lunes, 7 de marzo de 2016

La máquina de escribir


I

Marcos Ignacio Chabero marcó con el dedo pulgar el ingreso a su lugar de trabajo a las 07:28. Siguió por el pasillo. Saludó de lejos a la gente que iba llegando y charlaba en el hall del edificio, para no tener que dar un beso o la mano una por uno. 

Entró en su lugar de trabajo, preparó café más allá del negro, se sirvió medio litro de agua en un vaso grande y encendió la máquina. 

“Acá no hay misterios -pensó- solamente la sucesión siempre igual de hechos parecidos”. 

Hecho. Una palabra que unía a policías, abogados, ladrones de gallinas, homicidas y golpeadores de mujeres, una palabra que transformaba la vida cotidiana en un expediente en trámite. Cuando algo que había pasado devenía un hecho, se volvía curiosamente irreal, parte de una narrativa en la que la vida se desdibujaba y perdía sentido fuera de ese territorio árido compuesto de informes policiales, vistas al Agente Fiscal, pedidos de pericias y toda clase de papeles. 

El monitor de la máquina, oscuro por unos segundos, transformado en un espejo opaco por la luz del lento amanecer invernal de la Patagonia, se devolvió el esbozo de una cabeza rapada, pero lleno de canas. “Estoy viejo, gordo y cansado” pensó. 

Y se sirvió la primera taza de café del día. 

II

Media hora después, El Cresta llegó al negocio. Despertó al pibe del turno noche que roncaba de un modo no aconsejado por los manuales de protocolo y le dijo que se podía ir cuando quisiera. Esa mañana estaba inquieto y se había despertado muy temprano. 

El Cresta había sido amigo de Marcos desde que eran adolescentes. Uno era el punkie del pueblo y el otro un porteño recién llegado, que iba de mudanza en mudanza por el trabajo de su padre. Por marginados, no tardaron en hacerse amigos. El Cresta lo ayudó a defenderse un poco del entorno hostil y Marcos le prestó libros y películas. 

Los padres del Cresta murieron antes de que pensara siquiera en “sentar cabeza” y había heredado el negocio familiar de venta de ramos de flores y coronas para velatorios. Discreta pero estratégicamente ubicado frente a la empresa de servicios fúnebres, daba lo suficiente para vivir él y su hermana y pagarle al pibe que se quedaba de noche.

“Tengo que llamar a Marcos – pensó- pero seguro este boludo está leyendo los diarios”. 

Dejó pasar media hora y puso al tanto a su amigo de un pequeño recado: 

-Buen día, muerto vivo. 

-Cierto que vos sos un canto a la vida. 

-Tenemos un encargo, cuando salgas de laburar pasate por el negocio y te cuento.

Carlos Pizotello era un conocido hombre de negocios de la ciudad. Había tenido flotas de camiones, supermercados, carnicerías, hasta una clínica privada. Ahora gozaba de un cómodo retiro, después de vender todas sus empresas a un grupo más grande de la zona. Había tenido buena relación con el padre del Cresta y por eso se había acercado a pedirle algo muy sencillo: recuperar una máquina de escribir Olivetti que le habían robado de su casa. El encargo era en apariencia fácil pero el hecho era misterioso: habían entrado a robar en la chacra de Pizotello, pero no se habían llevado otra cosa. Charlando con El Cresta, Pizotello recomendó no sumar misterio a algo extravagante pero sencillo: se habían llevado la máquina, él quería recuperarla. Tenía un valor sentimental. No había denunciado el robo a la policía porque según él no le inspiraba confianza. 

III

La Lettera 22 fue durante varias décadas la máquina preferida de los periodistas del mundo de posguerra. Liviana, portátil, moderna, era un fierro ágil e irrompible al mismo tiempo. Creada por el destacado diseñador italiano Marcello Nizzoli, la Lettera 22 había ganado en 1954 el premio Compasso d’Oro por las características de su diseño. Era de algún modo un símbolo de una empresa que había sabido resistir entre dos Italias, antes y después del “milagro” de la posguerra. 

Camilo Olivetti, patriarca de la empresa, había sido un admirador del “americanismo” y uno de sus introductores en Italia, junto con Agnelli y Pirelli. Envidiaba la capacidad de los norteamericanos para industrializar sus inventos. Nacido en una familia piamontesa de grandes propietarios, había estudiado ingeniería en el Politécnico de Torino y había conocido a Edison en el Congreso Internacional de Electricidad que tuvo lugar en Chicago en 1892. De vuelta en Estados Unidos en 1907, visitó la fábrica Remington, en la que se fabricaban 70 mil máquinas por año. Empezó fabricando 5 mil por año en su propia empresa, que luego se transformaría en una de las más importantes de la industria italiana. En 1930, ya al mando de su hijo Adriano, la empresa fabricaba 50 mil máquinas al año. 

Afiliado en su juventud al socialismo de Turati, Camilo rechazó una medalla al mérito que había querido entregarle Mussolini. Su hijo Adriano combatió en la Resistencia y a la salida de la guerra dirigió el crecimiento espectacular de Olivetti, hasta que en 1960 murió de forma repentina. Un grupo de gerentes, a los que la familia había dejado a cargo de la empresa, la vendió a General Electric, hasta que en 1978 un nuevo accionista mayoritario reorientó la empresa, que nunca logró volver a los días de gloria en medio del declive de la mecanografía y el surgimiento de nuevas tecnologías, fusionándose finalmente con Telecom Italia. 

-Qué depresión- pensó Chabero- mientras revisaba las reseñas de la historia de Olivetti y miraba su teléfono celular apoyado en el escritorio.

Pero el mito de la gran familia tenía sus refutaciones. Los obreros de Olivetti como los de FIAT habían participado en el movimiento huelguístico de masas que tuvo lugar en los últimos meses de 1968 y primeros de 1969, conocido como el “otoño caliente” italiano (“No confundir con el largo ’68, expresión que hace referencia a todo el período que va del ’68 al ‘79” en Italia, decía la reseña que leía Chabero. Esto último no lo entendió).

IV

-No pibe, la máquina ya se la llevaron- Respuesta del dueño de la casa de antigüedades de la calle Irigoyen.

-Pero me dijeron al mediodía que estaba acá….

-Sí, pero ya no está más. 

-¿Sabe quién la compró?

-Un tipo alto, no es de acá ¿qué pasa?

-Esa máquina se la robaron a Pizotello.

-Ah ¿sí? Qué raro, no escuché nada de eso…

-Hace una semana.

-Pero ¿hizo la denuncia?

-No.

-Entonces ¿cómo sabés que es cierto? Aparte, no te ofendas, pero el que roba a un ladrón…

-Sí, es una forma de verlo.

Marcos seguía caminando y repasando la data que había juntado sobre Olivetti y sus máquinas. 

Lo interrumpió una trompada en la mandíbula que lo dejó de espaldas en el suelo. 

V

Hizo puente levantando la pelvis y con las manos se sacó de encima al agresor, que quedó a la izquierda detrás de su cabeza. Giró el cuerpo y justo cuando el otro se volvía le pegó una patada circular en la cabeza desde el piso. Se incorporó. 

El otro también se puso de pie y se trenzaron en un combate con los puños, violento y estudiado al mismo tiempo. En un momento en que Marcos intentó pegarle un codazo con trayectoria de gancho, el otro paró el golpe subiendo la guardia, le tomó la muñeca derecha, y le aplicó una palanca en la muñeca utilizando la mano izquierda para sumar fuerza a la palanca. Acompañó el movimiento de Marcos hasta el piso, se ubicó, sin soltarlo, con la tibia izquierda pegada al trapecio derecho de Marcos, que había quedado echado medio boca arriba y medio de costado y le aplicó una palanca contra el hombro, que inmovilizó a Chabero. 

-Quedate quieto o te rompo el brazo – le dijo con tranquilidad-

-OK. Me quedo quieto, pero qué querés, plata no tengo…

-Lo que queremos es que dejes de cuidarle el culo al viejo hijo de remilputa ese…

-¿Queremos? ¿Quiénes son ustedes?

Todo pasó en dos segundos: Una moto llegó a toda velocidad, se detuvo en doble fila, el agresor soltó el brazo de Marcos, se subió a la moto y desapareció. 

Marcos se incorporó con el hombro un poco dolorido. Anonymous lo había cagado a trompadas, pensó, dándole al agresor su correspondiente apodo. 

Se fue para lo del Cresta. Ya se estaba haciendo de noche.

VI

-Marcos, no podés ser tan pelotudo ¿por qué no me avisaste que tenías un dato de la máquina?

-Es que fue todo muy rápido, yo…

-Bueno dejá, ya fue, por boludo te cagaron a trompadas. 

-Pero pará ¿y vos qué hiciste?

-Anduve tratando de averiguar por qué este tipo quiere recuperar esa máquina…

-Qué importa, si nos va a pagar

-Hoy casi te sacan el hombro de lugar, así que yo que vos me empiezo a interesar en el tema

-Bueno. Ahora vayamos a ver al Samurai

El Samurai se llamaba en realidad Carlos Perrone, parecía un gringo de campo nada japonés, comía ravioles o asados los domingos y ñoquis los 29 de cada mes. Tenía un gimnasio dedicado a la práctica de artes marciales, en las que tenía una larga trayectoria, en especial el judo, pero no se encasillaba en ninguna y siempre andaba buscando innovaciones.

-Marcos, cómo andás ¿en qué te puedo ayudar? – Parecía sorprendido por la visita

-Hace un rato estuve peleando con un desconocido que me aplicó una de tus palancas favoritas, una palanca contra la muñeca con agarre japonés y una llave de hombro usando el mismo agarre, ubicando la tibia pegada a mi cuello, todo al revés de la técnica standard ¿te suena? 

Y le contó la secuencia.

-Marcos, ahora con la boludez de la UFC, cualquiera sabe esos agarres.

-No me jodas.

-Pero ¿para qué uno de mis muchachos te iba a ir a atacar? ¿Andás durmiendo la siesta con minas casadas? 

El Samurai tenía razón. Los practicantes del Dojo se dividían entre los que se cagaban a trompadas por razones profesionales (algún trabajo de seguridad) o por causas justas (defender a alguien que no se sabía defender solo). E incluso en esos casos el Samurai era muy estricto en castigar a los que se excedían en el uso de la fuerza. Marcos estaba perdiendo el tiempo. 

Cuando salieron del gimnasio, el Cresta no ocultaba su fastidio

-Te dije boludo ¿qué tiene que ver Carlos con todo esto?

-¿Qué Carlos? ¡Ah! El Samurai. Tenés razón, pero le tenía que preguntar.

-Mirá si se ofendía, sos pelotudo ¡eh!

-Y si se ofendía ¿qué?

-Y bue… parece que te gusta que te peguen. Andá a descansar un rato. A la noche nos vemos en El Griego y pasamos en limpio todo este bardo.

A la hora convenida, Marcos estaba sentado a la mesa, Pedro, el mozo más viejo del restaurant, le dio un rato de charla y lo dejó tomando un vasito de jerez cortesía de la casa.

El Cresta llegó desencajado.

-¿Qué pasa Cresta?

-¿¡Qué pasa!? Apareció muerto Pizotello. Lo hicieron mierda.

VII

Después de declarar en el Juzgado de Instrucción “todo lo que sabían”, menos el ataque que había sufrido Marcos, éste y El Cresta se juntaron otra vez, a sopesar lo que tenían entre manos. 

-Por mí el tema ya está, el tipo quería que le busquemos una máquina, pero ahora está muerto, ya fue.

-Marcos ¿sos boludo? Ahora viene lo más interesante ¿¡cómo que ya está?!

-Pero ¿qué ganamos con seguir investigando nosotros?

-Vencer el tedio, capo, eso ganamos.

El cuerpo sin vida de Pizotello estaba dentro de su habitación. La casa estaba desierta de personal doméstico ese fin de semana, así que no había mucha claridad de los movimientos que había hecho la víctima, salvo que en un momento fue a comer al restaurante más caro del pueblo. 

Según el Médico Forense, lo que había provocado su muerte había sido una puñalada en el corazón, rápida, efectiva y perfecta. Un final casi sin dolor.

El tema es que el asesino tenía inquietudes artísticas y le había escrito en el pecho “Nazi hijo de puta” con un elemento punzocortante, aparentemente el mismo cuchillo de la puñalada. Una svástica acompañaba la leyenda. 

-Muy decorativo – dijo El Cresta.

-Bueno, Pizotello ya era un hombre viejo, así que evidentemente si esto es una especie de venganza, personal o ideológica, es por algo del pasado ¿no?

-Seguro.

-¿Vos te acordás algo de este tipo, de cuando era amigo de tu viejo?

-No, bah, no mucho. Mi viejo dijo alguna vez que era admirador de los milicos.

-¿De los milicos alemanes?

-Capaz de esos también, pero estaba hablando de los milicos argentinos, de la dictadura.

VIII

La hipótesis de la policía era que alguien del entorno familiar estaba implicado y que el móvil era cobrar en todo o en parte la herencia del difunto o cubrir algún robo del que no habían quedado rastros.

-Eso es de manual –dijo Marcos al Cresta- pero hay dos cosas que no encajan: por qué el viejo buscaba la máquina y por qué Anonymous me cagó a trompadas para que no la busque más. 

-Sí –dijo El Cresta- y hay un tercero en discordia: el tipo alto de afuera que se llevó la máquina. Pero en realidad la pregunta del millón es ¿quién y por qué entró a su casa solamente a robar esa máquina?

Fueron a la Biblioteca a revisar la hemeroteca. Si Pizotello había sido asesinado por ser un “nazi hijo de puta” tenía que haber algún dato de sus acciones pasadas que explicara el crimen. Chabero seguía sin entender qué tenía que ver la Lettera 22. Lo de la pregunta del millón que decía El Cresta le parecía una boludez.

Resultó que Pizotello realmente había sido un “nazi hijo de puta”. En el año 1977 su flota de camiones trabajaba para el Ejército y según los diarios de los primeros años de la vuelta de la democracia, siempre estuvo sospechado de haber utilizado sus camiones para trasladar a muchos detenidos-desaparecidos que luego eran entregados al circuito represivo de la región que iba de Bahía Blanca a Neuquén, pero nunca se pudo probar.

Pizotello podía tener montones de enemigos. 

-Lo que no me cierra – dijo El Cresta- es que si el asesino fuera algún familiar de desaparecidos, ellos no acostumbran hacer estas acciones de justicia por mano propia, que yo sepa.

-Es verdad, pero no todos los familiares son militantes de derechos humanos...

Después de varias horas de revisar los diarios, no encontraron nada concluyente. Solamente dos hechos llamativos. Uno, que Pizotello había sufrido un atentado fallido en 1975, del cual nunca se supo muy bien el autor ni los motivos. El otro, que un periodista de apellido Borovninsky había escrito varios artículos en los que sostenía que el “atentado” había sido un invento de Pizotello, arreglado con la Triple A, que en ese entonces operaba desde la rectoría de la Universidad, para echarle la culpa a la “subversión” en general y acentuar las persecuciones a los militantes de distintas organizaciones políticas. El periodista estaba desparecido desde 1977.

El Cresta hizo una mueca. 

-Me parece que me voy a ir a hablar al Bar. Algo de todo esto me suena….

IX

El Bar de Siempre había abierto sus puertas en 1967. Resumiendo la parte histórica, digamos que siempre había estado ahí y así. Misma estructura, mismas sillas y mesas. Cuando tenían que cambiar los muebles, buscaban unos que fueran idénticos a los anteriores. Era un bastión de la resistencia contra el proceso de transformación de los bares en peceras. 

El Cresta se sentó y pidió un cortado mediano. En la pared más cercana, un afiche de la pelea entre Muhammad Alí y Ringo Bonavena hacía los honores. 

Cuando el mozo le trajo el café, El Cresta lo tomó por sorpresa. 

-Sentate, che, te quiero preguntar algo.

-¿A quién le decís, pibe? Acá no hay nadie.

-A vos te digo, Moncho, sentate, dale.

El Moncho había trabajado en el Bar de Siempre desde que abriera sus puertas. Oriundo de Salta, su cabellera tupida le había hecho acreedor de su apodo, que al principio generó algunos ojos morados, pero después se le terminó haciendo familiar. El Moncho, además de su eterna cabellera negra, tenía otra virtud: una memoria de elefante. 

El Cresta le dijo que a raíz del asesinato de Pizotello había estado repasando los diarios viejos porque no tenía nada mejor que hacer y que le había llamado la atención lo de este periodista Borovninsky, que había denunciado un supuesto “auto-atentado” de Pizotello y años después había desaparecido. 

-Uh, pibe, pero esa es una historia jodida ¿estás seguro de que te querés meter en eso?

-Y mirá, si Pizotello era un hijo de mil putas, como parece que era, igual está muerto, no creo que me pueda hacer algo desde el más allá. 

-Bueno pero ¿qué querés saber?

-Este tipo Pizotello venía al Bar ¿no? Yo tengo la idea vaga de haber estado acá con mi viejo y verlo sentado en alguna mesa.

-Sí, era un habitué.

-Bueno, te acordás algo que haya dicho o te haya llamado la atención, cuando salieron los artículos de Borovninsky?

-Me hacés reír pibe, parecés Sherlock Holmes después del ACV.

-Dale, Moncho, no seas forro…

-El tipo estaba furioso pibe ¿qué otra reacción iba a tener? En esos años era muy poderoso. Decía que el periodista era un “judío marxista hijo de puta” y que eso no iba a quedar así. 

-¿Eso lo escuchaste vos de su propia boca? 

-Claro. El tema es que Borovninsky era un muchacho muy querido en el diario y además no era un corderito indefenso. Dicen que este Pizotello le propuso reunirse para “aclarar las cosas” y que Borovnisky lo mandó a la mierda. Pero claro, el mafioso no se iba a conformar con semejante atrevimiento, así que se presentó en la oficina, pero no lo atendió. Dicen que después Pizotello mandó unos gorilas a la casa de Borovninsky, que fueron medio improvisadamente y se retiraron después de observar muy de cerca el cañon de una 9 mm. La 9 y la Olivetti eran los dos fierros de este muchacho. 

-¿Y qué sabés de su desaparición?

-Poco y nada. Fue en 1977 y se comentaba que estaba metida la policía. Pero en esos años no se charlaba tan libremente en el bar. Dicen que estuvo detenido en la Comisaría y después lo sacaron para afuera de la provincia. 

-¿Pizotello pudo tener algo que ver?

-Puede ser, pero mirá, pibe, este muchacho Borovninsky tenía todos los números. Pero Pizotello tenía relaciones con los milicos, así que no se podría descartar que haciéndose un favor ellos, le hayan hecho el favor también a él. Una venganza en la que no tuvo que ensuciarse las manos. 

El Cresta le dio las gracias y se fue corriendo a ver a Marcos.

Mientras tanto, un trabajador postal de una conocida empresa de correo internacional, entregaba un paquete en una casa de Madrid: adentro tenía una Lettera 22 y un observador avezado e imparcial hubiera jurado que era la misma que le habían robado a Pizottello.

 X

La hipótesis tenía algo de descabellado pero era bastante coherente. Furioso con Borovninsky, Pizotello había estado de alguna manera implicado en su desaparición. La máquina de escribir era la pista que llevaba en esa dirección. El Moncho había dicho “la 9 y la Olivetti eran los dos fierros de ese muchacho”. La 9 no le sirvió de mucho y la máquina se la había quedado Pizottello como un trofeo. El que había robado la máquina de escribir, tenía que ser el mismo que había matado a Pizotello. 

-¿Pero para que van a entrar a la casa a robar la máquina y no matarlo en el momento?

-Para asustarlo, Marcos. 

-Pero era ponerlo sobre aviso.

-Sí, claro, pero ¿qué iba a hacer, salir a denunciar que se la querían dar por ser un nazi de mierda?

-Mandarse a mudar de la zona.

-Era un tipo viejo, Marcos. Y por lo que sé, bruto como un arado ¿Qué iba a hacer, salir a pasear por París? En algún momento iba a tener que volver.

XI

Al otro día, a primera hora, los lugareños más tempraneros comentaban la noticia:

“Empresario asesinado la semana pasada habría tenido intervención en desaparición del periodista Mario Borovninsky en 1977”

-Marcos ¿viste la tapa del diario?- El Cresta, del otro lado de la línea telefónica.

-Sí, lo estoy viendo, bancame que tengo que tomar unas testimoniales y te llamo.

“Este medio tuvo acceso a un conjunto de documentos que comprometen fuertemente al empresario Carlos Pizotello en la desaparición de Mario Borovninsky. Se trata de un diario personal y otros papeles que habrían pertenecido al periodista, en especial tomas fotográficas e informes que éste habría realizado al momento de su investigación sobre el atentado sufrido por el empresario en 1975 y que por razones que se desconocen se encontraban bajo llave en el escritorio de un estudio ubicado en la planta alta de su domicilio. Como dato curioso, fuentes cercanas a la investigación policial manifestaron que al momento de realizar las primeras inspecciones en el domicilio de la víctima, no habían encontrado nada de interés en ese estudio. De manera extraoficial, se habla de un llamado anónimo que alertó a la fuerza de seguridad sobre la existencia de estos documentos así como de que los medios habrían recibido simultáneamente copias de los mismos contra posibles complicidades de la policía con el empresario fallecido. Crece el misterio.”

-Alguien se vengó y está avisando – dijo Marcos, sentado a la mesa con El Cresta a la hora de almorzar

-Hoy estás hecho una luz…

-Bue, genio, decime vos qué pensas.

-No sé, capo, capaz no pienso nada ¿Vos estás muy indignado de que hayan limpiado y deschavado al sorete este?

-Ni ahí, pero vos ¿no tenés curiosidad?


XII

El invierno de ese año fue poco frío. Hacía rato no se disfrutaba de temperaturas de 12 o 14° bajo cero. Marcos y El Cresta se ocuparon de algunos casos menores, además de sostener sus maltrechas rutinas. El último de todos había sido una visita a un marido violento. 

Fue una conversación muy civilizada. Marcos dijo “Buen día”, El Cresta dijo “con permiso” y le dieron una paliza como para que le contara a los nietos y el resto del árbol genealógico. En un momento, el cliente cometió el error de pedir por favor que no lo golpearan más y eso sacó de las casillas a Chabero, así que el castigo continuó un rato más. 

El Cresta se puso poético y le explicó que tenía que dejar de pegarle a su (ex) mujer, si no tenía ganas de ver crecer las flores desde abajo. El cliente parecía en un estado de mucha lucidez intelectual y dijo a todo que sí…

-Si alguna vez me echan del Poder Judicial me voy a dedicar a las golpizas estas.

-Marcos, no seas estúpido.

-¿Por?

-No sé si te acordás que no cobramos por estos trabajos. 

Esta vez hubo mala suerte. El cliente se había retobado y había hecho la denuncia. Apretando a la ex mujer había conseguido los datos de Marcos. Además se lo había cruzado por la calle y lo había reconocido. La causa cayó justo en el Juzgado donde trabajaba. Su Señoría se declaró incompetente en razón de que el imputado era personal del organismo a su cargo y pasó el trámite de la causa al Juez del otro Juzgado. El día de la indagatoria, charló un rato con la Defensora Oficial y después fue a declarar. 

La escribiente que lo atendió le leyó la descripción de los hechos: 

….el día 17 de junio de 2014, a las 0:00 horas aproximadamente, circunstancias en las cuales el imputado Marcos Ignacio Chabero, junto con otro individuo de sexo masculino no identificado a la fecha, agredió mediante golpes de puño y patadas a Jorge Raúl Arancibia, provocándole lesiones certificadas a fs. 06. Surge de lo actuado que luego de los golpes referidos, el nombrado Chabero extrajo de sus prendas un cuchillo comúnmente conocido como “de asado”, el cual apoyó en el cuello del denunciante, profiriendo amenazas tales como “pedazo de infeliz, la próxima te corto los huevitos pedorros de codorniz que tenés” provocando con ello real temor en la víctima. 

Marcos no se podía aguantar la risa cuando le leían el hecho. Haciendo un esfuerzo por mantenerse serio, declaró que negaba los hechos tal cual habían sido denunciados por el Sr. Arancibia, si es que se lo podía llamar Señor, que en vez de perder el tiempo con esa causa deberían averiguar cuántas veces le había pegado a su mujer y certificar las causas que tenía abiertas por violencia de género, afirmó que estaba educado en los valores de la vieja escuela y dijo que esa denuncia era “de cagón” (sic). 

La causa terminó con un sobreseimiento. 

XIII

El Cresta había quedado manija con lo de Pizotello, pero no había logrado averiguar nada más. O los que lo habían limpiado no eran del lugar o eran gente muy discreta. Ya habían pasado tres o cuatro meses y no se sabía un carajo. Marcos casi se había olvidado del tema. 

Un fin de semana, El Cresta se hizo una escapada a la cordillera, tratando de no ponérsela con el hielo que había en algunos tramos de la Ruta 40. Aunque había más viento, le gustaba más ese camino que el de Collón Curá. Estuvo el fin de semana en San Martín de los Andes y cuando se volvía, paró a cargar gas en la GNC de Zapala. Primero no prestó atención, pero después vio que dentro del bar de la estación de servicio estaban El Moncho y el Samurai. Charlaban como si fueran viejos conocidos. Esto no tenía nada de raro, porque del Moncho eran todos viejos conocidos. Lo raro era el lugar. O habían viajado juntos a algún lado, lo cual denotaba una confianza mucho mayor que la de la relación entre un mozo y su cliente, o tenían necesidad de juntarse lejos de dónde todos los conocían. La segunda opción era más emocionante así que El Cresta se inclinó por esa. 

Dos semanas después, el intendente inauguró un busto del periodista Borovninsky en una plaza. Después de las revelaciones posteriores al homicidio de Pizotello, las implicaciones de políticos y policías con el caso de la desaparición del periodista se habían hecho altamente indeseables por lo que la casta política había optado por un "giro a la izquierda": reivindicar a Borovninsky como si fuera un Super Rodolfo Walsh y la intendencia la última trinchera de los Montoneros. 

El Cresta seguía haciéndose la cabeza con el caso, pero no sacaba nada en limpio. 

Al mes siguiente, la secretaría de cultura del municipio publicó una pequeña colección de escritos periodísticos de Borovninsky. La reivindicación del violento oficio de escribir había dejado sorprendidos a propios y extraños. Unos tipos retrógrados, ultraconservadores, gorilas y pueblerinos a más no poder parecían querer competir en izquierdismo con el Che Guevara. 

El Cresta, cada vez más obsesionado con el caso, no solamente había comprado el libro, sino que obligó a Marcos a ir a la charla de presentación. El editor del libro y el secretario de cultura municipal dieron unos discursos de esos que dan ganas de olvidar el castellano. 

Cuando estaba por terminar la alocución, el secretario de cultura hizo subir a dar unas palabras a la hija de Borovninsky, que había venido especialmente desde España, donde vivía desde que su madre decidió abandonar el país después de la desaparición de su padre. Después de negarse dos o tres veces, ante la insistencia del Secretario tuvo que subir, realmente incómoda pero visiblemente emocionada. Agradeció mucho la publicación del libro y dio otras frases de cortesía. 

Marcos se quedó estupefacto. 

-Qué te pasa, Marcos.

-¿No te das cuenta, Cresta? Es El Samurai con pelo largo. 

XIV

-Marcos ¿otra vez por acá? 

Esta vez El Samurai no parecía sorprendido. 

-¿Querés tomar un té? Te estaba esperando.

-Chupame un huevo forro.

-¡Eh! Qué agresividad, mirá que te podés lastimar…

-¿Qué te pensás, que yo tengo las mano’ en los bolsillos?

El Cresta tuvo que terciar.

-Marcos, la primaria se terminó hace un siglo. Decile lo que tengas que decir y no rompas las bolas con la retórica orillera.

-Vos me mentiste.

-Ajá y qué te pensabas, que venís acá haciéndote el detective Marlowe y te voy a batir la posta...

-Sos el hijo de Borovninsky.

-No. Soy hijo de madre sola, ya lo sabés. Nunca conocí a mi viejo.

-Ayer ví a la hija de Borovnisky en la Muni, es como vos con pelo largo. 

-Pobre mujer...

-Vos mataste a Pizotello.

-Eso es una fantasía tuya. Pero te digo algo, si lo hubiera limpiado yo ¿qué harías? ¿Denunciarme a la policía? Ellos encubrieron a ese hijo de remil putas todos estos años. Bueno, en 10 minutos tengo que dar una clase, si no tienen nada más que decir, nos vemos la próxima… o si querés podés practicar la llave de hombro con el Ruso…

XV

Marcos y El Cresta guardaron silencio. Pero la familia de Pizotello había contratado a una empresa de seguridad para que investigara el caso. Una semana después de la conversación de Marcos y El Cresta con El Samurai, la policía hizo un allanamiento en el gimnasio. El Samurai vivía en la parte de atrás en una piecita. Parecía estar durmiendo. Entraron como una tromba en la habitación. 

-¿Qué pasa señores? ¿Buscan algo? -dijo El Ruso, desperezándose. 

-A Carlos Perrone.

-¡Ah! Buscan al Samurai. Me parece que ya debe estar llegando a Okinawa. Se fue de viaje. 

Los policías se miraron perplejos. Después de apretar un rato al Ruso sin obtener más datos, hicieron un acta dejando constancia de que el procedimiento de allanamiento y detención había dado resultados negativos y se fueron.

Esa tarde, el Samurai se tomaba una cerveza Kunstmann muy lejos de Okinawa pero a escasos metros del Océano Pacífico. 

XVI

Al día siguiente, El Cresta abrió el libro de escritos de Borovninsky. 

Ya era la segunda vez que lo leía. 

Le gustaba el estilo y las cosas de las que hablaba. La realidad de los obreros de la fruta, de los crianceros y puesteros del interior de Neuquén y Río Negro, la discriminación contra los ciudadanos de origen mapuche, la defensa de las huelgas y conflictos obreros. El último de los escritos sobre la investigación del supuesto atentado sufrido por Pizottello tenía como epílogo un comentario al margen que se había encontrado entre las anotaciones del periodista:

“Es muy probable que estas líneas generen represalias. Pero no tengo preocupación. Hoy charlé con mi hija del color de las mariposas y del ruido del viento entre los álamos. Esa conexión con la vida es algo que nunca van a tener los que ejercen el poder por el solo placer de tener a alguien por debajo de ellos. Soy demasiado frágil para burlar mi destino. Pero confío en la vida, que es fuerte e imponente. Y ella siempre, siempre, da revancha”.

(Enero 2016)