica [el subrayado es nuestro, N. de R.]. Este canon aconseja prestar atención a lo que se denomina el sustrato económico de las sociedades para mejor comprender sus configuraciones y sus vicisitudes» [39].

Esta posición de Croce, contra la que Labriola y luego Gramsci en los Cuadernos discutieran con dureza, es la que toma Mariátegui en su intento de revitalizar al marxismo frente al evolucionismo socialdemócrata y la crítica idealista. No sólo toma textualmente la definición «método de interpretación histórica» sino que usa la misma palabra «canon», lo cual hace innegable la presencia de Croce en un problema teórico fundamental. Incluso reivindicará las ideas de Croce acerca de la plusvalía como categoría moral [40].

¿Qué resulta de todo esto? Que en su diálogo con Croce Mariátegui pierde más de lo que gana, puesto que adscribe a una lectura sobre el carácter del marxismo que tiende a negar su independencia y originalidad como concepción del mundo y reducirlo a un criterio de interpretación histórica, asimilable en el idealismo neohegeliano.

Este punto del debate es fundamental, porque si el marxismo es únicamente un método de interpretación histórica, las respuestas sobre los problemas filosóficos que trascienden esa interpretación, tales como cuál es la relación del hombre con la naturaleza, cuál es el carácter concreto y diferenciado de la realidad humano-social, cuál es la relación entre determinaciones objetivas y voluntad consciente, por tomar sólo algunos (y Mariátegui ha prestado al último en particular una atención enorme) de los que constituyen una pregunta permanente en la cultura occidental desde Homero hasta nuestros días, esas respuestas decíamos, habrá que ir a buscarlas a otras concepciones filosóficas, con lo cual el proletariado resultará dependiente en última instancia de la cosmovisión burguesa. En esto a Mariátegui se le escapó la operación ideológica fundamental de Croce, señalada con toda claridad por Gramsci.

De esta manera la «mediación» de Croce acercará a Mariátegui a todo un espectro de posicionamientos teóricos del filósofo italiano que habían sido refutados por un marxista clásico como Antonio Labriola, casi treinta años antes [41].

V - La odisea de Mariátegui y el marxismo que queremos (re)construir

Posiblemente «odisea» no sea el término que mejor se ajusta a la vida y obra de Mariátegui. Sería mejor hablar de un aprendizaje. Pero lo cierto es que ambas figuras, la primera previa a la escisión dolorosa de la subjetividad y la segunda, propia del sujeto moderno, nos remiten a la doble enseñanza que nos deja el legado mariateguiano.

Así como en Goethe y Hegel, constructores poéticos y filosóficos de grandes recorridos en los que el sujeto se hace a sí mismo experimentando e interiorizando todas las formas posibles de actividad humana y arribando a la ansiada meta que es a la vez una reformulación del punto de partida; la vida y obra del revolucionario peruano a quien la experiencia europea, que consideraba «su mejor aprendizaje», había instalado en su interior la convicción de «peruanizar el Perú» y «concurrir a la fundación del socialismo peruano», nos remite al sentido de ese mismo obrar humano donde se construye la historia y se realiza la filosofía. Así cuando Mariátegui decía que su vida era una saeta que tenía que llegar a hacer blanco, intentaba, sin duda, restarle importancia a su figura y realzar el contenido mismo de la acción, estrechando a través de la historia su pensamiento y el de aquellos dos gigantes alemanes.

En ese recorrido, parafraseando la «frase favorita» de Marx, nada de lo humano le fue ajeno. El futurismo, el surrealismo, el grupo Clarté, El Inca Gracilaso, José Vasconcelos, Ricardo Palma, Manuel González Prada, Haya de la Torre, James Joyce, Croce, Gobetti, Sorel, Gorki, Lenin, Trotsky, Lunacharsky, L’Ordine Nuovo, la Revolución Rusa, la Revolución alemana, la política italiana, las luchas anti-coloniales en Turquía y la India, el fascismo y muchos otros temas fueron parte del universo cultural en que Mariátegui se desempeñó y que a su vez contribuyó a constituir en páginas de fina prosa y ardor revolucionario.

Si para Engels el proletariado alemán sería el heredero de la filosofía clásica alemana, la propia acción política de Mariátegui al interior de la clase obrera del Perú apuntaba a hacer del proletariado peruano, no sólo un «receptor» de lo mejor de la cultura occidental y de la experiencia revolucionaria internacional, sino un constructor activo de su propia tradición en la lucha por una sociedad sin opresión ni explotación.

Decíamos que vida y obra de Mariátegui representan una doble problemática: por un lado el aprendizaje del intelectual revolucionario latinoamericano, que se sumerge de lleno en el drama humano en busca de la síntesis entre lo más genuino de la tradición nacional y continental y el marxismo como la formación teórica y la fuerza política de clase más avanzada de la arena internacional. Por el otro, la propia odisea del marxismo en sus complejas relaciones con la cultura moderna, con la filosofía, la ciencia, la literatura, el arte y el psicoanálisis, la cual nos plantea con fuerza la pregunta acerca de qué marxismo queremos (re) construir.

Consideramos pertinente esta reflexión porque en los inicios del siglo XXI, remontando largas décadas de reacción política e intelectual, ningún marxista serio puede pensar la reconstrucción del marxismo revolucionario como una mera restauración del pensamiento de la III Internacional antes de su burocratización. Esto no sólo sería una ingenuidad sino que sería un crimen de lesa historicidad que despojaría al marxismo de su carácter vivo y dialéctico.

Y aquí es dónde el pensamiento de Mariátegui mantiene una profunda vitalidad, poniendo sobre la palestra no sólo los nudos centrales de la problemática latinoamericana sino también la convicción de que el desarrollo teórico político e ideológico del marxismo sólo es posible en estrecha conexión con la lucha de clases y en diálogos y polémicas con lo más sugerente y avanzado de la filosofía, las ciencias y la cultura mundial.

Este diálogo con el pensamiento de Mariátegui apunta a prefigurar y contribuir a esa reconstrucción revolucionaria y anti-dogmática que será la mejor recreación-realización de su legado.


[1] Una primera versión de este artículo ha sido publicada en Rebelión el 10 de diciembre de 2002, firmado con el seudónimo Gabriel Lanese. Hemos hecho correcciones sustanciales y otras modificaciones. Si bien hemos mantenido muchos aspectos señalados en la primera versión introdujimos otros que no estaban presentes. Así también hemos ampliado las fuentes bibliográficas.

[2] Ver V. M. Miroshevski, «El populismo en el Perú. Papel de Mariátegui en la historia del pensamiento social latinoamericano» (1941) en José Aricó, Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, segunda edición corregida y aumentada, México DF, Ed. Pasado y Presente, 1980, pgs. 55 a 70.

[3] Ver Jorge Del Prado, «Mariátegui, marxista-leninista, fundador del Partido Comunista Peruano» (1943), en José Aricó, op cit. pgs. 71 a 90.

[4] Comité Central del Partido Comunista del Perú, octubre de 1975, «Retomemos a Mariátegui y reconstituyamos su partido», versión electrónica.

[5] Entre los autores argentinos Néstor Kohan, Marx en su (Tercer) mundo, Bs. As., Ed. Biblos, 1998. Del mismo autor De Ingenieros al Che, Bs. As., Ed. Biblos, 2000. El mismo tema está tomado en el libro de Horacio Tarcus El marxismo olvidado en Argentina. Del mismo autor ver Mariátegui en Argentina o las políticas culturales de Samuel Glusberg, Bs. As., Ed. El Cielo por Asalto, 2001. Como nuestra perspectiva es muy distinta a la de ambos autores creemos necesario introducir una aclaración al respecto. En el caso de Kohan señalamos tres aspectos sustanciales que nos distancian profundamente de su perspectiva: en primer lugar que el «linaje» del marxismo latinoamericano que intenta construir incluye curiosamente a figuras con posiciones divergentes respecto del stalinismo criollo y otras que, como Héctor Agosti, fueron siempre intelectuales orgánicos del stalinismo argentino. De aquí que si bien Kohan asume una posición crítica frente al stalinismo, no dedica la menor atención a las corrientes trotskistas que, con sus aciertos y errores se opusieron de conjunto a la burocracia staliniana. Por último, partiendo de que «...en Stalin, Mao y Trotsky -más allá de sus evidentes diferencias políticas- subyace una misma interpretación de la filosofía marxista...» la lucha de los trotskistas por el programa y la estrategia marxistas aparece en el nivel de «disputas y rencillas políticas», las cuales habrían jugado el papel de ocultar «los fuertes lazos comunes que la vertiente stalinista y la trotskista mantuvieron en torno de la filosofía del marxismo» (Marx en su (Tercer..., op.cit., pgs. 39 y 47-48 respectivamente). Ahora bien, la inconsistencia del planteo del autor es que en un párrafo pinta a Trotsky como una partidario de la ontología mecanicista y en el párrafo siguiente reivindica la ley del desarrollo desigual y combinado formulada por Trotsky. La única forma de salir de este embrollo es aplicar el criterio gramsciano de buscar la filosofía de los hombres políticos en su praxis (vale decir en su acción y en sus ideas políticas), criterio que Kohan aplica en todos los casos posibles menos en el de Trotsky quien, dicho sea de paso, hizo aportaciones fundamentales para comprender la realidad latinoamericana y ubicar a la clase obrera en la vanguardia de la lucha anti-imperialista. En cuanto a Horacio Tarcus nos basta con su propia confesión de partes: terminar con la izquierda leninista dogmática y entrar en la era de la «capacidad de gestión», como los «trotskistas» brasileños que están en el PT («La izquierda vive y sobrevive de los homenajes», Página/12, 06/02/2003). Curiosamente lo medular del pensamiento mariateguiano apunta en la dirección contraria. El odio visceral de Tarcus hacia la militancia revolucionaria no puede ocultar que su «marxismo humanista» es un velo (no tan) sutil y sobre todo engañoso para la reivindicación lisa y llana del reformismo y la subordinación al estado burgués. En esto está claramente a la derecha de Kohan, que reivindica la perspectiva de la revolución y la lucha anticapitalista.

[6] Ver El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, Bs. As., Ed. Nueva Visión, 1984, pgs. 72 a 80.

[7] Ver José Aricó, «La Hipótesis de Justo», Escritos sobre el socialismo en América Latina, Bs. As., Ed. Sudamericana, 1999. Este juicio no incluye ni a Recabarren ni a Mella.

[8] Durante las dos primeras décadas del S. XX, el senador socialista argentino Enrique Del Valle Iberlucea, escribió algunos ensayos de divulgación donde defendía el planteamiento de Antonio Labriola en polémicas con Aquiles Loria e Ives Guyot. Después de la revolución rusa promovió la adhesión del PS a la III Internacional, liderando el sector «tercerista», pero al ser derrotado en la lucha interna del PS, decidió quedarse en el mismo a pesar de que un importante sector de la base «tercerista» rompió con el PS para entrar al PSI. Ver Emilio Corbiére, El marxismo de Enrique del Valle Iberlucea, Bs. As., Centro Editor de América Latina, 1987.

[9] Los documentos publicados por la IC en 1921 y 1923 referidos a América Latina pueden consultarse en Michael Löwy, El marxismo en América Latina, México, Ed. Era, 1982. Dichos documentos esbozan una posición distinta de la expresada por bujarinistas y stalinistas al momento que estamos comentando y más cercana a las posiciones de Mariátegui y Mella.

[10] «Aniversario y Balance», Obras, Tomo II, La Habana, Casa de las Américas, 1982, pgs. 240-243. En este punto coincide objetivamente tanto con el desarrollo que hace Trotsky en la teoría de la revolución permanente acerca de que la revolución puede empezar tanto en los países «avanzados» como «atrasados», siendo parte de un proceso que continúa a nivel internacional y tiene su culminación a escala mundial, como con los debates de Trotsky contra los apristas durante el exilio mexicano en torno a la revolución latinoamericana y la lucha anti-imperialista.

[11] JCM, «Principios programáticos del Partido Socialista», Obras, Tomo II, op.cit., pgs. 216-220.

[12] En «El problema de las razas en América Latina» utiliza la formulación «gobierno de obreros y campesinos» un tanto ambigua, pero más cercana por el contenido a la dictadura del proletariado que la fórmula de la IC que era esencialmente contra la dictadura del proletariado.

[13] (Tesis 8) «La dictadura del proletariado, que sube al poder en calidad de caudillo de la revolución democrática, se encuentra inevitable y repentinamente, al triunfar, ante objetivos relacionados con profundas transformaciones del derecho de propiedad burguesa. La revolución democrática se transforma directamente en socialista, convirtiéndose con ello en permanente». León Trotsky, La Teoría de la Revolución Permanente (compilación), Bs. As., Ed. CEIP León Trotsky, 2000, pgs. 520-521.

[14] «Congruentemente con mi posición ideológica, yo pienso que la hora de ensayar en el Perú el método liberal, la fórmula individualista, ha pasado ya. Dejando aparte las razones doctrinales, considero fundamentalmente este factor incontestable y concreto que da un carácter peculiar a nuestro problema agrario: la supervivencia de la comunidad y de elementos de socialismo práctico en la agricultura y la vida indígenas». JCM, «El Problema de la Tierra», en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, versión electrónica.

[15] «Analizando la génesis de la producción capitalista digo: en el fondo del sistema capitalista está, pues, la separación radical entre productor y medios de producción... la base de toda esta evolución es la expropiación de los campesinos. Todavía no se ha realizado de una manera radical más que en Inglaterra... Pero todos los demás países de Europa occidental, van por el mismo camino (El Capital, edición francesa, p. 316). La ‘fatalidad histórica’ de este movimiento está, pues expresamente restringida a los países de Europa occidental. El por qué de esta restricción está indicado en este pasaje del capítulo XXXII: La propiedad privada, fundada en el trabajo personal... va a ser suplantada por la propiedad capitalista fundada en la explotación del trabajo de otros, en el sistema asalariado (op. cit, pg. 340). En este movimiento occidental se trata, pues, de la transformación de una forma de propiedad privada en otra forma de propiedad privada. Entre los campesinos rusos, por el contrario, habría que transformar su propiedad común en propiedad privada. El análisis presentado en El Capital no da, pues, razones, en pro ni en contra, de la vitalidad de la comuna rural, pero el estudio especial que de ella he hecho y cuyos materiales he buscado en las fuentes originales, me ha convencido de que esta comuna es un punto de apoyo de la regeneración social en Rusia, mas para que pueda funcionar como tal será preciso eliminar primeramente las influencias deletéreas que la acosan por todas partes y a continuación asegurarle las condiciones normales para un desarrollo espontáneo». Carta de Carlos Marx a Vera Zasúlich, en Néstor Kohan, Marx en su (Tercer..., op.cit., pg. 263. José Aricó señala que si bien este texto había sido publicado en vida de Mariátegui, es poco probable que este lo hubiese conocido, por lo cual en esto actuó según sus propios criterios.

[16] JCM, «La ‘comunidad’ bajo la república. El problema de la Tierra» en Siete Ensayos..., op.cit..

[17] Adolfo Gilly analiza detalladamente este proceso y la importancia de las tradiciones indígenas en el mismo: «Su trayectoria (la del campesino indígena mexicano, N. de R.) social y cultural es propia y específica. Lo opone al mundo capitalista otra línea de defensa diversa de la del campesino propietario europeo. Y sus tradiciones comunales, en una época de revoluciones sociales, pueden cumplir una triple función: servir como parte de la estructura y sostén de los organismos de la lucha revolucionaria; enlazar la comprensión individual con la perspectiva colectiva; y servir de apoyo para la transición a una organización productiva y social superior (la cursiva es nuestra)» y continúa el autor «Esta misma argumentación expone para Perú, en 1928, José Carlos Mariátegui en sus Siete Ensayos de interpretación de la realidad peruana». Gilly, La Revolución Interrumpida, México, Ed. Era, 1994, pg. 70. Es importante señalar que los procesos latinoamericanos de lucha de masas tuvieron de Chiapas en adelante una fuerte impronta de los pueblos originarios, demostrando la potencialidad de sus tradiciones y reivindicaciones, las cuales han sido en más de una oportunidad llevadas a callejones sin salida en función de alianzas con sectores burgueses o militares nacionalistas (Ecuador), políticas de presión sobre los partidos «democráticos» (México), o mesas de negociación donde las bases ven frustradas sus expectativas (Bolivia). No es casualidad que una política constante de direcciones como el EZLN, Vargas o Morales y Quispe haya sido la nula búsqueda de la unidad con el movimiento obrero. Las sucesivas encerronas en que se ha visto el movimiento de los pueblos originarios sin esa unidad son una prueba fehaciente de la necesidad de la misma y de la vigencia de las posiciones de Mariátegui al respecto. La reciente insurrección obrera, campesina, indígena y popular de Bolivia, que tuvo su sector de avanzada en los trabajadores y el pueblo de El Alto, vuelve a mostrar la enorme potencia que tienen los pueblos originarios en la confluencia con la clase obrera (que se dio como dinámica objetiva del proceso y no como política efectiva de las direcciones), y la importancia de esta problemática desde el punto de vista de la estrategia y la teoría política marxista.

[18] Estos son dos ejes claros de los Siete ensayos.... Diversos autores coinciden en señalar la influencia de Piero Gobetti y su Il Rissorgimiento senza eroi, en este abordaje de la defección de la burguesía ante sus tareas históricas. Ver Robert Paris, La formación ideológica de José Carlos Mariátegui, México, Ed. Pasado y Presente, 1981, pgs. 154 a 175.

[19] Ver León Trotsky, Escritos Latinoamericanos, Bs. As., Ed. CEIP, 1999.

[20] «El partido bolchevique y Trotsky» (1925), «Trotsky y la oposición comunista» (1928), en JCM, Obras, Tomo II, op.cit..

[21] Versión electrónica en www.marxists.org.

[22] JCM, La Escena contemporánea, Lima, Ed. Amauta., 1988, pgs. 92-96.

[23] En esto no coincidimos con Michael Löwy quien sostiene que «Mariátegui no toma partido en el conflicto entre Stalin y la oposición de izquierda». Löwy, op. cit., pg. 20.

[24] El PCA ha «descubierto» recientemente que la «creación heroica» de la que hablaba Mariátegui se frustró en China con el intento de Mao Tse-tung de «copiar el modelo soviético» mientras que Deng Xiao Ping, el iniciador de la restauración capitalista, habría sido un exponente de la «audacia leninista». La adulación no termina ahí sino que continúa en el «socialismo» de Jiang Zeming y Hu Jintao, el mismo que ha incluido a los capitalistas como miembros plenos del PCCh y su flamante sucesor (Athos Fava, «China, un largo camino», Nuestra Propuesta Nº 606, 10 de octubre de 2002). Y este vergonzoso y rastrero contrabando ideológico pretende disfrazarse de... «marxismo creador»!!!!????

[25] Ver Otto Vargas, El marxismo y la revolución argentina, Tomo II, Bs. As., Ed. Agora, 1999, pgs. 524 a 535. El secretario general del PCR hace suya la forzada interpretación del CC del PCP a que hacemos alusión en la nota 4, donde se transforma a Mariátegui en un teórico del bloque de las cuatro clases y tributario del «Pensamiento de Mao Tse-tung».

[26] León Trotsky, «Crítica del Programa de la IC» en La Teoría de la Revolución Permanente, op.cit., pg. 309.

[27] Es importante destacar la potencialidad que hubiera tenido en América Latina la confluencia de Mariátegui y la Oposición de Izquierda, si el marxista peruano hubiese desarrollado un planteo crítico del conjunto de la estrategia de la Comintern.

[28] Ver Robert Paris, op. cit., pgs. 144 y 148.

[29] «Si hubiera que encontrar, entre tantos otros, un rasgo para definir la crisis cultural del Novecientos, ese podría ser el sentimiento, en la conciencia de la intelectualidad, de la pérdida de la noción de totalidad de la vida [...] si entendemos la confusa palabra positivismo como sometimiento al determinismo evolucionista, en una atmósfera cultural dominada por el ‘darwinismo social’, la revuelta intelectual de principios de siglo puso, en su conjunto, las bases conceptuales para fundar una teoría de la acción despojada de residuos utilitaristas y naturalistas, cuyo último y paradigmático representante habría sido el inglés Herbert Spencer». J.C Portantiero, «Gramsci y la crisis cultural del Novecientos» en Los Usos de Gramsci, Bs. As., Grijalbo, 1999, pgs. 171 y 184. Es necesario destacar que los artículos más recientes publicados en este libro dan cuenta de un intento del autor por adscribir a Gramsci al «marxismo occidental» en lugar de a la III Internacional (como sostenía en el ensayo de 1975 publicado apenas unas páginas antes). Toda una confesión de partes de un intelectual que ha hecho el trayecto con que Leopoldo Lugones se describía a sí mismo en su madurez: a los 18 años rompía vidrios, a los 30 los colocaba y a los 40 se decidió a fabricarlos.

[30] JCM, «Arte, Revolución y Decadencia» (1926), versión electrónica.

[31] JCM, Defensa del Marxismo, Lima, Ed. Amauta, 1985, pg. 65.

[32] Ver Luis Villaverde Alcalá Galiano, «El sorelismo de Mariátegui» y Robert Paris, «Mariátegui: un ‘sorelismo’ ambiguo», en José Aricó, op. cit., pgs. 145 a 161, donde están ilustradas con claridad las diversas posiciones en torno a este tema.

[33] JCM, «La crisis mundial y el proletariado peruano, Historia de la Crisis Mundial», Obras, Tomo I, op.cit., pgs. 233-235.

[34] Ver R. Paris, op. cit., pg. 144. La problemática del mito en Mariátegui será tratada con mayor amplitud en próximos artículos.

[35] JCM, «Pesimismo de la realidad y optimismo del ideal», en Obras, Tomo I, op.cit., pgs. 421-424.

[36] JCM, «Breve epílogo en Veinticinco años de sucesos extranjeros», Obras, Tomo I, op. cit., pg. 317. También en Defensa del marxismo está presente esta problemática.

[37] Robert Paris, op. cit.

[38] JCM, Defensa del Marxismo, op.cit., pgs. 40 y 41.

[39] Robert Paris, op. cit., pg. 165, tomado de Benedetto Croce Materialismo histórico y economía marxista, pgs. 106-107, Bs. As., Ed. Imán, 1942.

[40] Es paradójico que Mariátegui cite a Croce en Defensa del marxismo para fundamentar su polémica con De Man, ya que mientras el peruano intentaba apoyarse en Croce contra De Man, los círculos crocianos y el mismo Croce se apoyaban en De Man contra el marxismo, por lo que se tornaba imposible discutir contra De Man sin discutir contra Croce y menos adecuado intentar apoyarse en Croce contra De Man.

[41] Los intentos de adscribir a Mariátegui en la tradición de quienes entienden el marxismo como «filosofía de la praxis» resultan un tanto forzados si no se toman en cuenta estos elementos que oponen a Mariátegui y Gramsci en un problema esencial. A la vez tenemos que aclarar que entre los mismos pensadores que habitualmente se incluyen en esa tradición hay importantes diferencias en cuestiones sustanciales, como botón de muestra bastan las críticas y debates de Markovic contra Lukács alrededor del método dialéctico que no viene al caso introducir aquí. Por último sería interesante analizar más profundamente qué es lo que se entiende por praxis, ya que para Marx el rol activo del sujeto, su capacidad de transformar la naturaleza y construir la realidad humano-social está profundamente relacionado con el carácter objetivo del sujeto mismo, es decir que la categoría de la praxis niega superando, lo cual quiere decir incorporando, los desarrollos del materialismo pre-marxista. De lo contrario caeríamos en el absurdo de una praxis inmaterial, lo cual está más cerca de las concepciones prehegelianas de la praxis como actividad moral en los marcos del dualismo filosófico. En este sentido han trabajado Labriola, Gramsci, Markovic, Kosik e incluso Adolfo Sánchez Vázquez.