viernes, 1 de junio de 2012

Algo más sobre la época, la estrategia y la práctica

La explicación de Ariel (tipo teórico del Sistema-Mundo) de que siempre hubo crisis, guerras y revoluciones, desconoce precisamente esta definición estratégica fuerte del marxismo clásico respecto de la época que se abre con el Siglo XX, que a diferencia del Siglo XIX en que la clase obrera llevó adelante una experiencia de tipo acumulativo, se plantea el problema de la toma del poder, lo cual no debe ser entendido como una constante para todo tiempo y lugar, sino en un sentido histórico general, que el pensamiento estratégico hace concreto en el análisis de cada proceso o situación específica. En su lugar, Ariel ofrece una argumentación más o menos así: Como siempre hubo crisis, guerras y revoluciones, no tiene mucho sentido hablar de una época de crisis, guerras y revoluciones. Sin embargo, el maxismo clásico se refería con esto a una época de crisis profundas, guerras mundiales y revoluciones obreras. Ahora no hay nada de eso, por lo cual estamos en otra época y las estrategias tienen que ser totalmente distintas.

Ariel oscila entre la idea de que no hubo un cambio de época entre el siglo XIX y el Siglo XX y la de que como cayó la URSS y hace varias décadas que no hay revoluciones clásicas estamos en otra época totalmente distinta, frente a lo cual la estrategia tiene que ser distinta a la de los bolcheviques, pero parecida a la estrategia de desgaste de Kautsky o la interpretación evolucionista de la "guerra de posición" gramsciana practicada por intelectuales como José Aricó.

Me parece que de conjunto su posición es objetivista porque tiende a tomar como dadas circunstancias que son producto de las relaciones de fuerzas entre las clases por un lado (derrota de los '70, caída de la URSS, neoliberalismo) y por otro plantea la pertinencia de tal o cual estrategia como un resultado obligado de tales condiciones. Sin embargo, la estrategia acorde a una época nueva, no tiene nada de novedoso: es la posición clásica de las corrientes socialdemócratas de izquierda, lo cual plantea a su vez el interrogante de por qué no sería actual la estrategia de Lenin y Trotsky pero sí una parecida a la Kautsky o la de Togliatti.

Sumado a esto, no está claro qué potencialidades ve en los procesos actuales ni en los que pueden surgir al calor de la crisis actual, o sea que enuncia su estrategia pero no cómo podría empalmar con fenómenos reales, salvo por la enunciación de sus límites.

Mi impresión es que este debate no puede terminar de saldarse solamente con buenos o malos argumentos. Hay que ver también en la práctica qué posición es más eficaz para aportar a la recomposición del marxismo y de las perspectivas revolucionarias en la clase obrera. Por eso, nuestra actividad se orienta a una práctica constante en el movimiento obrero, la juventud y la intelectualidad para aportar a la recomposición de una subjetividad revolucionaria. En este sentido creo que si "el interesante trabajo sindical" que hicimos en Zanon, se hubiera hecho con presupuestos como los de Ariel o con posiciones como las de las corrientes con las que él simpatiza en ATEN, no hubiera sido tan "interesante".

jueves, 31 de mayo de 2012

Sobre los soviets, el sufragio universal y la época histórica actual (Ariel Petruccelli)

Va texto de Ariel para continuar el debate.


En su último post Juan ha dicho una serie de cosas muy interesantes y, en un sentido, no tengo pruritos en reconocer mi acuerdo parcial. Buena parte del post, por ejemplo, consiste de "despegar" al PTS de otros partidos trotskystas, y en esto le doy la diestra. Evidentemente, si de burocratismo, sectarismo y "derrumbismo" se trata, el PO es muchísimo más derrumbista, burocrático y sectario que el PTS. Tampoco tengo problemas en reconocer que el PTS ha hecho interesantes trabajos sindicales en muchos sitios, aunque no en todos. Como ya lo charláramos personalmente al menos en un par de ocasiones: yo creo que el balance de la actuación de su partido en Zanón es ampliamente positivo. Pero la actuación en Aten, por el contrario, me ha parecido en general muy equivocada, aunque no necesariamente peor que la de otros partidos, como el PO (lo cual ha tenido obvios costos en su capacidad de inserción en ese sindicato) Pero la discusión de qué hizo cada quién en qué lugar y momento es inagotable y, creo yo, poco conducente. Así que me voy a concentrar en los dos aspectos teóricamente más relevantes, al menos a mi juicio, de lo escrito por Juan. El primer aspecto, que trataré muy sumariamente, es el de los vínculos entre sufragio universal e instituciones sovietistas. El segundo, que abordaré algo más extensamente, tiene que ver con la caracterización de la situación en que estamos.

Yo creo que el sufragio universal es irrenunciable: un ciudadano/a, un voto. Digo esto porque en la primer constitución soviética había una clara discriminación contra los campesinos: la población rural estaba abiertamente sub-representada. En fin, sería bueno que nos aclararan si quienes no trabajamos en un gran centro fabril tendremos derecho a voto o en qué condiciones. Por lo demás, yo no veo tan incompatible la ciudadanía universal con formas de democracia directa a nivel de los centros de producción. Lo que no veo con buenos ojos es el pensar que se puede estructurar, de arriba abajo, un sistema de delegados de delegados de delegados elegidos sucesivamente desde las instancias más bajas a las más altas. Para administrar una economía y un país entero (no digamos ya el mundo) esto es engorroso y, lejos de favorecer la transparencia democrática, creo que la destruye: ¿qué vínculo hay entre el delegado que cada obrero votó en su lugar de trabajo y las máximas autoridades elegidas a lo largo de una escalera de congresos cada vez más indirectos? Por eso entiendo que la históricamente más bien anómala y rápidamente frustrada experiencia de los sóviets rusos no puede ser tomada a la ligera. Los sóviets fueron una excelente institución para la lucha revolucionaria, pero una base absolutamente inadecuada para gobernar un país. Y por eso el propio gobierno "soviético" encabezado por Lenin los desmanteló muy rápidamente, e incluso terminó reprimiendo a quienes se tomaron demasiado en serio la idea de que se podía administrar un país en base a los sóviets. 

Pero el punto que juzgo más importante es el de la caracterización de la etapa en que nos encontramos. Juan es muy claro al respecto: estamos en una etapa de crisis, guerras y revoluciones. Pues bien, a mi me parece una definición o bien vacía, o bien incorrecta. Cierto tipo de crisis cíclicas son inherentes a la economía capitalista, por consiguiente se puede decir que desde hace siglos vivimos en una etapa de crisis. Con las guerras estamos peor: me sorprendería hallar un sólo año, desde los tiempos de Sargón de Akad para acá, en el que no haya habido una guerra en algún lugar del mundo. Y la cosa poco mejora si de revoluciones se trata: en el siglo XVIII tenemos la revolución de las 13 colonias Norteamericanas, la revolución haitiana, la francesa ... la revolución gloriosa inglesa es incluso anterior... En el siglo XIX tenemos la marejada de las revoluciones independentistas en latinoamérica, las revoluciones de 1848, la Comuna de París de 1871, la revolución de los Tai Ping en China, etc. En el siglo XX ni hablar. En un sentido, pues, podemos decir que vivimos una época de guerras, crisis y revoluciones desde al menos el siglo XVII. Pero es obvio que, si adoptamos esta perspectiva, entonces el incesante trabajo de la estrategia que Juan reivindica no tiene ningún sentido. Estamos en la misma etapa desde hace siglos, y deberemos seguir haciendo lo mismo. ¿Qué sucede si damos al término un contenido más preciso? Bueno, creo que corresponde a quienes creen que vivimos en una etapa de crisis, guerras y revoluciones exponer cuál sería ese contenido. Pero podemos tomar un atajo. 

Tradicionalmente se consideró que la etapa iniciada en 1914 y que continuaba siendo en cierto modo semejante a la muerte de Trotsky, en 1938, era justamente una etapa de crisis, guerras y revoluciones. Pues, bien, yo sostengo que hoy en día vivimos en una etapa completamente distinta. Pruebas al canto. Empecemos por las crisis: ya dije que ciertas crisis son inherentes al capitalismo, pero su forma, su magnitud y sus efectos pueden cambiar mucho. Pues bien, aprincipios del siglo XX la crisis no era sólo económica, sino total. Por ejemplo, la crisis iniciada en 1929 provocó en menos de un año un verdadero dominó de golpes de estado, cambios de gobiernos por medios no-constitucionales, intentos revolucionarios, ascenso del fascismo, etc. A principo de los años treinta las democracias liberales se habían convertido en casi una anomalía: el grueso de los estados eran o bien colonias, o bien estados independientes con regímenes fascistas o dictaduras militares (más la enorme URSS con su régimen de partido único). Hoy el panorama es el inverso. La crisis iniciada en 2008 sólo condujo a crisis políticas equiparables a las de los años 30 en Medio Oriente. No va mejor la cosa en el terreno de las guerras. En la primera mitad del siglo XX se vieron envueltos en conflictos bélicos de alta intensidad casi todos los estados capitalistas más industrializados, y los combates principales se desarrollaron en sus territorios. ¿Dónde ocurre hoy algo parecido? ¿Se puede trazar un signo igual entre las guerras coloniales de Afaganistán o Irak con la Segunda Guerra mundial para así concluir que estamos en la misma etapa de crisis, guerras y revoluciones? Y justamente, las revoluciones: en la primera mitad del siglo XX hubo una seguidilla de revoluciones que, mal que bien, expropiaron a la burguesía. Después vino una parate portentoso; con Cuba quizá como la única excepción indubitable (los sandinistas nicaragüenses fueron a medias). ¿Dónde están, pues, las revoluciones en las últimas décadas? (Los procesos de Medio Oriente, me parece que está bastante claro, no tienen ningún componente socialista: buscan más bien tener regímenes políticos semejantes a los que ya se han generalizado en el resto del mundo ... y las revoluciones de 1989-91 desembocaron en restauraciones capitalistas e instauraciones de democracias liberales). No es del todo incorrecto hablar de que vivimos en medio de crisis, guerras y revoluciones, pero es fundamental comprender qué tipo de crisis, qué modalidades de guerras y que vías revolucionarias están hoy abiertas. Y entiendo que, en todos estos sentidos, el mundo contemporáneo es muy distinto al de principios del siglo XX. 

Creo que acá está la esencia de nuestras discrepancias. Juan piensa que la etapa histórica es básicamente la misma que Trotsky tenía ante sus ojos en 1938. Yo pienso que estamos en una etapa completamente distinta y que, por ende, las estrategias políticas deben ser necesariamente otras.

miércoles, 30 de mayo de 2012

¿Cuál ortodoxia? (Fernando Aiziczon)

Posteo una contribución de Fernando Aiziczon al debate sobre la cuestión estratégica con Ariel Petruccelli. Los enlaces los agrego yo para facilitar la lectura a los que recién se asoman al intercambio.

El origen de la charla que da origen a este rico debate tenía un eje muy simple y que más o menos era éste: en vistas de la situación política mundial y local, ¿qué podemos decir desde la izquierda y el marxismo? La deriva que luego de las preguntas de Ariel Petruccelli se desarrolló en este blog junto a Juan Dal Maso puede pensarse, creo, como un síntoma tanto de las potencialidades como de las dificultades con que seguimos cargando a la hora de pensar y actuar. Me permito entonces mi propia deriva que no necesariamente remite a los dichos de Juan y Ariel.

Creo haber dicho en aquella circunstancia (la charla) que si bien el capitalismo nuevamente mostraba otra de sus tantas megacrisis, en el campo de las luchas y resistencias sociales -que nadie duda que las hay y de que seguirán existiendo-, otra “crisis” pasaba por la desproporción entre la magnitud de los enfrentamientos sociales y la miseria a la que nuevamente los pueblos se veían sometidos después de largas temporadas de lucha. Como si el lema fuera “luchar, pero nunca triunfar”. Por supuesto que la enorme mayoría de los intelectuales y militantes de izquierda celebramos la vitalidad de las resistencias: Ocuppy Wall Street por aquí, Primavera Árabe por allá, Indignados más allá, valientes ambientalistas enfrentando la megaminería por acá, y así hasta el infinito, y más allá… Sin embargo, estamos muy lejos de que todos pensemos como trágico y crítico esto de que las cosas sigan ese rumbo, que ya parece casi “predeterminado” (hablando de teleologías, no?). Hasta el periodista criollo más cholulo concluye en que “esto ya lo vivimos los argentinos en el 2001 y sabemos como termina…”

Por eso, si bajamos hasta Argentina (decía en la charla), un balance se imponía tras el ya mítico “2001” (el otro balance, también lo señalé, era el de la caída de la URSS, pero yo no planteaba una discusión sobre las causas de semejante fenómeno, sino sobre una de sus consecuencias: a más de 20 años de ese hito histórico, la enorme mayoría de las personas desconoce la palabra “comunismo”, mientras que para otros tantos “socialista” remite, con suerte, a Binner). Y el balance…, claro que no puede ser positivo: si el sistema político se recompuso a manos del invencible PJ, si el “modelo K” era sólo soja y petróleo, si la redistribución de la riqueza era un sueño eterno y la transversalidad un chiste de mal gusto, y si a todo eso le sumábamos la pantanosa ambigüedad política de la mayoría de la izquierda partidaria e independiente que se la pasaba ponderando medidas positivas y negativas en medio de una enorme diáspora que destruía cientos de organizaciones cooptadas o divididas en el apoyo a tal o cual medida (así lo demostró lo de YPF), entonces, insistí, la cosa no estaba nada bien. Allí se comprende que Ariel exprese que “estamos todos igualmente en bolas y a los gritos”, aunque yo no comparto mucho esa idea. Estuvimos en bolas, y ahora quizás ya podemos empezar a no estarlo. Venimos de un fracaso, quien lo duda, pero sostener ese imaginario (el del eterno fracaso) es por demás deprimente.

¿Qué es lo que ocurre?, creo que gran parte de las respuestas (no todas, por supuesto, acá se trata de no “comenzar de cero”, decíamos) se encuentra en la orfandad teórica y en la reticencia, muy de moda, a revisar críticamente todo esto que venimos señalando. Y ahí comienzan otros planteos que, irónicamente, constituyen lo que podríamos denominar como una suerte de “nueva ortodoxia” según la cual la forma-partido es una organización diabólica donde se reproducen pensamientos dogmáticos y se crea una casta de iluminados que se creen los poseedores de la verdad última de las cosas. Aferrados a estatutos, programas y sentencias de los padres fundadores del marxismo, esos aparatos sepultaron toda una tradición y hoy debemos recomenzar de menos cero. Otros son los tiempos, otras deben ser las teorías.

Aclaro de antemano que esa “nueva ortodoxia” tiene su justa razón de ser en las desafortunadas prácticas de la mayoría de los partidos de izquierda, dentro los cuales los trotskistas han brillado destacándose por sobre el resto, salvo honradas excepciones. 

Sin embargo, como toda moda, también la “nueva ortodoxia” está plagada de poses, de malos entendidos, de evasivas deliberadas, de superficialidades (sino cómo explicar la escisión entre programa mínimo y máximo que profesa el “anticapitalismo militante”, bien señalado por Ariel, pero pensemos: ¿acaso nadie les alcanzó el Manifiesto Comunista? ¿O es que simplemente les parece una antigualla escrita en arameo digna de una biblioteca “art decó”?). Porque junto a lo anterior, la militancia “clásica” es caricaturizada como una experiencia carcelaria que anula al sujeto. Y no me extiendo más con este tema. En resumen, hoy nadie quiere que le digan “qué hacer” ni “por qué” hacerlo ¿Pero, entonces?, ¿qué hacemos con los “sujetxs pluralxs”?

¿Deberíamos alegrarnos y pensar que miles de libertos pululan por fuera de los partidos sembrando socialismo (o algo similar, no importa cuán preciso seamos) en diversos “espacios” y “colectivos” y que, tarde o temprano, cada uno hará su experiencia y después verá si el Socialismo era un proyecto para todos, o solo se trataba de una pesadilla autoritaria? Elige tu propia aventura.

No es de extrañar que en este escenario la crítica intelectual de la “nueva ortodoxia” brille por su inocuidad. La condición de posibilidad de esta situación reside en la mitificación de un espacio que se presenta como libre para el ejercicio de la crítica. El intelectual -incluso de izquierda- critica desde posiciones que no lo ponen en riesgo, simplemente porque acompaña el sentido común de lo “políticamente correcto”: critica las rigideces, las estructuras, los dogmas, los pasados. Pero desconoce que sus balas son de mentirita. Ha sido “liberado” para quedar anulado. O peor aún, puede decir cualquier cosa amparado en una pose anti-dogmática. Hasta puede asistir varias veces a un recital de Roger Waters (ejemplo del Rock progresivo inglés más “ortodoxo”) sin que por ello nadie le diga “¡ortodoxo, dejá los clásicos que fueron compuestos en otra época y lugar!”.

(Digresión: cuando Ariel dice que los mejores análisis provienen de intelectuales que no se inscriben en ninguna corriente política, se equivoca: los peores análisis también. Recordé de inmediato “Hegemonía y Estrategia socialista”, de Ernesto Laclau (1986), un libro muy festejado en la academia, varias veces reeditado, y que se asienta en una distorsión increíble de las posiciones de Rosa Luxemburgo y Antonio Gramsci, que inauguró la era del “posmarxismo”, que caló hondo con aquello de la contingencia de lo social y la ridiculización al extremo de la clase obrera como “ontológicamente revolucionaria”. Su propuesta de una “democracia radical” nunca nadie la entendió muy bien, como tampoco su discurso criptolacaniano. Por lo demás, Laclau hoy es un académico de mercado y un “intelectual orgánico” que encontró la “democracia radical” en el kirchnerismo). 

Así las cosas, quizá los acusados de profesar una “vieja ortodoxia” tengan algo de razón. Al menos si lo que dicen es que la clase trabajadora no es ontológicamente revolucionaria, sino estratégicamente revolucionaria.

Soportar una ortodoxia en tiempos heterodoxos, zambullirse en la tradición y tocar fondo con lo que alguna vez ocurrió (por meses, días, minutos, poco importa si lo que se busca resume la experiencia de Un Siglo o más, como dice Badiou justamente en su libro “El Siglo”) e insistir desbocadamente en decirle a los otros dónde uno cree que está la salida de emergencia, quizás, insisto, quizás, sea la manera más efectiva de dar la batalla hoy, aunque de seguro habrá que buscar la mejor “forma” y así mantener alguna fidelidad al presente.      

Minutos antes de comenzar la charla, Raúl Godoy, a quien admiro por su perseverancia militante y por su vocación de convencer con sus ideas a todo tipo de auditorio, me mostró una circular interna de un sindicato neuquino donde increíblemente se advertía a sus delegados sobre la presencia de elementos “trotskistas” que generaban conflictos y enturbiaban el ambiente de trabajo. La manera recomendada de evitar esos elementos, me describía Raúl, era simplemente a través del uso de la violencia: patotas de lúmpenes pagos se enfrentaron a las emergentes comisiones internas de esas fábricas contagiadas de “trotskismo”. Así de simple. Luego Raúl comenzó su exposición. Se había armado de un esquemita con lo que deseaba plantear. Llevaba unos libritos despedazados por el uso (libritos de Lenin, Gramsci, ¡y por supuesto! de Trotsky) y unas fotocopias con fragmentos marcados de otras lecturas de “clásicos”.

martes, 29 de mayo de 2012

Las limitaciones de una estrategia socialista light

Ariel Petruccelli ha tenido la gentileza de escribir este post, sobre el que hago algunas consideraciones.


Comienzo por las dos preguntas, que Ariel reclama que no respondí.

Sobre la primera: No creo que se pueda hablar ingenuamente de socialismo, haciendo de cuenta que no cayó la URSS, por lo cual coincido en que hay que expresar por la positiva el proyecto socialista como algo radicalmente distinto de lo que fueron los estados obreros burocratizados. Sobre que implica un cambio en la época histórica, habría que ver qué quiere decir eso exactamente. Para nosotros, no cambia la caracterización de la época como de crisis, guerras y revoluciones (lo cual no quiere decir que siempre haya crisis, guerras y revoluciones), pero sí abrió una etapa de restauración burguesa, signada por el avance de la burguesía y el imperialismo sobre las conquistas obreras, que de todos modos no impidió la crisis histórica actual del capitalismo. 

Sobre la cuestión de "reinventar" el socialismo, creo que el error de Ariel es precisamente que pasa por alto el aporte de la tradición trotskista para ofrecer un "modelo" de socialismo que realmente exprese la democracia de los trabajadores. Que el pluripartidismo soviético fuera una experiencia de corta duración no hace a la cuestión. Porque incluso en una posición más cercana a la de Ariel, de "democracia socialista" que combine soviets con sufragio universal, se incluiría la multiplicidad de partidos que apoyen la revolución. O sea que en este punto seríamos ambos igualmente multipartidistas. La diferencia está, como ya lo hemos conversado otras veces, en que el mecanismo de sufragio universal responde al principio de la democracia burguesa y no al de la democracia soviética por lo cual los troskos "ortodoxos" del PTS consideramos que no puede ser el "modelo" de democracia socialista. Incluso aunque no se pueda descartar la posibilidad teórica de que en ciertas circunstancias la combinación de soviets y sufragio universal fuera uno de los momentos por los que tuviera que pasar una precaria institucionalidad revolucionaria, no podría ser algo permanente, porque el soviet y la cámara de representantes elegidos por sufragio universal son dos instituciones contradictorias: uno busca unir ciudadano y productor, la otra los divide.

Sobre la segunda: Coincido en que el marco de la lucha es sustancialmente distinto al que tuvieron que enfrentar los bolcheviques y la III Internacional. De las otras corrientes que menciona Ariel no me puedo hacer cargo.  Mi planteo sobre este tema es básicamente el mismo que hice acá. Las condiciones de posiblidad de la estrategia de toma del poder por la clase obrera están dadas por el carácter predominantemente urbano del mundo actual en comparación con el de las primeras décadas del Siglo XX, el mayor peso numérico de los asalariados, entre otras cuestiones, aunque partimos de que la idea del socialismo no es popular en las masas. La extensión de los mecanismos de democracia burguesa (sin olvidar -como olvida Ariel- sus rasgos bonapartistas que hacen más limitado su carácter "popular"), más allá de que surge de ciertas condiciones de estabilidad excepcional producto de la derrota de los `70 y la restauración capitalista, plantea que la hipótesis estratégica no puede ser la de enfrentar un aparato de estado apenas formado como el que enfrentaron los bolcheviques. Por eso considero que las elaboraciones de la Tercera Internacional sobre la revolución en lo que en ese momento se llamaba Occidente son un punto de apoyo incluso para pensar en un país como Argentina en la actualidad, como hicimos acá.


Como se ve no es cierto que no nos planteemos las preguntas que dice Ariel o que les demos respuestas negativas para evitar pensar el marco estratégico actual. Les damos una respuesta desde otra visión estratégica y desde otra concepción sobre las relaciones entre la tradición clásica y las necesarias elaboraciones actuales, que intentamos desarrollar y que dicho sea de paso, se pueden leer para no tener que imaginarlas ¿No?


Sobre la cuestión teórica respecto del partido, gracias por avisar pero ya estamos enterados de que la posición sobre espontaneidad y conciencia expresada en el Qué Hacer fue luego matizada por Lenin, como planteamos acá. Una de nuestras frases de cabecera es "soviet y partido" y hemos destacado la importancia de la lucha por instancias de organización de tipo soviético, por lo cual los compañeros del PO nos tildan de "sovietistas que subvalúan la importancia del partido". Una vez más, me parece que salta la ficha de una de las debilidades de toda la argumentación de Ariel: habla en general de las corrientes trotskystas sin poder debatir contra las posiciones específicas del PTS, que no conoce con suficiente profundidad (tal vez no tiene por qué, pero en este caso esa circunstancia le quita fuerza a sus argumentos). Por eso nos atribuye que seguimos "ciegamente" el modelo de partido del Qué Hacer (aclaro que solamente sigo ciegamente a Lisbeth Salander) o posiciones de que no hay estabilizaciones y que hay crisis permanente o que somos un grupo que pretende ser "puro", que pueden ser muy útiles para caricaturizar el trotskismo en general, pero no para discutir con el PTS o conmigo en particular.


Yo traje a colación el tema del NPA para plantear que un partido tan "amplio" que incluye compañeros que se reclaman revolucionarios con otros que se reivindican reformistas, no sirve para la lucha de clases, como se demostró en las ocupaciones de fábrica del 2010 y que ese partido basó sus principales definiciones estratégicas en presupuestos similares a los de Ariel. Además de que la mitad del partido se fue con el frente de la "izquierda" socialista y el PC en Francia, (y el 70% de sus integrantes dejó de militar) a 3 años de su fundacion ya que estaba basado solamente en el poder aglutinante mediático de la figura de Besancenot. Hubo una rica dura lucha de clases con tomas de fábricas brutalmente derrotadas en las que el NPA ni pintó. 


Sin un partido organizado y centralizado,  me gustaría que Ariel me explique cómo piensa hacer en un país como la Argentina, que tiene el 75% de su industria y grandes servicios como las telefónicas en manos de grandes monopolios extranjeros, los cuales cuentan con la complicidad de una burocracia que dirige casi 3.000 sindicatos y que juega el rol de policía en el movimiento obrero para perseguir a los revolucionarios e intentar comprar a los nuevos delegados que surgen. Cómo piensa hacer, no ya una revolución sino tan siquiera para desarrollar un trabajo sistemático y relevante. La misma pregunta se aplica a las "izquierdas independientes" que tienen nula inserción en los gremios de la CGT tanto como en las industrias y servicios controlados por los grandes grupos imperialistas. Dicho sea de paso, la "instrumentalización" de las luchas reivindicativas que se nos atribuye se da de bruces con el trabajo sindical del PTS, del que un ejemplo reciente es la movida de la Bordó en el STIA, entre otros. 


Para terminar, la formulación estratégica de Ariel: a mi juicio toda estrategia revolucionaria en el interior de estados capitalistas democráticos consolidados y fuertemente urbanos implica la lenta y trabajosa constitución de un amplio movimiento socialista (cultural, reivindicativo, político) que deberá luchar por ganar posiciones y establecer una serie de reformas que lo consoliden como una fuerza de masas antes de luchar seriamente por el poder y establecer reformas de carácter estrictamente revolucionario; es una propuesta de "guerra de posiciones" de baja intensidad (centrada en conseguir reformas) y (partiendo de lo señalado por él mismo sobre la cuestión del partido) sin estado mayor, que nos plantea nuevamente la pertinencia de lo señalado por Fernando Aiziczon acá sobre las carencias estratégicas de la "izquierda independiente". 

domingo, 27 de mayo de 2012

Respuesta de Ariel Petruccelli al post "Sobre el trabajo sin descanso de la estrategia"

Va la respuesta de Ariel a este post. 

Mi amigo Juan Dal Maso ha tenido la sana voluntad de continuar por escrito un intercambio de opiniones sobre problemas de estrategia socialista que se iniciara informalmente en una de las jornadas de la Cátedra Libre Karl Marx, en la que estuvieron como expositores Raúl Godoy y Fernando Aiziczon. Creo que el post de Juan ha reseñado bastante bien las ideas que expuse, muy brevemente, en la intervención que hice en calidad de simple asistente. Sin embargo, creo que se le han pasado por alto dos preguntas muy específicas que hice. Pero antes de ir a ellas quisiera hacer una breve aclaración. Yo no digo que la elaboración de un proyecto de socialismo posible sea una tarea anterior a la del diseño de estrategias, sino que deben ir de la mano: la estrategia es vacía si no sabemos a dónde vamos, y el diseño es un castillo en el aire si no se pueden establecer vínculos con actores concretos capaces de realizarlos. Es decir, el socialismo debe sustentarse en un proyecto social realizable en términos económico-ecológicos; pero también debe ser políticamente viable. 



En su post Juan plantea varias cosas, pero ninguna responde a las dos preguntas que yo formulé ni a las dos afirmaciones que hice (en relación a tales preguntas). Mis preguntas fueron dos: 


1) La debacle ignominiosa del modelo soviético encarnado en la URSS y similares, ¿señala el fin de una época histórica y obliga a re-inventar el socialismo, o podemos seguir como si tal cosa?; 


2) ¿Se han consolidación las democracias capitalistas en el mundo y en América Latina y ello significa que los escenarios de la lucha política actuales y por venir son sustancialmente distintos a los que enfretaron los bolcheviques, los maoístas, Fidel y el Che, los Sandinistas, etc.? 

He respondido afirmativamente a ambas preguntas. De hecho creo que, a la luz de las evidencias, es inverosímil dar otra respuesta. Juan ha elegido no pronunciarse taxativamente, pero me parece que su posición, así como lo que dicen y hacen (en este caso no creo que sea abusivo generalizar) el grueso de los partidos trotskystas supone o bien no hacerse nunca estas preguntas (y en consecuencia no tener respuesta) o bien responder negativamente a ellas. No tengo ningún inconveniente en reconocer que, de todas las tradiciones del socialismo revolucionario del siglo XX, la trotskysta (dentro de la cual milité unos años) se cuenta entre las más reivindicables (pero en esa categoría yo incluiría también a los consejistas, luxemburguistas, ciertas corrientes anarquistas, el POUM, etc.). Lo que digo es que hoy nos enfrentamos a problemas inéditos y sin precedentes. Hay que estudiar con detalle todas las experiencias pasadas, pero debemos tener claro que allí no hallaremos respuestas para todos nuestros problemas. Es esto lo que pienso.


En vez de discutir en torno a las dos preguntas/problemas que he planteado, Juan desarrolla otras cuestiones. La primera es una disquisición sobre las presiones hacia la burocratización inherentes a todo ejercicio del poder. No tengo diferencias. Esas presiones existen y existirán. Tampoco pido un modelo color de rosa, ni mucho menos garantías, como parece haber entendido. Pero una cosa es asumir el riesgo y la incertidumbre, y otra es negarse a ver todas las señales de la realidad. Por ejemplo, el multipartidismo soviético: ¿dónde existió? ¿por cuánto tiempo? Respuesta: luego de tomar el poder sólo en Rusia, y sólo por unos pocos meses (más o menos meses, según tomemos como criterio su existencia real o su existencia legal: prohibición de partidos y fracciones). En este punto ya comienzan a perfilarse diferencias estratégicas importantes. Juan piensa que el tipo de construcción leninista a la que Trotsky primero criticó premonitoriamente y a la que luego adhirió casi se podría decir que ciegamente es el modelo a seguir. Yo creo que no. Es un tema largo, complejo, ríspido. Merecería ser abordado extensamente. Por el momento me limito a señalar unas pocas cosas: 


a) El modelo de partido leninista expuesto en el "Qué hacer" no es el único expuesto por Lenin; 


b) Hay que analizar los pros y los contras de ese modelo en su contexto histórico (aquí se hace fundamental esclarecer si nuestro contexto es semejante o muy distinto); 


c) hay que analizar cómo las virtudes emergentes a la hora de la lucha contra el estado zarista se volvieron en muchos casos en aspectos negativos a la hora de construir una nueva sociedad. 

En fin, con respecto a este punto, yo diría que la revolución rusa no es un modelo: no lo es porque ninguna otra revolución del siglo XX siguió sus pautas; pero sobre todo porque nuestras realidades contemporáneas poco tienen que ver con ella.

Juan cree que todos estos problemas (modelos viables, estrategias, burocratización) son reales y deben ser afrontados, pero que aún cuando "caminemos preguntando" ello no suspende la lucha de clases (desde luego que no: pero ¿quien sostiene lo contrario?) y, de todos modos, "el trotskismo da respuestas perfectibles, pero mejores que las de las restantes corrientes". Esta última parte ya me parece un poco mucho. Los trotskystas creen fervientemente que sus respuestas son las mejores. Los que no son trotsystas piensan todo lo contrario. Pruebas prácticas no hay disponibles: todos hemos fracasado por igual a la hora de realizar algo parecido al socialismo. Estamos todos igualmente en bolas y a los gritos. Se podría intentar sacar alguna conclusión en base al bagaje empírico y la coherencia lógica de las distintas posiciones. Pero en este caso no creo que los puntos de vista cuartainternacionalistas sean los mejores disponibles. Y aquí viene a cuento preguntarse cuáles son las corrientes en que está pensando Juan. Sospecho que son corrientes militantes. Pero, de hecho, creería yo que los mejores análisis disponibles son fruto de intelectuales que no están inscriptos en ninguna corriente política nítidamente definida. Esta es una tragedia de nuestro tiempo: la escisión cada vez más grande entre intelectuales y militantes. Escisión que no habrá de saldarse si los intelectuales no adoptan una firme voluntad de intervención política, y si los grupos políticos siguen pensando que tienen las mejores respuestas para problemas que muchas veces ni se han planteado.

Luego de esto Juan advierte que todas estas discusiones sobre modelos posibles carecen de sentido si no se ubican en la perspectiva estratégica de tomar el poder para la clase obrera, para lo cual hay que construir un partido. Y no contento con esto condena la posibilidad de que todas estas discusiones sean una excusa para limitarse a luchar por el "programa mínimo". Ante esto quisiera hacer varias puntualizaciones. La primera es lo problemáticas que resultan las relaciones clase / partido. Esto es complejísimo. Hoy en día, además, me parece obvio que ningún planteo limitadamente obrerista podría ser la base de una democracia revolucionaria viable: un partido revolucionario debe incluir en pie de igualdad demandas del conjunto de los asalariados, de otros sectores explotados y de todos los grupos oprimidos. 


La segunda puntualización tiene que ver con la concepción del partido. Yo adhiero a una concepción amplia, en la que el partido incluye a diferentes grupos que realizan todo tipo de tareas políticas y acepta diferentes posiciones. Juan, como el conjunto de la tradición que pretende seguir siendo trotskysta, concibe al partido de manera mucho más estrecha. Para esta concepción, quien no forme parte y sostenga a pie juntillas las posiciones de un grupo programática y estatutariamente estructurado o bien no tiene partido o bien es parte de un partido rival. Yo me considero parte de un por el momento amorfo y difuso partido formado por quienes "tomamos partido" en favor de la revolución socialista. En este sentido, con Juan formamos parte del mismo partido, aunque tengamos muchas diferencias no menores. No desconozco la necesidad de que toda fuerza política se constituya en fomas más consistentes, con programas acotados, estatutos, congresos y lo que se juzgue necesario. Pero, de momento, todos los intentos en este sentido hechos en nuestro país en los últimos años no han hecho otra cosa que reproducir más bien sectas políticas empeñadas en combatirse entre sí, en medio del retroceso de la clase en nombre de la que dicen actuar. 


Esto último remite a mi tercera puntualización. La propia clase trabajadora, como movimiento organizado, requiere de su reconstitución. Hoy por hoy, me parece fundamental ayudar a recomponer a una clase que se halla mayormente desmovilizada, desorganizada y globalmente ajena a los planteos anti-capitalistas. En fin, para que las fuerzas revolucionarias podamos tener una real capacidad de incidencia política (el hecho de que se festeje un 3 o un 4% electoral luego de décadas de denodados esfuerzos militantes muestra la insignificancia que tenemos) es preciso constituir o re-constituir una amplia cultura socialista (hoy diezmada) y apuntalar en el terreno reivindicativo a la clase obrera y a todos los sectores oprimidos. 

Mi cuarta puntualización es que la importancia concedida a la construcción del partido ha llevado y sigue llevando a la instrumentalización de todas las demandas reivindicativas: la prioridad está colocada en la construcción partidaria, antes que en la consolidación de las organizaciones de clase, las conquistas parciales, etc. Esto hace que los partidos de izquierda, con muy pocas excepciones, hayan ido a la zaga de los movimientos reivindicativos, casi siempre llevando a ellos demandas que tenían por finalidad "denunciar" a otras corrientes y "ganar a la vanguardia", antes que llevar el movimiento al triunfo. En esto mucho ha tenido que ver la idea (falsa) de que el capitalimso no está encondiciones de ofrecer mejoras.


A quienes planteamos estas cosas se nos reprocha (Juan me lo ha dicho varias veces, en largas charlas que solemos tener) que escindimos el programa máximo del mínimo, renunciamos al progrma de transición y nos limitamos a hacer sindicalismo por un lado y propaganda socialista por el otro. Ante esto se puede responder muy sumariamente: 


1) El programa mínimo y máximo se hallan escindidos por la propia marginalidad del anticapitalismo militante. Ningún grupo logra vincularlos en la práctica, porque para eso deberían estar en el poder.


2) Que hay que elaborar un programa de transición no me caben dudas, pero debe estar adecuado a la realidad presente (que poco tiene que ver con la de 1938), seguir sosteniendo el Programa de Transición elaborado por Trotsky para mí no tiene sentido. Hay una gran cantidad de argumentos empíricos y teóricos que se podrían esgrimir en su contra, pero creo que la evidencia de que el P de T no llevó a ningún grupo al poder (diría incluso que ni cerca) en ningún lugar del mundo en un lapso de más de 70 años debería ser argumento suficiente. 


3) Reducir los complejísimos problemas de la constituicón de una subjetividad anti-sistémica y de una cultura socialista a mera cuestión de propaganda es no ver el bosque. Pongamos un ejemplo: la eficacia política del peronismo no se debe sólo a una maquinaria política bien lubricada y financiada; es fundamental la constitución de ciertas subjetividades, de cierta cultura política, de ciertas prácticas sociales. Si no asumimos la necesidad de librar este combate político-cultural, y si no advertimos lo poco que sirve para él repetir simplemente que hay que construir el partido (en el sentido en que usualmente se entiende esta construcción), creo que estamos jodidos.


Juan asegura que la experiencia del NPA francés dice bastante -en términos negativos- sobre todas estas cosas, agregando que con ese partido "no se puede ir ni a la esquina". Bueno, yo no soy miembro del NPA ni me hago ninguna expectativa con él: no creo que esté ni cerca de acceder al poder. Pero creo que ello se debe más a ciertas condiciones objetivas que a lo que el NPA haga o deje de hacer. Y en cualquier caso, insisto: todos estamos desnudos por igual. El NPA está intentando renovar al anticapitalismo militante, y eso ya tiene un mérito sobre quienes piensan que no hay que renovar nada. Quizá el NPA no tenga futuro. ¿Pero cómo puede Juan estar tan seguro? ¿No habría que darle algo de tiempo? ¿Y cómo puede Juan estar tan convencido de que la trotskysta o, mejor, la del PTS, es la mejor opción? ¿Qué evidencias apuntalan esta creencia?


Para concluir: a mi juicio toda estrategia revolucionaria en el interior de estados capitalistas democráticos consolidados y fuertemente urbanos implica la lenta y trabajosa constitución de un amplio movimiento socialista (cultural, reivindicativo, político) que deberá luchar por ganar posiciones y establecer una serie de reformas que lo consoliden como una fuerza de masas antes de luchar seriamente por el poder y establecer reformas de carácter estrictamente revolucionario. Cómo hacer esto es algo que nadie sabe a ciencia cierta. Hasta ahora, quienes se toman seriamente las reformas y las rivindicaciones inmediatas terminan usualmente olvidándose de las perspectivas revolucionarias, en tanto que quienes se mantienen leales a la revolución desarrollan un accionar poco constructivo en lo reivindicativo e impotente para cualquier reforma (sin embargo, era Lenin el que decía que las reformas eran algo demasiado importante para dejarlo en manos de los reformistas).

Yo no se si estos dos cabos podrán ser atados. Pero no veo cómo podríamos hacer una revolución si no se anudan. Tratar de anudarlos, claro, entraña una estrategia y una concepción política muy diferente a la de la tradición trotskysta, basada en la demarcación política de un partido concebido en términos estrechos, la movilización permanente por entender que no hay estabilización ni reformas posibles, y la espera de ese día en que el pequeño grupo revolucionario aislado en su pureza es finalmente escuchado por las masas.